El Chacal de Nahueltoro

Educando al delincuente rústico

Por Emiliano Fernández

Casi toda la producción artística del chileno Miguel Littin se engloba en el arte militante de izquierda del Nuevo Cine Latinoamericano de las décadas del 60 y 70, un movimiento esencialmente heterogéneo pero con puntos en común como la lucha contra el imperialismo estadounidense hambreador correspondiente a la Guerra Fría y la defensa de la autonomía y dignidad de todos los pueblos subyugados por la lacra capitalista externa y sus socios de la oligarquía entreguista vernácula de cada país, un grupo de realizadores y guionistas que exudó valentía política todo terreno y supo incluir a los argentinos Fernando Birri, Gerardo Vallejo y Fernando Solanas, los brasileños Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos y Ruy Guerra, los cubanos Julio García Espinosa, Humberto Solás y Tomás Gutiérrez Alea y los también chilenos Patricio Guzmán, Helvio Soto y Raúl Ruiz, en este último caso sobre todo en la primera etapa de su carrera, entre muchos otros cineastas comprometidos con la realidad de su época que por cierto ponen en vergüenza a sus colegas inofensivos del nuevo milenio de todo el globo, en su enorme mayoría unos asalariados o autómatas de mierda que hacen lo que se les dice desde el mainstream o el indie o simplemente se recluyen en el escapismo más idiotizante modelo Hollywood. Si bien aquel Nuevo Cine Latinoamericano gustaba de autohomologarse a otras corrientes de influjo documentalista del pasado y el presente que oficiaban de modelo para la representación más cruda o visceral del contexto subdesarrollado, dependiente, violento y muy pobre de las naciones de América Latina, como por ejemplo el Cine-Ojo de Dziga Vértov, el neorrealismo italiano de la posguerra, la Nouvelle Vague de los años 50 y 60, el Free Cinema del Reino Unido y por supuesto el documental etnográfico y el Cinéma Vérité de Jean Rouch, a decir verdad gran parte de su poderío discursivo fue tomado -de manera consciente o inconsciente- de colectivos incluso previos cuyas consignas reconvirtieron hacia el minimalismo más desnudo aunque siempre conservando sus diatribas de barricada, pensemos en el expresionismo alemán, el realismo poético francés de los 30 y aquel montajismo ruso del extraordinario Serguéi Eisenstein.

 

Littin, en un principio apadrinado por Soto, se consagró a escala local e internacional con su primer y maravilloso largometraje, El Chacal de Nahueltoro (1969), film producido por la Cinematográfica Tercer Mondo y el Centro de Cine Experimental de la Universidad de Chile que explora las tropelías de un campesino analfabeto, Jorge del Carmen Valenzuela Torres (1938-1963), que el 20 de agosto de 1960 asesinó a una mujer de 38 años, Rosa Elena Rivas Acuña, y los cinco hijos que vivían con ella, todos menores de edad que había engendrado con un peón que a su vez había sido asesinado por desconocidos unos meses antes, Óscar Armando Sánchez. La película, como el caso policial verdadero, generó un fuerte debate público en relación a la contradicción de pretender rehabilitar al criminal y de repente matarlo, como se hizo con Valenzuela Torres, fusilado a sus 24 años por esbirros de la Gendarmería de Chile luego de pasar tres inviernos apacibles tras las rejas. La fotografía de Héctor Ríos y la edición de Pedro Chaskel siguen los lineamientos retro vanguardistas de Vértov y Eisenstein para retratar la dura vida del protagonista, quien abandonó su hogar siendo un niño después del fallecimiento de su padre en 1943 y del matrimonio de su madre con uno de sus hijastros, por ello sobrevivió viajando incesantemente, robando comida y/ o trabajando dentro del esquema esclavista de entonces del campo latinoamericano, donde los sucesivos patrones o terratenientes se sienten dueños del cuerpo y espíritu del trabajador golondrina. Eventualmente transformado en un joven alcohólico por la gran brutalidad del camino, la aporofobia social, el paisaje desértico y la persecución de las autoridades bajo el mote de “vago”, el hombre deja embarazada a una tal María González Torres pero termina expulsado del hogar de la fémina por una pelea familiar y así conoce a Rivas Acuña, una viuda que también es echada de su mísera vivienda por el patrón de estancia con todos sus críos a raíz del alcoholismo de su cuasi pareja, Valenzuela Torres, el cual la mata con una guadaña en el clímax de una borrachera por otra discusión ya que la mujer no había logrado cobrar la pensión del finado, Sánchez, por un problema mecánico del ómnibus en cuestión.

 

