Sangriento Papá Noel (Silent Night, Deadly Night, 1984), slasher relativamente Clase B de Charles E. Sellier Jr., formó parte de aquel frenesí de los años 80 alrededor del horror de festividades que anticiparon Noche de Paz, Noche de Sangre (Silent Night, Bloody Night, 1972), de Theodore Gershuny, y Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, y que terminó de desatarse a posteriori de Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), de Sean S. Cunningham, pelotón en el que asimismo entran El Día de la Madre (Mother’s Day, 1980), obra de Charles Kaufman, Noche de Graduación (Prom Night, 1980), de Paul Lynch, Feliz Cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me, 1981), de J. Lee Thompson, Aniversario de Sangre (My Bloody Valentine, 1981), de George Mihalka, Colegio Infernal (Graduation Day, 1981), de Herb Freed, y El Día de los Inocentes (April Fool’s Day, 1986), de Fred Walton, entre otras faenas mucho menos conocidas. El film de Sellier, paradójicamente un profesional especializado en productos audiovisuales cristianos y family friendly, en su estreno generó condenas variopintas y un más que importante pánico moral porque fue el primero financiado con un presupuesto “atendible” y distribuido por una compañía de renombre, TriStar Pictures, en incluir un villano disfrazado de Santa Claus, figura reverenciada en yanquilandia y más en épocas de conservadurismo ortodoxo reaganiano. El guión de Michael Hickey y Paul Caimi estaba inspirado en el fetiche para con la locura y las hachas de El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, y giraba alrededor de Billy Chapman (Jonathan Best y Danny Wagner de niño, Robert Brian Wilson cuando adolescente), un mocoso que en la Nochebuena de 1971 queda huérfano cuando después de visitar a su abuelo (Will Hare), veterano supuestamente catatónico que de todos modos le informa sobre la tendencia de Papá Noel a castigar a los nenes malos/ traviesos, un loco disfrazado del panzón de traje rojo inventado por la Coca-Cola (Charles Dierkop), quien venía de asaltar una tienda y matar al dueño, efectivamente se carga de un par de tiros a papi (Geoff Hansen) y desea abusar sexualmente de mami (Tara Buckman), no obstante como esta última se resiste se gana que le corten el cuello con una linda navaja.
Tres años después, Billy y su hermano, Ricky (Max Broadhead y Alex Burton), van a parar a un orfanato católico controlado por la Madre Superiora (Lilyan Chauvin), bruja inmunda que suele golpear a los purretes y se obsesiona con hacer que el protagonista supere sí o sí el trauma navideño, al punto de que lo obliga a sentarse en el regazo de un Papá Noel del montón que termina con un puñetazo en la cara de parte del joven. Para 1984 Chapman ya acumula 18 años y la “versión buena” de las monjas del orfanato, la Hermana Margaret (Gilmer McCormick), le consigue un puesto de repositor en una juguetería controlada por el Señor Sims (Britt Leach), quien desde ya lo insta a calzarse un traje de Santa Claus para Navidad y el asunto lo lleva a reproducir el esquema asesino del verdugo de la infancia justo luego de presenciar cómo un cruel empleado de nivel medio del lugar, Andy (Randy Stumpf), intenta violar a una compañera con la que el protagonista tenía fantasías sexuales, Pamela (Toni Nero), por ello a él lo estrangula con unas luces navideñas y a ella le abre el abdomen con un cúter, preámbulo para la masacre reglamentaria en pos de castigar a todos aquellos que se portan mal, muy mal, en nuestro Estado de Utah. Si bien la trama exudaba mediocridad, las actuaciones dejaban mucho que desear, el ritmo narrativo no tenía nada que envidiarle a una tortuga y sinceramente las pinceladas de humor negro caían en saco roto, la película por lo menos patentó la figura del Señor Claus en modelo psicópata y se preocupó por legitimar dicha idea en un contexto semi adusto vinculado al análisis de la criminalidad aleatoria, los traumas infantiles, el conformismo consumista/ capitalista, la tiranía dentro de los centros de menores y el ciclo social de la violencia, amén del valiente telón de fondo orientado a la desacralización de la Navidad y el oscurantismo cristiano, siempre moviéndose entre la ignorancia, el sadomasoquismo y la represión sexual. Otros puntos a favor pasaban por el buen nivel de los desnudos, los efectos especiales y el gore, todo gracias a secuencias eficaces de asesinatos, y por la ironía sobre ese comercialismo desabrido o edulcorado de fin de año, aquí metamorfoseado en una cruzada homicida a raíz del condicionamiento de la violencia contagiosa, un razonamiento simplista del período.
