Aniversario de Sangre (My Bloody Valentine)

Directo al corazón

Por Emiliano Fernández

Como muchas veces se ha señalado, el slasher anglosajón efectivamente surge del giallo italiano y en ambos casos la figura fundamental en términos históricos y estilísticos es el querido Mario Bava, quien sirviéndose de dos dípticos, léase La Muchacha que Sabía Demasiado (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963) y Seis Mujeres para el Asesino (Sei Donne per l’Assassino, 1964) por un lado y El Signo Rojo de la Locura (Il Rosso Segno della Follia, 1970) y Ecología del Crimen (Ecologia del Delitto, 1971) por el otro, inventó el giallo y el slasher, respectivamente, basándose en herramientas formales varias a su vez tomadas prestadas de Peeping Tom (1960), de Michael Powell, y Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock. La relectura de la colección de asesinatos con enigma incluido, esa que dejaba de lado el sustrato arty europeo y se concentraba únicamente en la sangre y los desnudos de neto corte exploitation, se desarrollaría progresivamente a lo largo de los años 70 de la mano de Noche de Paz, Noche de Sangre (Silent Night, Bloody Night, 1972), de Theodore Gershuny, La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, Alicia, Dulce Alicia (Alice, Sweet Alice, 1976), de Alfred Sole, Terror al Anochecer (The Town That Dreaded Sundown, 1976), de Charles B. Pierce, y Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), de Wes Craven, entre otras, no obstante los verdaderos catalizadores de la fiebre alrededor del género llegarían en las postrimerías de la década y la génesis de la siguiente, nos referimos a Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), de Sean S. Cunningham, la segunda un rip-off de la primera y en general dos propuestas que terminaron de “esencializar” los pormenores de una carnicería con características muy concretas que no generan ningún tipo de confusión, de allí que al accionar del loquito estándar y sus juguetes del óbito se sumen una ristra de sospechosos o falsos culpables, un contexto aislado que puede ser suburbial o bucólico, unas autoridades siempre inoperantes ya que jamás logran detener al lunático y una colección de víctimas de corta edad y muy excitadas que de un momento al otro son eliminadas según la lógica de este tren fantasma.

 

Muchos años han pasado desde aquel boom del slasher de fines de los 70 y comienzos de los 80 y en tantas ocasiones se tiende a olvidar otro rasgo crucial del asunto, hablamos de un contexto narrativo vinculado a festividades o celebraciones o fechas específicas que trastocan la normalidad y hacen que todos los personajes estén más nerviosos/ exasperados/ ansiosos que de costumbre, un ingrediente que es quizás el más perdurable o inherente a Halloween y Martes 13 y que por cierto fue explotado en el Siglo XXI por faenas como Terrifier (2016), de Damien Leone, Feliz Día de tu Muerte (Happy Death Day, 2017), de Christopher Landon, Boda Sangrienta (Ready or Not, 2019), de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, Viernes Negro (Thanksgiving, 2023), de Eli Roth, y Ojos de Corazón (Heart Eyes, 2025), de Josh Ruben, ambientadas respectivamente en Halloween, un cumpleaños, un casamiento, el Día de Acción de Gracias y el Día de San Valentín. De todo el pelotón del horror de festividades, grupete que cubre films variopintos aunque también parecidos como por ejemplo las citadas Noche de Paz, Noche de Sangre y Navidad Negra más El Día de la Madre (Mother’s Day, 1980), opus de Charles Kaufman, Noche de Graduación (Prom Night, 1980), de Paul Lynch, Feliz Cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me, 1981), de J. Lee Thompson, Colegio Infernal (Graduation Day, 1981), de Herb Freed, Sangriento Papá Noel (Silent Night, Deadly Night, 1984), de Charles E. Sellier Jr., y El Día de los Inocentes (April Fool’s Day, 1986), de Fred Walton, se destaca Aniversario de Sangre (My Bloody Valentine, 1981), trabajo del canadiense George Mihalka, un futuro profesional de TV casi a tiempo completo, que inspiraría a la banda homónima encabezada por Kevin Shields, todo un clásico de la escena shoegaze de los años 90 gracias a las obras maestras discográficas Isn’t Anything (1988) y Loveless (1991), y que sin ser una maravilla del cine ni mucho menos ha ido amasando un público ávido de obras de culto que identificó los atributos del film que nos ocupa, sobre todo un buen manejo de la atmósfera claustrofóbica, una más que interesante andanada de homicidios y una insólita coyuntura proletaria que le escapa al enclave promedio del slasher, casi siempre homologado a la burguesía hedonista.

