Fue durante el Siglo XIX en los países centrales y durante aquel Siglo XX en la periferia cuando aparecieron por primera vez las cuasi organizaciones de fanáticos de determinados equipos del fútbol profesional del mundo, un fenómeno muy peculiar que rápidamente pasó de la simple camaradería y el hecho fundacional de apoyar y acompañar al club de turno a generar conflictos muy violentos tanto con los simpatizantes de otros equipos como con las otras facciones o bandos de fanáticos del mismo club, especie de internas que a partir de mediados de la centuria pasada provocaron una sindicalización criminal que administra los distintos negocios alrededor del encuentro deportivo como por ejemplo la reventa de las entradas, el narcotráfico, el estacionamiento de coches en las inmediaciones de la cancha y las “franquicias” en materia de la venta de comida y bebidas de graduación alcohólica o no. Siempre en mayor o menor medida amparados por la administración del club, con vínculos cambiantes con la policía y casi siempre perseguidos por el aparato judicial de cada nación bajo criterios hipócritas ya que ahí también suele haber connivencia, estos hinchas fueron recibiendo distintos nombres con el transcurso de las décadas que se corresponden a las variantes del esquema comunal en cuestión, desde los “barras bravas” de la América Latina hispanoparlante y las “torcidas organizadas” de Brasil, ambos grupos con una identidad construida en torno a la violencia territorial contra los adversarios deportivos a partir de un choque xenófobo/ racista/ misógino/ homofóbico/ antisemita, hasta llegar a los “hooligans” del Reino Unido y los “ultras” del resto de Europa, Australia, América del Norte y Asia, los primeros mucho más vehementes o exaltados que los segundos porque se parecen a las hinchadas argentinas, literalmente una de las primeras en el mundo en organizarse durante la modernidad y una de las más coloridas en cuanto a los rituales de agresión, furor y lisa y llana extorsión contra las autoridades del club, los dirigentes políticos y los jugadores de fútbol, tres gremios tan o más corruptos que los barras bravas aunque mucho más cobardes y oportunistas, sobre todo en un nuevo milenio que tiende a evitar los conflictos directos.
La mejor y más famosa película acerca del fenómeno de los simpatizantes de fútbol y sus batallas internas/ externas, La Firma (The Firm, 1989), fue realizada para la BBC por el mítico cineasta Alan Clarke, en suma perteneciente al ciclo símil antología de propuestas para televisión Screen Two (1985-1998), y se especializa en la vertiente inglesa del asunto, precisamente esos hooligans que adoran romperse las cabezas entre ellos ya no sólo antes, durante y/ o después del match deportivo sino en contextos muy variados cual cita pautada que puede respetarse o quizás desembocar en una trampa o emboscada momentos después, idiosincrasia que a su vez incluye por un lado una verborragia muy rica en materia de los insultos, casi siempre enrevesados y bastante ingeniosos en su malicia, y por el otro lado múltiples contradicciones de toda clase porque este ideario puede abarcar en paralelo un obrerismo y una solidaridad de izquierda y una terquedad y virulencia de derecha, el marco clásico del vandalismo en el fútbol, o una retahíla de prácticas mafiosas que se unifican con una red de minicontención propia de los clubes no deportivos de barrio de antaño, por ello la cultura de la intimidación y la rivalidad fogoneada no está enraizada únicamente en la pata comercial del asunto, léase las distintas “cajas” aludidas, sino también en unos códigos éticos compartidos que derivan en más paradojas e incluyen nociones como la lealtad, el honor, la jerarquía y un coraje de impronta semi suicida. El film, cuyo título remite a un término del argot británico que engloba tanto a las hinchadas de fútbol como a los gremios delictivos tradicionales, forma parte de la tetralogía de oro de Clarke de ese realismo social inglés inspirado en aquella vanguardia artística proletaria del Free Cinema y la Nueva Ola Británica de las décadas del 50 y 60, una serie que se completa con Escoria (Scum, 1979), retrato muy escalofriante de la red de reformatorios de menores y todo su contexto brutal, Hecho en Gran Bretaña (Made in Britain, 1982), opus sobre el devenir de los skinheads adolescentes durante el thatcherismo neoliberal hambreador, y Elefante (Elephant, 1989), mediometraje acerca de una serie de homicidios por el Conflicto Norirlandés (1968-1998).
