La Vida de Oharu (Saikaku Ichidai Onna)

El calvario femenino

Por Emiliano Fernández

El rol de la mujer en la sociedad nipona fue cambiando paulatinamente con los años aunque nunca de manera tan brusca y rotunda como con la derrota en 1945 del Imperio del Japón en la Segunda Guerra Mundial: durante el Shogunato Tokugawa o Período Edo (1603-1868), época de unificación y centralización administrativa del país, el comportamiento de las féminas seguía respondiendo a criterios típicos del Japón Feudal porque los individuos sólo tenían derechos y podían poseer bienes y detentar privilegios en tanto miembros de una familia y no como sujetos aislados de la multitud, de allí se explica el trasfondo de parias que arrastraban aquellos que vagaban solos, renegaban de la porfiada estructura de clanes de la etapa o simplemente se salteaban las jerarquías instituidas, cometían adulterio o faltaban a sus obligaciones como hijos e hijas, planteo que dejaba a la hembra reproductora con un margen de maniobra muy limitado porque a lo anterior se suma una estructura de poder patriarcal y para colmo un fuerte fetiche para con conceptos como el honor, la lealtad y el respeto supremo hacia las figuras de autoridad social, política, cultural, económica y estatal dentro de un esquema hegemónico oligárquico controlado por aquellos daimios o señores feudales que eventualmente terminarían pasándole la posta al emperador durante la Restauración Meiji (1868-1912), núcleo de una serie de procesos de igualación comunal y jurídica progresiva que mejoraron la vida de unas mujeres que de todos modos continuaban a la sombra de los hombres y allí seguirían hasta que la debacle del militarismo imperial autóctono ante otro gran militarismo imperial, el de Estados Unidos, terminó de forzar el cambio porque el orgullo masculino hecho añicos -junto a los ideales bélicos- permitió una metamorfosis democrática ya completamente moderna en la sociedad japonesa que se movió en consonancia con la ocupación norteamericana de la nación, entre 1945 y 1952, y con la promulgación en 1946 de la Constitución del Japón, fruto del maquiavelismo de siempre de yanquilandia porque a pesar de que se pasaba de la era de los súbditos a la de los ciudadanos también se conservaba la figura del emperador, el genocida impune Hirohito (1926-1989), para combinarla con un sistema de gobierno semejante a la democracia liberal de corte parlamentario y plutocrático tácito que perpetúa la miseria mediante el capitalismo.

 

La Vida de Oharu (Saikaku Ichidai Onna, 1952), de Kenji Mizoguchi, responde a toda esta retahíla de transformaciones de distinta índole pero también a intereses temáticos históricos del realizador y guionista y de su socio favorito, Yoshikata Yoda, hablamos del sufrimiento de las mujeres en la sociedad nipona, la extenuante existencia de las prostitutas, el instinto maternal de las féminas, los sinsabores del destino y el azar, la rebelión ante los atropellos, la denuncia de las injusticas naturalizadas, ese cariño negado a puro delirio dentro de la pirámide del poder, la hipocresía de la doble moral, la necesidad de readaptación laboral cíclica para sobrevivir, un trasfondo leve de sintoísmo y budismo japonés y finalmente un marcado ideario humanista/ socialista en torno a las nociones de que siempre hay que sentir caridad ante el prójimo, incluso si es enemigo, y que todos los seres humanos son iguales y no se les puede privar de la libertad, algo profundamente subversivo en una cultura como la nipona donde las cárceles mentales y de las otras, las materiales, estaban por todos lados regulando los intercambios entre los sujetos y en especial entre hombres y mujeres. Desde su cúspide innegable del período de preguerra, La Historia del Último Crisantemo (Zangiku Monogatari, 1939), hasta su andanada de obras maestras tardías antes de fallecer en 1956 con 58 años de edad, sobre todo Cuentos de la Luna Pálida (Ugetsu Monogatari, 1953), Sansho, el Gobernador (Sanshô Dayû, 1954) y Los Amantes Crucificados (Chikamatsu Monogatari, 1954), Mizoguchi fue uno de los primeros realizadores de la historia del cine que incluyó elementos autobiográficos de manera muy literal en sus propuestas al punto de que resultan identificables no sólo por la recurrencia de los tópicos citados sino también por la obsesión del señor con traer a colación una y otra vez el fantasma de su hermana mayor, Suzuko, una pobre muchacha que recibía palizas del padre de ambos, un carpintero de techos, que fue vendida como geisha y que adoptó el rol sustituto materno de lleno una vez que la progenitora real falleció, incluso consiguiéndole con el tiempo al joven Kenji sus primeros trabajos como aprendiz en un taller textil, consagrado a la confección de kimonos y yukatas, y después como diseñador de publicidad en un periódico de Kobe, una efigie femenina que regresaría en la producción artística del realizador como sinónimo de mártir.

