La Guerra de Laponia (1944-1945) entre la Alemania nazi y Finlandia constituyó un caso bastante extraño dentro de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) porque fue un conflicto “por obligación”, fundamentalmente a raíz del Armisticio de Moscú de 1944, en el que ambos bandos no sólo tenían un acuerdo tácito sobre cómo comportarse, los germanos huyendo hacia Noruega y los finlandeses persiguiéndolos sin mucho asedio militar real, sino que asimismo habían estado luchando codo a codo durante tres años contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en la Guerra de Continuación (1941-1944), secuela a su vez de la Guerra de Invierno (1939-1940), esta última un enfrentamiento entre el país nórdico y la Unión Soviética que empezó con una agresión de los rusos porque Finlandia se negaba a ceder territorios que servirían para proteger a Leningrado/ San Petersburgo, a pocos kilómetros de la frontera, de una eventual acometida nazi, algo que efectivamente sería así en ocasión del infame sitio de la ciudad entre 1941 y 1944, un período en el que los finlandeses y los alemanes dejaron morir de hambre a más de un millón de personas impidiendo la entrada de alimentos a la metrópoli. Durante la Guerra de Continuación, una conflagración de baja intensidad símil desgaste, las autoridades finlandesas recibieron el apoyo de los nacionalsocialistas e iniciaron las hostilidades para recuperar distintas zonas bajo control soviético, no obstante los rusos en última instancia vuelven a ganar e instan a los nórdicos a romper la alianza que tenían con los germanos y a expulsarlos de inmediato de su territorio, de allí que en la Guerra de Laponia los amigos muten en enemigos y haya un lamentable acuerdo mutuo implícito en materia de no impedir la estrategia de “tierra quemada” durante la retirada tudesca hacia Noruega y la colocación a lo largo y ancho de la región de Laponia, en el extremo norte de Finlandia, de minas terrestres que hasta el día de hoy siguen allí porque no fue posible desactivarlas -o siquiera encontrarlas- en su totalidad.
Todo este trauma nacional, más la figura del soldado finlandés Simo Häyhä (1905-2002), el francotirador más mortal de la historia castrense con más de 500 soviéticos asesinados en la Guerra de Invierno, y la leyenda de Koschéi, criatura horrenda e inmortal del folklore ruso, constituyen la base del tercer largometraje de Jalmari Helander, Sisu (2022), film adictivo y caricaturesco que definitivamente rankea en punta como el mejor trabajo a la fecha del cineasta porque supera a la tontuela Big Game (2014), una comedia de acción con Samuel L. Jackson y Onni Tommila que estaba dirigida sobre todo a niños y preadolescentes, y la disfrutable Rare Exports (2010), expansión de los cortos Rare Exports Inc. (2003) y The Official Rare Exports Inc. Safety Instructions (2005) que fue protagonizada por Onni y su padre Jorma Tommila y que se centraba en una hilarante lucha contra Santa Claus y sus malévolos elfos de Laponia. La trama de Sisu, un término que designa una forma extrema de valentía y obstinación cuando la esperanza parece extinguirse, transcurre durante la Guerra de Laponia y la retirada nazi hacia Noruega, un 1944 en el que un veterano de la Guerra de Invierno, Aatami Korpi (el ya mencionado Jorma Tommila, cuñado del director porque está casado con su hermana Ida Helander-Tommila), busca y encuentra oro en la inmensidad menos acogedora con la única compañía de un caballo y un perro, sin embargo un pelotón de la fuerzas armadas alemanas pretende robarle el botín y por ello no tiene más opción que matarlos a todos, lo que rápidamente desencadena una cacería de parte de un comando más numeroso con Bruno Helldorf (Aksel Hennie), un teniente/ obersturmführer de las Waffen-SS, a la cabeza. Ayudado por dos hombres de confianza, el tanquista Schütze (Onni de nuevo) y el francotirador Wolf (Jack Doolan), Helldorf perseguirá a Korpi sin descanso mientras el segundo hace gala de su destreza para matar y de su enorme capacidad de supervivencia, llegando a salir semi indemne de los más variados dilemas e infortunios.
