Possession

El asco en la pareja

Por Emiliano Fernández

Realizada después de la inefable Lo Importante es Amar (L’Important c’est d’Aimer, 1975) y justo antes de La Mujer Pública (La Femme Publique, 1984), dos películas que asimismo enmarcan el período más creativamente caótico y despampanante del director y guionista polaco Andrzej Zulawski, Possession (1981) es sin duda su obra más conocida y una de las realizaciones más veneradas por los fans del terror y el cine de culto en general, aquellos que buscan lo revulsivo inconformista por sobre las trivialidades de siempre del mainstream y el indie en lo que al género de los sustos y los alaridos se refiere: hablamos de una mini epopeya que va mutando de manera progresiva con el correr de los minutos al igual que sus protagonistas, empezando como una exploración visceral acerca del divorcio, continuando como una mezcla de film de monstruos y tragedia identitaria sobre la locura, y finiquitando como una reflexión bien freak y altisonante en torno a la Alemania dividida por una Guerra Fría simbolizada en el Muro de Berlín; todo para colmo dentro de un registro interpretativo/ formal/ dramático vinculado permanentemente con la histeria, el éxtasis inconmensurable, las abstracciones y un relato ciclotímico centrado en la descomposición de una pareja y los seres que surgen a partir de la ruptura, una y otra vez dando a entender que la metamorfosis del amor de antaño en el odio actual implica una reconfiguración psíquica que tiene sus correlatos en el cuerpo de los sujetos y su disposición actitudinal -de allí en adelante, hasta la muerte- en lo que respecta a sus relaciones y desencuentros con el resto de los humanos.

 

Mark (Sam Neill) es un espía que vuelve de una misión misteriosa y se niega a continuar trabajando para sus empleadores ya que tiene un problemita familiar que atender en su hogar en Berlín: su hermosa esposa Anna (Isabelle Adjani) pretende el divorcio aunque afirma que no ha sido infiel. El hombre le deja a ella el pequeño vástago de ambos, Bob (Michael Hogben), y luego de una etapa autodestructiva con mucho alcohol de por medio decide visitar el departamento que ambos supieron compartir en el pasado, donde encuentra que las cosas no están para nada bien debido a que el niño está muy descuidado y la mujer muestra un comportamiento de lo más errático con salidas y vueltas enigmáticas a cualquier hora. Pronto Mark descubre que de hecho sí existe un amante, un tal Heinrich (Heinz Bennent), hombre mayor y un tanto afeminado que vive con su anciana madre (Johanna Hofer), con el que el protagonista termina teniendo una tragicómica pelea que deriva en una buena paliza para el marido desairado. La escalada vehemente abarca también a la pareja porque comienzan las discusiones a los gritos, los golpes entrecruzados y hasta algunos arrebatos autolacerantes que incluyen el cortarse con un cuchillo eléctrico, a lo que se suma el insólito detalle de que la maestra de Bob, Helen (Adjani de nuevo), es exactamente igual a Anna pero con ojos verdes brillantes en vez de azules, una señorita con la que Mark inicia un semi affaire mientras la mujer lo ayuda cuidando al pequeño en el hogar, en esencia por el estado mental calamitoso del hombre y la igualmente desquiciada y ausente progenitora.

 

