Los Sospechosos de Siempre (The Usual Suspects)

El anonimato tan preciado

Por Emiliano Fernández

La magia o el encanto de una realización como Los Sospechosos de Siempre (The Usual Suspects, 1995) reside en su capacidad para complejizar algo extremadamente simple y eso es muy propio de la gramática cinematográfica, un entramado que permite mover las piezas del relato y cambiar su perspectiva hasta el punto de confundir al espectador y obligarlo a reconsiderar lo visto en función de nuevos datos que desarman las aparentes certezas de antaño e instauran el típico pesimismo del que se siente engañado por una historia que valiéndose de la credulidad del público lo manipula a gusto con astucia. Precisamente, la obra maestra dirigida por Bryan Singer y escrita por Christopher McQuarrie va más allá de la dialéctica de los atracos y las mentiras vulgares de tantos otros exponentes del neo film noir de nuestros días porque apuesta sin medias tintas a explorar los efectos -ya no sólo en el submundo criminal sino en la sociedad en su conjunto- de la fama/ popularidad de determinados individuos, específicamente indagando en la frontera en la que el hombre común se transforma en una leyenda aunque no de esas centradas en rasgos juzgados como “positivos” por la comunidad, léase el respeto o la solidaridad o similares, sino en aquellos otros, los “negativos”, esos empardados a la hegemonía, las amenazas, el miedo, los actos de crueldad ejemplares, las venganzas y sobre todo los parches correctivos que garantizan la impunidad de la persona/ personaje de índole mefistofélica de turno; aquí por cierto recibiendo un nombre bien prosaico y colorido, Keyser Söze, un genio delictivo turco de corte mítico y antepasados alemanes que supo matar a su propia familia cuando la mafia húngara violó a su esposa y amenazó con asesinar a sus hijos, prefiriendo verlos muertos después de ello y arrasar con furia el entorno de los responsables para así alzarse como una figura inconmensurable a nivel simbólico y más grande que la vida misma, señor a su vez inspirado lejanamente en John List (1925-2008), un loquito estadounidense que se cargó a tiros a su esposa, madre y tres vástagos por problemas financieros y la idea de que estaban perdiendo su fe cristiana, acercándolos en el funesto óbito al glorioso paraíso supraterreno.

 

La trama comienza cuando el mentado Söze, siempre con el rostro fuera de campo o entre penumbras, le pega dos tiros a Dean Keaton (Gabriel Byrne) y prende fuego un barco de carga en la Bahía de San Pedro, en Los Ángeles, el Tanager, generando el primer racconto de Roger “Verbal” Kint (Kevin Spacey) acerca de lo sucedido ante el fiscal del distrito y un flashback de seis semanas atrás en la ciudad de Nueva York, donde alguien robó un camión con muchas armas y por ello el mando policial armó una ronda con los cinco “sospechosos de siempre” en materia del rubro de los timos, los asaltos y la simpática piratería del asfalto, hablamos de Kint, un estafador de poca monta, Todd Hockney (Kevin Pollak), un mecánico y criminal bien parco, los socios/ amigos Michael McManus (Stephen Baldwin) y Fred Fenster (Benicio del Toro), especialistas en pillajes citadinos, y Keaton, un ex policía corrupto que pasó tiempo en la cárcel y que está tratando de buscar inversores para montar un restaurant junto a su novia, la abogada de alto perfil Edie Finneran (Suzy Amis), pero el asunto se cae a pedazos por el acoso porfiado de Dave Kujan (Chazz Palminteri), un agente del Servicio de Aduanas que lo viene investigando desde hace tres años en torno a distintos casos de fraude y asesinato. La película juega de manera constante con los cortes abruptos del devenir narrativo y el primero se produce cuando Verbal logra un acuerdo de inmunidad total con la fiscalía gracias a su abogado y con el aparente amparo tanto del alcalde como del gobernador, lo que lo deja con una acusación leve por portar armas a pesar de haber estado en las inmediaciones del Tanager cuando Söze inició las llamas que provocaron la carbonización de 27 hombres a bordo y debajo del barco, sólo sobreviviendo él y un tal Arkosh Kovash (Morgan Hunter), mafioso húngaro que tiene quemaduras en el 60% de su cuerpo y varias costillas rotas y afirma haber visto a Söze, por lo que el agente del FBI Jack Baer (Giancarlo Esposito) comienza a preparar un identikit. Aprovechando una “ventana de tiempo” de apenas dos horas hasta que Verbal pague su fianza y sea liberado, Kujan viaja desde Nueva York para interrogarlo junto al comisario vernáculo Jeff Rabin (Dan Hedaya).

