Calígula (Caligola)

El burdel del imperio

Por Emiliano Fernández

La Edad de Oro del Porno o “Porno Chic” fue un período de la industria pornográfica que abarcó aproximadamente entre 1969 y 1984 y que se caracterizó por la primera verdadera llegada masiva por parte del género a las salas de cine tradicionales, un enorme éxito en taquilla que multiplicaba por mucho los reducidos presupuestos originales, una cierta legitimación cultural en lo referido a la aceptación del mainstream pomposo de la época y finalmente un relativo buen nivel artístico en lo que atañe a las películas en sí, las cuales comenzaron a incluir armazones narrativos clásicos donde situar las escenas sexuales no tanto por un interés retórico relacionado con la coherencia o el mismo fluir dinámico de las secuencias, sino por la persecución legal/ administrativa que aún sufrían los films con sexo explícito en muchas regiones de Estados Unidos y el mundo, y con vistas a poder alegar méritos culturales o políticos en caso de que se necesite de golpe una defensa para impedir que determinado conjunto de fascistas o mojigatas o impotentes consigan suprimir la distribución de las epopeyas en cuestión. Si bien todo empezó con la vanguardista Blue Movie (1969), de Andy Warhol, lo cierto es que la masividad sobrevino con los colosales dividendos en taquilla de Garganta Profunda (Deep Throat, 1972) y Detrás de la Puerta Verde (Behind the Green Door, 1972), y con el prestigio que trajeron para la industria del porno de entonces películas de mejor factura formal/ ideológica/ artística como El Diablo en la Señorita Jones (Devil in Miss Jones, 1973) y The Opening of Misty Beethoven (1976), amén de la legitimación adicional que impuso un proyecto nacido directamente dentro del enclave arty y para colmo protagonizado por Marlon Brando, Último Tango en París (Ultimo Tango a Parigi, 1972), el clásico erótico y existencial de Bernardo Bertolucci. Ahora bien, Calígula (Caligola, 1979) consigue diferenciarse de todo lo anterior porque a pesar de que en buena medida comparte los criterios y el derrotero general de tantos otros opus de la Edad de Oro del Porno, a decir verdad la propuesta va más allá en su ambición.

 

La idea detrás del film, como su título lo indica una crónica en torno al tercer emperador romano, perteneciente a la Dinastía Julio-Claudia, fue de Bob Guccione, el fundador y mandamás de Penthouse, quien después de mil vueltas terminó fichando como guionista a Gore Vidal, uno de los pocos verdaderos intelectuales que tuvo Estados Unidos, y como director a Tinto Brass, el cual venía de completar la también polémica Salón Kitty (1976), todo un clásico de las comarcas hermanadas del sexploitation y el nazisploitation. A nivel general los tres vértices del triángulo creativo no se pusieron de acuerdo en nada y lo más curioso del asunto es que la realización no lo sufrió porque la pantalla exuda un delirio relativamente controlado que lejos está del caos total que uno podría haber imaginado en primera instancia: Vidal había llenado a su guión de escenas homosexuales, fiel a una de sus obsesiones temáticas de siempre, y esto no le agradaba a un Guccione que quería toneladas de sexo heterosexual para venderle el film a las mayorías populares, lo que lo llevó a renegar de la faena porque además el protagonista, Malcolm McDowell, y el propio Brass reescribieron la historia para volcar el tono serio original hacia la sátira política más efervescente y sádica, provocando a su vez que Guccione intervenga y frene la pretensión del director de contratar a criminales reales para personificar a los senadores y a mujeres evidentemente feas para las escenas sexuales, roces que de hecho derivaron en su despido al momento de la edición porque el inefable Tinto se negaba a incluir en el montaje final las penetraciones y felaciones que Guccione tanto deseaba y que terminó filmando él mismo e insertando en la estructura narrativa junto al editor Nino Baragli (en términos concretos el metraje creado por el productor son apenas entre cinco y seis minutos y abarcan una escena lésbica y un lindo surtido de inserts hardcore con motivo de la famosa secuencia de la orgía a bordo de un gigantesco barco, que hace las veces de lupanar destinado a humillar a la clase dirigente obligando a las esposas de los senadores a prostituirse en nombre de Roma).