Buscando resolver el misterio detrás de su ex, Mark contrata a un detective privado (Carl Duering) para que la siga y así se topa con que la mujer pasa casi todo el tiempo en un departamento de un edificio derruido, al que ingresa haciéndose pasar como un empleado del consorcio. En el interior el hombre descubre a una criatura lovecraftiana espantosa en formación y ella lo silencia clavándole en el cuello la culata de una botella rota en lo que será la génesis de una sutil andanada de ataques contra hombres que osan aventurarse por el lugar, serie que por cierto incluye a Zimmermann (Shaun Lawton), la pareja homosexual del detective, a quien Anna golpea y le dispara con su propia pistola, y el mismo Heinrich, al cual le incrusta un cuchillo en el pecho. Mientras Mark se entretiene viendo filmaciones antiguas de una Anna profesora de ballet ultra sádica y no se esfuerza mucho en esquivar los devaneos románticos de Margie Gluckmeister (Margit Carstensen), la supuesta mejor amiga de la anterior, su ex mete la ropa y los cadáveres desmembrados en la heladera y tiene sexo con el engendro de turno, cuya forma humana va despuntando de a poco de entre aperturas vaginales y unos tentáculos semejantes a extremidades. Cuando Heinrich le pide ayuda a Mark para sobrellevar el asuntito de la fémina, quien encima padece un arrebato psicótico en el metro de Berlín que ella define como un “aborto espontáneo de fe” porque secretó diversas sustancias por todos sus orificios corporales, el hombre aprovecha el estado de estupor e indefensión del otrora amante de la ninfa y lo asesina en el baño de un bar, maquillando el crimen como una muerte accidental relacionada con drogas y después volando el departamento ahora vacío de Anna. La mujer no se queda atrás y mata a Margie en el que fuera el hogar conyugal porque afirma que le quiso quitar a su querido monstruo sexual, desencadenando así un desenlace que incluye el suicidio por envenenamiento de la madre de Heinrich a raíz de la desaparición de su hijo, una nueva negativa de Mark hacia sus insistentes empleadores y una balacera de éstos y la policía contra la pareja divorciada en cuestión, con ella pegándose un tiro adicional en la espalda y él saltando desde lo alto de unas escaleras hacia su muerte. Desde ya que en última instancia la criatura resulta ser un doppelgänger exacto de Mark, con ojos negros en vez de azules, que marcha al encuentro de Helen, hoy por hoy transformada en madre sustituta de un Bob que le ruega no abrirle la puerta al duplicado y a posteriori se suicida “lanzándose” a la bañera llena de agua del departamento en medio de sirenas, aviones varios y explosiones ensordecedoras de fondo.

 

La película funciona como un excelente resumen de la convulsión al momento de cualquier separación, exacerbando desde lo fantástico/ terrorífico/ surrealista/ intelectual el atolladero romántico para poner en interrelación el sustrato autobiográfico de la faena, caracterizado por el divorcio de aquella época del propio Zulawski, y la idea de que la presencia del niño magnifica la debacle porque adquiere la forma de una pelota de ping pong que va de un lado al otro de la mesa sin que ninguno de los dos progenitores se sienta realmente a gusto con esta molesta bolsa de papas que les quita tiempo en el viejo arte de autocompadecerse, convertirse en víctima social y odiarse mutuamente vía pugnas de todo tipo en pos de alzarse como el dueño incuestionable de la verdad en materia del fracaso de la convivencia. Asimismo la propuesta juega con el empeño subsiguiente de retomar una vida sentimental que ya no puede estar del todo en paz debido al recorrido trágico, por ello mismo los protagonistas se sumergen en relaciones nocivas/ autodestructivas con terceros en los que proyectan aquellos rasgos mitologizados de la contraparte que supieron enamorarlos en un inicio: Anna no se conforma con Heinrich, un hombre que le da placer pero que no tiene nada que ver con ese Mark con el que se casó y con el que engendró a Bob, y construye de la nada -con su sola voluntad y morbosidad- la criatura en cuestión, un doble a su gusto de lo que suponemos fue la primera versión de su esposo, ya sin sus episodios neuróticos ni su frialdad cotidiana ni sus ausencias por trabajo; y Mark por su parte también fue el artífice de la aparición de la nada de esa Helen incandescente, tranquila y sensata que representa a la Anna de la que se enamoró siendo más joven, cuando todavía el manojo de frustraciones no había operado sobre la pareja y el asco recíproco no la había desfigurado/ erigido en una histérica insoportable que hasta puede resultar muy perjudicial para el niño en su egoísmo extremo abandónico. Zulawski privilegia la mirada masculina, con él pudiendo mantener acercamientos con Margie y Helen sin ser condenado socialmente y ella teniendo que encerrarse en una vivienda mugrosa para hacer lo propio con su amado engendro bajo la pena de ser acusada hipócritamente de promiscua; no obstante el comportamiento de ambos por fuera de los detalles señalados es bastante heterogéneo, pudiendo ser asignados a él o a ella los arrebatos violentos, la abulia conyugal, las inseguridades, los delirios paranoicos, el aislamiento, el desinterés absoluto en el vástago, los caprichos, la enajenación paulatina, las estratagemas revanchistas sin fin y esos sueños idílicos de un pasado que no regresa más.

