Joseph H. Lewis, nombre prácticamente desconocido para la gigantesca mayoría de los cinéfilos del Siglo XXI, fue un director neoyorquino que desarrolló una larga y prolífica carrera en cine entre fines de la década del 30 y las postrimerías de los años 50, periplo que se extendería unos años más en el enclave televisivo y que lo paseó por el típico surtido de géneros que solía trabajar cualquier artesano de la época que se movía fundamentalmente en la Clase B del aparato hollywoodense de producción, léase el melodrama, el thriller, el musical, la acción, el western, las aventuras, la comedia, el misterio detectivesco, el cine deportivo, el terror, el espionaje y por supuesto las infaltables propuestas bélicas. Si bien en la primera década de su derrotero profesional era capaz de filmar hasta siete películas por año, lo cierto es que de aquellos tiempos sólo ha sobrevivido en la memoria cultural un producto de horror protagonizado por Bela Lugosi, la igualmente mediocre El Fantasma Invisible (Invisible Ghost, 1941), porque al señor le llevó muchos años pulir su talento, porque estaba obligado a rodar -precisamente- con presupuestos ínfimos que no permitían grandes despliegues de ningún tipo y porque todavía no había encontrado ese género en el que brillaría como es debido en términos artísticos, el film noir, un rubro que explotó con sabiduría en un puñado de clásicos de mediados del Siglo XX de la talla de Mi Nombre es Julia Ross (My Name Is Julia Ross, 1945), joya de confusión y manipulación identitaria/ psicológica, Vivir para Matar (Gun Crazy, 1950), film de parejita en raid delictivo que se anticipó por mucho a Bonnie & Clyde (1967), de Arthur Penn, y Gángsters en Fuga (The Big Combo, 1955), obra empardada a un memorable duelo entre un agente de la ley y un mafioso sádico de pesadilla, en esencia tres realizaciones que pusieron en primer plano las marcas autorales del Lewis maduro, sobre todo rasgos como protagonistas de una enorme ambigüedad moral, buenas actuaciones por parte del elenco y una fotografía por momentos apabullante que podía llegar a sorprender al espectador con floreos de índole minimalista.
El señor en aquellos años de gloria entregó otros dos conjuntos de películas, uno más bien correcto y no mucho más que abarca un grupete de policiales negros que se pueden ubicar en un estrato cualitativo inferior con respecto a la trilogía citada, pensemos para el caso en El Halcón en San Francisco (The Falcon in San Francisco, 1945), Noche Trágica (So Dark the Night, 1946), Destino de Fuego (The Undercover Man, 1949), Mujer sin Pasaporte (A Lady Without Passport, 1950) y El Grito de los Perseguidos (Cry of the Hunted, 1953), y en lo que atañe al segundo cúmulo de convites éstos obedecen a trabajos más rutinarios que responden a las exigencias comerciales hollywoodenses del momento, esquema que incluye sus dos colaboraciones en el western con el especialista Randolph Scott, La Calle sin Ley (A Lawless Street, 1955) y El Séptimo de Caballería (7th Cavalry, 1956), unas incursiones tardías en las aventuras, primero en las bélicas de Ni un Paso Atrás (Retreat, Hell!, 1952) y después en las exóticas de supervivencia de Vuelo Trágico (Desperate Search, 1952), y sus dos faenas protagonizadas por el extraordinario Glenn Ford, la comedia El Ensueño de mi Vida (The Return of October, 1948) y el susodicho film noir Destino de Fuego, esta última un retrato tácito de los esfuerzos de los agentes gubernamentales yanquis en pos de detener a Al Capone por evasión de impuestos. Ahora bien, lo que se suele pasar por alto al hablar de Lewis es que la paradoja de su trayectoria reside en el hecho de que su mejor exponente en el género que más revisitó, el western, Terror en un Pueblo de Texas (Terror in a Texas Town, 1958), le debe mucho más a los policiales negros mencionados que a los ejercicios fallidos del director de sus comienzos, algo que tiene que ver con cierta experimentación formal -bastante maquillada para no espantar a la distribuidora de turno, United Artists- y con un pesimismo opresivo o quizás claustrofóbico a cielo abierto que ya podía verse en su opus previo, Odio contra Odio (The Halliday Brand, 1957), un western con Joseph Cotten, amén de ese latiguillo musical festivo de Gerald Fried que se opone al nihilismo de fondo.
