Si bien por supuesto la etapa de gloria del legendario John Frankenheimer se concentra en aquellos años 60 y su andanada de películas modernistas, políticas y despampanantes, en esencia La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962), El Tren (The Train, 1964), El Hombre de Kiev (The Fixer, 1968) y su Trilogía de la Paranoia, El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), Siete Días de Mayo (Seven Days in May, 1964) y El Otro Sr. Hamilton (Seconds, 1966), todas ellas con un trabajo extraordinario a nivel de la fotografía y el entramado discursivo/ ideológico de izquierda, el resto de su producción artística acumula una colección de thrillers y odiseas de acción de muy distinta naturaleza que van desde lo magnífico, en sintonía con Grand Prix (1966), Domingo Negro (Black Sunday, 1977) y Ronin (1998), pasan por lo interesante o “un poco más” a nivel cualitativo, sobre todo esas Llegan los Paracaidistas (The Gypsy Moths, 1969), Los Centauros (The Horsemen, 1971), Contacto en Francia II (French Connection II, 1975), El Desafío (The Challenge, 1982), Ni un Paso en Falso (52 Pick-Up, 1986) y Armado hasta los Dientes (Dead Bang, 1989), y desembocan en lo olvidable aunque sin pasar vergüenza sobre todo si pensamos en la retahíla de basura que nos regalaría el mainstream del nuevo milenio, El Pacto Holcroft (The Holcroft Covenant, 1985), La Cuarta Guerra (The Fourth War, 1990), Crímenes y Secretos (Year of the Gun, 1991) y Doble Traición (Reindeer Games, 2000), esta última su canto del cisne. Así como la efervescencia ochentosa un tanto trash del cine de género independiente ayudó en su renacimiento creativo, la televisión de los años 90 asimismo le permitió al realizador volver a un acervo bastante más inconformista y prueba de ello son joyas de la talla de Contra el Muro (Against the Wall, 1994), Estación Ardiente (The Burning Season, 1994), Andersonville (1996), George Wallace (1997) y Camino a la Guerra (Path to War, 2002), telefilms rodados para HBO y TNT en aquellos años de auge del mercado hogareño por obra y gracia de la popularización del videocable y de un VHS que se terminó transformando en sinónimo de una licuadora en ocasiones sorprendente.
El derrotero de Frankenheimer durante la década del 80 sintetiza muy bien el abanico de propuestas heterogéneas de la época ya que el señor se recuperó del éxito apenas moderado en taquilla de la extraordinaria Domingo Negro, del alcoholismo subsiguiente que atacó su salud y de la involuntariamente graciosa Engendro (Prophecy, 1979), por cierto uno de los primeros films de terror ecológico o con mensaje de “consciencia social”, y de a poco se apareció con la faena de artes marciales El Desafío, el espionaje de El Pacto Holcroft, el neo film noir Ni un Paso en Falso, la acción anti-supremacistas blancos de Armado hasta los Dientes y el cuasi drama bélico La Cuarta Guerra, precisamente sobre los estertores de aquella Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Sin duda la mejor obra de la fase que nos ocupa, un planteo que no implica desmerecer a la también disfrutable Armado hasta los Dientes, es Ni un Paso en Falso, única colaboración en serio entre Frankenheimer y una de las usinas creativas por antonomasia de los años 80, la productora Cannon Films propiedad de los primos israelíes Yoram Globus y Menahem Golan, porque La Cuarta Guerra únicamente fue distribuida por la compañía en una etapa en la que estaba sufriendo serias dificultades financieras que derivarían en su bancarrota y absorción por sucesivos consorcios de empresas hasta su colapso definitivo. El proyecto nació del mismo Frankenheimer, quien había leído la novela homónima original de 1974 del querido Elmore Leonard, todo un experto en realismo sucio, humor negro y diálogos siempre inteligentes y de una enorme meticulosidad, lo que derivó en el descubrimiento de que los derechos estaban en manos de una Cannon que para colmo venía de filmar un intento de adaptación o algo así, El Embajador (The Ambassador, 1984), thriller político anodino y por demás delirante de J. Lee Thompson con Robert Mitchum, Rock Hudson, Ellen Burstyn, Donald Pleasence y Fabio Testi que prácticamente no tenía relación alguna con el texto original más allá de una infidelidad matrimonial y el chantaje de turno, por ello la dupla Golan-Globus aceptó de inmediato la idea de una relectura mucho más fiel al libro.
