Lejos del Mundanal Ruido (Far from the Madding Crowd)

El astigmatismo del amor

Por Emiliano Fernández

Como sucediese en Tess de los d’Urberville (Tess of the d’Urbervilles, 1891), una de las novelas más famosas de Thomas Hardy, en Lejos del Mundanal Ruido (Far from the Madding Crowd, 1874), otro trabajo legendario del escritor británico, se unifican por un lado los juegos de una sádica indiferencia a cargo del destino y/ o el azar, ejemplos de la filosofía ultra pesimista del autor y de su concepción de una voluntad individual que casi siempre termina vencida por las idas y vueltas de la vida al extremo de tener que adaptarse so pena de perecer bajo condiciones a veces irónicas y en otras ocasiones bien prosaicas o patéticas, y por el otro lado el ataque más o menos directo contra las rigideces dogmáticas/ sociales/ económicas de la Era Victoriana en materia del matrimonio, la religión, el trabajo y los hábitos y comportamientos sexuales, un esquema que el señor encaró centrándose en su adorada campiña inglesa y muy cerca de las herramientas formales antiquísimas del melodrama aunque sin jamás perder de vista sus dos horizontes ideológicos en tanto artista, léase el realismo típico de su época y el romanticismo melancólico quizás más propio de la primera mitad del Siglo XIX, lo que lo llevó en simultáneo a alabar y desmitologizar tanto a las comarcas bucólicas como al amor en sí, en relación a las primeras denunciando a lo largo de su carrera la miseria que debían atravesar los campesinos pobres a costa de los terratenientes más ricos y en lo que atañe a los vaivenes del corazón situando al abanico de vínculos románticos y de los otros, los amistosos y familiares pero también los hermanados a las relaciones de explotación, en medio de una estructura comunal con reglas férreas que deben ser respetadas y que limitan por mucho el accionar de hombres y sobre todo mujeres, las cuales padecían las cárceles simbólicas de la sumisión y el pudor castrador. Así como la traslación cinematográfica más eximia de Tess de los d’Urberville es sin duda Tess (1979), obra maestra de Roman Polanski, la más célebre e interesante de Lejos del Mundanal Ruido es aquella homónima que rodó John Schlesinger en 1967 amparándose en las exquisitas fotografía del relativamente bisoño y ya enorme Nicolas Roeg y música del experimentado Richard Rodney Bennett, dos profesionales de primera línea que ayudan al director a cubrir todos los recovecos del lirismo nostálgico y bien fatalista característico del querido Hardy.

 

Schlesinger, que venía de filmar tres propuestas que coqueteaban con algunos ingredientes de aquella Nueva Ola Británica de finales de la década del 50 y principios de los 60, como el ascenso social, la vida mundana, la clase obrera y ese “kitchen sink realism”, sin poder ser englobadas del todo en el movimiento, hablamos de Una Clase de Amor (A Kind of Loving, 1962), Billy Liar (1963) y Darling (1965), en esta oportunidad deja por completo de lado los escenarios contemporáneos metropolitanos fotografiados en blanco y negro y se consagra a un color muy radiante símil épica de David Lean con vistas a respetar aquella segunda mitad del Siglo XIX del texto y la inefable Wessex, región campestre ficticia que sigue las especificaciones de la Dorset natal de Hardy, lugar en donde transcurren sus novelas y el guión de Frederic Raphael, señor que se mantiene fiel con respecto al devenir en general del libro y que en su trayectoria supo brillar en ocasión de la citada Darling, Un Camino para Dos (Two for the Road, 1967), de Stanley Donen, Daisy Miller (1974), de Peter Bogdanovich, La Prostituta del Rey (La Putain du Roi, 1990), de Axel Corti, y Ojos Bien Cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), del gran Stanley Kubrick. A pesar de que Lejos del Mundanal Ruido (Far from the Madding Crowd, 1967) supera en belleza y profundidad a las adaptaciones posteriores, esa televisiva de 1998 a cargo del austríaco Nicholas Renton y la muy digna de 2015 del danés Thomas Vinterberg, excluyendo una exégesis perdida del período mudo de 1915 dirigida por Laurence Trimble, de hecho la primera traslación en sí de la novela de Hardy, asimismo resulta innegable que la obra se ubica un escalón debajo de los clásicos futuros del cineasta inglés en sintonía con Perdidos en la Noche (Midnight Cowboy, 1969), Dos Amores en Conflicto (Sunday Bloody Sunday, 1971), El Día de la Langosta (The Day of the Locust, 1975), Maratón de la Muerte (Marathon Man, 1976) y El Halcón y el Muñeco de Nieve (The Falcon and the Snowman, 1985), al mismo tiempo posicionándose por encima de propuestas atractivas como por ejemplo Yanks (1979), Los Creyentes (The Believers, 1987), Madame Sousatzka (1988), El Inquilino (Pacific Heights, 1990) y Ojo por Ojo (Eye for an Eye, 1996), entre otros films que responden a la incesante combinación de Schlesinger de cine de género y algunos arrebatos autorales más intimistas.

