Estación El Cairo (Bab el Hadid)

El amor intenso y obsesivo

Por Emiliano Fernández

Como ocurrió en todos los países que tuvieron una industria cinematográfica importante en términos regionales y/ o de competencia directa con Hollywood o Bollywood, el séptimo arte en Egipto tuvo una época de oro que se condice con el raudo auge del melodrama, las comedias costumbristas y un star system vernáculo durante aquellas décadas del 40, 50 y 60, un período que va desde el reinado de Faruq de Egipto (1936-1952), una monarquía que ofició de protectorado del Imperio Británico, hasta el gobierno de Gamal Abdel Nasser (1952-1970), ya en claros términos de una república volcada al panarabismo y el socialismo populista árabe. A partir de la nacionalización de la industria cinematográfica de 1966 se abre una etapa sumamente errática que en un principio tiene que ver con el fuerte control estatal del nasserismo tardío de corte desarrollista y en segunda instancia se vincula con el régimen posterior, el de Anwar el-Sadat (1970-1981), quien por cierto hizo exactamente lo contrario con respecto a Nasser porque se acercó a los Estados Unidos, alentó la inversión privada, persiguió sin cesar a los comunistas o prosoviéticos y redujo el papel del aparato público en la administración social, económica y cultural en general, dejando todo servido para el nacimiento de una corrupción sistemática de índole cleptómana capitalista que se extendería al gobierno de casi 30 años de Hosni Mubarak (1981-2011), otro dictador de un Egipto que gusta de construir una ficción democrática de la mano de sucesivas elecciones de candidato único o fraudulentas hasta la médula y cercanas a los intereses del déspota de turno. Entre los años 80 y 90 empieza una nueva fase que se corresponde con muchísimas cinematografías periféricas, casi todas caracterizadas por el desfinanciamiento estatal, la falta de recursos para competir con Hollywood, la supremacía de la televisión y la poca demanda del público local en materia de productos nacionales, panorama al que se suma la creciente islamización de Egipto que nace con el gobierno de Sadat y tiende a condenar la “inmoralidad” del cine al punto de boicotear determinadas propuestas que resultan osadas.

 

El cineasta que sin duda se convirtió en el máximo embajador del cine egipcio en el mundo, desde mediados del Siglo XX en adelante, fue Youssef Chahine (1926-2008), un señor con una carrera muy extensa y variopinta que se enfrentó a prácticamente todos los regímenes políticos que se sucedieron desde aquel colapso de la monarquía cuasi colonial mediante la Revolución Egipcia de 1952, en esencia el Golpe de Estado del Movimiento de Oficiales Libres: Chahine se hizo conocido a nivel local y global descubriendo a nada menos que Omar Sharif en ocasión del debut del actor, el melodrama sobre explotación latifundista El Sol Abrasador (Siraa Fil-Wadi, 1954), y ofreciendo uno de los primeros relatos modernos de una ofuscación romántica que excede lo patológico, Estación El Cairo (Bab el Hadid, 1958), preámbulos a su vez para sus dos épicas más famosas, Saladino (El Naser Salah el Dine, 1963), acerca del mítico sultán de Egipto y Siria que se enfrentó contra los cruzados europeos, y La Tierra (Al-Ard, 1970), ese retrato de la lucha de liberación del campesinado y sus múltiples paradojas, seguidilla que se completa con sus dos clásicos autobiográficos, Alejandría, ¿por qué? (Iskanderija, lih?, 1979) y Una Historia Egipcia (Hadduta Misrija, 1982), sus epopeyas de los 90, El Emigrante (Al-Mohager, 1994), sobre el patriarca bíblico José, y El Destino (Al-Massir, 1997), acerca del filósofo musulmán del Siglo XII Averroes, y finalmente sus exploraciones tardías en torno a la codicia y la corrupción detrás del poder, El Otro (El-Akhar, 1999) y Esto es el Caos (Heya Fawda, 2007), amén de una recordada participación en el opus colectivo 11’09»01- 11 de Septiembre (11’09»01- September 11, 2002), odisea que reflexionaba sobre las consecuencias inmediatas de los atentados de 2001 en suelo yanqui e incluía a directores como Claude Lelouch, Shôhei Imamura, Ken Loach, Alejandro G. Iñárritu, Mira Nair y Sean Penn, entre otros. Estación El Cairo, quizás junto con La Tierra, es la película que mejor sintetiza el carácter inconformista de Chahine y su destreza para combinar el pulso del cine popular y los alegatos políticos más movilizantes.

