Los Intocables (The Untouchables)

Disposición bélica callejera

Por Emiliano Fernández

Más allá de actores de la primera línea hollywoodense como Kevin Costner, Sean Connery y Robert De Niro, y de “tapados” que ya tenían un buen derrotero a cuestas como Andy García, Charles Martin Smith y Billy Drago, la esplendorosa y muy enérgica Los Intocables (The Untouchables, 1987) asimismo supo reunir a un verdadero seleccionado de genios también detrás de cámaras, pensemos para el caso en la dirección de Brian De Palma, el guión de David Mamet, la música de Ennio Morricone, la fotografía de Stephen H. Burum y el vestuario de Giorgio Armani. El film en cuestión se inspira por un lado en la recordada serie homónima de la ABC protagonizada por Robert Stack como Eliot Ness -y con un memorable leitmotiv de Nelson Riddle- que impuso el modelo de los policiales grupales en tiempos de dúos o “lobos solitarios”, aquella transmitida originalmente entre 1959 y 1963 y de la que el opus de De Palma toma la violencia efervescente y el ritmo narrativo dinámico y apasionante, y por el otro lado en el libro autobiográfico de 1957 de Ness coescrito con el periodista Oscar Fraley, fuente imprescindible de la premisa de turno vinculada a la lucha del protagonista, un agente del Departamento del Tesoro, contra el crimen organizado y el Outfit de Chicago de las décadas del 20 y 30 bajo el mandato del mismo presidente Herbert Hoover, cuando en pleno auge en Estados Unidos de la Ley Seca/ Acta de Prohibición/ Ley Volstead (1920-1933) una serie de sindicatos delictivos respondían a Alphonse Gabriel Capone alias Al Capone, uno de los gangsters más famosos, ricos y poderosos del período. Al igual que la serie televisiva, la cual retrató la cacería sobre Capone exclusivamente en el piloto de dos partes símil film noir hecho y derecho para a posteriori consagrarse a diversos cabecillas criminales y sicarios de los años de la prohibición, la película se aparta bastante de los hechos verídicos y ficcionaliza a pura pompa la doble cruzada de turno, centrada tanto en la sistemática evasión de impuestos como en el contrabando de alcohol en sí por parte del capomafia, quien molestaba a las autoridades no tanto por los miles de litros de bebidas blancas que movía a lo largo y ancho del país sino debido a que se había convertido en un símbolo de la violencia que generaba el negocio del alcohol recreativo, además de la corrupción endémica entre sectores de la policía, la dirigencia política y el aparato judicial.

 

Mamet, que venía de apuntalar las tramas de propuestas como El Cartero Llama dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), de Bob Rafelson, El Veredicto (The Verdict, 1982), de Sidney Lumet, y ¿Te Acuerdas de Anoche? (About Last Night, 1986), de Edward Zwick, y que estaba a punto de comenzar su astuta Trilogía del Engaño, aquella compuesta por Casa de Juegos (House of Games, 1987), Las Cosas Cambian (Things Change, 1988) y Homicidio (Homicide, 1991), nos presenta a un Ness (en la piel de Costner) de semblante burocrático, bisoño y algo gris aunque definitivamente tenaz e intrépido, hombre casado con la embarazada Catherine (Patricia Clarkson) y padre de una nena pequeña que contrasta con esa otra niña que explota por los aires cuando el esbirro estrella de Capone, un Frank Nitti (Drago) adepto a los trajes blancos, hace explotar una bomba en el bar de un anciano que se rehúsa a comprar la cerveza que le vende el Outfit de Chicago. Luego del fiasco de una primera redada en la que decomisa sombrillas en vez de licor porque los informantes entre la policía alertan a los mafiosos con anticipación, el protagonista forma un equipo alrededor del veterano Jim Malone (Connery), un oficial irlandés que encuentra patrullando las calles de noche, y el italoamericano Giuseppe Petri alias George Stone (García), al cual ambos reclutan en la misma academia policial para evitar toparse con una manzana podrida. Con la ayuda adicional de Oscar Wallace (Smith), un contador enviado desde Washington, D.C. para auxiliarlo en la faceta fiscal de la investigación, Ness comienza una retahíla de ataques contra las bodegas, la recepción de cargamentos y la estructura de distribución de Al Capone (De Niro), ganándose el mote de “intocables” porque rechazan los clásicos sobornos para que dejen de meterse con el laberíntico entramado detrás de la Ley Seca. El asunto se complica de a poco porque de las amenazas contra la familia de Ness se pasa al asesinato primero de Wallace, quien transportaba a un contable que iba a testificar contra el capo, George (Brad Sullivan), y luego del propio Malone, quien presionó al corrupto jefe de la policía, Mike Dorsett (Richard Bradford), para que le diga dónde hallar al contador principal de Capone, Walter Payne (Jack Kehoe), a quien Eliot y Giuseppe van a recibir en una estación ferroviaria porque constituye la pieza clave en el armado de la causa procesal.

