El cine contemporáneo ya casi no ofrece experiencias tan gratificantes para el intelecto como la que nos regala Fue Sólo un Accidente (Yek Tasadef Sadeh, 2025), obra ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y nueva propuesta de Jafar Panahi rodada de manera ilegal/ en secreto/ sin permiso alguno de las autoridades teocráticas surgidas de la Revolución Islámica de 1979, uno de los cineastas más martirizados del planeta y artífice de un acervo artístico entre laborioso, documentalista, marginal, rebelde, antisentimental, humanista y ascético vinculado al retrato antropológico/ neorrealista y la lucha contra la opresión, las injusticias sociales, la violencia, el poder absolutista y toda discriminación u oscurantismo de la naturaleza que sea. Panahi forma parte de aquella tercera camada del denominado Nuevo Cine Iraní, una reacción contra el esquema comercial amparado por el régimen y volcado a las comedias, los dramas románticos y las faenas familiares o bélicas. La primera generación del movimiento se extendió desde las postrimerías de los 60 hasta la Revolución Islámica y atacó la pobreza e ignorancia prerrevolucionaria bajo la influencia del cine europeo y las “nuevas olas” iconoclastas de la época, como quedaría reflejado en la trayectoria de los pioneros Dariush Mehrjui, Masoud Kimiai y Nasser Taghvai, el segundo capítulo del Nuevo Cine Iraní cubrió las últimas dos décadas de la centuria previa y apostó al minimalismo para escapar de la represión y el desfinanciamiento del Estado, siendo los directores emblemáticos Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf, Majid Majidi y Amir Naderi, y finalmente la camada que nos ocupa es la correspondiente al nuevo milenio y tiende a combinar el sustrato arty meditabundo de sus colegas anteriores con los géneros tradicionales, un grupete en el que encontramos a Panahi, Asghar Farhadi y Mohammad Rasoulof, sin duda los más famosos del lote, más Maziar Miri, Hossein Shahabi, Samira Makhmalbaf, Mani Haghighi, Parviz Shahbazi, Bahman Ghobadi y Hossein Rajabian, entre otros. Panahi empezó trabajando como asistente de Kiarostami en A Través de los Olivos (Zire Darakhatan Zeyton, 1994) y de Kambuzia Partovi en El Pez (Mahi, 1989), lo que constituyó el preámbulo para unos comienzos profesionales que determinaron su ascenso al candelero internacional a través de la muy buena acogida en el circuito de festivales de El Globo Blanco (Badkonake Sefid, 1995), El Espejo (Ayneh, 1997), El Círculo (Dayereh, 2000), Oro Carmesí (Talaye Sorkh, 2003) y Fuera de Juego (Afsaid, 2006), una pentalogía iniciática centrada en general en el sexismo que padecen las niñas y las mujeres en su país.
A continuación vendría un período de clandestinidad o más bien resistencia política tácita, ya consagrado al documental o la mixtura con la ficción, que se extiende hasta nuestros días a raíz de la censura, las prohibiciones, los arrestos, las confiscaciones y las condenas del montón por parte de las autoridades de la República Islámica de Irán, etapa que incluye Esto no es un Film (In Film Nist, 2011), obra realizada con Mojtaba Mirtahmasb, Cortina Cerrada (Pardeh, 2013), codirigida junto a Kambuzia Partovi, Taxi (2015), 3 Rostros (Se Rokh, 2018) y No hay Osos (Khers Nist, 2022), a lo que se agrega un lote de tres antologías esencialmente complementarias, Alfombra Persa (Persian Carpet, 2007), Los que Cantan (Celles qui Chantent, 2020) y El Año de la Tormenta Eterna (The Year of the Everlasting Storm, 2021), que Jafar efectivamente encaró junto con otros tantos cineastas. Fue Sólo un Accidente, nuevo eslabón dentro de un derrotero cualitativo bastante parejo con una sutil preponderancia de las joyas de los 90 e inicios del Siglo XXI, es tanto la mejor película de la fase de la persecución como un verdadero bálsamo contra la mediocridad calamitosa del espectro audiovisual del presente y su nula capacidad o predisposición a la hora de jugarse políticamente por algo que no sea la apatía y el cinismo del nuevo milenio, como decíamos con anterioridad. El guión de Panahi hace gala de su destreza para deshacerse de todo artificio banal hollywoodense y por cierto comienza con un tal Rashid Shahsavari (Ebrahim Azizi), cabeza de familia a cargo de una esposa embarazada (Afssaneh Najmabadi) y una hija pequeña (Delmaz Najafi), manejando con los suyos en medio de la noche por una ruta sin iluminación y atropellando por accidente a un perro, luego de lo cual el coche de turno se detiene delante de una factoría controlada por dos obreros, uno de ellos ofreciéndose a hacer arrancar el motor. El otro operario de origen azerí, Vahid (Vahid Mobasseri), habla con su madre por teléfono y después de finiquitar la comunicación reconoce a Shahsavari por el chirrido de su pierna derecha ortopédica al caminar, por ello al día siguiente decide secuestrarlo cuando lleva el automóvil a un taller mecánico, golpeándolo con la puerta de una camioneta y luego con una pala que además utiliza para enterrarlo vivo porque cree que años atrás fue su torturador, un agente de inteligencia siniestro llamado Eghbal alias “El Cojo” que perdió la pierna en la Guerra Civil Siria (2011-2024) y gustaba de atormentar a los prisioneros políticos colgándolos cabeza abajo por días enteros, sometiéndolos a palizas y simulacros varios de fusilamiento y privándolos de la luz del sol durante meses y meses.
