El Club de los Cinco (The Breakfast Club)

Disciplinamiento adolescente

Por Emiliano Fernández

En el ambiente cinéfilo nadie se pone del todo de acuerdo en lo que respecta a El Club de los Cinco (The Breakfast Club, 1985), de John Hughes, porque tenemos tres grupitos que se detestan mutuamente aunque coinciden en que lo mejor del film pasa por haber inspirado el afiche paródico de Masacre en Texas 2 (The Texas Chainsaw Massacre 2, 1986), de Tobe Hooper: los que la aman suelen ser unos espectadores inmaduros, anglófilos -en su versión imperialista yanqui, por supuesto- y muy poco curtidos a nivel cultural, artístico macro e intelectual al punto de fetichizarla como fetichizan a la sonsera, la pubertad y sus diversas frustraciones y pavadas fatalistas que después quedan en el olvido; los que la aborrecen suelen odiar en general al cine de Hughes por repetitivo, mediocre, manipulador, estúpido, grasiento y meloso melodramático al punto de un maniqueísmo que confunde respeto hacia los adolescentes con celebración barata de su hedonismo y de una rebeldía casi siempre pasajera que se licúa con la adultez; y finalmente a los que desde siempre nos importa un comino la película, ésta nos causa una impresión contradictoria porque resulta evidente que en ella el director y guionista pretende alejarse de las fiestas, tetas y bromas en secuencia de la verdadera madre de las teen movies posmodernas, la mucho más valiente, misógina y anarquista hasta el delirio Porky’s (1981), de Bob Clark, aunque tomándose demasiado en serio a sí mismo y sin la astucia de propuestas mejores y más cínicas como por ejemplo Escuela de Jóvenes Asesinos (Heathers, 1988), film de Michael Lehmann que a su vez era una suerte de remake encubierta de la incluso mejor Masacre en Central High (Massacre at Central High, 1976), opus de Rene Daalder, de allí que el sentimentalismo nostálgico y los clichés confesionales algo burdos de Hughes nunca hayan conseguido ganar el respeto del público culto ya que su idea de la pubertad parece petrificada, estática o conservada en formol al idealizar en exceso el respeto hacia los muchachos y muchachas que atraviesan aquel período etario, en realidad “pichones de adultos” tan imbéciles como estos últimos.

 

Lejos, como decíamos, del nihilismo batallante de Masacre en Central High y Escuela de Jóvenes Asesinos, el sustrato iconoclasta de Porky’s, la impronta familiera de The Karate Kid (1984), de John G. Avildsen, el canto reaganista al lujo y a la banalidad de Negocios Riesgosos (Risky Business, 1983), de Paul Brickman, y esa tradición lobotomizada del jolgorio non stop que va desde Colegio de Animales (National Lampoon’s Animal House, 1978), de John Landis, hasta La Venganza de los Nerds (Revenge of the Nerds, 1984), de Jeff Kanew, pasando por franquicias farsescas colaterales como la iniciada con Locademia de Policía (Police Academy, 1984), de Hugh Wilson, El Club de los Cinco adopta un tono teatral existencialista en su modalidad hollywoodense, léase muy light y dubitativo cuasi indie redundante, para retratar la relación entre cinco estudiantes que llegan a una escuela secundaria del Estado de Illinois, la Shermer, para cumplir nueve horas de castigo durante un sábado específico, el 24 de marzo de 1984, en el ámbito de la voluminosa biblioteca del lugar: tenemos a John Bender (Judd Nelson), un delincuente juvenil que sufre maltratos de parte de su padre y activó la alarma de incendios, Brian Johnson (Anthony Michael Hall), un “cerebrito” presionado hacia la excelencia por sus progenitores y castigado por guardar una pistola de bengala en su casillero que terminó estallando de repente, Allison Reynolds (Ally Sheedy), una paria introvertida que se define como mitómana y se presta al encierro por propia voluntad, Andrew Clark (Emilio Estévez), un miembro del equipo de lucha libre que desprecia a su padre ya que llegó al extremo de imitar su idiotez pegando con cinta el culo peludo de un compañero, y Claire Standish (Molly Ringwald), una burguesita rica, esnob y popular que faltó a clases para ir de compras. Los mayores están representados por el personal de maestranza, Carl Reed (John Kapelos), y el vicedirector del colegio, Richard Vernon (Paul Gleason), un energúmeno que se la pasa gritando, amenazando y cosificando a los purretes como típico representante de las instituciones de disciplinamiento comunal.

