La Persecución (Pas de Vagues)

El asteísmo en el salón de clases

Por Emiliano Fernández

Desde que surgiese la educación moderna durante la segunda mitad del Siglo XX, no fruto de los enfoques holísticos y new age sino producto de la centralización administrativa y el simple abandonamiento de los castigos físicos en el aula, se fue haciendo muy evidente el rol que cumple el colegio primario y secundario dentro de las sociedades occidentales de los últimos tiempos, en esencia un dique de contención contra la idiotez lobotomizadora del capitalismo y su perspectiva dominante en el nuevo milenio, el antiintelectualismo, léase el intento constante de legitimar la mentira a través de la equiparación entre la ignorancia y el conocimiento científico o lógico o racional. Este oasis temprano del saber, típico de la socialización de los sujetos, es muy precario desde el vamos porque está atravesado por múltiples problemas y paradojas que abarcan a los distintos actores del rubro, pensemos en la banalidad de los estudiantes del Siglo XXI, la soberbia y poca formación valiosa de los docentes, la irresponsabilidad total de los padres de los mocosos, el desinterés citado de la sociedad en general en lo que respecta a la enseñanza y la verdad y finalmente la nefasta abulia de las autoridades educativas tanto de la escuela de turno como a escala municipal, provincial y nacional, entre otras vertientes de esta ecuación pedagógica en crisis como la mediocridad de los medios de comunicación, la cultura mainstream y esas redes sociales.

 

Cerca de la tradición alemana reciente de abordaje de la temática, aquella que va desde La Ola (Die Welle, 2008), de Dennis Gansel, hasta La Sala de Profesores (Das Lehrerzimmer, 2023), de Ilker Çatak, la realización francesa La Persecución (Pas de Vagues, 2024), opus autobiográfico del director y guionista Teddy Lussi-Modeste, quizás no alcanza esas cimas cualitativas pero consigue un retrato más que sensato del sistema educativo contemporáneo y la pérdida de legitimidad y respeto hacia las estructuras jerárquicas, los procedimientos estandarizados y las figuras de autoridad, un panorama que termina extrapolado a toda la sociedad y a esa anarquía intrínseca del ser humano que desde el ascenso de su nicho posmoderno, la virtualidad, fue colándose con insistencia en el mundo real hasta erosionar toda estructura social anteriormente considerada inamovible o garante de cohesión. Lussi-Modeste, además de cineasta de ascendencia gitana un profesor de lengua y literatura o en términos locales “francés”, dirigió un par de películas que no vio casi nadie por fuera del territorio galo, Jimmy Rivière (2011) y El Precio del Éxito (Le Prix du Succès, 2017), y por ello en el exterior es más conocido por su rol de guionista para odiseas ajenas, hablamos de Una Chica Fácil (Une Fille Facile, 2019), film de Rebecca Zlotowski, y Jeanne du Barry (2023), de Maïwenn, trabajos que sin ser desastrosos podrían haber sido mucho mejores.

 

La Persecución, cuyo guión fue firmado por el director y Audrey Diwan, una profesional un tanto particular que también dirige y en este enclave pasó de la anodina Pero Estás Loca (Mais vous Êtes Fous, 2019) a la estupenda El Acontecimiento (L’Événement, 2021) y la lamentable Emmanuelle (2024), esta última una remake del clásico erótico de 1974 de Just Jaeckin, respeta a la distancia la experiencia en 2019 de Lussi-Modeste en un colegio de los suburbios de París, donde fue acusado falsamente por una alumna de 13 años de tocarse el cinturón mientras la miraba, lo que generó amenazas de muerte por parte de uno de los hermanos de la ninfa, una denuncia policial, una huelga de profesores, el acompañamiento permanente de colegas símil custodia y la intención del docente de no renunciar a su trabajo porque semejante jugada equivaldría a admitir la culpa ante la comunidad educativa y los esbirros de la ley, dos gremios que siempre huelen la sangre. El alter ego en pantalla es Julien Keller (François Civil), maestro de literatura y homosexual en pareja con un árabe, Walid (Shaïn Boumedine), que es acusado por una estudiante de colegio secundario, Leslie Reynaud (Toscane Duquesne), de intentar seducirla con miradas, gestos y palabras varias, delirio que forma parte de una venganza de otras dos púberes, Océane (Mallory Wanecque) y Sihem (Emma Boumali), a las que Julien no les pagó un almuerzo en una salida en grupo.

