Psicomagia: Un Arte Curativo (Psychomagic: A Healing Art)

El chamán y el inconsciente

Por Emiliano Fernández

Y Alejandro Jodorowsky por fin realizó una película sobre la psicomagia, esa particular disciplina con un pasado de más de 50 años a la que consagró gran parte de su vida en términos de concebirla, moldearla, aplicarla y difundirla, en esencia un método terapéutico orientado a curar los traumas arrastrados por los sujetos que el mismo chileno define en oposición explícita con respecto al clásico psicoanálisis freudiano, algo que puede verse desde el mismo prólogo de Psicomagia: Un Arte Curativo (Psychomagic: A Healing Art, 2019), un trabajo a mitad de camino entre el infomercial de índole más o menos televisiva y el documental entre expositivo y participante: mientras que el psicoanálisis tiene raíces científicas, fetichiza las palabras y prohíbe al terapeuta de turno tocar a sus pacientes, la psicomagia se basa en el arte, pondera los actos sanadores concretos y recomienda en especial al terapeuta tocar a sus “consultantes”. Con la decidida intención de legitimar en su conjunto a la disciplina y ayudar a su masificación entre un público anglosajón que la desconoce de lleno, a diferencia de los fans franceses e hispanoparlantes del señor, el film presenta una serie de casos en los que Jodorowsky ha venido trabajando durante los últimos años mientras predicaba -fiel a su estilo- mucho más con el ejemplo que con la teoría, por ello a posteriori de la citada introducción conceptual las imágenes nos pasean por episodios de celos entre hermanos, abusos familiares, drogodependencia, suicidio del ser querido, parejas en crisis, odio hacia los padres, complejos varios con la menstruación y/ o la propia feminidad, mucho tartamudeo, problemas de virilidad, depresión aguda, luto, misantropía a nivel patológico, homosexualidad reprimida y tristeza y/ o decaimiento anímico en general.

 

Juzgando lo visto en pantalla, la psicomagia es mucho más agresiva que esa meditación transcendental de aquel gurú Maharishi Mahesh Yogi a la que es tan adepto David Lynch, otro ejemplo de cineasta de amplia fama y militancia espiritual, y está cargada de toda la honestidad brutal que puede esperarse del legendario director y guionista radicado en París desde hace décadas, quien para ilustrar sus técnicas sanadoras incluye muchos fragmentos de Fando y Lis (1968), El Topo (1970), La Montaña Sagrada (The Holy Mountain, 1973), Tusk (1980), Santa Sangre (1989), La Danza de la Realidad (2013) y Poesía sin fin (2016), películas en las que él mismo rastrea los actos y situaciones mediante los cuales impele a las propias personas que vienen a verlo a buscar la solución a sus desdichas en su misma psiquis, a sabiendas de que el exterior es filtrado por el interior y en la sociedad asfixiante actual es muy común que los individuos tiendan a quedarse sólo con los rasgos negativos o los “faltantes” que les llegan desde el afuera en forma de estímulos, priorizando de este modo el trauma arrastrado desde generaciones y generaciones en vez de la posible solución que corte el hilo del abuso impuesto/ autoasumido/ reproducido. Como si se tratase de una reformulación de las purgas simbólicas vistas en el cortometraje La Corbata (La Cravate, 1957) o en Melodrama Sacramental (1965), montaje a modo de resumen de la pieza teatral homónima del Movimiento Pánico, el ilustre y querido minicolectivo artístico vanguardista otrora conformado por el chileno, el español Fernando Arrabal y el galo Roland Topor, el documental explora cuánto se puede hacer desde lo íntimo para sobrellevar las penas de antaño y exorcizar esos demonios bien cotidianos que nos imponen sus cadenas y cárceles.

 

