El primer Hollywood verdaderamente posmoderno, aquel de las décadas del 80 y 90, para sus tanques más redundantes solía apelar a realizadores especializados en cine de género y/ o algún que otro cineasta del resto del mundo que había cosechado un éxito imprevisto de crítica o taquilla en yanquilandia o en algún mercado regional suculento, garantía tácita de un profesionalismo que se mezclaba con la falta de experiencia a la hora de lidiar con el mainstream yanqui, esquema que desde el punto de vista estadounidense se homologaba a “turista tontito que obedecerá órdenes porque quiere cobrar el cheque y luego retornar a casa”. Durante las fases más avanzadas de la globalización, léase las dos primeras décadas del Siglo XXI y su uniformización en términos de contenido sin que importe el origen, ya no resultó necesario recurrir a especialistas locales o advenedizos de otros países, dos razas que siempre pretendían algún tipo de independencia creativa, porque los mismos estudios y servicios de streaming empezaron a criar a sus propios asalariados anodinos/ robotizados con una única óptica válida, esa comercial santificada por los ejecutivos de Los Ángeles, un panorama patético que supuso un regreso al sistema cuasi esclavo del Hollywood Clásico.
Durante los últimos años se ha dado una especie de metamorfosis en cámara lenta que trata de encontrar una “solución negociada” que unifique elementos de las dos fases señaladas de la industria cultural en la posmodernidad, algo que tiene que ver con la crisis del modelo de negocios de las franquicias, cuyos exponentes ya no están rindieron bien en boleterías o de manera pareja/ equilibrada como sucedía apenas unos añitos antes, y por ello vemos que los necios de marketing que diseñan cada eslabón en particular de las sagas han estado optando por directores de prestigio que reemplazan a los asalariados sin alma paradigmáticos del cine de género del nuevo milenio, flamantes mascotas a las que se les encarga este o aquel proyecto aunque sin libertad creativa más allá de la factura técnica correspondiente al otro fetiche típico de estos años, las remakes sobrecargadas de animación fotorrealista de opus analógicos/ animados de manera tradicional, planteo que se parece a la antigua estrategia de las compañías discográficas de los 90 para volver a venderle al público melómano el mismo exacto producto que ya tenía en vinilo o cassette, promesa de alta fidelidad de por medio de la mano del gran invento del momento, el compact disc, ícono de la primera digitalización.
Mufasa: El Rey León (Mufasa: The Lion King, 2024), film mediocre aunque no calamitoso de Barry Jenkins, unifica los dos manotazos de ahogado favoritos del Hollywood reciente, precisamente los apuntados, ya que Jenkins sigue enarbolando el Oscar a Mejor Película y Mejor Guión por Luz de Luna (Moonlight, 2016), amén de otros dos “dramas negros” de impronta festivalera demodé, Remedio para Melancólicos (Medicine for Melancholy, 2008) y Si la Calle Beale Hablase (If Beale Street Could Talk, 2018), y en suma estamos frente a una precuela de El Rey León (The Lion King, 2019), aquella remake de Jon Favreau vía animación fotorrealista -equivalente a live action, como decíamos previamente, porque en pantalla no hay seres humanos que destruyan la ilusión por analogía de movimientos- del neoclásico homónimo de 1994 de Roger Allers y Rob Minkoff, una adaptación implícita de Hamlet (1603), de William Shakespeare, que formaba parte de la fase histórica conocida como el Renacimiento de Disney, un regreso muy marcado a la preeminencia de antaño del estudio símil última etapa de auténtica calidad, aquellos años 80 y 90 de La Sirenita (The Little Mermaid, 1989), La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, 1991) y Aladdín (1992).
La trama a esta altura resulta irrelevante porque mucha agua pasó bajo el puente y el relato en sí toma la forma de un racconto lejano desde el final del opus de 2019, ahora con el papi de Simba (Donald Glover), Mufasa (Aaron Pierre), separándose de sus progenitores por una inundación cuando cachorro y siendo adoptado por Eshe (Thandiwe Newton), madre de quien se transformaría en su hermano simbólico y asesino, Taka (Kelvin Harrison Jr.), el futuro Scar, con quien debe huir cuando años después mata en una pelea al hijo del jefazo de una manada de leones blancos, Kiros (el siempre genial Mads Mikkelsen). Queda claro que a Disney ya no le funciona discursivamente la fórmula de escenas de semi desarrollo de personajes, números musicales bobalicones y secuencias de acción repentinas porque el estudio desde hace mucho decidió dejar de lado las novedades y consagrarse a estas sagas de nunca acabar donde el arte de refritar lo mismo deriva en hastío, en indiferencia y/ o en trabajos intrascendentes como el que nos ocupa, cuyas voces y animación, dos rubros en verdad magistrales, contrastan con el agotamiento de un ciclo que, citando al mismo film, no está empardado a la vida natural sino al negocio más conservador e intercambiable…
Mufasa: El Rey León (Mufasa: The Lion King, Estados Unidos/ Canadá, 2024)
Dirección: Barry Jenkins. Guión: Jeff Nathanson. Elenco: Mads Mikkelsen, Aaron Pierre, Kelvin Harrison Jr., Thandiwe Newton, John Kani, Seth Rogen, Billy Eichner, Tiffany Boone, Donald Glover, Lennie James. Producción: Mark Ceryak, Genevieve Hofmeyr y Adele Romanski. Duración: 118 minutos.