 

Bathsheba Everdene (esa hermosa Julie Christie) es una mujer independiente y testaruda que rechaza la propuesta de casamiento del pastor Gabriel Oak (Alan Bates), señor que se queda sin su rebaño de ovejas cuando uno de sus perros las empuja hacia un acantilado, y que hereda de repente una finca que supo ser de su tío, en esencia unos campos con peones dedicados al cultivo de maíz y el mantenimiento de más y más rebaños. Mientras que Oak, antiguo vecino suyo, se transforma primero en pastor y luego en capataz al servicio de la fémina, quien pasa de la pobreza a una posición económica bastante holgada, ella por su parte se quiere hacer la graciosa enviándole a William Boldwood (Peter Finch), el principal terrateniente de la región y un hombre solitario con fama de corazón frío porque rechazó a muchas hembras, una tarjeta de San Valentín que encuentra en el caserón heredado, algo que conduce al hombre a interesarse en la mujer y a proponerle matrimonio, sin embargo Bathsheba vuelve a decir que no por el mismo motivo que utilizó para aquella propuesta de Gabriel, porque no lo ama. Es en este momento en que entra en juego el Sargento Troy (un maravilloso Terence Stamp), ex campesino convertido en militar de caballería con fama de mujeriego y en realidad muy enamorado de Fanny Robin (Prunella Ransome), sirvienta de Everdene a la que el hombre deja embarazada sin saberlo, motivando que la chica sienta vergüenza y se aleje luego de un desaire accidental que le causa una muy mala impresión a Troy al punto de sentirse humillado e insultado, nos referimos a la confusión de Fanny de iglesias justo en el día de su casamiento, lo que hizo que arribase muy tarde a la ceremonia en cuestión. El personaje de Christie se enamora de inmediato del sargento y eventualmente se casa con él pero su sustrato imprevisible, su ludopatía y su desinterés para con la granja la llevan a arrepentirse, algo que empeora con el regreso de Robin y su pronta muerte al dar a luz, incluido el fallecimiento del bebé. El militar le aclara a su esposa que jamás la querrá como ama a la sirvienta incluso en su lecho de muerte y luego simula su ahogamiento en el mar para ya marcharse del hogar, provocando que el apesadumbrado Boldwood retome su proyecto matrimonial con Bathsheba y a posteriori asesine de un disparo a Troy cuando éste reaparece para reclamar a su mujer después de trabajar en un circo durante un tiempo.

 

