The Rocky Horror Picture Show

Dulces travestis de Transilvania

Por Emiliano Fernández

Desde la década del 80 gran parte del acervo mainstream se ha concentrado en construir películas descartables que obedecen a la era de las franquicias en la que vivimos, productos huecos listos para ser vistos y olvidados porque son una copia exacta de la interminable cadena de duplicados que los precedieron y que los sucederán a futuro. El séptimo arte de los 70 hacia atrás, en cambio, no sólo producía muchas más obras valiosas sino que éstas eran más auténticas, menos artificiales, más humanas y con un margen generoso en cuanto a su capacidad de soportar revisiones que no se limitaban al período de su estreno inicial sino que también abarcaban generaciones futuras, todo en función de una originalidad que sin ser revolucionaria en la mayoría de los casos, por lo menos abría la puerta a la sorpresa sutil y a una rebeldía siempre vitalizante: The Rocky Horror Picture Show (1975) es el mejor ejemplo del rubro, aquella película que en su primera aparición no la vio casi nadie y que con el transcurso de los años se transformaría en el film con más proyecciones en la historia del cine y con más tiempo concreto en cartelera, en esencia un pequeño musical de pulso kitsch que capitalizó de maravillas el abanico cultural propugnado por el glam inglés de la época y que aprovechó el mismo equipo técnico y creativo que ya venía trabajando desde hacía dos años con el material de base, logrando un nivel de perfeccionamiento muy poco habitual en el cine y sobre todo en el terreno de las rutinarias odiseas de Hollywood.

 

A pesar de su enorme simpleza retórica, o precisamente debido a ella, al opus dirigido por el australiano Jim Sharman y escrito por el susodicho y el británico Richard O’Brien, inspirado a su vez en la puesta teatral The Rocky Horror Show (1973) del propio O’Brien, le caben muchas definiciones para nada excluyentes entre sí: la propuesta es en simultáneo una suerte de elogio protopunk a la liberación sexual, un homenaje cinéfilo a -y una parodia de- la clase B del terror industrial de las décadas del 50 y 60, un canto a las satisfacciones que trae la libido desatada sin restricción alguna de por medio, una apología de las sectas en términos de consumos culturales que se apartan de la triste mediocridad de las mayorías, una sátira de los discos conceptuales de cadencia operística del rock progresivo del período, un ataque nada disimulado contra los mojigatos y los reaccionarios que hicieron de la represión sexual su única e hipócrita bandera social, un carnaval freak que se asemeja a un espectáculo itinerante de fenómenos andróginos, y finalmente una epopeya demencial sobre las características propias del amor, el compromiso, el egoísmo grandilocuente y hasta la condición de expatriado, aunque ya sin el entramado utópico del hippismo y obedeciendo a un hedonismo muy gracioso que no deja de lado las consecuencias a largo plazo de vivir permanentemente en función de la voluptuosidad del placer del presente, léase el odio y revanchas de aquellos que se sienten títeres en el juego individualista e inestable de turno.

 

La historia combina la arquitectura dramática del horror histórico de la Universal de la primera mitad del Siglo XX y los latiguillos mucho más subidos de tono -en materia de violencia y sensualidad- de las Hammer y Amicus de los 60 y los mismos 70: Brad Majors (Barry Bostwick) y Janet Weiss (Susan Sarandon) son una dupla de jóvenes burgueses hiper aburridos y frígidos que deciden casarse a posteriori de la boda de una pareja amiga, lo que los deja conduciendo con su automóvil por zonas bucólicas de Denton, en Texas, y rápidamente lamentando un neumático pinchado en medio de una lluvia torrencial. Con la idea de utilizar el teléfono para pedir auxilio, el dúo se dirige a una mansión en medio de la nada que resulta estar atravesando la llamada “Convención Anual de Transilvania”, un evento en el que el dueño de casa, el tremendo Doctor Frank-N-Furter (Tim Curry), recibe a paisanos de su tierra para agasajarlos -y autocelebrarse- vía una fiesta de lo más colorida en donde dominan atuendos sadomasoquistas, mucho maquillaje símil drag queen, una impronta gótica innegable, rock de los años 50, erotismo bien bizarro y la sensación de que en cualquier momento se desata una orgía de lo más peligrosa. Es justo en esa simpática velada en que este Frankenstein posmoderno presenta en sociedad a su nueva criatura, el Rocky del título (Peter Hinwood), un adonis musculoso que el autoproclamado “dulce travesti del planeta Transexual de la galaxia Transilvania” pretende convertir en su amante.

 

