Parque Lezama

Dos octogenarios contra el mundo

Por Martín Chiavarino

Parque Lezama (2026), la adaptación de la obra teatral homónima de Juan José Campanella, a su vez basada en Yo no soy Rappaport (I’m Not Rappaport, 1996), película protagonizada por Walter Matthau y Ossie Davis y escrita y dirigida por Herb Gardner a partir de su obra teatral de 1985, obliga a reflexionar sobre distintas cuestiones que atañen a la adaptación de las obras de teatro al cine y viceversa para contestar una pregunta, ¿por qué la obra teatral fue un fenómeno masivo difundido de boca en boca con más de 1300 funciones, representada ante más de 600 mil espectadores, protagonizada por los mismos actores y con el mismo director y guionista, ganador de un Oscar, y la película es un fiasco por momentos insoportable? Para contestar esta pregunta es importante pensar que ya la adaptación cinematográfica de Gardner incluía subtramas que no estaban en la obra de teatro y que no le agregaban demasiado a la historia, además aquí falta una vuelta de tuerca, algo más que una locación porteña por antonomasia, la del título, para darle a la película una chispa que la haga verdaderamente argentina, como el realizador supo hacer con El Secreto de sus Ojos (2009), la traducción cinematográfica de una novela del escritor argentino Eduardo Sacheri, La Pregunta de sus Ojos (2005).

 

La premisa de la película pasa por la interacción de dos ancianos gruñones de más de ochenta años en el Parque Lezama del barrio de San Telmo en el límite con La Boca y Barracas, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires, que prácticamente no se conocen. Antonio Cardozo (Eduardo Blanco) es el encargado de un edificio que se niega a jubilarse para mantener la vivienda y no perder el trabajo que ha realizado casi toda su vida, mientras que León Schwartz (Luis Brandoni) es un inmigrante de origen judío, con un pasado como militante comunista, que deambula por el parque contando historias inverosímiles, armando escándalo y buscando pelea cuando lo ponen de mal humor.

 

Campanella crea aquí situaciones muy mal construidas, con un gran amor por el parque, eso sí, pero con resoluciones que no tienen ningún sentido, sin ser graciosas ni lograr cerrar ninguna de las subtramas. Incluso el mensaje de la película es bastante reaccionario y desesperanzador, vinculado a idealizar el pasado y condenar un presente amoral sin proponer nada a cambio. Uno de los grandes problemas es la desproporción en el seno de la relación de ambos personajes, al estilo de los films protagonizados por Matthau y Jack Lemmon, en este caso dos ancianos cascarrabias que se encuentran en una plaza para hablar pavadas, recordar viejos tiempos, fumarse un porro, reír y acusarse mutuamente, cada uno en su burbuja. Uno es un fabulador y el otro se esconde del mundo, literalmente manteniendo en funcionamiento la vieja caldera del sótano de un edificio. Alrededor de ellos se disponen diferentes dramas, una hija preocupada por un episodio baladí en una carnicería, un pibe que le pide peaje a los viejos para no lastimarlos, la posible pérdida de Cardozo de su trabajo y vivienda, a raíz de una decisión conjunta del consorcio y la nueva administración del edificio en el que trabaja, y la deuda de un chica que dibuja en la plaza con un traficante de drogas, situaciones delirantes que incentivan la imaginación del personaje interpretado por Brandoni para crear historias absurdas que meten a los dos ancianos en problemas.

 

Tanto Brandoni como Blanco realizan una buena labor pero las subtramas van por un lugar distinto, a pesar de que el formato del dúo cómico es un clásico que funciona casi automáticamente desde Laurel y Hardy, pasando por Matthau y Lemmon y en el ámbito local por las duplas de Aníbal (Juan Carlos Calabró) y Mingo (Juan Carlos Altavista) y Alberto Olmedo y Jorge Porcel. Muy lejos de las típicas comedias argentinas de los años 80 que en parte pretende emular, Parque Lezama se centra más en la faceta dramática de las situaciones, con pequeños toques cómicos que buscan descomprimir el componente trágico, ya sea la descomposición social, la gentrificación o los choques entre padres e hijos adultos respecto del grado de independencia de los ancianos cuando comienzan a verse acorralados por una realidad que los sobrepasa, perdiendo los filtros que los atan a las convenciones sociales para comenzar a generar escándalos en la vía pública. El paso de una situación a otra es completamente inverosímil y rompe el ritmo general y la relación cómica entre ambos, que por instantes amaga con funcionar pero que el guión de Campanella, demasiado apegado al original de Gardner, se encarga de hacer naufragar en lugar de darles rienda suelta a los actores para que improvisen o creen su propia lógica/ dinámica cómica. En este sentido, la broma familiar de Schwartz con su hija, esa que le da el título a la obra original, aquí se mantiene y no cuaja. Quizás lo peor sea la infantilización de la tercera edad producto de la actitud inmadura de los personajes que parecen no entender las consecuencias de sus actos, provocando escenas ridículas que en su mayoría no sacan ni una tímida sonrisa.

 

Como obra de teatro Parque Lezama funciona perfecto porque la conexión de un espectador en una sala con los actores en vivo, especialmente con el magnetismo de Brandoni y Blanco, oficia de gancho, a pesar de los errores de traducción de Campanella de esta obra originalmente ambientada en el Central Park de Nueva York. Como film, especialmente como producto para consumo hogareño en plataformas de la mano de Netflix, es un relato que ni siquiera redondea con eficacia una mirada nostálgica de una forma pretérita de relacionarse en la Ciudad de Buenos Aires, hablamos de la convivencia de los ancianos en las plazas, ya sea con torneos de ajedrez o con simples reuniones en los bancos bajo la protección de la sombra de algún árbol para darle de comer a las palomas, este último un símbolo de otra época hoy completamente desaparecido.

 

Los personajes secundarios aportan a este desastre desde un lugar dispar aunque siempre alterando para mal lo que debería ser la complicidad de la pareja protagónica, que busca armar engaños muy tontos con mentiras infantiles de otra época para engatusar a sus interlocutores. Probablemente si se acepta desde un comienzo la premisa de la película, el film resulte agradable pero aquí falta tanto forma como contenido dado que en términos argumentales nada cambia entre las tablas y la pantalla, por lo que las posibilidades de traducir realmente la obra al cine se pierden en la repetición de los mismos exactos diálogos. Para colmo la situación entre los padres mayores y sus hijos preocupados por su comportamiento es demasiado trillada y no tiene demasiado sentido, lo de la chica y el traficante aún menos, incluso arrastra una violencia innecesaria. El latiguillo del encargado casi ciego de más de ochenta años directamente pertenece al género de la ciencia ficción y las ideas que proclama el personaje de Schwartz en lugar de ser debatidas mínimamente, son dejadas de lado como delirios nostálgicos de un viejo idealista que nunca maduró. Si a eso le agregamos que es casi imposible encontrar una situación cómica, el resultado es una enorme falta de criterio a la hora de tomar decisiones narrativas de parte de un director que otrora supo captar las heridas abiertas de un país y que se perdió en debates inconducentes en las redes sociales cuando podría haber canalizado toda esa energía en llevar la polémica al territorio que mejor maneja, el cine, con una película que nos interpele como argentinos o al menos nos haga reír y llorar.

 

Parque Lezama (Argentina, 2026)

Dirección y Guión: Juan José Campanella. Elenco: Luis Brandoni, Eduardo Blanco, Verónica Pelaccini, Agustín Aristarán, Manuela Menéndez, Matías Alarcón, Alan Fernández. Producción: Muriel Cabeza. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 4