Hollywood prontamente agotaría la fórmula de la mano de dos secuelas que retomaron el personaje del hermano menor, Ricky, aquellas desastrosas de 1987 de Lee Harry y de 1989 de Monte Hellman, y otras dos que levantaron un poco el nivel de calidad aunque no tenían nada que ver con la historia previa, hablamos de los opus de 1990 de Brian Yuzna y de 1991 de Martin Kitrosser. En el Siglo XXI se han apilado sucesivos intentos de relanzar la franquicia que nunca terminan de funcionar ni a escala artística ni en la taquilla mundana, así las cosas después de Noche de Paz, Noche de Muerte (Silent Night, 2012), trabajo de Steven C. Miller que probó entregándole un lanzallamas a Papá Noel, y Feliz Navidad (Christmas Bloody Christmas, 2022), film de Joe Begos que transformó al psicópata en un insólito androide, ahora nos tenemos que enfrentar a otro reboot con elementos de remake heterodoxa, Noche de Paz, Noche de Horror (Silent Night, Deadly Night, 2025), odisea igualmente anodina de Mike P. Nelson que por un lado elimina todo el sustrato irreverente de la película de 1984, tanto el dejo anticristiano como el gore realista más los culos y las tetas símil sexploitation, y por el otro lado se propone humanizar al loquito de turno, una vez más bautizado Billy Chapman (Logan Sawyer de chico, Rohan Campbell ya adulto), a través de su cruzada justiciera en materia de reventar a asesinos, abusones, pederastas e incluso neonazis, todo en función de una premisa sobrenatural extraída sin más de Shocker: 100.000 Voltios de Terror (Shocker, 1989), opus poco conocido de Wes Craven acerca de un homicida en serie que saltaba de cuerpo en cuerpo mediante la electricidad, de hecho lo que ocurre en esta tercera relectura del film original ya que Chapman muta en verdugo cuando un sujeto disfrazado de Papá Noel mata a sus padres delante de él con una escopeta, Charlie (Mark Acheson), una vez más luego de visitar al nono (Darren Felbel), y antes de morir se transforma vía una descarga eléctrica en una voz en el inconsciente de Billy que lo guía en su misión navideña, ahora enmarcada en un calendario de Adviento cuyos casilleros decembrinos deben llenarse con la sangre de esas víctimas cuidadosamente seleccionadas por Charlie, breves visiones videocliperas de por medio acerca de los crímenes en cuestión.