 

Ambientada en el Período Edo, la trama toma la forma de viñetas interconectadas alrededor del devenir de Oharu Okui (Kinuyo Tanaka, actriz infaltable de Mizoguchi), vástago de un samurái, Shinzaemon (Ichirô Sugai), y su esposa, Tomo (Tsukie Matsuura), y señorita muy bella que lleva vida de cortesana hasta que todo se viene abajo. El relato en sí comienza con nuestra protagonista convertida en prostituta a los 50 años, comentándole a sus colegas un episodio reciente de humillación y rememorando en un templo budista a su primer amante, Katsunosuke (nada menos que un bisoño Toshirô Mifune), a quien cree ver en una de las caras de las múltiples figuras piadosas de cerámica del lugar, lo que motiva un racconto de su derrotero hasta entonces. Katsunosuke es un simple paje del que se enamora la versión adolescente de Oharu, lo que origina la primera tragedia de las muchas por venir ya que los esbirros de la nobleza los descubren y por ello el personaje de Mifune es decapitado con una katana y la muchacha y sus padres son expulsados de la corte y la metrópoli donde residen, Kioto. Oharu, quien trata de suicidarse con un cuchillo y es detenida por su madre, eventualmente es entregada por su padre en calidad de concubina a Harutaka Matsudaira (Toshiaki Konoe), un daimio que necesita de un heredero varón y cuya esposa (Hisako Yamane) no puede tener hijos. El vástago nace pero la corte, vinculada directamente al Shogunato Tokugawa, decide prescindir de la chica para que no gane poder enamorando a Matsudaira, por ello es devuelta a su hogar para la desesperación de su padre, que contrajo grandes deudas pensando que sería rico por la posición de su hija. Shinzaemon la vende como geisha a un burdel donde llama la atención de un hombre en apariencia rico que desea desposarla aunque resulta ser un falsificador de dinero, así regresa con sus padres y éstos luego la entregan como criada a un matrimonio de buena posición, pero la ama de casa, una pelada paranoica que oculta el asunto con extensiones y complejos peinados, se muestra celosa de Oharu y le corta el cabello a pura furia cuando descubre su pasado de geisha. Luego de ser violada por el hombre y de vengarse de su esposa haciendo que un gato revele su calvicie al arremeter contra el pelo de la mujer, la protagonista primero acepta casarse con un fabricante de abanicos, quien abre su propia tienda en un distrito comercial y es asesinado en un robo, y a posteriori pretende ingresar en un templo como monja budista, no obstante la madre superiora la expulsa porque la encuentra siendo violada por uno de los empleaduchos del varón de la última casa en la que sirvió, el cual había llegado para cobrar una deuda por unas telas finas que ella utilizó para confeccionar un kimono. En la calle se reencuentra con otro ex sirviente, joven que robó 50 ryos de oro y rápidamente es arrestado por el hurto, y muta en una mendiga que toca canciones en el shamisen en parques públicos cual espejo de otra ex cortesana que ella conoció en el pasado en iguales circunstancias, para colmo ve a su hijo a la distancia y ello la lleva a llorar desconsoladamente. Un par de prostitutas de avanzada edad la convencen de que se sume al oficio más viejo del mundo y así un anciano, cabeza de una comitiva religiosa en peregrinación, la pone de ejemplo ante sus acólitos de corrupción moral y decadencia en la vejez reconduciéndonos al comienzo del relato, cuando la fémina le comentaba a sus colegas acerca de la degradación a la que fue sometida. Tomo la ubica, luego de desmayarse en aquel gélido templo budista por una enfermedad ignota, y le comunica que su padre falleció y Matsudaira también, que su hijo asumió el control del clan y que la comitiva del joven mandamás la está buscando, sin embargo Oharu pronto descubre que no es para enaltecerla con privilegios de corte sino para recluirla hasta la muerte cual secreto del poder por su condición de furcia, provocando que la mujer escape luego de volver a ver a su vástago a lo lejos, hoy un púber soberbio, y se convierta en monja mendicante y solitaria que va de casa en casa en pos de una limosna.

