Un Golpe con Estilo (Going in Style)

El ciclo se completa

Por Emiliano Fernández

Un Golpe con Estilo (Going in Style, 1979), gran clásico del cine sobre el inconformismo en la vejez y la posibilidad de llegar a algún tipo de paz con las propias decisiones de vida a pesar de los múltiples errores o humillaciones del caso, es sin duda la mejor película de su artífice, Martin Brest, un director y guionista estadounidense con una carrera poco prolífica que para la época del film que nos ocupa, su debut en el mainstream, acumulaba un par de obras creadas durante su fase de estudiante en la New York University Tisch School of the Arts, hablamos del corto Perros Calientes para Gauguin (Hot Dogs for Gauguin, 1972) y el largometraje Futuros Calurosos (Hot Tomorrows, 1977). La propuesta se transformó en un inesperado éxito de taquilla, en lo que tuvo mucho que ver el naturalismo del enfoque tragicómico, su originalidad para aquel tiempo y la misma intervención protagónica de los legendarios George Burns, Art Carney y Lee Strasberg, y le permitió a Brest desplegar la que terminaría siendo su etapa profesional de gloria en términos de calidad, una especie de trilogía hollywoodense ochentosa que se completaría con otros dos hits, Un Detective Suelto en Hollywood (Beverly Hills Cop, 1984), tanque planetario que convirtió en estrella a Eddie Murphy y patentó la fórmula de acción de los productores Don Simpson y Jerry Bruckheimer, y Fuga a la Medianoche (Midnight Run, 1988), road movie que reincidía en el policial cómico de antaño y aprovechaba la estrambótica química entre Robert De Niro y Charles Grodin, las voces cantantes de turno. A posteriori el amigo Martin entregaría dos verdaderos bodrios con una duración kilométrica que contra todo pronóstico no afectó un buen desempeño en taquilla, Perfume de Mujer (Scent of a Woman, 1992) y ¿Conoces a Joe Black? (Meet Joe Black, 1998), la primera una insípida remake con Al Pacino del film homónimo de 1974 de Dino Risi protagonizado por el querido Vittorio Gassman, una joya de la commedia all’italiana más áspera, y la segunda una relectura con Brad Pitt y Anthony Hopkins de Una Sombra que Pasa (Death Takes a Holiday, 1934), mejor film y mucho más humilde de Mitchell Leisen -con la actuación principal de Fredric March- que apenas si comparte algunos detalles narrativos y la premisa fantástica con su intento de duplicado.

 

Brest, señor con temperamento fuerte y pretensiones autorales por más que su filmografía resulte en conjunto algo impersonal y sumamente accesible para las masas, ya había tenido un par de encontronazos con la necedad marca registrada de Hollywood en ocasión de su expulsión de Juegos de Guerra (WarGames, 1983) y Rain Man (1988), dos proyectos que serían finiquitados respectivamente por John Badham y Barry Levinson, cuando se propuso dirigir, escribir y producir Amor Espinado (Gigli, 2003), faena que destruiría su carrera y lo forzaría a un retiro prematuro por tres factores, la mediocridad de esta comedia romántica criminal, la saturación mediática en torno al romance de Ben Affleck y Jennifer López, los protagonistas, y finalmente la pelea entre el realizador y la compañía productora de Joe Roth, Revolution Studios, porque este último quería un final feliz y enfatizar el romance mientras que Brest apostaba por la tragedia y el costado policial de la trama, en esencia un conflicto que se dio con un telón de fondo asimismo bastante complicado debido a una pobre respuesta por parte del público en los “test screenings”, la principal herramienta de marketing de Hollywood previa al estreno como si el arte fuese un producto ajustable a los caprichos de los espectadores, algo que por cierto empeoraría sustancialmente en décadas por venir debido a los datos robados por el oligopolio tecnocultural a los usuarios de las redes sociales y las plataformas de streaming. Por suerte Un Golpe con Estilo se ubica muy lejos de este calamitoso panorama y concretamente responde a aquel período de transición de finales de los años 70 y comienzos de la década siguiente en lo referido a un nihilismo de corte escéptico que va dejando paso a la algarabía ochentosa, primero naif o humanista y progresivamente mucho más cínica a medida que el reaganismo/ thatcherismo se asienta en la sociedad global. El guión del director, construido a partir de una idea de Edward Cannon, gira alrededor de tres ancianos que comparten un departamento muy modesto en el barrio de Queens, Nueva York, Joe (Burns), Al (Carney) y Willie (Strasberg), quienes se aburren en su rutina de sentarse en una plaza, darles de comer a las palomas y ver cómo juegan los niños, por ello Joe propone que roben un banco para cortar con la monotonía y vivir mejor.

