El Marino que Perdió la Gracia del Mar (The Sailor Who Fell from Grace with the Sea)

Edipo y la gloria entre las olas

Por Emiliano Fernández

El Marino que Perdió la Gracia del Mar (The Sailor Who Fell from Grace with the Sea, 1976) es un típico ejemplo de cuánto puede llegar a afectar a una historia el simple hecho de trasladar la acción de un lugar a otro: esta ópera prima como director del otrora sólo guionista Lewis John Carlino, basada en la famosa novela homónima de 1963 del japonés Yukio Mishima, mueve la trama desde la Yokohama original del libro a Dartmouth, un pueblo costero del Reino Unido, y con ese gesto modifica gran parte del contenido de la obra literaria y lo adapta a nuestros patrones culturales occidentales, jugada que -paradoja de por medio- hubiera espantado al mismísimo Mishima, no sólo uno de los escritores más renombrados de su país sino también un nacionalista de extrema derecha en verdad fanático que formó una milicia privada, el Tatenokai, con el objetivo de llevar a cabo un Golpe de Estado que en 1970 derivó en un rotundo fracaso a posteriori de que él y cuatro partidarios tomaran como rehén al comandante del cuartel de las Fuerzas de Autodefensa del Japón que se encontraba en Ichigaya, Tokio, para convencer a los soldados presentes de encabezar una rebelión contra el gobierno pronorteamericano y a favor de devolverle el poder al Emperador, con Mishima finalmente cometiendo seppuku/ harakiri al ver que sus palabras caían en oídos sordos. La película recupera los conceptos centrales de la novela, como por ejemplo la gloria masculina representada en la pureza del mar y opuesta al conformismo hogareño y las mujeres, no obstante le da una vuelta de tuerca al tener que prescindir -por tratarse de una adaptación anglosajona- del contexto nipón y todas las alegorías acerca de la crisis de los valores tradicionales en torno al honor, la dignidad y el orgullo nacional de talante imperial, ingredientes por entonces ya vetustos de un inconsciente colectivo cada vez más fascinado con Occidente y muy lastimado a raíz de la derrota en la Segunda Guerra Mundial y la devastación de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki del 6 y el 9 de agosto de 1945, con la autoestima masculina bélica/ política especialmente en crisis.

 

El guión de Carlino sorprende por lo apegado en general a la novela de Mishima: Jonathan Osborne (Jonathan Kahn) es un niño de 14 años que vive con su madre Anne (Sarah Miles), una mujer de buen pasar económico que enviudó hace tres años y medio y hoy encabeza la tienda de antigüedades de su marido David, sin por cierto percatarse de que su hijo, todo un fanático de los barcos en consonancia con el cercano puerto de Dartmouth, forma parte de un grupo de niños de su edad conducido por una figura precoz y peligrosa a la que sólo conocemos como el Jefe (Earl Rhodes), quien tiene de subalternos a cuatro compañeros de colegio que padecen una para nada sutil despersonalización vía la asignación de números, con Jonathan siendo el Número Tres y los demás el Número Dos (Paul Tropea), el Número Cuatro (Gary Lock) y el Número Cinco (Stephen Black), según su importancia dentro del colectivo. El muchacho un día descubre un agujero circular en el placard de su habitación que da al cuarto de su madre y comienza a espiarla durante las noches cuando se acuesta en su cama, se cambia de ropa o se masturba entristecida fantaseando con el difunto David, suerte de estudio voyeurista/ incestuoso de carácter bien gélido que no afecta en nada la normalidad burguesa de la casona ni los paseos que ambos protagonizan, como ese tour que la mujer le consigue al niño a bordo de un navío mercante llamado Belle a instancias del Segundo Oficial, el estadounidense Jim Cameron (Kris Kristofferson), con quien Anne eventualmente comienza una relación romántica que se extiende en el tiempo mediante cartas cuando el hombre debe partir con su barco. Jonathan pasa de espiar a la pareja tener sexo e identificarse con el visitante, vía un idealismo vinculado a las hazañas marítimas de los periplos eternos de Cameron alrededor del globo, a odiarlo cada vez más una vez que comprende que hay amor real entre su progenitora y el marino al punto de que pretenden casarse, lo que rompería “el orden perfecto de las cosas” porque implicaría que la figura endiosada renuncia a su vida en alta mar y pasa a convertirse en otro adulto aburrido más.

 

Como en el recordado libro de Mishima, la historia parece respetar los parámetros clásicos del melodrama pero las sorpresas están a la orden del día y no sólo llegan de la mano de la perversidad general sino del mismo sustrato conceptual del relato, muy empapado de la ideología del Jefe, un muchacho solitario que nunca ve a sus padres ricachones y por ello detesta profundamente a los mayores y construye todo un ideario neonietzscheano que justifique racionalmente su obsesión con preparar a sus acólitos para enfrentar al mundo de los adultos a pura impasibilidad y dureza, condicionándolos a no sentir nada de nada ante los estímulos sexuales (los hace ver un libro con posiciones para el coito) y las truculencias más gratuitas (les ordena atrapar un gato, Cedric, que supo cazar libre en el bosque y ahora está todo el tiempo en la propiedad de la familia del Jefe, paradigma de una domesticación tendiente a la mediocridad y la abulia estándar que el pobre animal paga siendo asesinado/ diseccionado mediante anestesia y un escalpelo con vistas a extirparle el corazón, núcleo de una vida considerada degradada y ya sin honor, sin esa “gran causa” empardada al hecho de cazar y no dejarse someter por nadie). Por supuesto que el destino del felino funciona como un prólogo de lo que le espera al Segundo Oficial del Belle cuando regresa a Dartmouth y le pide matrimonio a Anne, algo así como su sentencia de muerte ya que se ratifica el rechazo que el Jefe siempre manifestó contra Jim desromantizando aquellas descripciones ciclópeas iniciales de Jonathan cuando les contaba a sus amigos sobre el cuerpo tapado de cicatrices del marinero, su naturaleza lacónica o el destino de grandeza que le espera en el mar, planteo que a su vez nada tiene que ver con la concepción del propio Cameron, quien reconoce ante la mujer que abandonó el país en el que vivía para no aceptar sus límites y entregarse a los sueños de gloria de un mar inacabable y todopoderoso, sin embargo allí tampoco encontró ese “gran significado” para la vida y así quedó atrapado entre una tierra que en esencia nunca cambia y un mar que jamás es el mismo por su perpetuo fluir caótico.

