El Brutalista (The Brutalist)

Ecos de la Bauhaus

Por Martín Chiavarino
“Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo.”
Johann Wolfgang von Goethe
 

Aunque hay numerosas excepciones, el cine norteamericano está repleto de anécdotas sobre realizadores condenados a no poder desarrollar sus proyectos cinematográficos por sus pretensiones artísticas. Terry Gilliam, Darren Aronofsky, Orson Welles, John Waters, David Lynch y hasta Francis Ford Coppola se han convertido en nombres prohibidos para las grandes productoras de Hollywood. En este sentido El Brutalista (The Brutalist, 2024) propone un doble desafío al unir la búsqueda artística de la trama con la gesta cinematográfica en sí como obra de arte, dado que en el relato un arquitecto busca desarrollar un concepto en su edificio mientras que la película busca replicar el mismo mecanismo a nivel cinematográfico, ofreciendo la noción de la trama aunque a través de las herramientas del cine.

 

A contramano de casi todo el séptimo arte actual, El Brutalista es una película cargada de conceptos. El brutalismo como forma de expresión de los traumas históricos y personales de una comunidad, la relación entre los artistas y los mecenas o la recuperación de la figura del inmigrante son algunos de los conceptos que desarrolla la obra del joven realizador Brady Corbet, pero la idea más importante que recorre todo el relato y le da sentido al film es la de la obra como punto final, proponiendo que la realización de una obra, cualquiera sea, un edificio, una pintura o una película, está llena de obstáculos en su materialización, pero aun así el concepto en el corazón del artista permanece inalterado y la verdadera esencia de la obra no está en el proceso de realización, en el camino, sino en el concepto del autor y el resultado final, que es el trauma o la necesidad vital que generaron la obra. Desde esta perspectiva, el film esta propuesto como una odisea modernista que discute con las ideas relativistas postmodernas, aquellas que plantean obras más eclécticas, sin conceptos o directrices específicas y rígidas.

 

La trama sigue a un arquitecto húngaro de origen judío formado en la escuela de diseño y arquitectura alemana Bauhaus, László Tóth (Adrien Brody), además sobreviviente del Holocausto, en su camino desde los campos de concentración nazis al puerto de Nueva York, en Estados Unidos, para luego ir a Doylestown, cerca de Filadelfia, donde comienza a trabajar con su primo Attila (Alessandro Nivola) en su mueblería. Allí Lázsló vive en una habitación en el showroom mientras fabrica muebles de diseño industrial completamente ajenos a la estética y el gusto norteamericanos, que Attila y su esposa Audrey (Emma Laird) exponen y venden. En uno de los trabajos, la construcción de una biblioteca y una habitación de lectura para un empresario, logran que el arquitecto sea apreciado nuevamente y se le encargue la construcción de una obra faraónica, un centro para la comunidad que contenga una biblioteca, un teatro, un gimnasio y una capilla en un solo edificio. En una breve obertura y dos partes que abarcan desde 1947 hasta 1960, más un epílogo ambientado en 1980, El Brutalista narra la construcción de este edificio, la lucha de Lázsló por defender su concepto, la relación con su mecenas, el multimillonario Harrison Lee Van Buren Sr. (Guy Pearce), y su hijo, Harry Lee (Joe Alwyn), los trámites para traer a su esposa, Erzsébet (Felicity Jones), y a su sobrina, Zsófia (Raffey Cassidy), a Estados Unidos y el choque cultural entre la mentalidad diletante estadounidense y el proyecto modernista de los inmigrantes europeos.

 

En las primeras escenas con el primo y su esposa la película ya presenta los argumentos que va a desarrollar durante toda la obra. La esposa le critica que su mueble, una mesa de luz, parece un triciclo, y el primo le explica que cambió su apellido húngaro por uno norteamericano y le puso a su negocio Miller & Sons porque a los estadounidenses les gustan los negocios familiares. La hipocresía de una sociedad ignorante y con mal gusto que pide a los gritos ser engañada aflora así en el comienzo, ofreciendo un retrato de la sociedad norteamericana de posguerra.

 

