El tren es sin duda uno de los emblemas más importantes de la modernidad porque primero dejó progresivamente en el pasado la tracción a sangre, algo que por cierto agradecieron los pobres caballos que hasta entonces eran el gran sinónimo del transporte humano, segundo magnificó el volumen de carga y redujo significativamente el tiempo de viaje, inicialmente de la mano de la máquina de vapor y a posteriori mediante el motor de combustión interna que se sirve de la gasolina o el diésel para su funcionamiento, y tercero conectó los puntos más alejados de territorios hasta ese momento aislados y los enlazó en embudos urbanos portuarios, detalle que le dio un espaldarazo fundamental a la centralización administrativa de los Estados, a la formación de oligopolios en comercio, al surgimiento definitivo de la burguesía y el proletariado y a la metamorfosis paulatina de una economía nacional rural a una industrial orientada al mercado tanto interno como externo. Ahora bien, un efecto muy importante a nivel simbólico de la aparición planetaria de los ferrocarriles con motivo de la Revolución Industrial de los Siglos XVIII y XIX fue la consolidación de un concepto de “bien común” de larga data que por primera vez tenía un correlato material masivo en el campo de los viajes, ahora muy populosos y eficientes como nunca se había visto y como nunca más se vería, a decir verdad, porque la génesis posterior del automóvil y de los aviones no hizo más que aumentar el costo del traslado de turno, hacerlo más neurótico e individualizarlo en consonancia con el egoísmo plutocrático capitalista, todo lo contrario con respecto a los ferrocarriles ya que año a año se convirtieron en el medio de transporte más barato y menos proclive a los accidentes, embotellamientos y demoras de los otros vehículos y su red de carreteras asociadas. Como desde el Siglo XIX mutó en el transporte por antonomasia del pueblo explotado, el tren fue eventualmente nacionalizado en todo el globo -en especial durante los años 50 y 60 del Estado de Bienestar- y después sufrió las típicas privatizaciones y pérdida de subsidios del neoliberalismo hambreador de la década del 70 del Siglo XX en adelante, esquema de repliegue del Estado que encareció los boletos porque el bien común pereció ante el fetiche psicopático con las ganancias de unos pocos.
Uno de los homenajes más entrañables a un ferrocarril homologado al pueblo trabajador y a esta noción de servicio público que conecta geografías remotas -muchas de ellas a riesgo de desaparecer cuando se cierra alguna línea ferroviaria por no ser “rentable”- y que jamás debería regirse por criterios plutocráticos, ya que el bienestar de la comunidad y la vida en general no son commodities del mercado ni del yugo de los especuladores, es Los Apuros de un Pequeño Tren (The Titfield Thunderbolt, 1953), obra diminuta y maravillosa dirigida por Charles Crichton y escrita por T.E.B. Clarke que forma parte del ciclo de comedias corales de Ealing Studios del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la legendaria productora británica entre 1948 y 1955 se propuso aprovechar el sentimiento de unidad nacional posbélica con motivo de películas en las que por regla general un grupo de personas ve transformada su existencia colectiva/ compartida por un hecho externo que lo lleva a enfrentarse contra las autoridades o los poderes más concentrados del establishment del momento, fórmula narrativa que fue a parar a clásicos del semi relato en mosaico como Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949), opus de Henry Cornelius, ¡Whisky en Abundancia! (Whisky Galore!, 1949), del norteamericano desempeñándose en el Reino Unido Alexander Mackendrick, y la primera comedia de Ealing propiamente dicha, Clamor de Indignación (Hue and Cry, 1947), también de Crichton. Fue el realizador que nos ocupa, precisamente, una de las caras más repetidas de la productora porque varias de sus obras rankean en punta entre las mejores de la empresa, pensemos para el caso no sólo en Los Apuros de un Pequeño Tren y Clamor de Indignación sino también en las queridas Oro en Barras (The Lavender Hill Mob, 1951), genial caper movie u odisea de atracos con Alec Guinness y Stanley Holloway, y Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), anomalía de terror que literalmente fue la instigadora crucial de todo un subgénero dentro de la comarca retórica de los gritos y los sustos, hablamos de las antologías porque el film está dividido en una trama englobadora y cinco historias/ cortometrajes que fueron dirigidos por Crichton, Alberto Cavalcanti, Basil Dearden y Robert Hamer, todos colaboradores asiduos de Ealing.