Entre lo new age de barricada, aquel surrealismo posmoderno de los 60 y 70 y los clásicos ejercicios actorales destinados a eliminar la vergüenza viabilizando planteos que el resto de los mortales -los que están por fuera del colectivo artístico- considerarían ridículos o hasta degradantes, la terapia jodorowskiana de la psicomagia propone curas radicales metafóricas como romper platos con un martillo sobre el pecho del consultante, refregarle cables, enterrarlo, bañarlo con leche, cortar la ropa con tijeras, simular el acto de amamantar, hacer caminar a las personas con cadenas en sus pies en la vía pública, destruir con un mazo unas calabazas que simbolizan a los integrantes de la familia, impeler a las mujeres a pintar un autorretrato con su sangre menstrual, llevar al paciente a saltar en paracaídas, vestirlo como un infante para jugar en plazas y parques de diversiones, pintarlo de dorado y nuevamente hacerlo recorrer las calles parisinas, o convencerlo de desnudarse alrededor y arriba de un piano justo luego de calzarse los llamativos atuendos del padre y desfilar a la vista de todos; aunque existen también alternativas más sutiles en línea con la psicogenealogía, léase el estudio de la personalidad y del árbol genealógico del consultante para abordar con mayor precisión la fuente del dolor, y los denominados “masajes iniciáticos”, un contacto corporal caótico/ anarquista que puede ser reposado o más bien de descarga emocional tirando a lo vehemente, al igual que el primero que nos muestra el realizador en pantalla. Algo así como el credo de un Timothy Leary que no entroniza las drogas o quizás una versión de aquella “terapia primal” de Arthur Janov más apuntalada en los hechos que en la verborragia burguesa hiper ombliguista, la psicomagia pretende enseñarle a la razón el lenguaje de los sueños, lo reprimido y el inconsciente en general con el objetivo de no imponer criterios de verdad absoluta/ autoritaria/ científica en el enclave de lo inasible psicológico y en suma encontrarle una cura específica y urgente a la persona, algo que por supuesto no ocurre en el psicoanálisis debido a cierta fetichización implícita del método con hallar la causa del mal en cuestión -gratificación intelectual egoísta del terapeuta- y de inmediato dejar al paciente flotando en el limbo del eterno girar verbal sobre el mismo eje sin que se generen progresos verdaderos en ningún sentido. El poderío de los rituales y del contacto humano pasa al primer plano en el ideario del chileno, ayudado por las excelentes música de Adán Jodorowsky (hijo) y fotografía de Pascale Montandon-Jodorowsky (esposa), ya que lo suyo es una terapia de choque que toma algunos ingredientes del budismo y el hinduismo aunque siempre conservando en el horizonte el sustrato paradójico del arte y su capacidad de resumir -en pequeños o grandes gestos, acciones y circunstancias- problemas y fortalezas muy arraigadas en las dimensiones comunales y culturales de las personas, con la parentela hogareña en tanto región intermedia por antonomasia entre lo social y lo privado agitado.

 

Al contrario de tantas otras disciplinas semejantes que surgieron con aquella eclosión de la contracultura durante los 60, casi todas respuestas tácitas a la mediocridad y el cansancio de las religiones, la industria farmacéutica y las vertientes tradicionales de esa medicina institucionalizada bajo un manto corporativista mafioso, esquema cada vez más volcado a criterios tecnocráticos, deshumanizadores y estandarizantes, la psicomagia de Jodorowsky es sincera y pragmática en su enfoque porque apunta a la liberación de los consultantes de las prisiones que los aquejan, ya sea volviendo al útero primigenio o alejándose de él, ya sea haciendo las paces con una faceta traumática de la memoria o por fin dejándola atrás, ya sea consolidando determinado vínculo o impulsando su desaparición, ya sea permitiendo que aflore la ira/ cólera o encauzándola hacia la creatividad o una rutina vivificante, justo como el demoledor caso de la depresión de una anciana de 88 años, a quien el maestro simplemente le propone que le lleve diariamente agua a un gigantesco árbol de una plaza a lo largo de 21 jornadas cual ofrenda que trabaja sobre el inconsciente para que la mujer deje de lado el desprecio porfiado al resto de la humanidad y se transforme en parte protectora de esa vida colectiva simbolizada en el frondoso vegetal, con cientos de años de paz tras de sí. Más allá del rol de Psicomagia: Un Arte Curativo en lo referido a la propagación de la filosofía de siempre del chileno, la faena también puede interpretarse como un nuevo opus del cineasta que se acopla a la perfección con el surrealismo y el tarot previos a expensas de un chamán del arte más exaltado y glorioso que sabe muy bien encandilar al público con una originalidad hoy por hoy casi extinta en el acervo audiovisual tanto mainstream como indie, y por cierto algo de ello hay en el segmento final de la película porque allí las indagaciones psicológicas y actitudinales individuales dejan paso de a poco a lo colectivo, basta con recordar que el señor incluye metraje de múltiples participaciones televisivas, teatrales y populares suyas en pos de levantarle el ánimo a una paciente oncológica cansada de los tratamientos despiadados promedio, ayudar a aceptar la homosexualidad de un par de muchachos quemando un clóset u organizar una ceremonia de psicomagia social/ masiva en la capital de México en 2011 destinada a que miles de personas expresen su pesar por la muerte de 70.000 hombres y mujeres en las guerras del narcotráfico en tierras aztecas. En última instancia lo que sobrevuela es la capacidad del arte de motivar un camino alternativo de sanación con respecto a los transitados hasta el hartazgo por los carniceros y autómatas sin imaginación del Estado y las corporaciones capitalistas de la salud, algo valioso siempre y cuando no se caiga en nuevas castraciones conceptuales o institucionales y la disciplina siga manteniendo la refulgente imaginación del propio Jodorowsky y sus diversos placebos y poéticas ilusiones, catalizadores de tantas y tantas curaciones desde hace cinco décadas…

 

Psicomagia: Un Arte Curativo (Psychomagic: A Healing Art, Francia, 2019)

Dirección y Guión: Alejandro Jodorowsky. Elenco: Alejandro Jodorowsky. Producción: Guy Avivi y Xavier Guerrero Yamamoto. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 7