Las principales características de El Brutalista son la paciencia con la que Corbet desarrolla las escenas, construyendo con detalle cada plano, y la mirada crítica del guión, una diatriba demoledora contra el capitalismo, el poder y el dinero. Al igual que el protagonista, inspirado en los arquitectos húngaros Marcel Lajos Breuer y Ernő Goldfinger, la obra y su artífice son víctimas de todo un entramado social que los acecha para disciplinarlos. La milagrosa supervivencia a los campos de concentración sufrida por su condición de judío y artista degenerado y comunista es solo el prólogo de una historia de sufrimiento que continúa con el rechazo de la sociedad norteamericana, primero expresada por Audrey sobre su obra y luego sobre su personalidad y su influencia en la mueblería. Luego el multimillonario al que le construyen la sala de lectura y biblioteca por instinto la rechaza visceralmente, para luego recapacitar después de que todo su círculo le haga saber que la estética remite al modernismo europeo de la Bauhaus. Eso lo lleva a entablar una relación con el arquitecto y convertirse en su promotor, para ejercer sobre Tóth todo tipo de violencia, incluida la humillación y la sodomización. Como si todo ello no fuese suficiente, antes del viaje le rompen la nariz y para aliviar su dolor le dan heroína durante todo el viaje en barco a Estados Unidos. Ya convertido en un heroinómano, termina trabajando en la construcción y viviendo en un albergue junto a su amigo George (Isaach De Bankolé), un buscavidas que intenta sobrevivir junto a su hijo, William (Zephan Hanson Amissah), sin medios para poder reencontrarse con su esposa y su sobrina atrapadas en Europa, quienes intentan sobrevivir en un viejo continente devastado haciendo buenas migas con los soldados rusos. Ante este panorama desolador, la llegada de Harrison parece un bálsamo y una oportunidad para renacer, no obstante la defensa del mecenas choca con la opinión de todos los ingenieros y la hostilidad del hijo, Harry Lee, que buscan bajar los costos y racionalizar el proyecto. Con el regreso de su esposa, Lázsló solo puede apoyarse en Erzsébet, postrada en una silla de ruedas por la osteoporosis producto de la hambruna en los campos de concentración, y en su sobrina, Zsófia, que se ha quedado muda por los horrores y abusos experimentados durante y después de la Segunda Guerra Mundial, situaciones que ya de adulta y casada la impulsan a emigrar hacia Israel para escapar de la podredumbre genocida de Europa y de la falsedad del país que lo acogió.

 

Al igual que la edificación brutalista que el protagonista proyecta, la película de Corbet, coescrita junto a la guionista y realizadora noruega Mona Fastvold, es una obra en la que todo parece planteando con una idea guía, que se revela en el epílogo durante la Bienal de Arquitectura de Venecia de 1980 con un homenaje a László Tóth y su producción artística. El Brutalista se destaca por la impresionante actuación de Adrien Brody, Guy Pearce y el resto del elenco y por una música épica de contrastes y claroscuros con preeminencia de piano e instrumentos de percusión que oscila entre las armonías y las disonancias para expresar las distintas emociones del protagonista, compuesta por Daniel Blumberg, el guitarrista de la banda inglesa Yuck, quien rinde tributo a uno de los grandes músicos de los Siglos XX y XXI, Scott Walker, y también remite a las composiciones del músico inglés Clint Mansell y el compositor francés Erik Satie.

 

Corbet ya había colaborado con su pareja, Fastvold, en su opus anterior, Vox Lux (2018), y en su ópera prima, La Infancia de un Líder (The Childhood of a Leader, 2015), basada en la novela homónima de 1939 de Jean-Paul Sartre, al igual que el director de fotografía Lol Crawley, que aquí realiza una labor extraordinaria filmando con la tecnología VistaVision para llevar la fotografía hacia una estética modernista alineada con la Bauhaus. El Brutalista es una obra en la que se pueden trazar varias líneas de inspiración, entre las que se destacan Petróleo Sangriento (There Will Be Blood, 2007), de Paul Thomas Anderson, El Padrino II (The Godfather II, 1974), de Francis Ford Coppola, El Proceso (The Trial, 1962), de Orson Welles, y Las Puertas del Cielo (Heaven’s Gate, 1980), de Michael Cimino, joyas que le marcan el norte a una propuesta muy bien ambientada, que aprovecha con prolijidad todos los rubros técnicos.

 

Como película de época que recupera diversos acontecimientos históricos espantosos, El Brutalista reflexiona sobre la condición vulnerable del inmigrante, el arte en la arquitectura y sus obstáculos y la hipocresía y podredumbre de los empresarios transformados en mecenas, utilizando metáforas muy inteligentes como la frase del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe sobre la esclavitud poco después de la llegada de los inmigrantes a Nueva York, así el realizador coloca la cámara de modo que la Estatua de la Libertad figure dada vuelta o de costado, señalando la verdadera condición del sueño americano, hablamos de la inequidad, la suerte y la violencia institucionalizada pero nunca la libertad y las oportunidades.

 

El Brutalista (The Brutalist, Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá/ Hungría, 2024)

Dirección: Brady Corbet. Guión: Brady Corbet y Mona Fastvold. Elenco: Adrien Brody, Felicity Jones, Guy Pearce, Joe Alwyn, Raffey Cassidy, Stacy Martin, Isaach De Bankolé, Alessandro Nivola, Emma Laird, Michael Epp. Producción: Brian Young, Andrew Morrison, Trevor Matthews, Andrew Lauren, D.J. Gugenheim y Nick Gordon. Duración: 215 minutos.

Puntaje: 10