Sin llegar al nivel de desgracia de la muerte joven de la heroína de Tess de los d’Urberville, Lejos del Mundanal Ruido ya acumula una buena dosis de debacle existencial porque tres de los cinco personajes principales, léase los fallecidos Fanny y Troy, amantes perpetuos, y el encarcelado Boldwood, no salen precisamente indemnes y sólo la pareja frustrada inicial, la de Bathsheba y Oak, termina sobreviviendo porque la susodicha, después de enterrar al sargento en la misma tumba de Robin cual reconocimiento a ese cariño verdadero que los unió, logra convencer a Gabriel de que no se marche hacia Estados Unidos y se case con ella, solución negociada a lo punto intermedio muy extraño en el campo de un melodrama casi siempre volcado a ponderar los opuestos, basta con pensar que la película y el libro sopesan los pros y los contras de las dos relaciones que Everdene tiene delante de ella, en términos cronológicos la segunda y la tercera, por un lado con Boldwood ofreciéndole seguridad financiera y una devoción infinita pero sin que realmente lo desee como hombre, planteo que posiblemente la llevaría a la claustrofobia emocional, y por el otro lado con un Troy al que sí quería con locura a pesar de las claras “inconsistencias” de su idiosincrasia y su vida amorosa previa, desde ya en este caso empardando su costumbre de dilapidar toda la fortuna de Bathsheba en peleas de gallos a la ruina financiera y una hipotética infidelidad futura con cualquier fémina apetecible. El sarcasmo, otro de los ingredientes fundamentales de la trama y la prosa de Hardy, se da cita no sólo en el título, referencia explícita al poema Elegía Escrita en un Cementerio Rural (Elegy Written in a Country Churchyard, 1751), de Thomas Gray, ahora reconduciendo al ecosistema bucólico desde la supuesta tranquilidad anti bullicio metropolitano hacia la convulsión privada y pública de la gloriosa retahíla de sucesos narrados, sino también en el ordenamiento mismo de los tres pretendientes de la hembra, quien sintiéndose sensata y medida rechaza a los dos machos que simbolizan los extremos de la pirámide plutocrática de la Era Victoriana, el peón Gabriel y el latifundista William, para terminar casándose con el outsider absoluto de Troy, cuyo quid militar lo ubica en una casta completamente alejada de los rangos típicos de la sociedad tradicional, de allí su carácter amoral, desvergonzado y anárquico y su soberbia en lo que respecta a una Everdene tratada como un juguete vano y compensatorio al no haber sabido nada más de Fanny y luego haberse topado con su cadáver y el de su hijo, así es cómo la andanada de resoluciones fatalistas invierte la presentación previa y el que se coronó campeón es el primero en morir mientras que el varón del medio, Boldwood, conserva su lugar en el orden expositivo pero pasa de la mansión a una celda oscura y aquel pobre diablo del principio, ese que era tan mísero como ella, termina coronándose como el marido definitivo ya que es más amigo y colega que objeto de una pasión descontrolada símil el sargento o de lástima y un sentimiento de culpa en línea con el obsesivo terrateniente. El destino, como decíamos anteriormente, también juega con la mordacidad porque así como en el opus de Polanski un comentario al paso desencadenaba la calamidad progresiva, aquel descubrimiento del padre de la protagonista, Tess (Nastassja Kinski), de que su clan supo formar parte de la nobleza hasta que todo se perdió por la extinción de los herederos varones, aquí son dos hechos concretos los que enturbian los acontecimientos porque su inocencia, que es la del propio ser humano y su mega ignorancia y egocentrismo, no puede predecir las consecuencias en el corto, mediano y largo plazo, primero el envío de la tarjeta de San Valentín a William por parte de Bathsheba, pivote fundamental de su enamoramiento y la eventual muerte del sargento, y segundo la confusión de iglesias por parte de Robin en el día de su casamiento con Troy, detalle que provoca el rechazo subsiguiente del hombre hacia la sirvienta por más que todavía la sigue amando, por ello la desaparición de Fanny, la cual de hecho posibilita el vínculo algo mucho lúdico entre el militar y la flamante burguesa, es producto tanto del enjambre incidental de alcoba, la pelea entre los amantes, como del precepto social en estos casos, condenando a la mujer al ostracismo automático por acarrear un hijo ilegítimo, fuera del matrimonio. En su calidad de ensayo general para la posterior Tess de los d’Urberville, Lejos del Mundanal Ruido funciona como una exploración fascinante de las eventualidades tragicómicas de la vida y del régimen comunal hegemónico con todas sus paradojas, siendo la interpretación de Schlesinger un festín para los ojos y para el intelecto ya que el director se toma su tiempo para presentarnos la historia y aprovechar con elegancia el estupendo desempeño del elenco en esta fábula sobre la educación sentimental, el astigmatismo del amor, sus callejones sin salida, el masoquismo, la resiliencia y esos impulsos que llevan a los individuos a golpearse contra muros visibles para todos, salvo para los protagonistas…

 

Lejos del Mundanal Ruido (Far from the Madding Crowd, Reino Unido, 1967)

Dirección: John Schlesinger. Guión: Frederic Raphael. Elenco: Julie Christie, Terence Stamp, Peter Finch, Alan Bates, Prunella Ransome, Fiona Walker, Alison Leggatt, Paul Dawkins, Julian Somers, John Barrett. Producción: Joseph Janni. Duración: 170 minutos.

Puntaje: 9