Vahid de repente decide no matarlo cuando el susodicho, con los ojos vendados al igual que las víctimas de la represión estatal, logra crear dudas sobre su identidad afirmando que las heridas de su pierna son recientes y no de larga data como las de Eghbal, por ello contacta rápidamente a otro ex prisionero político, el dueño de una librería conocido como Salar (George Hashemzadeh), para confirmar el asunto aunque el hombre se niega a ayudarlo y a su vez lo pone en contacto con una fotógrafa, Shiva (Mariam Afshari), a la que encuentra retratando con su cámara a una pareja pronta a casarse, compuesta por Ali (Majid Panahi) y Golrokh alias Goli (Hadis Pakbaten), esta última también recluida por manifestarse contra el gobierno o sus socios pancistas y mafiosos de la esfera privada. Como ninguno de los involucrados puede ratificar que el raptado sea Eghbal, a quien drogan y le tapan los oídos para hablar con comodidad, Shiva conduce al inquieto grupito hacia una ex pareja de la fotógrafa, Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr), quien lo reconoce de inmediato como Eghbal y desea matarlo aunque Vahid y la misma Shiva se lo impiden porque pretenden sacarle antes una confesión pero no con los métodos favoritos de los psicópatas en el poder, la violencia y el espanto sistemático. En medio de la polémica sobre el siguiente movimiento suena el teléfono del cautivo y Vahid opta por contestar, descubriendo que llama la hija para avisar que su madre embarazada se desmayó en la casona familiar, así llevan a ambas a un hospital en medio de la noche y la mujer da a luz a un bebé. Todos eventualmente se marchan salvo Shiva, arrestada tiempo atrás por militar en contra del hiyab o velo femenino para cabeza y pecho, y el propio Vahid, detenido por la lacra uniformada por manifestarse para reclamar ocho meses de salarios adeudados en una fábrica en la que solía trabajar, lo que lo llevó a un calvario en cautiverio vía golpes que le destrozaron la espalda y un riñón, fuentes de dolores crónicos. Fue Sólo un Accidente maquilla los rasgos autobiográficos explícitos de aquellas cinco odiseas previas, todas protagonizadas por Panahi, y constituye un regreso a la criminalidad y al formato de thriller de impronta social/ testimonial de Oro Carmesí, nuevamente retratando por un lado la marginalidad de la enorme mayoría de la población, vinculada a la pirámide plutocrática y un aparato represivo que en Irán -como en Occidente- saquea el erario, y por el otro lado el universo masculino y sus muchas penurias, compulsiones, fantasmas y secretos sucios, de hecho reemplazando el mundillo rosa de las otras epopeyas iniciales de Jafar, El Globo Blanco, El Espejo, El Círculo y Fuera de Juego.