 

Por supuesto que el que ganó la contienda fue el que tenía el dinero suficiente para hacer lo que quisiera, el dueño del emporio Penthouse y eterno archienemigo de Hugh Hefner de Playboy, un señor que determinó que los 156 minutos estén enmarcados en una especie de drama pornográfico de época que retoma elementos del péplum, de las odiseas políticas/ palaciegas y sobre todo del cine de terror gore y bien perverso, orientado a asquear al público hiper conservador del mainstream castrado de siempre y a deleitar a los amantes de las truculencias y la genitalidad a los cuatro vientos, planteo que constituye una semi paradoja porque la ansiada masividad de Guccione llegó más por la aversión que por el cariño hacia su film y de la mano de los escándalos sucesivos que generó el producto, esos que él también previó y que en cierta medida lo sobrepasaron por mucho. Influenciada por las denuncias viscerales sobre la corrupción del poder público de Saló o las 120 Jornadas de Sodoma (Salò o le 120 Giornate di Sodoma, 1975), de Pier Paolo Pasolini, y la algarabía circense del Federico Fellini ultra barroco y grotesco de Satiricón (Satyricon, 1969), Roma (1972), Amarcord (1973) y Casanova (1976), la trama en sí es muy simple y comienza en los momentos previos al ascenso al trono de Calígula (McDowell), cuando es llamado a Capri por el emperador, su abuelo Tiberio (Peter O’Toole), en esencia para echarle en cara que ya sabe todo lo que hará una vez que muera, empezando por sacarse de encima a su competencia directa, el hermanastro más joven de Calígula, Gemelo (Bruno Brive), y a su de por sí afeminado e hilarante tío, Claudio (Giancarlo Badessi). Después de descubrir que Tiberio ha enloquecido por la sífilis y hoy se la pasa rodeado de orgías y monstruosidades humanas varias, el protagonista es testigo del suicidio de Nerva (John Gielgud), un amigo íntimo del emperador, y se acobarda al momento de “finiquitar” a Tiberio en su lecho de muerte, algo que hace el caudillo de la Guardia Pretoriana, Macro (Guido Mannari), para demostrar su lealtad al nuevo monarca y conservar sus privilegios bajo el flamante régimen.

 

Habiendo aprendido del Tiberio anciano y decadente que mucho mejor que despertar amor es inspirar miedo, Calígula llega ufano al poder y recibe dos consejos, uno de su hermana y devota amante, Drusila (Teresa Ann Savoy), orientado a deshacerse de Macro, y el otro del propio adalid de la Guardia Pretoriana, destinado a eliminar a Gemelo. El primero en caer es Macro, sirviéndose del testimonio forzado de Gemelo de que el hombre mató a Tiberio, y el segundo en morir es el hermanastro de Calígula, ahora bajo cargos de “traición” por acusar tácitamente al monarca de intentar envenenarlo al tomar un antídoto antes de un festín organizado por Calígula. A pesar de que el personaje de McDowell desea casarse con Drusila, ésta lo convence de elegir a otra fémina entre las sacerdotisas de Isis, la gran diosa de la religión del Antiguo Egipto a la que ambos suscriben, y así el muchacho selecciona a Cesonia (Helen Mirren), una de las más promiscuas e inteligentes del lote, a la que coloca una correa y a la que tiene custodiada por guardias castrados con el fin de asegurarse de que le provea de un hijo y que sea efectivamente de él. Entre la “bendición especial” del César para una pobre pareja, Livia (Mirella D’Angelo) y Próculo (Donato Placido), que es violada a la par por Calígula, y un ménage à trois entre el emperador, su hermana y Cesonia, ésta última termina pariendo a una niña, Julia Drusila, y el mandamás cayendo en la depresión y en la locura una vez que muere Drusila por una fiebre que aparentemente le contagió su hermano, aunque sin perder nunca de vista que los que conspiran contra su persona son sus funcionarios más cercanos, Longino (John Steiner), el exconsejero de Tiberio y figura central del gobierno, y Casio Querea (Paolo Bonacelli), el reemplazante de Macro como jefe militar de la Guardia Pretoriana. Sin embargo son los ataques contra el Senado los que enervan a sus detractores, como el hecho de confiscarles a los senadores sus propiedades y transformar a sus esposas en meretrices, agravios que provocan que luego de un simulacro de invasión a Britania los conspiradores planeen el asesinato de Calígula, su esposa e hija.