En Los Ángeles Harry Mitchell (un Roy Scheider tan eficaz como tostado por una cama solar tácita en eterno primer plano), magnate de la industria siderúrgica de la construcción que además atesora una patente por una técnica para fusionar metales que se utiliza para los transbordadores espaciales, entra en contacto con una pandilla de extorsionadores que le exigen 105 mil dólares para no hacer público un video del señor con su amante de 22 años, Cynthia “Cini” Frazier (Kelly Preston), movida que perjudicaría la candidatura a concejal de su esposa Bárbara (esa siempre celestial Ann-Margret), quien forma parte de la campaña política en pos de la fiscalía del distrito de Mark Arveson (Doug McClure). El protagonista consulta a su abogado, Jim O’Boyle (Lonny Chapman), y de golpe decide no pagarle a los tres facinerosos en cuestión, hablamos de Alan Raimy (John Glover), evidente cabecilla con prontuario por violaciones vinculadas al rodaje y exhibición del porno, Robert Lee “Bobby” Shy (Clarence Williams III), un sociópata que mató a su tío a garrotazos y oficia de ejecutor, y Leo Franks (Robert Trebor), un maricón y cobarde dueño de un peep show en el que Cini, linda stripper que le había dicho a Harry que trabajaba de modelo, comparte clientes con una amiga y colega de piel oscura, Doreen (Denise Katherine Matthews alias Vanity, otrora una de las protegidas de Prince vía el girl group Vanity 6). Raimy se cuela en la casona de los Mitchell y le roba al marido unas prendas de vestir y su pistola, arma que utiliza para grabar otro video en el que asesina a la stripper de cinco tiros conservando las huellas dactilares de Harry en el gatillo con el objetivo de inculparlo y ahora exigirle 105 mil pero por año, por el resto de su vida, a cambio del silencio. Encontrándose con Doreen y ayudado por la complicidad pasiva de Bárbara, a la que le confiesa todo lo que sucede, el personaje de Scheider le aclara a Alan que dispone de sólo 52 mil dólares, libros contables mediante, y comienza a sembrar cizaña en el grupete de chantajistas, jugada que funciona porque Bobby mata a Leo y su amante/ empleado, Grady (William John Murphy), y Raimy eventualmente se carga a Shy y Doreen, no obstante el jefazo decide secuestrar a Bárbara.
Frankenheimer, sirviéndose de un escueto y brillante guión de John Steppling y el propio Leonard, aprovecha de maravillas su fetiche temático de toda la vida, el dilema moral, pero también aquel contexto reaganiano de índole superficial, desreguladora, caníbal e hipócrita para apuntalar el constante “vale todo” del relato y de la Clase B con esteroides de Cannon Films y los 80 en general, por ello las tetas, la violencia y la manipulación de vieja escuela se dan la mano con la obsesión alrededor del video hogareño, el porno, las drogas duras -la esposa recibe compulsivamente una dosis de heroína que reenvía al largo padecimiento de Jimmy “Popeye” Doyle (Gene Hackman) en Contacto en Francia II– y por supuesto esa enorme codicia y ese oportunismo financiero/ plutocrático/ especulativo muy en boga tanto en el período como en nuestro Siglo XXI, de allí se explica el fariseísmo cuasi inocente del affaire, el parasitismo a toda pompa de la mafia prostibularia y hedonista y finalmente la presencia psicopática en las sombras de un Estado neoliberal que le come con impuestos la mitad de las ganancias al capitalista industrial en extinción mientras abre las fronteras para que los productos importados asiáticos terminen de destruir el poco mercado vernáculo que le queda. Con un buen soundtrack de parte de Gary Chang y un excelente desempeño en fotografía del alemán Jost Vacano, colaborador histórico de Paul Verhoeven, el realizador garantiza actuaciones sublimes de todo el elenco y desparrama una sabiduría narrativa impecable en cada secuencia, por ello Ni un Paso en Falso se ubica sin problemas entre las mejores adaptaciones de Leonard junto con Los Cautivos (The Tall T, 1957), opus de Budd Boetticher, El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, 1957), de Delmer Daves, Hombre (1967), de Martin Ritt, El Reto de Valdez (Valdez Is Coming, 1971), de Edwin Sherin, Mr. Majestyk (1974), de Richard Fleischer, y Un Romance Peligroso (Out of Sight, 1998), de Steven Soderbergh, superación en simultáneo del lote de las traslaciones cinematográficas apenas correctas, pensemos en Joe Kidd (1972), de John Sturges, Los Crímenes del Rosario (The Rosary Murders, 1987), de Fred Walton, El Nombre del Juego (Get Shorty, 1995), de Barry Sonnenfeld, Jackie Brown (1997), del lelo Quentin Tarantino, y El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, 2007), remake de James Mangold, y de la bolsa de lo fallido en línea con Jugando con Fuego (Stick, 1985), faena de Burt Reynolds, El Cazador de Gatos (Cat Chaser, 1989), de Abel Ferrara, El Toque (Touch, 1997), de Paul Schrader, Tómalo con Calma (Be Cool, 2005), de F. Gary Gray, Tiro Mortal (Killshot, 2008), de John Madden, Freaky Deaky (2012), de Charles Matthau, y Vidas Criminales (Life of Crime, 2013), de Daniel Schechter, entre tantos otros films con algunas buenas intenciones, mucha torpeza y pocos resultados en verdad valiosos, el gran problema de la cultura en la posmodernidad…
Ni un Paso en Falso (52 Pick-Up, Estados Unidos, 1986)
Dirección: John Frankenheimer. Guión: Elmore Leonard y John Steppling. Elenco: Roy Scheider, Ann-Margret, John Glover, Robert Trebor, Lonny Chapman, Kelly Preston, Doug McClure, Clarence Williams III, William John Murphy, Vanity. Producción: Yoram Globus y Menahem Golan. Duración: 110 minutos.