Si bien Gary Oldman para fines de los 80 ya contaba con un mínimo derrotero en la TV y especialmente el cine indie anglosajón con opus como Sid & Nancy (1986), de Alex Cox, Susurros en tus Oídos (Prick Up Your Ears, 1987), de Stephen Frears, Ruta 29 (Track 29, 1988), de Nicolas Roeg, Ley Criminal (Criminal Law, 1988), de Martin Campbell, y Héroe de Guerra (Chattahoochee, 1989), de Mick Jackson, su extraordinario trabajo en La Firma lo llevó a la estratósfera del enclave artístico británico -y eventualmente estadounidense- y se podría aseverar que Clarke hizo por él lo que ya había hecho por otros dos intérpretes monumentales del Reino Unido, Ray Winstone y Tim Roth, por entonces protagonistas jovencísimos de Escoria y Hecho en Gran Bretaña, respectivamente. Aquí el camaleónico Oldman compone a Clive Bissel alias “Bex” o “Bexy”, un agente inmobiliario que está casado con Sue (Lesley Manville, esposa de Gary por aquellos años), tiene un hijo chiquito, Sammy (Albert Bentall), y oficia de líder de una firma/ barra brava del West Ham United, esa Inter City Crew inspirada en la verídica Inter City Firm, una diminuta aunque peligrosa comitiva conformada además por Trigg (Charles Lawson), Simon (Nick Dunning), Nunk (Patrick Murray), Dominic (Jay Simpson) y los negros Yusef (Terry Sue-Patt) y Snowy (Robbie Gee). El catalizador narrativo es la idea de Bex, el cual por cierto provoca cortes en la boca de Sammy al dejar a mano una trincheta, de unir a las tres facciones locales de la hinchada, la suya y otros dos grupitos encabezados por Oboe (Andrew Wilde) y Yeti (Phil Davis), para formar una “firma nacional” que deberá trasladarse a Alemania para un partido entre Holanda y el Reino Unido, por ello se fijan las fechas -martes y sábado próximos- para los enfrentamientos cruzados que determinarán quién será el mandamás del colectivo unificado, no obstante Oboe ataca a traición a los muchachos de Inter City Crew y le corta la cara a Yusef de un modo pusilánime, así Bex se venga dejándolo ciego con la trincheta en un embate nocturno en su hogar y después decide arremeter en un pub y no en la cancha contra Yeti, todo un especialista en destrozar autos como hiciese con los de Simon y Bexy.
Entre cánticos sobre violar a las mujeres/ putas/ hembras de la hinchada rival y robarles la cerveza -el verdadero pecado imperdonable- y un surtido de armas divinizadas como bates con alambre de púas, punzones, porras, manoplas, unas barras de acero, cuchillos, cadenas, mazas y un revólver, los hooligans de Clarke y el guionista Al Ashton, señor asimismo con una amplia trayectoria televisiva, se parecen muchísimo a sus homólogos reales y sobre todo a la acepción posmoderna de los energúmenos del fútbol, un planteo que la epopeya enfatiza todo el tiempo en función de la generosa distancia entre la improvisación bélica de las hinchadas del pasado tracción a alcohol y peleas en el mismo estadio, representadas en pantalla por el padre de Bex, Bill (Dave Atkins), y la obsesión estratégica y el fetiche con las armas de las generaciones siguientes, en suma nuestro protagonista treintañero con una doble vida bastante patética en la que se cree un héroe de la clase obrera estando con los suyos del Inter City Crew hasta que su esposa le aclara que en el barrio lo consideran un idiota y no se lo dicen por su carácter psicopático, amén del hecho de que en la casa de sus padres su cuarto está conservado sin alteración alguna -cientos de fotografías de ídolos del balompié y una valija llena de juguetitos violentos de por medio- porque representa para Bex una suerte de santuario de esta pasión excesiva e infantiloide que se canaliza en la crueldad, los atropellos y un chauvinismo deportivo consagrado a reafirmarse denigrando a todos los demás y marcándolos de por vida, gran detalle que se corporiza en los golpes, las cicatrices, los ojos destrozados y esos testículos cortados en el desenlace de Yeti, el cual le devuelve la gentileza a Bex pegándole un tiro. Las tomas magistrales con steadicam y la visceralidad típica del director, siempre obviando la música extradiegética y los personajes queribles y acercándolos a la autodestrucción, aquí llegan a un éxtasis macabro inolvidable que incluye el quiebre de la “cuarta pared” durante el epílogo, cuando las tres facciones finalmente se unifican y optan por entronizar al visionario pero fallecido Bexy, para quien su esposa e hijo poco importan ya que la adrenalina de la pugna futbolística es adictiva…
La Firma (The Firm, Reino Unido, 1989)
Dirección: Alan Clarke. Guión: Al Ashton. Elenco: Gary Oldman, Phil Davis, Andrew Wilde, Charles Lawson, Jay Simpson, Patrick Murray, Robbie Gee, Terry Sue-Patt, Nick Dunning, Lesley Manville. Producción: David M. Thompson. Duración: 68 minutos.