Si esto fuese una película anglosajona o europea o de cualquier otro recodo apestoso del Primer Mundo de seguro nos aburriría con disquisiciones morales infinitas acerca de la decisión improvisada del homicida de reventar también a los mocosos o testigos bobos del montón, sin embargo Littin resuelve rápido el asunto porque no pasa de ser otro capítulo más de la crónica general ya que la cosmovisión precaria y supersticiosa de Valenzuela Torres abarca desde colocar piedras arriba de los cuerpos, “para que no se muevan”, hasta asesinar a los nenes, “para que no sufran”, así se cargó a la mayoría con la guadaña, a una hembra la estranguló y al bebé del lote lo pisó una y otra vez en su cuna hasta que dejó de lloriquear. El verdadero interés del realizador, cual obra existencial de Fiódor Dostoyevski, queda de manifiesto en el último acto debido a la mentada rehabilitación/ redención del personaje central en el presidio, donde efectivamente por primera vez en su vida recibe algo de educación formal, aprende a leer, juega al fútbol, se obsesiona con poder ver a su madre o recibir el indulto del presidente en ejercicio Jorge Alessandri, encuentra a un sacerdote condescendiente que por lo menos se interesa en serio en él, Eloy Parra, e incluso incorpora distintos oficios como la cestería y la fabricación de portarretratos y guitarras, todo siempre enfatizando el hecho de que por una vez el mentado sistema carcelario y judicial funciona como debiera pero el episodio pronto deriva en tragedia y autoparodia institucional debido al fusilamiento del reo, sentenciado en un principio a 33 años y luego a esa pena capital que en Chile recién se aboliría en 2001. Nelson Villagra como Valenzuela Torres, el también productor Héctor Noguera en el rol del “cura bueno” y Marcelo Romo como el periodista sin nombre que cubre el caso en prisión, más Shenda Román en el papel de la finada Rivas Acuña, ofrecen trabajos actorales muy buenos que se acoplan a la idea de fondo de burlarse del sermón castrador en torno al trabajo, la patria, Dios, la ley y la familia como elementos mágicos de promoción social, por ello el registro testimonial domina el relato y nada tiene que envidiarle al acervo de la época de Costa-Gavras, Francesco Rosi y Gillo Pontecorvo.

 

Muchas de las propuestas posteriores del director, exiliado en México y España durante la cruel dictadura de Augusto Pinochet, alcalde de la Comuna de Palmilla en los 90 y eje de un famoso libro de no ficción de Gabriel García Márquez, La Aventura de Miguel Littin Clandestino en Chile (1986), por un lado retomarían la postergación y acoso que padecen los sectores menesterosos, proletarios y campesinos del país y del extranjero y por el otro lado se consagrarían a los entretelones y consecuencias del Golpe de Estado de 1973 contra el presidente socialista Salvador Allende a instancias de Pinochet y la excrementicia CIA, pensemos en La Tierra Prometida (1973), parábola sobre el campesinado durante la breve República Socialista de Chile de 1932, Actas de Marusia (1975), retrato de la Masacre de Marusia de 1925 contra los obreros de una mina de salitre a instancias del presidente Arturo Alessandri, el progenitor de ese mismo Jorge que le negó el indulto a Valenzuela Torres, El Recurso del Método (1978), film basado en el célebre volumen homónimo de 1974 del escritor cubano Alejo Carpentier, uno de los grandes clásicos de las novelas de dictadores, Alsino y el Cóndor (1982), alegoría sobre la lucha en Nicaragua del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra los fascistas de aquella dinastía Somoza, Acta General de Chile (1986), documental acerca de la vuelta de Littin a su patria natal de manera subrepticia para denunciar las desigualdades y represión de la dictadura, Sandino (1990), biografía sobre el revolucionario nicaragüense Augusto César Sandino y su famosa campaña en los años 20 y 30 contra el ejército de ocupación de Estados Unidos, Los Náufragos (1994), faena que gira alrededor del regreso a Chile de los exiliados y del fantasma de los desaparecidos durante el totalitarismo pinochetista, Tierra del Fuego (2000), retrato del accionar en Argentina del genocida rumano Julio Popper, principal responsable del cuasi exterminio de los indígenas selknams/ onas, Dawson, Isla 10 (2009), convite acerca de la reclusión en 1973 y 1974 de funcionarios socialistas en el Campo de Concentración de la Isla Dawson, y Allende en su Laberinto (2014), epopeya sobre las últimas siete horas del presidente en el Palacio de La Moneda antes de su suicidio. Con mucha cámara en mano, diversas tomas subjetivas, una puesta en escena minimalista y en locaciones, la música melancólica de Sergio Ortega y un montaje disruptivo y con muchos flashbacks, El Chacal de Nahueltoro, referencia al apodo que recibió el homicida y al lugar de los crímenes, justo en el centro de Chile y la Región de Ñuble, pone el dedo en la llaga de una serie de temáticas que lamentablemente no han perdido ni un ápice de vigencia en el nuevo milenio, en línea con el feudalismo, la miseria bucólica, el amarillismo mediático, el olvido estatal, las políticas demonizadoras del pobre, la violencia latente, la deshumanización paradigmática capitalista, las injusticias jurídicas, el alcoholismo, el choque entre campo y metrópoli y desde ya el fariseísmo y la soberbia de sociedades supuestamente modernas que condenan con gran facilidad al delincuente más rústico pero hacen la vista gorda frente a las barbaridades de toda índole de los oligarcas gubernamentales/ empresariales/ financieros/ policiales/ militares de ayer, hoy y siempre, amén de esta naturalización de la brutalidad y la exclusión representada en las sandalias del asesino, sólo metamorfoseadas en unos zapatos burgueses al momento de su fusilamiento…

 

El Chacal de Nahueltoro (Chile, 1969)

Dirección y Guión: Miguel Littin. Elenco: Nelson Villagra, Shenda Román, Marcelo Romo, Héctor Noguera, Luis Alarcón, Pedro Villagra, Rafael Benavente, Rubén Sotoconil, Roberto Navarrete, Jorge Yáñez. Producción: Héctor Noguera, Luis Cornejo, Isidora Portales y Luis Alarcón. Duración: 90 minutos.

Puntaje: 10