La Semana del Asesino

Dios guarde esta casa

Por Emiliano Fernández

En cierta medida resulta graciosa la generosa distancia entre la realidad y la representación que en la posmodernidad suele hacerse de los asesinatos en serie o del simple homicidio, pensemos por ejemplo que en el primer rubro, el de los psicópatas prolíficos, dominan en la cultura mainstream y el séptimo arte en general las perspectivas yanqui y detectivesca bien clásica, a saber: el enfoque estadounidense todavía tiene que ver con la imagen cultural petrificada del chiflado agazapado y sonriente símil Ted Bundy o John Wayne Gacy alias Pogo, el Payaso, un asesino en serie que sigue una vocación o instinto o compulsión que va más allá de su voluntad y se vincula con el sadismo extremo y algún tipo de sexualidad perversa, y en lo que atañe a la tradición detectivesca ésta suele responder a enigmas muy enrevesados con crímenes que pueden abarcar el robo, la extorsión/ chantaje, las disputas, la envidia, los malentendidos y por supuesto la infaltable pasión, eje de un marco narrativo a veces tan anacrónico y desfasado como el anterior. A pesar de que hubo algunos intentos de actualización en las postrimerías del Siglo XX y sobre todo en el nuevo milenio, en el primer caso incorporando las masacres adolescentes a diestra y siniestra y algún que otro ataque terrorista y en la otra alternativa obviando en gran parte el trasfondo acartonado de las deducciones policiales a lo Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o Jules Maigret de Georges Simenon o Hércules Poirot de Agatha Christie, lo cierto es que la representación de los homicidas en serie en el cine ha dejado bastante que desear porque poco y nada tiene que ver con el carácter improvisado y torpe de los delitos reales, esos que ponen de relieve la idiotez no sólo del asesino de turno sino de la policía, el sistema judicial, los vecinos en cuestión y todo el colectivo humano en su conjunto, cuya mundanidad y poquísimas luces quedan de manifiesto en el hecho de que casi todos los crímenes quedan impunes y muchos ni siquiera llegan a ser identificados como tales gracias a la negación de lo trivial peligroso.

 

Una de las pocas películas que se propusieron eliminar esta distancia entre la praxis diaria mugrosa y el retrato en la gran pantalla -o en la pequeña, ya que la TV puede considerarse su hija boba- es La Semana del Asesino (1972), una obra del director y guionista español Eloy de la Iglesia, conocida en el mercado anglosajón como The Cannibal Man y The Apartment on the 13th Floor, que le escapa a los estereotipos pasados y futuros y que en esencia se sirve del típico nihilismo de la década del 70 y del ingenio discursivo en tiempos de dictadura -el franquismo y su censura oscurantista- para crear un retrato naturalista de un bípedo cualquiera tendiente a “dejarse llevar” cuando de eliminar a testigos o molestias se trata. El film, asimismo evidentemente enrolado en aquel exploitation pirotécnico de la época, forma parte de la trilogía de propuestas de horror del realizador, una interesante para el estándar no muy agraciado del fantaterror ibérico aunque vale aclarar que La Semana del Asesino supera por mucho a las otras dos, El Techo de Cristal (1971) y Nadie Oyó Gritar (1973), como decíamos antes obras loables pero también clasicistas/ hitchcockianas -y por ello mucho más previsibles- que giran alrededor de la misma premisa en sus dos variantes femenina y masculina, léase el cliché de “bella ninfa descubre que su vecina o vecino es un homicida y así termina involucrada en su vida, intereses y/ o correrías delictivas”. Aquí el protagonista es Marcos (estupendo desempeño del también productor Vicente Parra), un empleaducho cuarentón en un matadero/ frigorífico/ fábrica de productos cárnicos, Flory, que una noche sale con su novia veinteañera y tontuela, una tal Paula (Emma Cohen) que le insiste con casarse sin recibir mucho entusiasmo al respecto. Motivado por una discusión con un taxista (Goyo Lebrero) que se ofende porque la pareja se besa en el coche, Marcos le parte la cabeza con una piedra porque el conductor estaba golpeando a Paula después de pegarle una repentina patada en los testículos, episodio fugaz del que no hay testigo alguno.

