Brawl in Cell Block 99

El arte de reventar cráneos

Por Emiliano Fernández

La segunda película de S. Craig Zahler, el realizador norteamericano de la sorprendente Bone Tomahawk (2015), constituía una gran incógnita a priori ya que nadie sabía a ciencia cierta si el susodicho iba a seguir por el mismo camino independiente o si torcería el rumbo hacia los encargos del mainstream como tantos otros colegas. En Brawl in Cell Block 99 (2017) el señor no sólo confirma su talento y deja en claro que por ahora continuará en el campo del bajo presupuesto/ control artístico total, sino que además en esta oportunidad corrige los problemas narrativos y estructurales de la obra previa, la cual en el tramo intermedio del metraje sufría de dilaciones varias que alargaban innecesariamente el desarrollo hasta el extremo de provocar en el espectador el deseo de que el nudo del relato deje paso lo antes posible al último acto, ese que por cierto redimía al convite en su conjunto gracias a su virulencia y una imprevisibilidad que iba de lo sutil a lo efervescente.

 

Aquí vuelve a introducir un nivel de violencia digno del horror (la generosa destrucción de los cuerpos está en primer plano en las secuencias cruciales y nos pinta un panorama retórico que no se anda con mojigaterías) y gusta de combinar géneros que pueden o no tener puntos en común a rasgos generales (ahora es momento de unificar el drama familiar, el policial hardcore, la comedia negra, la acción de presidios brutales y nuevamente el western crepuscular de la década del 70… no el western clásico de derecha). El maravilloso y enérgico opus de Zahler cuenta con una premisa muy sencilla que le permite al director y guionista lucirse a través de escenas dialogadas marcadas por la garra y los arrebatos de furia del personaje central, Bradley Thomas (Vince Vaughn), un ex boxeador que al ser despedido de su trabajo se convierte en una suerte de “auxiliar narco”, léase transportador de mercancía y pagos, y eventualmente termina en prisión con una condena de siete años.

 

El catalizador de la angustia viene por el lado de la misión que le asigna Eleazar (Dion Mucciacito), un capo del submundo de las drogas que considera que Thomas le debe dinero en esencia por una recolección de mercadería que sale mal debido a la llegada de la policía, frente a lo cual nuestro antihéroe en vez de huir se queda para evitar que los esbirros de Eleazar provoquen una carnicería: si no asesina a un individuo que -para colmo- está alojado en otra prisión, una de máxima seguridad, mutilarán a su hijo no nato y matarán a su esposa embarazada, Lauren (Jennifer Carpenter), quien recientemente le confesó a su marido una infidelidad por la falta de comunicación de la pareja. La obra es un prodigio en cuanto a la intensidad siempre a punto de estallar del protagonista, una verdadera máquina imparable que cuando se propone romper extremidades para ser trasladado a otra cárcel o al bloque de celdas del título (donde se encuentra alojada su víctima), lo logra de inmediato.

 

Francamente es un hecho que merece ser destacado que en una época dominada por una edición hiperquinética y aséptica para bobos que no pueden retener más de un puñado de segundos ningún elemento, el estadounidense se juegue por un ritmo narrativo aletargado y por escenas de acción basadas en tomas fijas y amplias y una bella parafernalia clase B que incluye coreografías ingeniosas, gore a pleno y latiguillos hilarantes. En este sentido, y retomando los enclaves involucrados, se nota a leguas que a Zahler le encanta recurrir a una conjunción que abarca la ebullición irrefrenable del slasher y el andamiaje estándar del film noir, una estrategia que de a poco va transformando al gustito por la rotura de miembros en un arte de reventar cráneos. Sin embargo, el cineasta continúa siendo un “poco mucho” verborrágico y a veces desperdicia alguna que otra oportunidad que se presenta para que el desarrollo crezca sustancialmente abrazando sólo el rostro y los silencios de los personajes.

 

De todas formas, la fuerza que subyace en la idiosincrasia de Thomas (uno de los mejores personajes del cine indie de las últimas décadas) y el poderío demencial de los 40 minutos finales (la intervención de Don Johnson como Warden Tuggs, el jefe de la prisión de máxima seguridad, es tan importante como la gloriosa sucesión de barbaridades de este tramo del metraje) son factores que redimen de manera automática al film de cualquier mínimo fallo. En síntesis, Brawl in Cell Block 99 es una odisea atrapante que responde a las características de aquel ecosistema exploitation de los 60 y 70, obviando por completo -y por suerte- la estupidez apresurada de nuestros días y creando un patrón de conducta apabullante que exuda confianza/ entereza narrativa y nos invita a disfrutar de la bestialidad visceral de antaño en pos de defender a nuestra familia… por más que el precio a pagar sea convertirnos en sicarios y estar obligados a “atender” a un montón de bravucones fascistas.

 

Brawl in Cell Block 99 (Estados Unidos, 2017)

Dirección y Guión: S. Craig Zahler. Elenco: Vince Vaughn, Jennifer Carpenter, Don Johnson, Udo Kier, Marc Blucas, Dion Mucciacito, Geno Segers, Mustafa Shakir, Tom Guiry, Dan Amboyer. Producción: Jack Heller y Dallas Sonnier. Duración: 132 minutos.

Puntaje: 9