 

Singer ha dicho en muchas oportunidades que sus principales fuentes de inspiración a nivel de la estructura, el estilo y la idiosincrasia visual general de la historia fueron El Ciudadano (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles, Pacto de Sangre (Double Indemnity, 1944), de Billy Wilder, Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, y Supergolpe en Manhattan (The Anderson Tapes, 1971), de Sidney Lumet, y si bien por supuesto resultan fundamentales esa narración retrospectiva y los puntos de vista cruzados de Welles y Kurosawa y aquellos interrogatorios y atracos por demás sagaces de los opus de Wilder y Lumet, en realidad la película ofrece su propia y muy particular versión -una enrevesada a más no poder- de los robos/ arremetidas que salen mal a lo Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, o Rififi (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, aunque en esta oportunidad reemplazando el clásico “factor humano”, la estupidez que nunca falta y echa todo a perder, por la influencia en las sombras de un mandamás delictivo misterioso símil aquel protagonista -en la piel de Rudolf Klein-Rogge- de El Doctor Mabuse (Dr. Mabuse, der Spieler, 1922), de Fritz Lang, nuevamente centrándose sin más en la construcción de la identidad del caudillo de los facinerosos vía la meticulosidad, el temor, los rumores, el carisma y los anhelos y la avaricia de sus secuaces. El racconto primordial, de ahí los hilos que mueven a cada personaje cual control irónico improvisado, viene del relato que Kint le entrega a Kujan en la oficina saturada de micrófonos de Rabin, empezando por el robo a un contrabandista de joyas (el querido Paul Bartel) que es escoltado por policías corruptos en un falso taxi, pasando por un nuevo trabajito que les propone el comprador de las gemas, Redfoot (Peter Greene), de California, saqueo que sale mal porque deriva en cadáveres y heroína en vez de esmeraldas, y terminando en la última y decisiva operación cuando el intermediario les informa que el responsable detrás del atraco fallido es otro intermediario, Kobayashi (Pete Postlethwaite), aparentemente el abogado de un Keyser Söze que planeó todo desde el vamos y ahora los obliga, amenazándolos con asesinar a sus seres queridos, a atacar el Tanager para sacarse de encima a la competencia que representan unos argentinos que están negociando la venta a la mafia húngara de 91 millones de dólares en cocaína, con la sanguijuela jurídica ofreciendo a la pandilla titular quedarse con el dinero en cuestión a cambio de que destruyan la droga y la sede del intercambio, el barco de los sudamericanos, incluido el perdón del enigmático jerarca turco ya que de hecho los eligió porque cada uno de ellos supo violentar en algún momento los diversos intereses criminales de Söze (Keaton asaltó en Nueva York un camión con acero destinado a un reactor nuclear en Pakistán, McManus y Fenster saquearon un avión en Newark que transportaba hilos de oro y platino también destinados a Pakistán, Hockney por su parte fue el responsable del bendito robo al camión neoyorquino con armas que serían vendidas en Belfast, y finalmente Kint armó un fraude que le costó 62.000 dólares al turco, señor sin duda rencoroso que escenificó con sobornos la rueda policial del inicio y que no está dispuesto a ser desobedecido, como la demuestra el cadáver de ese Fenster que pretendía marcharse y pronto aparece en una bella playa californiana). Lamentablemente tanto Singer como McQuarrie a posteriori quedarían atrapados en el mainstream de las secuelas eternas, sin perder la dignidad pero tampoco volviendo a alcanzar la cúspide de Los Sospechosos de Siempre, el primero entregando la interesante El Aprendiz (Apt Pupil, 1998) y luego consagrándose a los eslabones de la serie X-Men y el segundo haciendo lo propio con la injustamente olvidada Al Calor de las Armas (The Way of the Gun, 2000) y el retro policial de acción Jack Reacher (2012) para después encargarse de la saga de Misión Imposible (Mission Impossible), también con Tom Cruise.