 

Vale recordar que De Palma estaba atravesando el mejor período de su carrera y venía de una seguidilla extraordinaria de películas que incluían a Hermanas Diabólicas (Sisters, 1972), Un Fantasma en el Paraíso (Phantom of the Paradise, 1974), Obsesión (Obsession, 1976), Carrie (1976), La Furia (The Fury, 1978), Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980), Estallido Mortal (Blow Out, 1981), Caracortada (Scarface, 1983) y Doble de Cuerpo (Body Double, 1984), racha que se cortó apenas un par de veces vía unos intentos fallidos de retomar aquella primera etapa de comedias contraculturales, satíricas y/ o avant-garde, hablamos de las hoy en gran medida olvidadas Una Familia de Locos (Home Movies, 1979) y Estos sí son Amigos (Wise Guys, 1986). Resulta evidente que el realizador se tomó al proyecto como una oportunidad irrepetible para jugar con los engranajes de los géneros y sacar a relucir su maravillosa cinefilia en el contexto de una muy ambiciosa producción hollywoodense, basta con pensar en las tres escenas fundamentales y el diálogo intertextual que proponen, insólito para su época: la secuencia de la captura de George en una redada en la frontera canadiense, caracterizada por hombres a caballo y un tiroteo prácticamente a campo abierto, remite al spaghetti western por el carácter “desprolijo” y semi suicida de una acometida que arranca a pura torpeza por un capitán del país vecino (Robert Swan) que avanza sin esperar la señal de los yanquis, por otro lado la cruenta escena del asesinato de Malone, el cual es engañado por un cofrade de Nitti para que salga de su casa por la parte trasera con vistas a dispararle con una ametralladora, reenvía a los giallos de Mario Bava y Dario Argento no sólo por el generoso volumen de sangre sino también por la dialéctica del suspenso involucrado y el uso de tomas subjetivas desde la perspectiva del sicario acechante, y finalmente la célebre escena en la estación de trenes, cuando Ness y Petri se hacen de Payne, es a la vez un homenaje al coche de bebé cayendo por las Escaleras de Odesa de El Acorazado Potemkin (Bronenosets Potemkin, 1925), de Sergei M. Eisenstein, y una reformulación de las deliciosas carnicerías en cámara lenta del Sam Peckinpah de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), La Fuga (The Getaway, 1972) y/ o La Cruz de Hierro (Cross of Iron, 1977).

 

La presencia de Morricone y la magnífica banda sonora, siempre combinando elementos del film noir y los spaghettis con chispazos de Duke Ellington, Riddle y hasta Pagliacci (1892), de Ruggero Leoncavallo, le otorgan a Los Intocables un aire melancólico y elegíaco -y en simultáneo sutilmente burlón- cercano a Sergio Leone, Damiano Damiani o Sergio Corbucci, toda una rareza en el cine norteamericano debido a que el contraste entre el esteticismo de De Palma, la fábula paradigmática de “rectitud moral versus envilecimiento capitalista” y la música nostálgica -llegando por momentos incluso a tapar los intercambios verbales entre los personajes- crean en conjunto un dejo ensoñado y arrebatador como pocos en lo que respecta al mainstream de las últimas décadas. Al Costner de los primeros años de su trayectoria, aquí obteniendo el protagónico gracias a Fandango (1985), de Kevin Reynolds, Silverado (1985), de Lawrence Kasdan, y La Carrera de la Vida (American Flyers, 1985), de John Badham, se lo solía acusar de ñoño y poco expresivo pero eso es decididamente lo que necesita el Ness ideado por Mamet, un adalid que va creciendo en intensidad anímica no por cuenta propia sino por los retos que le plantea la misión asignada y por la influencia de Malone, excusa perfecta para que el glorioso Connery despliegue su sabiduría y presencia escénica y se coma a la película en cada una de sus intervenciones, algo similar a lo que acontece con García, el tenebroso Drago y un De Niro supremo y desatado que recupera algunos tics de sus colaboraciones con Martin Scorsese y del Marlon Brando modelo El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, amén de regalarnos aquella mítica secuencia en la que le revienta la cabeza a un colega con un bate de béisbol luego de ofrecer un speech sobre el trabajo en equipo. En términos ideológicos Los Intocables es realmente muy sencilla en su defensa del respeto recíproco y los valores personales por sobre el poder del dinero, el canibalismo y la violencia, aunque por cierto no debe ser homologada con el típico discurso de “mano dura” contra el delito porque lo que la motiva en verdad es una suerte de elogio de la disposición bélica callejera de responder fuego con fuego porque literalmente ese es el único modo de tumbar a los muchos mafiosos enquistados en la sociedad, esos que todo el tiempo confunden lo público con lo privado…

 

Los Intocables (The Untouchables, Estados Unidos, 1987)

Dirección: Brian De Palma. Guión: David Mamet. Elenco: Kevin Costner, Sean Connery, Robert De Niro, Andy García, Charles Martin Smith, Richard Bradford, Jack Kehoe, Billy Drago, Patricia Clarkson, Brad Sullivan. Producción: Art Linson. Duración: 119 minutos.

Puntaje: 10