 

El encargado de conseguir las armas no es otro que Al, un ex camarero que toma prestados tres revólveres de su sobrino, Pete (Charles Hallahan), un mecánico y barman que vive con su esposa Kathy (Pamela Payton-Wright) y sus dos hijos, Kevin (Brian Neville) y Colleen (Siobhan Keegan). Considerando que el dinero de los usureros resulta muy tentador y si los atrapan tendrían alojamiento y comida gratis en prisión mientras se acumulan los cheques de sus jubilaciones, el trío echa mano de unas “gafas divertidas”, los anteojos de Groucho Marx, y efectivamente atraca un lujoso banco en Manhattan, el Unión Marine Bank, sin embargo Willie poco después sufre un infarto y fallece sin poder disfrutar de los 35.555 dólares que obtienen de la aventura. Joe y Al, luego de prometerle 25 mil a Pete para que los destine a abrir una estación de servicio diciéndole que los billetes vienen del seguro de vida del ex taxista, deciden trasladarse hacia Las Vegas y en apenas un puñado de horas multiplican su dinero jugando a los dados hasta el punto de amasar unos 70 mil dólares en total, fortuna que los pone paranoicos y los hace regresar de inmediato a la Gran Manzana sin descansar ni un minuto, especialmente por temor a un asalto improvisado en el casino o a despertar las sospechas del FBI. Un Al exhausto muere durante el sueño y deja solo a Joe, el cual a su vez le cuenta a Pete sobre las andanzas del trío y le entrega todo el dinero para que lo guarde en una caja de seguridad de su propiedad, instándolo a no comentar sobre el asunto y a no devolver nada del efectivo a las autoridades porque lo confiscarían en su totalidad y todo sería en balde. Justo cuando se proponía asistir al funeral, Joe es arrestado por la lacra gubernamental y se le ofrece clemencia a cambio de regresar lo sustraído, frente a lo cual se niega rotundamente. Un Golpe con Estilo no sólo retrata la incomunicación, mansedumbre e ingenuidad de la clase obrera, aquí desde el ascetismo formal, y reafirma a la vejez mediante esa osadía que aún puede ocultar, un tesoro en un mundo de cobardes y mediocres que hacen lo que se les dice desde las cúspides parasitarias del capitalismo, sino que además ofrece una estupenda síntesis de ingredientes de caper movie, absurdo, drama de amistad masculina, slapstick implícito y sátira acerca del edadismo social posmoderno.

 

