En general el período que se suele considerar como la “era de oro” de Shaw Brothers, el conglomerado mediático del mítico magnate Run Run Shaw y sus hermanos, y que tiende a homologarse a esas epopeyas de kung fu que llegaron de manera paulatina a Occidente, sin duda asimismo las más populares durante los años 60 y 70 en los mercados hermanados de China, Hong Kong y Taiwán, se ubica entre dos fases históricas muy distintas que a su vez se corresponden en primera instancia a esa etapa inicial de la empresa bajo el rótulo de Tianyi Film Company, firma que se dedicó a la producción, distribución y exhibición de productos melodramáticos durante los años 20 y 30 hasta la debacle generalizada debido a la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), y en segundo lugar a la reconversión de la compañía en los 80 -ya a escala completa, finiquitando un proceso que había empezado a fines de la década del 60- desde la vieja estructura de los estudios cinematográficos de integración vertical hacia la TV abierta de Television Broadcasts Limited o TVB, la cadena dominante en el mercado hongkonés, una metamorfosis que se explica por el boom de la piratería vía VHS y la agresiva competencia local e internacional/ hollywoodense, con los grandes estudios norteamericanos imponiendo sus bodrios. Muchísimos son los directores que trabajaron bajo el emparo de Shaw Brothers, emporio que abastecía tanto al público hablante de mandarín como a su homólogo de Hong Kong en cantonés, y por cierto un realizador que está recibiendo mucha atención en el Siglo XXI, por estrategias cinéfilas de redescubrimiento y reediciones en formato hogareño a través de box sets temáticos en blu-ray y acuerdos varios de disponibilidad en el Primer Mundo, es Kuei Chih-Hung, artesano que en su momento fue marginado ya que acumulaba todos los opus Clase B o exploitation de la gigantesca empresa, señor que se paseó por una pluralidad de géneros que sintetizan muy bien el rango del estudio en sintonía con el melodrama, el cine de acción, la comedia, las aventuras, el film noir alrededor de las tríadas, el musical, la faena romántica tontuela, los thrillers, la fantasía, las películas de kung fu, el cine bélico, el terror y el inefable wuxia.
Se podría aseverar que existe cierto consenso acerca de los títulos más representativos y/ o despampanantes de la frenética trayectoria de Kuei bajo el paraguas de los Shaw Brothers, como por ejemplo The Bamboo House of Dolls (Nu ji zhong ying, 1973), una propuesta del subgénero “mujeres en prisión” ambientada en la Segunda Guerra Mundial, The Killer Snakes (She sha shou, 1974), clásico demente de serpientes asesinas inspirado en Willard (1971), de Daniel Mann, y su corolario Ben (1972), de Phil Karlson, The Bod Squad (Yang chi, 1974), comedia de acción repleta de putas deliciosas y escenas de artes marciales, The Teahouse (Sing gei cha low, 1974), un exponente del cine de vigilantes suburbanos tan de moda en los años 70 a raíz del alza de los delitos y la injustica de siempre del capitalismo, Big Brother Cheng (Da ge Cheng, 1975), continuación directa de The Teahouse que respeta los lineamientos de Death Wish (1974), de Michael Winner, y tantas obras semejantes, Iron Dragon Strikes Back (Hui feng hao huang jin da feng bao, 1979), un bruceploitation muy heterodoxo con ingredientes de film noir, Killer Constable (Wan ren zan, 1981), wuxia en verdad estupendo cercano al spaghetti western y al chanbara o cine de samuráis, y Hex (Xie, 1980), aquella reformulación aparatosa de Les Diaboliques (1955), de Henri-Georges Clouzot, con uno de los finales más desquiciados de la historia del horror asiático. Si bien The Killer Snakes y Hex están muy bien dentro del acervo lunático, ultra trash y de sátira social/ política/ económica/ cultural tácita del director y guionista, es The Boxer’s Omen (Mo, 1983) su obra maestra en el rubro del terror porque lleva al extremo su imaginería esotérica de perversidad gore, emparentada a un popurrí de extraordinarios practical effects que ponen en vergüenza a la fauna mainstream yanqui, y porque supera a trabajos menores de su período más prolífico, los 70, como Ghost Eyes (Gui yan, 1974), bizarreada sobre una suerte de vampirismo espiritual, Fearful Interlude (Gu zhi se lang, 1975), una antología en la tradición de la empresa británica Amicus Productions, y Spirit of the Raped (Suo ming, 1976), odisea que se mueve entre las historias de fantasmas y el sexploitation de venganza.