En nuestra fábula para adultos sobre las estrategias de lucha contra el despotismo estándar actual reaparecen recursos y motivos infaltables del iraní como los personajes femeninos fuertes o sin hiyab, la violencia mayormente fuera de campo, unas actuaciones amateurs estupendas, ese estilo minimalista verídico, la exacerbación de la duda como rasgo central de la humanidad, la denuncia de la corrupción de los funcionarios públicos, la reflexión acerca de las consecuencias del terror y toda docilidad y finalmente la presencia de un humor pícaro/ negro/ popular que en pantalla se da cita sobre todo en el eterno vestido de novia de Goli y en un par de escenas concretas, cuando se quedan sin combustible y deben bajar a empujar la camioneta de Vahid y cuando después llegan a una estación de servicio y el secuestrado se caga encima. Fue Sólo un Accidente es la realización más abiertamente política de Panahi, muy cerca de horizontes conceptuales de la talla de Gillo Pontecorvo y Costa-Gavras, e incluso se podría aseverar que el director y guionista retoma un motivo recurrente del suspenso en torno a la dinámica del torturador y el torturado, hablamos de la necesidad de una confesión para que la misión pase de la venganza a la justicia, esquema que coquetea en el desenlace con el sadomasoquismo o Síndrome de Estocolmo de El Portero de Noche (Il Portiere di Notte, 1974), clásico de Liliana Cavani, El Interrogatorio (Przesluchanie, 1982), de Ryszard Bugajski, Patty Hearst (1988), de Paul Schrader, y La Muerte y la Doncella (Death and the Maiden, 1994), de Roman Polanski, aquí por supuesto abarcando interrogatorios y los tormentos mencionados más violaciones, abusos sexuales y rumores de colaboración con el régimen para terminar de destruir la vida de cada víctima a posteriori del encierro. El film en un principio reenvía al rapto y el entierro del cliché del rubro, La Desaparición (Spoorloos, 1988), de George Sluizer, y asimismo le debe mucho a la angustia detrás de esa tradición del encarcelamiento político que va desde El Prisionero (The Prisoner, 1955), de Peter Glenville, hasta El Beso de la Mujer Araña (Kiss of the Spider Woman, 1985), de Héctor Babenco, sin olvidarnos de la relectura sexual de El Juego de las Lágrimas (The Crying Game, 1992), de Neil Jordan, Hard Candy (2005), de David Slade, e Incendios (Incendies, 2010), recordado trabajo de Denis Villeneuve inspirado un tanto lejanamente -aunque no mucho- en la vida y martirio de la combatiente de izquierda Soha Bechara, quien en la Guerra Civil Libanesa (1975-1990) intentó asesinar a un socio de Israel, Antoine Lahad, y por ello fue capturada en 1988 y torturada a lo largo de diez años.
La complicidad y la riqueza ética e idiosincrásica aparecen como características centrales de todos los personajes al igual que la presencia de perros atestiguando lo sucedido, unos menesterosos en perpetua espera como los protagonistas de la joya del teatro del absurdo de Samuel Beckett, Esperando a Godot (En Attendant Godot, 1952), que Hamid le nombra a Shiva para desbancar su pasividad y llevarla a materializar la revancha contra los esbirros de una Revolución Islámica que se suponía venía a liberar al pueblo de la brutal monarquía amiga de Estados Unidos y el Reino Unido del Sha Mohammad Reza Pahleví, sin embargo la vanguardia política se dedicó a la paranoia fundamentalista y a reprimir a la población indefensa que reclamaba sus derechos. En este sentido, para la película la cobardía se mide por la defensa ante los embates de los energúmenos y no según la ventaja extrema, sin la resistencia del adversario, de allí que todos menos Hamid eviten caer en el eje simbólico del verdugo desde el vamos al negarse a reproducir sus tácticas de amedrentamiento. Aquí se fusionan conceptos como el coraje, la libertad, la presión, la dignidad, el honor, la culpa, la verdad, el arrepentimiento, la humillación y la búsqueda de un cierre para los traumas, amén de la vieja noción optimista de Panahi vinculada a la maldad como una dimensión no inherente al ser humano sino construida a escala de la peor faceta de la sociedad que nos rodea, esa intolerante o con la soberbia suficiente para pretender imponerse sobre el resto de los mortales. Otra posible lectura tiene que ver con el lumpenproletariado, nuestro grupo vengador, en pugna contra la burguesía fascistoide burocrática de una teocracia que impone obediencia absoluta y la supresión de toda voz opositora, en esencia la policía, los militares y los servicios de inteligencia bajo el halo de las cúpulas administrativas. El final abierto, sostenido en la confesión extraída por Vahid, la liberación de Eghbal y la llegada misteriosa de este último -sólo vemos su coche y escuchamos el chirrido de la prótesis- al domicilio familiar del obrero, resulta magistral porque ejemplifica a la perfección este ideario de Jafar empardado a la ambigüedad moral y las idas y vueltas de una humanidad que no puede ponerse de acuerdo con el prójimo porque no sabe hacer las paces consigo misma a nivel cotidiano, algo representado en la posibilidad de arresto de Vahid, lo que reanudaría el ciclo del tormento, o quizás en la visita del ex verdugo para agradecerle su redención, luego de descubrir el valor de la vida gracias al nacimiento de su hijo y al hecho de reconocerse en sus víctimas, los desplazados de una sociedad llena de injusticias capitalistas y culturales…
Fue Sólo un Accidente (Yek Tasadef Sadeh, Irán/ Francia/ Luxemburgo, 2025)
Dirección y Guión: Jafar Panahi. Elenco: Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Ebrahim Azizi, Hadis Pakbaten, Majid Panahi, Mohamad Ali Elyasmehr, Delmaz Najafi, Afssaneh Najmabadi, George Hashemzadeh, Liana Azizifay. Producción: Jafar Panahi y Philippe Martin. Duración: 103 minutos.