 

De la Iglesia y su coguionista, Antonio Fos, trabajan en paralelo dos líneas argumentales, primero la obsesión de un vecino burgués con el proletario Marcos, ese Néstor (un perfecto Eusebio Poncela) que se la pasa espiándolo con prismáticos desde una torre de lujo cercana y suele hablar con él cuando pasea por las noches a su mascota, una boxer llamada Trotski, y segundo la colección de homicidios en sí que Marcos se ve obligado a encarar porque le tiene un miedo patológico a la cárcel y al espantoso aparato judicial/ institucional/ estatal del franquismo, así las cosas la retahíla asesina incluye a Paula, estrangulada por insistir con visitar a la policía, el hermano de Marcos, Esteban (Charly Bravo), un camionero que asimismo molesta con la idea de que se entregue a los esbirros de la ley y por ello se gana que le rompan la mollera con una llave francesa, la prometida del anterior, Carmen (Lola Herrera), la cual termina con la garganta cortada con un cuchillo por su pretensión de entrar a la apestosa habitación donde Marcos guarda/ apila los cadáveres, el padre de Carmen, ese Ambrosio (Fernando Sánchez Polack) que recibe un tratamiento semejante aunque con una cuchilla de carnicero clavada en su rostro, y hasta la dueña de un bar y restaurant ubicado en la villa miseria/ de chabolas en la que vive el protagonista, Rosa (Vicky Lagos), una frustrada sexual que está casada con Agustín (Rafael Hernández) y se siente atraída hacia Marcos. La Semana del Asesino anticipa a toda pompa dos de las temáticas preferidas de De la Iglesia, por un lado la homosexualidad de Los Placeres Ocultos (1977), El Diputado (1978) y Los Novios Búlgaros (2003) y por el otro lado el sustrato marginal de todo el “cine quinqui” por venir, aquel de Miedo a Salir de Noche (1980), Navajeros (1980), Colegas (1982), El Pico (1983), El Pico 2 (1984) y La Estanquera de Vallecas (1987), por ello opta por un enfoque fassbinderiano de los gays, en síntesis desprejuiciado y sin problematizar a la homosexualidad, y señala que en las ciudades modernas los ricos y pobres viven juntos.

 

Jugando además con el film noir, el giallo, el registro testimonial y aquel sexploitation de inclinación fetichista, macabra, exhibicionista, delirante y voyeurista, la propuesta no romantiza a los maricones o los homologa al universo femenino caricaturizado, como por ejemplo hará a posteriori Pedro Almodóvar en sus películas iniciales correspondientes al destape ochentoso de la Movida Madrileña de la postdictadura, y prefiere emparejarlos al ecosistema heterosexual en lo que atañe a sus pros y sus contras, por ello en pantalla las dos variantes sexuales obedecen a las mismas reglas de atracción y repulsa y todo depende de quién lleve la voz cantante en la pareja, una posición intercambiable: así como el carácter extranjero/ foráneo de Néstor resulta tranquilizador para Marcos, casi siempre ocupando el lugar del inconformismo en una coyuntura social represiva, personajes conformistas como Paula y Rosa terminan alienando aún más al protagonista o simplemente exacerbando su psicopatía, la primera porque ratifica al matrimonio como institución y la segunda porque lo niega tácitamente al abalanzarse contra el empleado del matadero, movida que desde ya también convalida -desde la rebeldía- el dejo sagrado o totémico del casorio. De la Iglesia evita el engolosinamiento con la represión sexual católica o la hipotética “fascinación” con lo prohibido, por ello el vínculo gay hoy queda en un terreno platónico, y tampoco cae en la redundancia de homologar a un posible matarife con el asesinato generalizado de opositores políticos durante el franquismo, optando en cambio por denunciar la complicidad mucho más extendida de una población apática y cobarde ya que al fin y al cabo Marcos es una criatura kafkiana encargada de una patética máquina de hacer caldos que usa para eliminar los cuerpos en pedazos, de allí el choque de extremos -algo jamás resuelto, ni en dictadura ni en democracia- símil burgués y obrero, jóvenes y veteranos, solteros y casados, centristas y gente de los suburbios con paradójicas placas de “Dios guarde esta casa” en sus puertas…

 

La Semana del Asesino (España, 1972)

Dirección: Eloy de la Iglesia. Guión: Eloy de la Iglesia y Antonio Fos. Elenco: Vicente Parra, Eusebio Poncela, Emma Cohen, Charly Bravo, Fernando Sánchez Polack, Goyo Lebrero, Lola Herrera, Vicky Lagos, Rafael Hernández, Ismael Merlo. Producción: Vicente Parra y José Truchado. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 9