The Boxer’s Omen por un lado es la anteúltima película de Kuei, ya que después dirigiría una comedia hoy por hoy perdida, Misfire (Zou huo pao, 1984), y de inmediato se mudaría a Estados Unidos para abrir una pizzería y eventualmente morir en 1999 a los 61 años de edad, y por el otro lado responde a una seguidilla de films de horror del realizador para Shaw Brothers de marcado ímpetu ochentoso, los últimos antes de la decisión en 1986 de la compañía de abandonar la producción cinematográfica y consagrarse a la TV, hablamos de Corpse Mania (Shi yao, 1981), relectura de la genial Blood and Black Lace (6 Donne per l’Assassino, 1964), uno de los giallos fundacionales de Mario Bava junto con The Evil Eye (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963), Bewitched (Gu, 1981), una batalla excesiva entre brujería y budismo, y Curse of Evil (Xie zhou, 1982), clásico de violaciones en espiral y maldiciones familiares, amén de dos comedias de horror fallidas, Hex vs. Witchcraft (Che dau che, 1980) y Hex after Hex (Xie wan zai xie, 1982), los corolarios de la muy superior Hex. The Boxer’s Omen, secuela tangencial de una Bewitched con la que comparte el latiguillo de las contiendas entre monjes budistas y hechiceros del averno, en realidad tira por la borda el desarrollo de personajes de aquella y se concentra únicamente en el costado más surrealista o jodorowskiano del asunto, ahora sostenido en la fotografía de Li Hsin-Yeh, el diseño de producción de Chen Ching-Shen y la dirección de arte de Horace Ma en función de una trama microscópica y truculenta en la que un gangster de Hong Kong, Chan Hung (Phillip Ko), viaja a Tailandia para vengarse de un luchador psicótico de kickboxing, Bu-bo (Bolo Yeung), que dejó parapléjico a su hermano Chan Wing, sin embargo en el lugar se encuentra con unos monjes que lo instan a enfrentarse contra un brujo malvado que mató al abad del templo, Qing Zhao, ese hermano gemelo de una vida pasada que aún mora en un cadáver que no se descompone y desde el Más Allá le advierte que también fallecerá si no derrota al hechicero, por ello se convierte en monje y es rebautizado Kaidi Baluo para un duelo del que saldrá victorioso, desatando el anhelo de desquite de tres “magos negros”.
Sinceramente The Boxer’s Omen es una de esas epopeyas indescriptibles que hay que verlas para creerlas y disfrutarlas, en sí una retahíla de escena enajenada tras escena enajenada que no sólo resulta una montaña rusa para los ojos del cinéfilo curioso verdadero y/ o de los fanáticos del horror exótico y extremo, aquí por supuesto condimentado con la parafernalia religiosa, simbólica y cultural de Asia, ya que la propuesta que nos ocupa además se abre camino como una experiencia apabullante, temáticamente visceral y cargada de un enorme desparpajo y una enorme imaginación visual, en este sentido basta con recordar secuencias memorables de la talla de aquella primera aparición del espíritu de Qing Zhao durante la emboscada con la tríada rival, el encontronazo en el aeropuerto entre el abad y el aprendiz del temible brujo, Makuso, la insólita resurrección de este último en formato esqueleto de murciélago, los rituales del espanto del hechicero con el objetivo de cobrarse las atenciones de Qing Zhao, las conversaciones bizarras que el líder de los monjes tailandeses mantiene desde la ultratumba con el protagonista, las diversas ceremonias de “ascenso espiritual” de Chan Hung, ese legendario duelo en cuestión entre los dos titanes de la magia, los ritos fúnebres de los tres seguidores del nigromante, la creación de un gólem femenino implícito utilizando de incubadora el cuerpo de un cocodrilo, el doloroso combate con el boxeador tailandés que golpeó a traición a Chan Wing, la secuencia del extracto de “hongo de mil años” para ser indestructible y desde ya la batalla final contra el gólem bien putón y los tres brujos en un templo de Katmandú, Nepal, donde yace una reliquia que contiene las cenizas de Qing Zhao de otra vida pasada. Obra maestra definitiva de Kuei y resumen de la faceta más anárquica e interesante de su carrera, esa que aquí incluye animación para el fuego, las luminiscencias etéreas y los sutras escritos en la anatomía de Baluo, el film nos presenta un universo ensoñado en el que las artes marciales se cruzan con la pompa del budismo y la magia negra y en el que el ascetismo piadoso misógino contrasta con toda la belleza de la arquitectura tailandesa/ nepalí y el gore orgiástico occidentaloide del delirio hongkonés…
The Boxer’s Omen (Mo, Hong Kong, 1983)
Dirección: Kuei Chih-Hung. Guión: Kuei Chih-Hung y On Szeto. Elenco: Phillip Ko, Lin Shao-Yen, Wai Kar-Man, Wang Lung-Wei, Bolo Yeung, Cheung Chok-Chow, Chin Tien-Chu, Wai Lam, Sai Gwa-Pau, Elvis Tsui. Producción: Mona Fong. Duración: 106 minutos.