La algarabía se corta cuando de repente aparece Eddie (Marvin Lee Aday alias Meat Loaf), un ex-delivery boy que sale de una cámara frigorífica en la que Frank lo tenía confinado: el señor, un retro motociclista a lo El Salvaje (The Wild One, 1953), resulta ser el otrora amante tanto del doctor como de Columbia (Nell Campbell), una groupie que el científico bisexual tiene viviendo con él. En un arrebato de celos porque ve a Rocky bailando al ritmo de Eddie, Frank-N-Furter mata al resucitado espontáneo con una piqueta, da por finalizada la reunión y manda a sus respectivos aposentos a Brad y Janet, seduciéndolos de inmediato a ambos disfrazándose y haciéndose pasar por la otra pata de la pareja para desvirgarlos de una buena vez. Janet pronto se transforma en una ninfómana y aprovecha la indefensión de Rocky para acostarse con él, quien asimismo venía siendo torturado sin piedad por Riff Raff (O’Brien), el sirviente del jerarca que también vive en la mansión junto a su hermana, la empleada doméstica Magenta (Patricia Quinn). De improviso cae en el caserón el Doctor Everett V. Scott (Jonathan Adams), ex tutor de los jóvenes del colegio secundario y tío de Eddie, y todos comparten una no muy agradable comida preparada con los restos mutilados del sobrino del flamante visitante, a quien Frank confunde con un investigador del gobierno especializado en alienígenas. Después de convertirlos a todos en estatuas desnudas vía el hilarante transductor Medusa, el doctor los insta a brindar un show de cabaret en un teatro vacío con una torre de la RKO de fondo y así el grupo protagoniza una orgía subacuática en una insólita piscina arriba del escenario. El acontecimiento es interrumpido por un mini golpe de estado a cargo de Magenta y Riff Raff, quienes matan a Columbia, al científico y a Rocky, liberando luego a la pareja y a Scott justo antes de regresar a la querida Transilvania con la mansión/ nave por estar hartos del planeta Tierra y los idiotas de los seres humanos.

 

El encanto imperecedero de The Rocky Horror Picture Show se ubica en la frontera entre lo decididamente camp por un lado, haciendo gala de hipérboles varias y de un trasfondo tan ridículo como ostentoso afeminado, y lo irreverente batallante por el otro, sobre todo apuntalado en una doctrina del shock sensorial/ erótico/ visual que de manera continua pasa a estar amalgamada en el metraje con el catálogo de recursos del terror clásico, la comedia picaresca locuaz, los musicales de izquierda del Nuevo Hollywood a lo Bob Fosse y el cine absurdo de inclinaciones abiertamente libertarias o rupturistas para con la almidonada tradición del mainstream y su fariseísmo en nombre de la estupidez de la “magia del mundo del espectáculo”; como bien interpretaron la faena los punks anglosajones de aquellos años, un movimiento que no tardaría mucho en extenderse por todo el globo y que tomó diversos estilemas del film con el objetivo manifiesto de hacerlos propios al sin duda reconocerse en ese júbilo inconformista que se escondía debajo de la superficie desfachatada y farsesca del relato. Ahora bien, este sutil atractivo en gran medida desaparecería en la para muchos ignota “secuela conceptual” Shock Treatment (1981), un trabajo que reunió a Sharman, O’Brien y parte del elenco y el equipo técnico original, especie de continuación maquillada que retoma los personajes protagónicos de Brad y Janet aunque reemplazando el sustrato cinéfilo/ melómano del opus de 1975 con una sátira de la televisión en general y de esos programas que años más adelante se darían en llamar reality shows, lo que entendiblemente defraudaría a muchos fans del trabajo primigenio que además percibieron que la película en cuestión no sólo era inferior sino que desaprovechaba las muy buenas canciones de O’Brien, sufría de la ausencia del gran Tim Curry y resultaba demasiado claustrofóbica por la desafortunada decisión de Sharman de centrar todo el desarrollo retórico en un set de TV.

 

De hecho, el desempeño de Curry, un señor con una boca y una actitud apabullantes dignas de grandes cantantes del rock de la etapa en línea con Mick Jagger de The Rolling Stones, David Johansen de New York Dolls y Steven Tyler de Aerosmith, calza a la perfección con el planteo de la película y su idea de evadir toda definición taxativa en lo referido a los géneros sexuales, la cultura y la idiosincrasia comunal. El resto del elenco también cumple en lo suyo, destacándose en especial el criminólogo/ narrador de Charles Gray, Quinn, Campbell, Sarandon, O’Brien y el inefable Meat Loaf, quien dos años después retomaría la fantasía retro adolescente aquí ensayada en su legendario debut discográfico en solitario, Bat Out of Hell (1977), con canciones de Jim Steinman y producción del siempre genial Todd Rundgren. Por supuesto que el soundtrack constituye otro de los puntos fuertes y ha sobrevivido al paso del tiempo con una hidalguía prodigiosa, basta recordar composiciones magníficas como la apertura Science Fiction/ Double Feature, la contagiosa Time Warp, esa eterna y hermosa locura intitulada Sweet Transvestite, la Hot Patootie- Bless My Soul de Meat Loaf, la súper deliciosa Touch-a, Touch-a, Touch-a, Touch Me de Sarandon, la suite Rose Tint My World y el frenesí melancólico que nos propone I’m Going Home, ya acercándonos al desenlace con el regreso de Science Fiction/ Double Feature de la mano de una letra modificada acorde con un hedonismo que terminó estallando, un par de burgueses que dejaron atrás la pusilanimidad y unos hermanos inmigrantes que volvieron a su lejano terruño. Pocos films fueron tan valientes y adictivos como The Rocky Horror Picture Show en su presentación de un libre albedrío que se aparta de los prejuicios demacrados del todo social mediante una franqueza amatoria/ pasional en la que tienen preeminencia las medias de red, los portaligas y los corsés más libidinosos que invitan a la lujuria rauda irrestricta…

 

The Rocky Horror Picture Show (Reino Unido/ Estados Unidos, 1975)

Dirección: Jim Sharman. Guión: Richard O’Brien y Jim Sharman. Elenco: Tim Curry, Susan Sarandon, Barry Bostwick, Richard O’Brien, Patricia Quinn, Nell Campbell, Jonathan Adams, Peter Hinwood, Meat Loaf, Charles Gray. Producción: Michael White. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10