 

Si nos concentramos en las realizaciones más célebres de Kenji y sólo en aquellos motivos principales, bien se puede decir que La Vida de Oharu retoma el sacrificio femenino y los vaivenes del destino de La Historia del Último Crisantemo y anticipa la estigmatización social y el turbulento y peligroso discurrir de las meretrices y las hembras en general de Cuentos de la Luna Pálida y Sansho, el Gobernador y además las temáticas enlazadas de la esclavitud disfrazada de trabajo “común y corriente” y del afecto clandestino condenado por el statu quo de Los Amantes Crucificados, amén de su evidente conexión con el cúmulo de injusticias y atropellos de todas las otras faenas de Mizoguchi de las décadas del 30, 40 y especialmente 50, su etapa más recordada dentro de una trayectoria muy prolífica y variada aunque con un gran número de obras primigenias hoy perdidas debido a la destrucción masiva del país durante la Segunda Guerra Mundial. El cine del exquisito cineasta nipón constituye una verdadera rareza dentro del acervo cultural nacional e internacional porque el señor logró la proeza de denunciar las barrabasadas del ideario vernáculo, armado para justificar una estratificación que sólo beneficiaba a las elites aristocráticas, sirviéndose de los engranajes retóricos del melodrama más clásico pero sin caer en arcaísmos, latiguillos verbales o subrayados gruesos a nivel ideológico gracias a una doble jugada expresiva de base que tiene que ver primero con la no romantización de la adalid femenina, esa que hace las veces de su hermana Suzuko y que debe atravesar un calvario en espiral aunque sin la paradigmática pasividad de las heroínas caricaturescas del mainstream y sí en cambio con una actitud aguerrida que -manteniendo sus pies sobre la tierra- la muestra siempre tratando de salir adelante y de sacar un nuevo conejo de la chistera para no volver a tocar fondo en la siguiente fase de su vida, y segundo con la profusión de personajes parasitarios -tanto masculinos como femeninos- que pretenden servirse de la protagonista o la condenan desde la crueldad oportunista, individuos que atomizan lo que en verdad es un esqueleto social profundamente inequitativo y cuasi demencial que tiene que ver en parte con la oligarquía de los daimios y su reemplazo práctico futuro, el emperador, y en parte con el mismo bushido o código de ética de los samuráis, en este sentido resulta crucial el rol de su padre, miembro de dicha clase guerrera al servicio de los poderosos, en el martirio escalonado que le toca vivir a Oharu por ser objeto de una permanente cosificación que la lleva a pasar de mano en mano del mismo modo que en el capitalismo la fuerza de trabajo es vendida por una miseria a quien se enriquece porque controla los medios de producción, decidiendo de manera unilateral cómo dispone de todos sus recursos. El director exprime con sabiduría la fotografía reposada de Yoshimi Hirano y la sutil música de Ichirô Saitô, dos características recurrentes de su filmografía, con vistas a pensar al personaje de Tanaka, sin duda una actriz maravillosa, como una víctima y claro representante del costado horroroso de aquel “mundo flotante” o ukiyo que ya analizaba la novela en la que está inspirado el guión de Mizoguchi y Yoda, La Vida de una Mujer Amorosa (Kôshoku Ichidai Onna, 1686), de Ihara Saikaku, nos referimos al hedonismo urbano hipócrita de un Shogunato Tokugawa que por un lado condenada las indiscreciones románticas entre castas opuestas y por el otro lado había habilitado una zona roja en Edo/ Tokio, Yoshiwara, para la floreciente burguesía comercial explotadora de la época, los chônin, quienes contaban con lupanares, casas de té y teatros kabuki para su diversión. El suplicio de Okui no sólo pinta los pormenores de una existencia plagada de tribulaciones azarosas sino que indaga en una vigilancia represiva de impronta conductivista, muy similar a la de nuestros días, que impone su parecer mediante alicientes mentirosos y temporarios, que se desvanecen de un momento al otro, y a través de castigos en una prisión simbólica de pura repetición, angustia y callejones sin salida…

 

La Vida de Oharu (Saikaku Ichidai Onna, Japón, 1952)

Dirección: Kenji Mizoguchi. Guión: Kenji Mizoguchi y Yoshikata Yoda. Elenco: Kinuyo Tanaka, Tsukie Matsuura, Ichirô Sugai, Toshirô Mifune, Toshiaki Konoe, Hisako Yamane, Kiyoko Tsuji, Eitarô Shindô, Akira Ôizumi, Kyôko Kusajima. Producción: Kenji Mizoguchi y Hideo Koi. Duración: 137 minutos.

Puntaje: 10