El guión de Los Apuros de un Pequeño Tren de Clarke, asimismo responsable de las citadas Al Morir la Noche, Clamor de Indignación, Pasaporte para Pimlico y Oro en Barras más sus otras colaboraciones con Charles, léase Para Aquellos en Peligro (For Those in Peril, 1944), Contra el Viento (Against the Wind, 1948), ¡Burlemos a la Ley! (Law and Disorder, 1958) y una nueva antología aunque en esta ocasión de debacle ferroviaria existencialista, Tren de Eventos (Train of Events, 1949), codirigida por Crichton, Dearden y Sidney Cole, comienza con el anuncio gubernamental del cierre del servicio ferroviario que conecta el pueblo de Titfield con la ciudad de Mallingford, una pequeña formación compuesta por una locomotora a vapor y un vagón de pasajeros que genera pérdidas y por ello el Estado desea reemplazarla por un autobús destinado a cubrir el mismo trayecto, el monopólico propiedad de los hasta ese exacto instante fleteros Alec Pearce (Ewan Roberts) y Vernon Crump (Jack MacGowran), un dúo que ve con beneplácito la desaparición de la competencia. Gordon Chesterford (John Gregson), agricultor local que vende sus frutas y verduras en el mercado de Mallingford, y Sam Weech (George Relph), vicario y gran conocedor y entusiasta de los trenes, toman inmediata conciencia de la angustiante situación y por ello deciden convencer al magnate y simpático borrachín de Titfield, Walter Valentine (Holloway), para que aporte las diez mil libras necesarias para comprar la línea y mantenerla rodando como patrimonio del lugar y servicio esencial. Con Valentine encantado ante la posibilidad de beber por las mañanas en el bar del vagón de pasajeros, el ahora trío consigue un permiso transitorio de un mes de prueba de parte de la autoridad competente, el Ministerio de Transporte que a su vez controla una Ferrocarriles Británicos/ British Railways que desde 1948 mantuvo bajo la esfera estatal a las principales líneas de trenes hasta que la nacionalización fue reemplazada por las privatizaciones entre 1994 y 1997. Mientras el pueblo ayuda en el mantenimiento y la boletería, Chesterford hace de guarda y Weech auxilia en la locomotora al maquinista, otro borracho vernáculo llamado Dan Taylor (Hugh Griffith), Pearce y Crump se dedican a sabotear el tren con la ayuda del dueño de una aplanadora, Harry Hawkins (Sidney James).
Crichton, no sólo un experto en comedia como lo demuestran sus numerosas incursiones en otros géneros en sintonía con las epopeyas bélicas, el melodrama, el espionaje, el proto cine catástrofe, el musical, el film noir, el romance, los thrillers, las aventuras, el citado horror y la súper acción, aquí construye una fábula esplendorosa y paradigmática de Ealing Studios bajo el mando de Michael Balcon, por ello la autogestión popular utópica que propone la película le gana no sólo a la burocracia del Estado, el cual promete una inspección dentro de un mes que determinará la continuidad o nulidad del permiso dado a los privados, o a la reacción del sindicalismo fuerte de mediados del Siglo XX, en pantalla representado por un tal Coggett (Reginald Beckwith) que no entiende que los propietarios de la línea ferroviaria de Titfield- Mallingford son también los obreros que la mantienen en funcionamiento, sino además a los villanos principales, la dupla de la mini empresa de ómnibus que se dedica a estrategias maquiavélicas dignas de los Looney Tunes y las Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies) de la Warner Bros., así desfilan sucesivamente un bloqueo de vías con una camioneta, una especie de duelo de frente entre la locomotora y la aplanadora de Hawkins, los disparos contra el tanque de agua que recarga a mitad de camino la máquina de vapor, el intento del dúo maléfico de comprar la mitad del ferrocarril y por supuesto un clásico descarrilamiento forzado que lleva a nuestros héroes del bien común a recurrir a una antigua locomotora de exhibición que se encontraba en un museo, esa hilarante y colorida Thunderbolt a la que apunta el título original en inglés que se complementa con el vagón en el que vive Taylor, un hogar convertido en coche de pasajeros al momento de la mentada inspección del Ministerio de Transporte. Cerca de la revaloración de la vieja mecanización perenne por sobre la obsolescencia programada posmoderna y acorde con la idealización hiperbólica pero socarrona de la solidaridad inglesa nostálgica de posguerra, el film opone momentos de sincronía popular, como las escenas del transporte masivo de agua para saciar la sed del armatoste y la necesidad de empujarlo en conjunto cuando nuestra locomotora se desprende del vagón, a otros muy irónicos como el intento del secretario del ayuntamiento George Blakeworth (Naunton Wayne) en pos de detener el descarrilamiento, algo que le gana un paradójico arresto por estar en el lugar durante el episodio, y el insólito robo de una locomotora en Mallingford por parte de unos Walter y Dan bastante bebidos, quienes la pasean en plena fuga surrealista por fuera de los rieles y la terminan estrellando contra un árbol en medio de la noche. El director, también artífice de otros opus encomiables aunque cuasi olvidados como los thrillers Cazado (Hunted, 1952) y El Tercer Secreto (The Third Secret, 1964) y las comedias La Batalla de los Sexos (The Battle of the Sexes, 1960) y Un Pez Llamado Wanda (A Fish Called Wanda, 1988), éste su exquisito regreso al mainstream cinematográfico a posteriori de 23 años de exilio a raíz de algunos fracasos de taquilla y la amargura que le significó el haber sido echado de La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962) por la estrella y productor Burt Lancaster y reemplazado por John Frankenheimer, en esta oportunidad exprime con maestría al elenco y nos regala uno de los poemas de amor más tiernos del cine dedicado a los trenes, esos que debemos defender ante el avance de la mercantilización de los servicios públicos y la cosificación capitalista lunática de la vida…
Los Apuros de un Pequeño Tren (The Titfield Thunderbolt, Reino Unido, 1953)
Dirección: Charles Crichton. Guión: T.E.B. Clarke. Elenco: Stanley Holloway, Hugh Griffith, George Relph, Naunton Wayne, John Gregson, Sidney James, Reginald Beckwith, Jack MacGowran, Ewan Roberts, Godfrey Tearle. Producción: Michael Balcon y Michael Truman. Duración: 84 minutos.