Sisu es en simultáneo una sutil anomalía y un típico producto de esta época, en primera instancia una rareza porque es lo más cerca que estuvo Helander de entregar una “película seria”, señor obsesionado con la comedia que empezó dirigiendo cortometrajes y que viene de la comarca de la publicidad televisiva, y en segundo lugar un exponente paradigmático del Siglo XXI debido al mejunje de influencias que se mueven por detrás de la propuesta artística en sí, planteo en el que de todos modos conviene aclarar que aquí el realizador -a diferencia de muchos colegas actuales del mainstream y el indie, torpes hasta la médula- consigue redondear con aplomo y naturalidad un trabajo coherente que en ningún momento parece forzado, así las cosas a la base del cine bélico ultra hosco a lo Robert Aldrich, Samuel Fuller y Don Siegel se le agregan capas de aventuras, terror, western revisionista, suspenso y por supuesto ese cine de acción hiperbólico de los 80, uno de los horizontes indisimulables del relato al igual que el laconismo de los antihéroes de Sergio Leone, una estructura dividida en capítulos símil folletín posmoderno del Quentin Tarantino circa Kill Bill (2003 y 2004), el constante regodeo en torno a las caravanas de la muerte que recorren el páramo de la saga que empezó con Mad Max (1979), de George Miller, aquella estampa indestructible no sólo de la referencia más evidente para nuestro Aatami, el John Rambo de Sylvester Stallone que nació con Rambo (First Blood, 1982), opus de Ted Kotcheff, sino también del Indiana Jones de Harrison Ford y el Terminator de Arnold Schwarzenegger, y finalmente la fetichización reciente de los nazis en el cine de horror desde lo estrambótico y la Clase B de Outpost (2008), de Steve Barker, The Devil’s Rock (2011), de Paul Campion, Frankenstein’s Army (2013), de Richard Raaphorst, Overlord (2018), obra de Julius Avery, Blood Vessel (2019), de Justin Dix, y las inefables Dead Snow (Død Snø, 2009) y Dead Snow 2: Red vs. Dead (Død Snø 2, 2014), hermosos delirios del noruego Tommy Wirkola.
De hecho, el film de Helander supera tanto a la colección de ucronías trash de los últimos años como a trabajos supuestamente legitimados por el mainstream yanqui pero igual de grasientos como Fury (2014), de David Ayer, y Shadow in the Cloud (2020), de Roseanne Liang, en suma todos deudores de la iconografía estereotipada del cine bélico europeo y estadounidense sobre la Segunda Guerra Mundial aunque encarados desde la perspectiva inflada de la franquicia de videojuegos Wolfenstein, esa que nació con la trilogía de Castle Wolfenstein (1981), Beyond Castle Wolfenstein (1984) y el mítico Wolfenstein 3D (1992), clásico de los disparos en primera persona/ first person shooters a cargo de John Romero, Tom Hall y John Carmack para id Software. Como si se tratase de un Wirkola leoneano que se divierte con una conjunción de Rambo, Häyhä y el temible Koschéi, el director finlandés mitologiza a Korpi por boca de unos nazis asustados que reciben reportes sobre el pasado de este “abuelito” en tierra arrasada, el cual perdió a su familia a manos de los rusos y por ello se convirtió en un “escuadrón de la muerte de un solo hombre” con más de 300 bajas soviéticas a cuestas, excusa que permite el lucimiento de Helander en escenas desquiciadas aunque fascinantes como la del asesinato inicial del pelotón germano, la del campo minado, aquella otra del camión y el lago, la del linchamiento en la gasolinera, la hiper dolorosa de las curaciones y la media hora final en su conjunto con el avión secuestrado, el rescate de las hembras locales esclavizadas para el sexo y una andanada de momentos muy deudores de Indiana Jones y el Mad Max de Mel Gibson y Tom Hardy, amén de un sustrato robótico cercano al androide de James Cameron. El gore es abundante, los CGIs bastante dignos porque se limitan a las explosiones y a la destrucción general, el sentimentalismo y los flashbacks aburridos a lo Hollywood no existen, las mujeres vengadoras no molestan y el protagonista del genial y cuasi mudo Tommila hace del enigma y la tenacidad sus armas…
Sisu (Finlandia/ Reino Unido, 2022)
Dirección y Guión: Jalmari Helander. Elenco: Jorma Tommila, Aksel Hennie, Jack Doolan, Mimosa Willamo, Onni Tommila, Tatu Sinisalo, Wilhelm Enckell, Vincent Willestrand, Arttu Kapulainen, Elina Saarela. Producción: Petri Jokiranta. Duración: 92 minutos.