Nuestro dúo, léase el muchacho y ese Charlie que es el espíritu del conserje del hospicio de ancianos donde se alojaba el abuelo de Chapman, termina en un pueblito llamado Hackett en el que consigue trabajo gracias al Señor Sims (David Lawrence Brown), dueño de una tienda de antigüedades y baratijas navideñas que es atendida por su hija, Pamela (Ruby Modine, vástago del célebre Matthew Modine), una muchacha con claros problemas de ira. Entre diversos asesinatos que incluyen toda una célula neonazi caricaturesca que de seguro votó por Donald Trump, el protagonista inicia una relación con Pamela, desata los celos de su ex, el policía golpeador Max Benedict (David Tomlinson), y atestigua mediante un video de seguridad cómo un hombre enmascarado asesina a Sims luego de que éste descubriese a un niño atado y amordazado en una camioneta, parte de una larga ristra de secuestros de infantes en la región que por supuesto amerita que Billy vuelva a ponerse el traje de Papá Noel para hacer justicia. Más allá de una referencia efímera a Santa Claus Conquista a los Marcianos (Santa Claus Conquers the Martians, 1964), gigantesca trasheada de Nicholas Webster que vemos por TV, la introducción, los flashbacks y las visiones, en lo que atañe a la fotografía y la edición, reenvían de modo muy poco sutil al exploitation de los 60 y 70 desde la mentalidad de la posmodernidad hueca tarantinesca. Las diferencias son muchas y pueden citarse ese abuelo que hoy muere a posteriori de vomitar sangre, la voz en off de Charlie en la cabeza cuasi esquizofrénica de Billy, la relación consumada con Pamela, la presencia de un pueblito con muchos secretos sucios y de un psicópata incluso peor, el secuestrador de mocosos, y finalmente la desaparición del orfanato cristiano, el mismísimo Ricky y el abuso sexual sobre la madre, Tara Chapman (Krystle Snow). Como decíamos antes, el estereotipo paranormal lelo y la redundancia de los intercambios verbales entre el conserje y Chapman, por demás explicativos, aquí están al servicio de esquivar la condena del punitivismo cristiano y de higienizar al demente disfrazado de Santa Claus de la mano de una jugada que se siente torpe, cínica y profundamente banal, ni siquiera logrando que los detalles cómicos resulten en verdad graciosos. Este trasfondo inofensivo de Noche de Paz, Noche de Horror descarta la potencia retórica de la original y apenas si se permite homenajearla a través del fetiche del homicida con el hacha y la vuelta de aquella escena del empalamiento con las astas de un ciervo disecado, en esta oportunidad padeciéndolo la madre adoptiva abusiva de Billy (Kristen Sawatzky). Se agradece el intento de hacer “otra cosa” por fuera del slasher de antaño pero honestamente el asunto deriva en otra de esas situaciones en las que se pretende arreglar algo que no estaba roto y que podría haber sido muy valioso si se reprodujese en tiempos puritanos, sosos y necios como este Siglo XXI, donde muchos payasos del público y la crítica de cine se espantan cuando ven un par de tetas desfilando por la pantalla o no consiguen diferenciar la sangre de CGI y la otra, esa de los queridos practical effects. Incluso el recurso de continuamente señalar un hipotético culpable en materia del rapto de los nenes, el policía en la piel de Tomlinson que sospecha de Chapman mientras los espectadores sospechamos de él por la otra serie de crímenes, no llega a buen puerto porque en el desenlace primero se lo exonera y en el último minuto se lo declara cómplice y corrupto porque recibía dinero a cambio de su asistencia/ silencio, típica indecisión del mainstream de hoy en día que ensaya una infinidad de alternativas en paralelo sin verdaderamente decidirse por alguna en particular para profundizarla como debería, panorama que indefectiblemente abarca este opus sobrecargado de Nelson, por cierto un director y guionista yanqui que ya venía de aburrirnos con Los Domésticos (The Domestics, 2018), fábula apocalíptica rutinaria, y con Sendero al Infierno (Wrong Turn, 2021), otro reboot de poco vuelo aunque en este caso de Camino hacia el Terror (Wrong Turn, 2003), el simpático slasher de idiosincrasia ultra hicksploitation de Rob Schmidt…
Noche de Paz, Noche de Horror (Silent Night, Deadly Night, Estados Unidos/ Canadá, 2025)
Dirección y Guión: Mike P. Nelson. Elenco: Rohan Campbell, Ruby Modine, Mark Acheson, David Lawrence Brown, Logan Sawyer, Krystle Snow, David Tomlinson, Darren Felbel, Kristen Sawatzky, Erik Athavale. Producción: Dennis Whitehead, Jeremy Torrie, Scott Schneid, Jamie R. Thompson, Tanya Brunel y Erik Bernard. Duración: 96 minutos.