 

Carlino, conocido sobre todo por su trabajo en realizaciones muy variopintas como El Otro Señor Hamilton (Seconds, 1966), Asesino a Precio Fijo (The Mechanic, 1972), Nunca te Prometí un Jardín de Rosas (I Never Promised You a Rose Garden, 1977), El Don del Coraje (The Great Santini, 1979) y Resurrección (Resurrection, 1980), se toma su tiempo para plantear toda la situación y sabe perfectamente que puede hacerlo por la belleza de las locaciones costeras inglesas, la excelente fotografía de Douglas Slocombe y el maravilloso desempeño del trío protagónico, Miles/ Kristofferson/ Kahn, un combo que le permite saltar del evidente trasfondo edípico, en función del purrete espiando a su madre en la intimidad, a tópicos adicionales como la deshumanización producto del aislamiento de determinados colectivos sociales y la sobreestimulación de la mano de la pornografía y la violencia, esquema que nuevamente puede apreciarse a todas luces en el credo que el Jefe les inculca a sus cuatro seguidores y que incluye elementos difusos de eugenesia, racismo, darwinismo social, cinismo consuetudinario, psicopatía, nihilismo extremadamente negativo, egoísmo, delirios mesiánicos y misantropía a nivel patológico, de desapego absoluto por la vida y sus placeres en pos de defenderse de las agresiones del ecosistema adulto y de obedecer un eje existencial de pureza antihipocresía. Este tradicionalismo atávico extremo que busca siempre un objetivo de máxima es el de Mishima y por ello la novela y la película son tan ricas en lo que atañe al retrato de una masculinidad agresiva que necesita reafirmarse no tanto tomando posesión de todas las mujeres sino de “la” mujer, la madre, algo que también salta a la luz por la homosexualidad del escritor y la búsqueda entrecruzada de gloria por parte de los tres varones más importantes de la trama, el Jonathan que cree en el mar y luego con todo en la doctrina amoral del Jefe, éste que se planta como un diletante de la autonomía plena por fuera de las limitaciones y reglas éticas de una comunidad que gusta de protegerse a sí misma, y ese Cameron que “perdió la gracia del mar” al unirse a Anne.

 

Como decíamos antes, la mudanza de la historia desde el Japón al Reino Unido desdibuja las contraposiciones de base entre el personaje de la madre, representante sin duda de la occidentalización que trajo la invasión yanqui posterior a la Segunda Guerra Mundial, y el del marinero, símbolo de esa sociedad nipona homogénea -bajo el mandato del Emperador- que Mishima moriría defendiendo y cuyo sacrifico traslada al asesinato del desenlace del hombre por parte del grupo de jóvenes, movida que se entiende dentro de este entramado ideológico de derecha en donde el óbito con honor, léase apoyando una “causa nacional” extrapolada en el devenir errante de las olas, es el que vale y no precisamente el hogar burgués con la hembra y su vástago, casa que destruye la aventura mitológica de raigambre militar para construir una vida sedentaria como quien tapa un pozo lleno de agua de lluvia para edificar algo encima. La alienación individualista, esa que ataca fervientemente el Jefe a través de su cruzada contra los adultos y que Jonathan termina adoptando como propia con el mismo fanatismo y desilusión social de Mishima, curiosamente constituye el rasgo más vigente de todo el planteo del film debido a que subraya la estupidización de unas mayorías -controladas por el Estado, el gran capital y los medios de comunicación- en la que un sinfín de pequeños ególatras vulgares renuncian a cualquier verdadera militancia y se resignan a la vacuidad de un mercado occidental hiper segmentado que aísla en celdas estancas a los consumidores para neutralizar no sólo el acervo individual de cada uno sino su capacidad de rebelión primigenia, lo que genera una fuerte paradoja porque en esencia lo que tenemos es una lucha entre autómatas capitalistas modernos/ posmodernos y autómatas tradicionalistas de índole castrense, ninguno de los dos realmente ofreciendo una libertad fulgurante sino más bien sometiendo la voluntad de terceros para que se pongan a completa disposición de “autoridades” que no son tales porque surgen fruto de la autolegitimación en piloto automático y el maquiavelismo de siempre de los fascistas y narcisistas comunales…

 

El Marino que Perdió la Gracia del Mar (The Sailor Who Fell from Grace with the Sea, Reino Unido, 1976)

Dirección y Guión: Lewis John Carlino. Elenco: Sarah Miles, Kris Kristofferson, Jonathan Kahn, Earl Rhodes, Paul Tropea, Gary Lock, Stephen Black, Margo Cunningham, Peter Clapham, Jennifer Tolman. Producción: Kikumaru Okuda y Martin Poll. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 9