Luna de Papel (Paper Moon)

Dulce cinismo del camino

Por Emiliano Fernández

El séptimo arte a lo largo de su historia nos regaló muchas road movies con personajes que a priori mucho no tienen en común salvo el ardid retórico de tener que compartir un viaje a donde sea por el motivo que sea, no obstante lo que nos ofrece la maravillosa Luna de Papel (Paper Moon, 1973) es algo mucho más profundo y difícil de describir, en especial si pensamos en la parafernalia hueca estándar de los ámbitos comercial estrafalario e indie de pocas ideas de la actualidad: la que sin duda podemos definir como la obra maestra de Peter Bogdanovich, uno de los representantes más conspicuos del querido Nuevo Hollywood de la década del 70, cuenta con un encanto humanista y una sinceridad muy poco habitual en el cine no sólo norteamericano sino mundial, circunstancia que refuerza la paradoja de base porque la película de hecho está enmarcada en el prolongado ciclo de films de impronta nostálgica que coparían prácticamente toda la trayectoria del director, un verdadero obsesivo en eso de intentar recuperar determinados aspectos de las diferentes sociedades y la industria del espectáculo de antaño aunque desde una perspectiva a simple vista un tanto extraña, léase combinando la mirada nihilista de nuestros días, cierto devenir narrativo caótico en plan homenaje explícito a lo bestia y un cuidado admirable por los personajes y su idiosincrasia; en esencia tres ítems que casi nunca se presentan en simultáneo y mucho menos alineados -como en esta oportunidad, por ejemplo- en las obras del mainstream internacional contemporáneo, el cual suele poner el acento en un escepticismo de manual para después tratar de “atarlo con alambre” alrededor de los mismos clichés vetustos de siempre sin que nadie pueda identificarse con semejante atolladero hipócrita y perezoso.

 

La fuente de inspiración del glorioso guión de Alvin Sargent, con retoques muy específicos del propio Bogdanovich, fue la novela Addie Pray de 1971 de Joe David Brown, cuya estructura el film respeta a rasgos generales: en el Estado de Kansas del comienzo de la Gran Depresión y los últimos estertores de la Ley Seca en los Estados Unidos, Moses “Moze” Pray (Ryan O’Neal), un artista consumado de la estafa más disimulada, un buen día se aparece en el entierro de una mujer que supo tener en alta estima cuando la conoció años atrás en un bar y tuvo sexo con ella, lo que deriva en que el sacerdote y dos dolientes femeninas asuman que es el padre de la única hija de la finada, una nena de nueve años llamada Addie Loggins (Tatum O’Neal), y por ello le solicitan que la lleve a la casa de la tía de la niña en St. Joseph, en el Estado de Missouri, Billie (Rose-Mary Rumbley), alguien que ni siquiera conoce a la mocosa. El señor en un principio se niega de lleno pero a posteriori termina aceptando con vistas a aprovechar toda la situación para extorsionar al hermano acaudalado del imbécil que mató a la madre de la huérfana en un accidente automovilístico por conducir borracho, de quien consigue extraer 200 dólares a condición de no iniciar ninguna hipotética acción legal confiscatoria. Addie, que está convencida de que Moses es su padre porque ambos tienen la misma barbilla, y a sabiendas de que el hombre no quiere hacerse cargo de ella, le reclama que le entregue el dinero en cuestión o le dirá a la policía cómo lo obtuvo, detalle que termina de obligar a un Moze que se gastó gran parte del efectivo en arreglar su vehículo a tener que peregrinar con la nena en su clásico tour de timos y engaños hasta recolectar los 200 dólares y ya sacársela de encima.

 

Contra todo pronóstico, el dúo demuestra ser muy bueno en lo suyo porque la presencia de Addie agrega sincronía a los discursos para embaucar al aportar una capa de respetabilidad sobre los fraudes de Pray a ojos de los habitantes ignorantes y/ o ingenuos del interior estadounidense; un estilo de vida muy peculiar sustentado en primer lugar en artimañas con los billetes en compras al paso, birlándole el cambio a los cajeros al confundirlos, desviar su atención o defraudarlos de manera subrepticia, y en segundo término en la venta semi forzada de Biblias estampadas a viudas o viudos recientes que Moses encuentra por los avisos fúnebres de los periódicos, a quienes les dice -para inducir una compra compulsiva melodramática- que el hoy fallecido le encargó tiempo atrás un ejemplar del libro sagrado con el nombre de la viuda en letras doradas. Todo marcha bien y superan holgadamente la suma a recaudar hasta que el hombre se enamora y decide llevar con él a una “bailarina exótica” que conoce en una feria popular ambulante, Trixie Delight (Madeline Kahn), una prostituta muy verborrágica que lo hace comprar un nuevo coche y que no se despega de su asistente/ criada afroamericana, Imogene (P.J. Johnson), una adolescente de 15 años símil esclava. Eventualmente las dos jóvenes pergeñan una estratagema para alejar a Trixie de Pray organizando un encuentro sexual pago entre el empleado de un hotel y la mujer, así la nena y él vuelven al camino e Imogene regresa a su hogar familiar. Cuando la pícara dupla pretenda estafar a un contrabandista, Jess Hardin (John Hillerman), robándole y después vendiéndole su propio whisky, el asunto los enfrentará al hermano mellizo del afectado, un policía algo tenebroso (también compuesto por Hillerman) que los perseguirá con tozudez.