 

Como si se tratase de la “abuelita” conceptual/ espiritual de Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, o del evidente antecedente de toda la trilogía escrita por Paul Schrader sobre vengadores metropolitanos, posmodernos y ultra enajenados, hablamos del trío de Taxi Driver, Tormenta Arrolladora (Rolling Thunder, 1977), de John Flynn, y Hardcore (1979), del propio Schrader, Estación El Cairo analiza con sumo cuidado no sólo al protagonista principal, Qinawi (el mismo Chahine, en esta oportunidad exprimiendo su look kafkiano), un joven cojo que llegó a la ciudad capital desde el interior bucólico de Egipto y trabaja en la estación del título como vendedor de periódicos para un hombre piadoso, Madbouli (Hassan el Baroudi), sino también a todo el entorno del ámbito ferroviario de pasajeros, lo que implica un gran volumen de gente y un régimen de explotación y sobornos encabezado por Abu Gaber (Abdel Aziz Khalil), el jefecito tácito de los mozos de equipaje del lugar y enemigo acérrimo de Abu Siri (Farid Shawqi), quien asimismo trabaja en la estación, aboga por la formación de un sindicato y atestigua los abusos, corruptelas, amenazas y falta de atención médica a instancias de la administración central y el propio Abu Gaber. Qinawi, un sujeto abstraído que sufre burlas varias y suele recortar las figuras femeninas sugerentes de las revistas de la época, es un típico producto de la represión sexual y de la pobreza enquistada de Egipto, lo que en este caso deriva en un amor intenso y obsesivo con una tal Hanuma (Hind Rostom), vendedora putona de Coca Cola y bebidas frías en general que se la pasa huyendo de las autoridades por no tener licencia y que rechaza la sutil propuesta de casamiento del diariero porque está pronta a contraer matrimonio con Abu Siri, a su vez muy cerca de destronar a Abu Gaber mediante el sindicato en ciernes. Inspirado por un ignoto asesino que cortó la cabeza y los brazos de una mujer y metió el resto en un arcón que fue descubierto en otra estación, el desairado Qinawi se propone liquidar a Hanuma aunque acuchilla por una confusión a una amiga de la mujer, Hallawatim (Naima Wasfy).

 

La película es un caso muy raro de amalgama de tres estructuras retóricas diferentes que en pantalla se unifican a la perfección y con una comodidad poco usual en el acervo cultural del período, primero el neorrealismo italiano de la miseria, influencia que todavía se sentía fuerte en el cine de los 50 y sobre todo el correspondiente al Tercer Mundo, segundo el film noir de decadencia moral, aquí con una femme fatale, Hanuma, que honestamente no hace falta que empuje demasiado hacia el vacío a un Qinawi que sobrepasó la frustración de los habitantes del campo en las urbes monstruosas y simplemente anda con ganas de venganza simbólica contra aquellos que destruyeron sus sueños de “compensación romántica” ante una existencia degradante símil cárcel a cielo abierto, nos referimos a la ninfa y su novio, Abu Siri, a quien quiere adjudicarle el “no asesinato” de una Hallawatim que sobrevivió, y tercero el erotismo modelo mediados del Siglo XX, en este sentido Chahine aprovecha la voluptuosa anatomía de Rostom en la escena de la ropa mojada, cuando descubre a Qinawi espiándola, y en aquella secuencia de la sesión de sexo con Abu Siri, ahora con el diariero sufriendo en paralelo y con la metáfora visual del tren atravesando unas vías pasivas que soportan con estoicismo el peso del gigante del transporte. El realizador, trabajando sobre un guión de Abdel Hai Adib y Mohamed Abu Youssef, retrata sin anestesia el despropósito y las injusticias sociales de los países menesterosos, donde los pobres diablos son acosados por la lacra institucional -como Hanuma, las otras vendedoras o los mozos de equipaje- y al mismo tiempo todo el sistema capitalista genera oportunistas como Abu Gaber y amargados y lunáticos como Qinawi, raudo ejemplo de un lumpenproletariado de derecha que resuelve cualquier problema con la misma violencia santificada desde unas cúpulas hegemónicas que mantienen intacta la estratificación por clases y su núcleo prosaico de explotación. Con un excelente desempeño de todo el elenco, el film de Chahine piensa las distintas variantes del parasitismo social en las ciudades de ayer y hoy, tiranía y desesperación de por medio…

 

Estación El Cairo (Bab el Hadid, Egipto, 1958)

Dirección: Youssef Chahine. Guión: Abdel Hai Adib y Mohamed Abu Youssef. Elenco: Youssef Chahine, Hind Rostom, Farid Shawqi, Hassan el Baroudi, Abdel Aziz Khalil, Naima Wasfy, Abdel Ghani Nagdi, Loutfi el Hakim, Ahmed Abaza, Hana Abdel Fattah. Producción: Gabriel Talhami. Duración: 77 minutos.

Puntaje: 10