 

Con las “complicaciones” típicas de estos casos, como la denuncia policial reglamentaria y la presencia del hermano mayor violento de la denunciante, Steve (Armindo Alves de Sa), una solidaridad entre maestros que se va licuando de a poco, jefazos que sólo piensan en ellos mismos, en sintonía con el Director Musil (Francis Leplay), y un choque entre dos concepciones de la enseñanza, el enfoque empático, activo, solidario y esperanzador de Keller contra la perspectiva distante, pasiva, ególatra y derrotista para con el vínculo con los alumnos de Claire (Emilie Incerti-Formentini), colega derechosa y amarga de Julien, la película asimismo condimenta el asunto con el comportamiento errático de los chicos, algunos contenedores de basura incendiados, la negativa del protagonista a declararse gay, la filtración on line de un video suyo bailando acaloradamente en una fiesta, el “interés” ingenuo y previo de una compañera docente heterosexual, Laura (Agnès Hurstel), y la crisis de pareja entre Walid, preocupado por el costoso abogado, y nuestro docente victimizado, un poco mucho sobrehumano o empardado a Jesucristo porque se la pasa al borde de un ataque de nervios pero siempre mostrándose adicto a la ética y el trabajo. El film no ofrece nada nuevo aunque evita las respuestas fáciles del marco hollywoodense globalizado y explora tópicos candentes como el hostigamiento, las mentiras públicas, la burocracia, la homofobia, la hipocresía, la inoperancia institucional, la envidia, la paranoia, el racismo, la estupidez comunal y la falta de paciencia en tiempos cercanos al colapso o la saturación psicológica. La relación histérica de todos los personajes entre sí, paradigmática de los cambios de humor y el oportunismo de tantos payasos de hoy en día, tiene por latiguillo espiritual la temática de la clase inicial de Keller que desencadena la denuncia de Reynaud, de hecho sobre la seducción en la literatura y en especial el asteísmo, una figura retórica en la que una alabanza viene disfrazada bajo el ropaje de la crítica o el vituperio, así las cosas vemos desfilar por la pantalla los sucesivos virajes irónicos y/ o manotazos de ahogado de los profesores, los alumnos, los directivos, las autoridades estatales, la policía y los padres/ las familias, ya sea cambiando diametralmente de postura o exacerbando hasta la locura lo que apenas se había insinuado como una tendencia. Lussi-Modeste nos entrega una obra con una historia sencilla pero poderosa a nivel discursivo, destacándose en este sentido los diálogos y su visceralidad, y por cierto muy bien actuada, aquí brillando un Civil que lleva dos décadas de derrotero actoral aunque sólo es conocido en Francia y por un par de roles internacionales, aquellos de reparto en Frank (2014), de Lenny Abrahamson, y Así en la Tierra como en el Infierno (As Above, So Below, 2014), de John Erick Dowdle, neoclásicos respectivamente de la comedia musical y el horror de metraje encontrado/ found footage…

 

La Persecución (Pas de Vagues, Francia/ Bélgica, 2024)

Dirección: Teddy Lussi-Modeste. Guión: Teddy Lussi-Modeste y Audrey Diwan. Elenco: François Civil, Shaïn Boumedine, Toscane Duquesne, Mallory Wanecque, Emma Boumali, Agnès Hurstel, Armindo Alves de Sa, Emilie Incerti-Formentini, Bakary Kebe, Marianne Ehouman. Producción: Jean-Christophe Reymond. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 6