Más allá de latiguillos esperables en una realización de tono profundamente agridulce como la presente, sobre todo en materia del equilibrio entre el cansancio y la muerte, por un lado, y el vitalismo y la desfachatez, por el otro, la película anticipa algo de la ironía de los años 80 en adelante pero sin nunca renunciar a la calma, la reflexión y la valentía del cine de la década del 70, apuntamos a ese Nuevo Hollywood en el que surge Brest y que lo moldea como profesional a un extremo que a posteriori desaparecería al acceder a los presupuestos cuantiosos de Un Detective Suelto en Hollywood y Fuga a la Medianoche. En Un Golpe con Estilo, título en castellano que remite a la hiper exitosa El Golpe (The Sting, 1973), de George Roy Hill, queda en primer plano la afiliación de Martin al glorioso movimiento a través de la excelente música farsesca de Michael Small, célebre por sus colaboraciones con Alan J. Pakula, Bob Rafelson y Arthur Penn, la importancia de las locaciones en Nueva York, cruciales al momento de construir el trasfondo proletario de nuestros forajidos de la tercera edad, el montaje apaciguado de Robert Swink y Carroll Timothy O’Meara, de hecho siguiendo el ritmo de vida de los protagonistas, y la presencia de dardos virulentos contra la policía, los bancos, Las Vegas, el oportunismo político, los medios de comunicación y un Estado que en general descuida a los mayores de edad, condenándolos a la pobreza y una atención médica siempre inadecuada, amén de un humanismo tan sincero como descarnado en el que el fantasma de la soledad se repele gracias a la compañía, la solidaridad y una sana rebeldía contra la mafia neoliberal en aquellos “años puente”, los de Jimmy Carter, entre los excrementicios Richard Nixon y Ronald Reagan. Ahora bien, quizás el factor más relevante en lo que atañe al ADN del director, como decíamos antes vinculado al Nuevo Hollywood, pase por la dimensión metadiscursiva del film o su esquema de homenaje a las tres figuras en cuestión, basta con pensar que Brest tenía en alta estima a Carney desde que lo conociese en su niñez mediante Los Recién Casados (The Honeymooners, 1955-1956), sitcom de dejo obrero creada por Jackie Gleason para la cadena CBS en la que participó Art, por cierto en los 70 experimentando un revival gracias a Harry & Tonto (1974), obra de Paul Mazursky, y La Última Investigación (The Late Show, 1977), de Robert Benton, algo que también puede aplicarse a Strasberg, el mítico director del Actors Studio, ya que sus dos roles más recordados para el séptimo arte corresponden a esta misma fase, aquellos de El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974), de Francis Ford Coppola, y Justicia para Todos (And Justice for All, 1979), de Norman Jewison. No obstante es Burns quien en verdad se lleva las palmas porque su Joe es el “autor intelectual” de este rejuvenecimiento delictivo y porque el intérprete poseía una personalidad magnética, carisma que lo llevó a lucirse en una retahíla de films otoñales que incluyó a La Pareja Despareja (The Sunshine Boys, 1975), de Herbert Ross, ¡Dios Mío! (Oh, God!, 1977), de Carl Reiner, Sólo tú y yo, Pequeña (Just You and Me, Kid, 1979), de Leonard Stern, 18 Otra Vez (18 Again!, 1988), de Paul Flaherty, y las secuelas ¡Dios Mío! Parte II (Oh, God! Book II, 1980), de Gilbert Cates, y ¡Dios Mío! Parte III (Oh, God! You Devil, 1984), de Paul Bogart. Si la pensamos dentro del curioso subgénero del film noir centrado en ancianos consagrados al crimen, nuestra odisea rankea en punta como la mejor del rubro junto con Un Ladrón con Estilo (The Old Man & the Gun, 2018), opus de David Lowery con Robert Redford, y supera por mucho a desastres varios de la talla de Dos Tipos Duros (Tough Guys, 1986), de Jeff Kanew, Por los Viejos Tiempos (Stand Up Guys, 2012), de Fisher Stevens, y la anodina e innecesaria remake del trabajo de Brest, Un Golpe con Estilo (Going in Style, 2017), ahora a cargo de Zach Braff y con Morgan Freeman, Michael Caine y Alan Arkin. La película sabe pasar con suma eficacia del drama a la comedia, mérito ejemplificado en ese recuerdo doloroso de Willie golpeando a su hijo que salta al cuasi sketch de la colección azarosa de balas para los revólveres, e incorpora una maravillosa dosis de humor negro marcado por la sabiduría, pensemos en Joe llorando y orinando los pantalones, al ver fotos de su juventud, y luego afirmando que “el ciclo se completa” por esas dos actividades, dignas de un bebé…

 

Un Golpe con Estilo (Going in Style, Estados Unidos, 1979)

Dirección y Guión: Martin Brest. Elenco: George Burns, Art Carney, Lee Strasberg, Charles Hallahan, Pamela Payton-Wright, Brian Neville, Siobhan Keegan, Mary Testa, Jean Shevlin, Margot Stevenson. Producción: Tony Bill y Fred T. Gallo. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 10