 

La primera hora del metraje se siente algo mucho pesada y resulta por momentos bastante aburrida porque se concentra en los tiempos muertos/ callejones sin salida/ absurdos de la sanción grupal y las clásicas reglas caprichosas de la autoridad kafkiana de turno, Vernon, como la prohibición de levantarse de los asientos, dormir y hablar y la tarea de escribir un ensayo de mil palabras sobre quiénes creen que son ellos mismos, cada uno de los cinco protagonistas, planteo retórico que desde ya deja todo servido para una escalada de ataques cruzados entre Bender y los otros cuatro que van mutando en irritación, hastío, risas, caída sistemática de las caretas defensivas, unos porros que hacen desaparecer las inhibiciones y finalmente la colección de confesiones recíprocas bajo las cuales asoma el fantasma de la amistad, aproximación progresiva basada en el resentimiento hacia los adultos símil estirpe castradora eterna y en el surgimiento de preocupaciones compartidas que destruyen los estereotipos identitarios de cada personaje; así descubrimos que el metalero burlón sufre bullying hogareño y en esencia es un mártir gracias a las sanciones desproporcionadas de las autoridades escolares, John, la calladita y bizarra tiene bastante para decir, Allison, el nerd fantasea con el suicidio a raíz del hostigamiento paterno, Brian, el atleta perfecto está cansado de los rituales de humillación estudiantil abalados por su padre, Andrew, y la nena mimada parece no poder reconocer su virginidad, Claire, como si el cuidado maniático de su semblante y apariencia en general ocultase un vacío interno por el hecho de jamás haber tenido sexo, en suma una retahíla de miserias, miedos y compulsiones sociales de las que los chicos pretenden prescindir -y a las que les queda demasiado grande la cita inicial de la genial Changes (1972), de David Bowie- en un camino contradictorio porque el terror a repetir los pasos de las personas mayores siempre está presente como un signo de alarma que con el tiempo podría evaporarse debido a la naturalización de las injusticias, la necedad y el conformismo supremo de una vida adulta homologada al tedio y a la cobardía abúlica.

 

Es en esa media hora final donde la película levanta mucho la puntería porque los diálogos de Hughes se vuelven más incisivos, los adolescentes menos caricaturescos e incluso los adultos más humanos, algo raro en el acervo promedio del cineasta porque casi siempre tendía a la demonización del veterano, aquí un Carl que cuenta con una sabiduría callejera de la que el resto carece y un Vernon muy brutalizado -como todo docente que se convierte en un retrasado mental tiránico por la convivencia con los jóvenes- que no reconoce el efecto desgarrador de los ataques pueriles y llega a confesarle a Reed que lo espanta la idea de que los niños malcriados de hoy serán los adultos del mañana, un defecto conceptual muy grande de la realización y el cine de Hughes porque ambos jamás tienen en cuenta del todo la metamorfosis identitaria de los muchachos, de allí esa melancolía berreta que anida en el seno de la película como si existiese una relación ultra literal entre la juventud y la adultez cuando en verdad los cambios operados luego de la salida del colegio son muchos y así los tarados de hoy mutarán en tarados de muy distinta clase, cambiando casi siempre el quid involucrado en materia laboral, familiar, barrial, etc. Lejos de su mejor y más madura faena, Mejor Solo que Mal Acompañado (Planes, Trains & Automobiles, 1987), y al mismo nivel de trabajos como Se Busca Novio (Sixteen Candles, 1984) y Un Experto en Diversión (Ferris Bueller’s Day Off, 1986), sus otros neoclásicos del segmento púber, Hughes supera a sus bodrios como director, Papá a la Fuerza (She’s Having a Baby, 1988) y La Pequeña Pícara (Curly Sue, 1991), y sus opus olvidables, como Ciencia Loca (Weird Science, 1985) y Tío Buck (Uncle Buck, 1989), y en El Club de los Cinco nos regala el temazo de apertura y cierre Don’t You (Forget About Me) (1985), de Simple Minds, y logra buenas actuaciones de un elenco englobado en el Brat Pack ochentoso, también conformado por los intérpretes de El Primer Año del Resto de Nuestras Vidas (St. Elmo’s Fire, 1985), de Joel Schumacher, una generación de profesionales que marcaría a fuego el séptimo arte de los años 80 y 90…

 

El Club de los Cinco (The Breakfast Club, Estados Unidos, 1985)

Dirección y Guión: John Hughes. Elenco: Ally Sheedy, Emilio Estévez, Paul Gleason, Anthony Michael Hall, John Kapelos, Judd Nelson, Molly Ringwald, Perry Crawford, Mary Christian, Ron Dean. Producción: John Hughes y Ned Tanen. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 6