 

Luna de Papel, que por cierto está muy enmarcada en el mejor período de la carrera de Bogdanovich, ese inicial que abarca a las también excelentes Targets (1968), La Última Película (The Last Picture Show, 1971) y ¿Qué Pasa, Doctor? (What’s Up, Doc?, 1972), funciona como una amalgama perfecta de elementos muy difíciles de hacer trabajar en conjunto desde el punto de vista de la armonía artística, a saber: la fotografía en blanco y negro de László Kovács es francamente sublime (cada toma juega desde la astucia con el contrapunto entre los personajes y sus miserias y alegrías por un lado y esos fondos semi desérticos del medio-oeste yanqui por el otro, subrayando el contexto desesperado de los protagonistas y su necesidad de seguir timando y continuar huyendo para subsistir en un páramo con pocas o nulas oportunidades concretas), aquí una vez más el realizador demuestra ser un prodigioso director de actores como pocos de sus colegas (los O’Neal, padre e hija en la vida real, interpretan a un dúo que puede o no estar vinculado a nivel sanguíneo, con Ryan entregando una actuación espléndida que pone en primer plano sus dotes cómicas y Tatum directamente ofreciendo una de las mejores labores infantiles de la historia del cine tracción a una versatilidad -según la escena considerada- que resulta insólita), y finalmente el mismísimo guión está plagado de diálogos memorables y muy graciosos que mezclan perspicacia, mundanidad y angustia en iguales proporciones (el verosímil, ese eterno descuidado en las comedias dramáticas y las comedias a secas, aquí está construido con una gigantesca solvencia transmitiendo una permanente sensación de improvisación meticulosa en la ruta que tiene mucho de ambigüedad y sutiles sorpresas).

 

Es precisamente dicha incertidumbre y nerviosismo en torno a la paternidad de Moze con respecto a Addie la que se va desdibujando a medida que avanza el metraje ya que es reemplazada por una amistad imprevista orientada al retrato de determinados vínculos sociales que parecen obedecer a conjunciones azarosas más que a un afecto intrínseco de por sí: en vez del clásico prejuicio facilista de la comunidad occidental y la industria del espectáculo en lo que atañe a la comarca hogareña, ese del “si son o pueden ser parientes, deben vivir juntos y llevarse bien a la fuerza”, en el opus de Bogdanovich tenemos en cambio la edificación de un enlace entre dos extraños a partir de la naturalidad y elementos compartidos, definitivamente la soledad (él perdió a sus padres y no sabe dónde está su hermana, y ella no desea ir a vivir con una tía que jamás se molestó en conocerla o en visitar a la finada de su madre), los billetitos verdes (la nena lleva un constante recuento de la suma acumulada por las trampas y el hombre se espanta ante los abultados montos que Addie pide a las víctimas por las Biblias, siempre calculando el “valor personalizado” según las pertenencias de la casa/ capacidad de compra de cada individuo en particular), y la paradigmática adicción al peligro que se mueve por detrás de una existencia dedicada al riesgo ad infinitum (como tantas obras consagradas al delito cíclico, cada nueva operación de los protagonistas parece duplicar a la anterior en materia de esfuerzos involucrados, amenaza y posibles recompensas, logrando que la progresión dramática marche cuesta arriba hasta un desenlace que suele colocar a nuestros adalides cara a cara con el límite de hasta dónde pueden -o pretenden/ anhelan- llegar en su ambición y hambre de aventuras).

 

Más allá de la sabiduría exhibida por Bogdanovich al momento de explorar la complejidad del mundo de los niños y su convivencia con el atolondrado ecosistema de los adultos, sólo equiparable a su homóloga apesadumbrada de otros maestros del rubro como Carlos Saura, Louis Malle y Víctor Erice, la propuesta es uno de los mejores exponentes del cine inconformista más álgido por la sencilla razón de que toda la faena en su conjunto está encarada desde la amoralidad antiinstitucional y el relato nunca pide perdón al respecto, como sí harían la infinidad de duplicados que Hollywood ensayaría desde los 80 hasta nuestros días, casi siempre haciendo que los valores familiares tradicionales y la seguridad burguesa reaccionaria triunfe en última instancia. Ubicándose en el extremo opuesto, Luna de Papel continuamente celebra la cultura del rebusque callejero que recorre los intersticios y pequeñas grietas del sistema social/ económico/ comunicacional para sacar beneficio y robarles a los tontos obedientes unas monedas que permitan sobrevivir un día más; algo que queda muy de manifiesto en el desenlace cuando un Pray humillado porque los gemelos contrabandistas lo encontraron, lo golpearon y le sacaron el dinero pretende dejar con Billie a la niña, y ella no se resigna a la mediocridad aburrida burguesa y sale al reencuentro de un socio/ amigo/ tutor que la acepta ya que ambos comparten cariño, ese dulce cinismo del vagabundo de los márgenes y la visión crítica para con una sociedad conservadora que se vive replegando en sus cuevas cada vez que las papas queman. La lucha del subsistir prosaico y carente de pompa aquí se unifica con una parquedad tramposa que sabe sonreírle a los necios y los paparulos cuando se necesita birlarles eso que definitivamente les sobra…

 

Luna de Papel (Paper Moon, Estados Unidos, 1973)

Dirección: Peter Bogdanovich. Guión: Alvin Sargent. Elenco: Ryan O’Neal, Tatum O’Neal, Madeline Kahn, John Hillerman, P.J. Johnson, Jessie Lee Fulton, James N. Harrell, Lila Waters, Noble Willingham, Rose-Mary Rumbley. Producción: Peter Bogdanovich. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 10