Terror en un Pueblo de Texas, también bautizada como El Vengador de su Padre, por un lado es la menos conocida de la seguidilla de epopeyas de izquierda de los 50 acerca del Viejo Oeste, aquella de A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, El Desconocido (Shane, 1953), de George Stevens, Vera Cruz (1954), de Robert Aldrich, El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, 1957), de Delmer Daves, y El Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), de Anthony Mann, y por el otro lado constituye una reformulación de la premisa de la complicidad popular por apatía, desinterés o pusilanimidad de A la Hora Señalada, temática que sería reproducida en dos clásicos no tan conocidos de John Sturges, Conspiración de Silencio (Bad Day at Black Rock, 1955) y El Último Tren de Gun Hill (Last Train from Gun Hill, 1959), y que tiene que ver con la caza de brujas anticomunista del macartismo y otras cruzadas semejantes, por ello el film que nos ocupa sería el último dirigido por Lewis antes de retirarse del cine y volcarse a la TV en función de la “bomba de tiempo” que se escondía detrás de cámaras, aquí con tres martirizados por el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes en puestos cruciales de la propuesta, nos referimos al guionista Dalton Trumbo, asimismo responsable de Vivir para Matar y en esta oportunidad bajo la fachada del testaferro Ben L. Perry, y a los dos actores centrales, Sterling Hayden y Nedrick Young. Un inmigrante sueco en un caserío de Texas, Sven Hansen (Ted Stanhope), se niega a vender sus tierras al oligarca hotelero McNeil (Sebastian Cabot), el cual a su vez lo hace asesinar por un pistolero manco con problemas varios de conciencia, Johnny Crale (Young), en un episodio que es visto por un campesino humilde vecino, el mexicano José Mirada (Victor Millan), individuo con su esposa a punto de dar a luz que decide callar lo sucedido al igual que el gran motivo detrás, la presencia de petróleo en la zona. El hijo del finado y ballenero como su padre, George Hansen (Hayden), llega al triste lugar y pronto deduce que McNeil y Crale están involucrados en el homicidio.
Justo como ocurría en los westerns de izquierda aludidos, en el canto del cisne de Lewis el protagonista, George, trata de buscar ayuda entre los lugareños, quienes en algún momento estuvieron unidos y luego se dispersaron por miedo como si fuesen esos citadinos egoístas del policial, y por cierto sólo recibe socorro del otro inmigrante, un José que en un primer momento no le dice la verdad a Hansen y después de verlo golpeado salvajemente por los esbirros de McNeil no puede más que mencionar el oro negro y su condición de testigo en el asesinato, esquema de abulia y ninguneo que incluye al sheriff, Stoner (Tyler McVey), al diácono, Matt Holmes (Frank Ferguson), e incluso a la prostituta del pueblo, una tal Molly (Carol Kelly) que es depresiva y algo así como la pareja de Crale -sumándole una capa de masoquismo emocional al fascinante personaje del sicario- porque en pantalla ni siquiera se salvan las mujeres de esta condena ideológica astuta, recordemos a la secretaria/ amante del cerdo capitalista, Mona Stacey (Marilee Earle), y a la misma esposa de Miranda, Rosa (Ann Varela), fémina que convence a su marido para que guarde silencio ante el crimen por pura conveniencia. Si Trumbo se hace un festín burlándose del pancismo y la mediocridad ética de los estadounidenses, el realizador no se queda atrás inundando al convite con pincelas hiper bizarras como la excelente y algo disonante música de Fried, aquel inglés con acento sueco desquiciado del inmortal Hayden, la estampa tan afectada como tenebrosa de Young, el carácter grotesco y siempre risueño de Cabot y las mismas características centrales del duelo que abre y cierra la película, entre un Hansen blandiendo un arpón, el que su padre utilizó en sus viajes como marino alrededor del globo, y un Crale diestro que empuña su revólver con la mano izquierda, todo por un tiroteo ignoto en el que perdió su “herramienta de trabajo” original, extremidad ahora reemplazada por una garra de acero que simboliza la idiosincrasia desalmada de quienes matan y reprimen en nombre de los poderosos y luego bordean la locura porque su psicosis al mejor postor no tapa del todo la culpa en ciernes…
Terror en un Pueblo de Texas (Terror in a Texas Town, Estados Unidos, 1958)
Dirección: Joseph H. Lewis. Guión: Dalton Trumbo. Elenco: Sterling Hayden, Sebastian Cabot, Carol Kelly, Nedrick Young, Victor Millan, Frank Ferguson, Marilee Earle, Tyler McVey, Ted Stanhope, Ann Varela. Producción: Frank N. Seltzer. Duración: 81 minutos.