 

Una faceta del film que se suele pasar por alto en los análisis es su insólita -insólita para el nivel promedio hollywoodense, bastante conservador y pusilánime- agresividad contra la policía y los personeros del Estado al punto de dejarlos por completo en ridículo, ya que supuestamente las fuerzas de represión y los esbirros institucionales del montón cuentan con más información, recursos y capacidad de presión que los “sospechosos de siempre”, al fin y al cabo unos pobres diletantes del rebusque callejero del hampa que se prestan mucho más para convertirse en “peones” de figuras muy difusas y con un poder colosal como Söze y psicópatas semejantes, circunstancia que asimismo queda en evidencia primero en la manipulación de la que son objeto los muchachos, algo así como la carne de cañón del turco orientada a simplemente destruir el Tanager porque albergaba a un testigo que podría reconocerlo, Arturo Márquez (Castulo Guerra), argentino que estaba a punto de ser vendido por sus compatriotas a los mismos húngaros que Söze casi eliminó en Turquía, y segundo en la revelación del final de que Kint es el utópico jefe mafioso, quien inventó todos los detalles de la historia narrada a Kujan a partir de minucias varias de la oficina de Rabin, lo que echa luz no sólo sobre la evidente cobardía del agente del Servicio de Aduanas en eso de meterse con un Verbal que sufre de parálisis cerebral motora -pierna y mano izquierdas atrofiadas- sino también acerca de la espontaneidad, destreza maquiavélica y fuerza de voluntad de un Söze que se come las amenazas y la violencia de Kujan y simula fragilidad/ indefensión/ debilidad para pasar desapercibido mientras inventa embustes al por mayor, se burla calladito de los oficiales y hasta en el desenlace le endilga toda la faena a Keaton, haciéndolo artífice de la avanzada contra el barco y las maravillosas movidas previas (de hecho, las tomas finales de Kint/ Söze caminando ya con normalidad, flexionando su mano, encendiendo un cigarrillo y subiéndose a un vehículo con el supuesto Kobayashi, apellido en verdad sacado de las tazas de café del precinto policial, constituyen una de las mejores “frutillas de la torta” que haya ofrecido el séptimo arte contemporáneo desde la década del 80 al presente). Las ironías alrededor de la soberbia e inoperancia policial/ estatal y de la enorme ignorancia de un vulgo que convive sin saberlo con poderes concentrados, que se mofan y viven de ellos a diario desde la más rotunda impunidad, a su vez van de la mano de la célebre cita de El Jugador Generoso (Le Joueur Généreux, 1864), de Charles Baudelaire, “el mayor engaño del diablo fue convencer al mundo de que no existía”, puesta en boca del personaje del extraordinario Spacey, aquí opacando -junto al genial Benicio Del Toro y sus hilarantes e incomprensibles diálogos- a los también perfectos Byrne, Baldwin, Pollak, Postlethwaite y Palminteri. El guión de McQuarrie, señor que ya había trabajado con Singer en la despareja aunque atractiva Acceso Público (Public Access, 1993) y con quien volvería a colaborar en ocasión de las apenas correctas Operación Valquiria (Valkyrie, 2008) y Jack, el Cazagigantes (Jack, the Giant Slayer, 2013), es uno de los mayores tesoros del cine actual gracias al hecho de que consigue unificar la adrenalina de las caper movies más antiguas con la dinámica del thriller hardcore posmoderno de sorpresas agridulces en el que todos -de un lado y del otro de la pantalla- se sienten estafados por la inteligencia de un Belcebú que ha logrado infiltrarse delante nuestro a pura humildad y descaro, una suerte de planteo retórico faustiano -tan típico de la ficción y sus ilusiones consuetudinarias- en el que el embaucador nos promete verdad disfrazada de patrañas aunque nos regala en cambio sólo las mentiras del caso, dejándole al espectador la misión de deducir qué se acerca a lo cierto de entre todo lo visto y qué no en esta mascarada sardónica en pos de ese anonimato tan preciado, gran garantía de seguir caminando en libertad por las calles de la metrópoli…

 

Los Sospechosos de Siempre (The Usual Suspects, Estados Unidos/ Alemania, 1995)

Dirección: Bryan Singer. Guión: Christopher McQuarrie. Elenco: Kevin Spacey, Gabriel Byrne, Stephen Baldwin, Benicio Del Toro, Kevin Pollak, Chazz Palminteri, Pete Postlethwaite, Suzy Amis, Giancarlo Esposito, Dan Hedaya. Producción: Bryan Singer y Michael McDonnell. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 10