 

Más allá de la simpática colección de detalles sexploitation y gore, y del dejo surrealista que aporta el extraordinario trabajo de Danilo Donati en materia de la dirección de arte, el diseño de vestuario y sobre todo los legendarios decorados, un genio que supo trabajar con Mario Monicelli, Roberto Rossellini, Pasolini, Franco Zeffirelli, Liliana Cavani, Fellini y Roberto Benigni, entre otros, en realidad lo que sorprende de la faena es el férreo intento por humanizar al personaje principal mostrando cómo desde una relativa ingenuidad inicial -por supuesto contaminada desde el vamos por formar parte del enclave cortesano- pasa a aprender en serio el oficio político del decrépito Tiberio y luego a “desatarse” de modo progresivo a medida que los buitres palaciegos comienzan a acecharlo, el Senado le envidia su popularidad entre el vulgo y su demencia comienza a operar en estrecha vinculación con su narcisismo y megalomanía autodivinizante: en este sentido, la obra recupera y organiza con una insólita perspicacia la escasa bibliografía histórica sobre el corto reinado de Calígula (37 después de Cristo-41) hasta su fallecimiento a los 28 años, por cierto casi toda enviciada con exageraciones por parte de sus opositores acerca de su crueldad y diversas extravagancias, con el objetivo de simplificar al soberano, hacerlo “accesible” en términos narrativos cinematográficos y orientarlo a señalar que su tiranía no se apartaba demasiado del ejercicio estándar del poder durante aquella etapa y que sus coloridas perversiones no eran sólo consecuencia de su locura sino también un mecanismo de defensa contra ese enemigo interno excluyente dentro del Imperio Romano, el Senado, una sarta de payasos igual de maquiavélicos que Calígula aunque sin la potestad nominal para dar rienda suelta a sus maquinaciones sirviéndose del aparato público en tanto recurso para el absolutismo escalonado todo terreno y el ahogamiento en la cuna de cualquier intriga que lo tenga como objetivo. Sin duda es ese mismo sustrato humano imperfecto el que lo lleva a tensar tanto la cuerda que apretaba el cuello del órgano legislativo hasta el punto de incitar el magnicidio.

 

En términos de odisea netamente sexual, Calígula no es muy erótica que digamos porque gran parte del periplo está volcado -precisamente- a representar a la clase política y las capas pudientes como un mega burdel estrafalario en donde las perversiones, el cinismo y la egolatría lo son todo, sin embargo la propuesta resulta exitosa en cuanto a la noción de Guccione de incluir prácticamente todas las prácticas amatorias habidas y por haber bajo las modalidades heterosexual y homosexual, pacífica y violenta, totémica y vinculada al tabú, desde ya apuntando en primera instancia al público varón por ser el que consume con más asiduidad el material pornográfico (de los penes, los culos, las tetas y las vaginas tradicionales pasamos a consoladores, enanos, incesto, violaciones, las curiosas criaturas de Tiberio y un bondage conceptual homologado a la tortura y a una humillación que se acerca a la castración de índole institucional, cortesía del Estado). Más que versar sobre la simple paranoia del chiflado, algo así como el cliché global a la hora de hablar de Calígula, el film en sí examina el afán por controlarlo todo desde una cordura tambaleante pero todavía firme y por ello responsable de la catarata de barbaridades y castigos a discreción, esquema a su vez muy apuntalado en el magnífico desempeño de todo el elenco y de McDowell en especial, un actor que duplica aquel registro interpretativo de If…. (1968), La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971) y O Lucky Man! (1973), nuevamente jugando con la ferocidad y la ambigüedad moral sin caer en el ridículo o la exaltación gratuita a pesar de contar con numerosas oportunidades en ese sentido (basta con recordar las escenas del baile bajo la lluvia y de la muerte de Drusila, con él besando y “sacando a pasear” al cadáver de la mujer). A años luz de la candidez de los otros exponentes de la Edad de Oro del Porno y abrazando una malicia liberadora que lleva al arte hasta lo más inmundo del ser humano y su eterno anhelo de gobernar el destino de sus semejantes, la obra desnuda sin anestesia la farsa del dominio estatal vía cuerpos destrozados y un placer tan ominoso como adictivo…

 

Calígula (Caligola, Italia, 1979)

Dirección: Tinto Brass. Guión: Gore Vidal, Tinto Brass y Malcolm McDowell. Elenco: Malcolm McDowell, Teresa Ann Savoy, Helen Mirren, Guido Mannari, John Gielgud, Peter O’Toole, Giancarlo Badessi, Bruno Brive, Paolo Bonacelli, John Steiner. Producción: Bob Guccione. Duración: 156 minutos.

Puntaje: 9