 

Parte del ciclo de odiseas canadienses del espanto junto con Navidad Negra, La Máscara (The Mask, 1961), film pionero de Julian Roffman, El Rastro (The Pyx, 1973), de Harvey Hart, El Intermediario del Diablo (The Changeling, 1980), de Peter Medak, El Íncubo (Incubus, 1981), delirio de John Hough, y Cortinas (Curtains, 1983), de Richard Ciupka, Aniversario de Sangre logra que su asesino, Harry Warden/ El Minero (Peter Cowper), sea igual de grotesco que aquellos de No Entres en la Casa (Don’t Go in the House, 1979), de Joseph Ellison, El Tren del Terror (Terror Train, 1980), de Roger Spottiswoode, Maníaco (Maniac, 1980), de William Lustig, La Quema (The Burning, 1981), de Tony Maylam, El Asesino de Rosemary (The Prowler, 1981), de Joseph Zito, Carnaval del Terror (The Funhouse, 1981), de Hooper, Siete Mujeres Atrapadas (The House on Sorority Row, 1982), de Mark Rosman, e incluso rarezas como Mil Gritos Tiene la Noche (1982), de Juan Piquer Simón, y Tenebre (1982), de Dario Argento, en esta oportunidad apuntando a un pueblito, Valentine Bluffs, y a un accidente provocado por dos supervisores que a pura negligencia dejaron a cinco mineros en las profundidades para asistir al baile del Día de San Valentín, lo que provocó una explosión, un derrumbe y la eventual aparición de un sobreviviente, el tremendo Warden, quien recurrió al canibalismo para seguir con vida y por ello enloqueció y al año siguiente se cargó a los dos supervisores en sus casas, les extirpó sendos corazones y los metió en un par de cajas de dulces con la forma de nuestro bombeador de sangre, todo por supuesto con atuendo de minero -overol, máscara antigás, linterna y pico de por medio- y advirtiendo que los cadáveres comenzarán a apilarse una vez más si continúan faltándole el respeto a la debacle organizando más bailes con motivo del Día de San Valentín. Veinte años después y con el chiflado supuestamente internado en un manicomio, las autoridades, el jefe de policía Jake Newby (Don Francks) y el alcalde Hanniger (Larry Reynolds), se sienten lo suficientemente envalentonadas para refritar las celebraciones románticas, así el pavor se reanuda gracias a una ninfa con un corazón tatuado en su pecho (Pat Hemingway) que luego de un striptease termina empalada contra un pico clavado en un muro de la mina.

 

Desde ya que la trama es inexistente porque apenas si coquetea con un triángulo amoroso entre una joven rubia, Sarah (Lori Hallier), su novio en funciones, Axel (Neil Affleck), y el amigo del anterior, ex de la muchacha y vástago del alcalde, T.J. (Paul Kelman), quien abandonó la comarca con sueños de superación y volvió con la cabeza gacha tras fracasar en regiones remotas para sumarse al único trabajo disponible para la fauna masculina en Valentine Bluffs, la mina, por ello un gran punto a favor del film pasa por una empatía casi siempre ausente en los slashers vinculada al tratamiento del pasado, al peso de la memoria y a las promesas/ anhelos que no se cumplen a pesar de la solidaridad intra clase social, en este sentido se desea olvidar el pasado negativo de la tragedia y el castigo posterior, todo un berretín del campo del trauma, y se pretende reflotar el pasado positivo del amor cueste lo que cueste, aquí de la mano de un T.J. que no acepta la relación de Sarah y Axel y opta por insistir hasta recuperar a la chica, dejándole un nuevo trauma al que resulta ser el flamante homicida, la criatura de Affleck, precisamente el hijo de uno de los supervisores ejecutados por Warden y “testigo estrella” de sus truculencias. Entre clichés como tomas subjetivas y respiraciones o jadeos tenebrosos para el psicópata y la presencia de parejitas cachondas, algún bromista, unos policías hiper inútiles y la infaltable histérica o quejosa que todos quieren ver morir cuanto antes, la película resulta un poco lenta y sin duda los diálogos, el montaje y las actuaciones dejan mucho que desear, no obstante maneja con eficacia el suspenso y el entorno minero durante el último acto y supera el dejo redundante alrededor de la identidad del asesino gracias a unos obreros más maduros y terrenales que la retahíla burguesa púber del slasher común y corriente, como decíamos con anterioridad. Quizás lo mejor del film sean esas secuencias enrojecidas que fueron cortadas con brutalidad por los productores para bajar la clasificación de X a R y satisfacer a los inquisidores medievales de la crítica de entonces y la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos, dos grupos amantes de la censura que se la pasaban llorando por el gore y las tetas en pantalla, metraje que por suerte sería restituido en la Edición Especial de 2009 para el mercado hogareño…

 

Aniversario de Sangre (My Bloody Valentine, Canadá, 1981)

Dirección: George Mihalka. Guión: John Beaird. Elenco: Peter Cowper, Paul Kelman, Lori Hallier, Neil Affleck, Don Francks, Larry Reynolds, Keith Knight, Alf Humphreys, Carl Marotte, Pat Hemingway. Producción: John Dunning, André Link y Stephen A. Miller. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 6