 

El director además se hace un festín parodiando de modo subrepticio la visión que cada sexo tiene del otro, pensemos por un lado en las acusaciones de Mark hacia las mujeres de ser imprevisibles y peligrosas en su “estado natural”, poseídas o salvajes símil animales cuando no se sabe con ciencia cierta dónde están, y vulgares y monstruosas -en esencia prostitutas- cuando osan tener una vida por fuera del lecho matrimonial/ compartido en plan monogámico, y por otro lado en las pavadas que dice ella acerca de su autovictimización seudo religiosa basada en la dicotomía de la fe y la suerte, con la primera simbolizando el ideal femenino del príncipe azul impoluto a lo Cristo y la segunda haciendo las veces de la pata marianista del asunto, apuntalada en esa hipotética y risible superioridad espiritual de las mujeres frente al varón que las lleva a estar presas del azar martirizante en cuanto a la selección de la pareja (el remedio conceptual para este entramado oscurantista viene por el lado de una frase de Helen, la superación etérea de Anna, “lo único en común que tienen las mujeres es la menstruación”, diatriba bien sardónica que relativiza todos los prejuicios hechos carne del caso). La inteligencia de Zulawski no se limita a trabajar a través de los diálogos la cólera intrínseca acumulada, sino que también abarca las actuaciones de todo el elenco (si bien se destaca en especial lo hecho por Adjani, aquí entregando el mejor desempeño de la mejor fase de su carrera, tanto Neill como Bennent asimismo ofrecen personajes legendarios dentro de un esquema vincular macro en el que todos se tocan de manera impulsiva o se contorsionan de golpe para expresarse desde lo anímico anárquico/ embrollado) y la misma fotografía de Possession, a cargo del genial Bruno Nuytten (se nota mucho que estamos en los primeros años de la steadicam de Garrett Brown porque el film construye un continuo ballet visual en torno a los de por sí constantes movimientos de los protagonistas, casi como duplicando un dinamismo incontrolable y sorpresivo que actúa en consonancia con el nerviosismo melancólico del convite y su agitación todo terreno, la que lo posicionó como una de las pocas realizaciones verdaderamente histéricas de la historia del cine). La película nos entrega escenas sublimes como la de la discusión en el restaurant, aquella otra de la refriega entre Mark y Heinrich, la de los golpes entre él y ella, la del cuchillo eléctrico, todos los embates en el reducto de Anna, la aparición de Heinrich en el hogar de Mark, las filmaciones de la mujer como profesora de danza, la inmortal secuencia en el metro de Berlín, el homicidio de Heinrich, la escena de sexo entre ella y el monstruo creado por el mítico Carlo Rambaldi y todo el desenlace en su totalidad. Insertando en el metraje repetidas tomas semi documentales de los aburridos guardias de seguridad de las atalayas del Muro de Berlín, justo enfrente del departamento de la pareja, el polaco consigue también redondear una alegoría política y existencial alrededor de la banalidad de la Guerra Fría y las ortodoxias en lucha en general, demostrando mediante la dialéctica de los dobles que los supuestos enemigos se parecen muchísimo -ya sea que pensemos en los sexos, las identidades, las posturas ideológicas, los intereses concretos, etc.- y que los seres humanos siempre terminan destruyendo lo que afirman amar de una forma u otra de la mano de idealizaciones -a veces tontuelas, en otras ocasiones maquiavélicas- que poco y nada tienen que ver con la praxis que los rodea, reconduciéndolos hacia una aversión mutua fundamentalista que los ciega ante el dolor provocado por ellos mismos y sólo les permite identificar el pesar que el prójimo ha producido sobre sus cuerpos y/ o sobre sus mentes…

 

Possession (Francia/ República Federal de Alemania, 1981)

Dirección: Andrzej Zulawski. Guión: Andrzej Zulawski y Frederic Tuten. Elenco: Isabelle Adjani, Sam Neill, Heinz Bennent, Margit Carstensen, Johanna Hofer, Carl Duering, Shaun Lawton, Michael Hogben, Maximilian Rüthlein, Gerd Neubert. Producción: Marie-Laure Reyre. Duración: 124 minutos.

Puntaje: 10