Abrakadabra

El cine museo y la sangre aguada

Por Emiliano Fernández

En Abrakadabra (2018) se unifican dos problemas muy repetidos: primero, la tendencia del cine actual -y de determinadas obras televisivas- a tratar de mimetizar en vano el look de períodos, artistas, estilos y corrientes del pasado, y segundo, el amateurismo del cine argentino en materia de terror, un inconveniente que sigue estando presente a pesar de los sutiles progresos en el enclave local en lo que a la comarca de los thrillers policiales se refiere, un género hermano al de los sustos llevados al extremo. Así como la flojísima Los Olvidados (2017), la película anterior de los hermanos Luciano y Nicolás Onetti, trataba de reflotar el espíritu de los films de familias asesinas en sintonía con Masacre en Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) y Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), o la reciente Camino Hacia el Terror (Wrong Turn, 2003), aquí los directores y guionistas argentinos pretenden invocar a los giallos en general y a la Trilogía Animal de Dario Argento en particular, léase El Pájaro de las Plumas de Cristal (L’Uccello dalle Piume di Cristallo, 1970), El Gato de las Nueve Colas (Il Gatto a Nove Code, 1971) y 4 Moscas sobre Terciopelo Gris (4 Mosche di Velluto Grigio, 1971), una vez más cayendo en un producto hueco y olvidable que se asemeja a un maniquí sin vida ni nada que se le parezca.

 

En sí la película sigue la misma senda trazada por las también fallidas Sonno Profondo (2013) y Francesca (2015), otras dos propuestas en las que los realizadores parecen haberse armado una listita con todos los estereotipos de aquella etapa del legendario creador de Rojo Profundo (Profondo Rosso, 1975), clichés que funcionaron de maravillas en su tiempo y que después quedaron en el pasado a medida que Argento fue modificando su impronta autoral: hoy tenemos a un falso culpable, un asesino en serie ultra sádico, secretos que se ocultan entre sombras, una fotografía de colores saturados, una escenificación pomposa para los homicidios, una banda sonora símil Goblin, una trama que parece compleja pero es muy sencilla, una vuelta de tuerca final y hasta una edición plagada de cortes abruptos que se condicen con la violencia en pantalla. El obstáculo que no logra atravesar Abrakadabra se resume en el hecho de que jamás pasa de la mera caricatura porque no se preocupa para nada del protagonista principal, Lorenzo (Germán Baudino), un mago que deviene en eje de una multitud de horribles asesinatos que lo transforman en sospechoso, algo que por cierto no ocurría en el cine del italiano porque a pesar de su bello barroquismo siempre reforzaba el carácter humano contradictorio de sus criaturas y generaba o empatía u odio hacia ellos.

 

Aquí se obvian tanto el suspenso preciosista de Mario Bava y el primer Narciso Ibáñez Serrador como la brutalidad de Lucio Fulci y Joe D’Amato, por nombrar sólo a dos de los grandes y gloriosos carniceros, optando en cambio por reproducir de manera fanática -con la banalidad de “cineastas fraudes” como Quentin Tarantino, por ejemplo, expertos en plagiar a pura autoindulgencia sin preocuparse por homenajear vía una obra digna de género- cada uno de los rasgos estéticos de antaño como si reconstruir la superficie del frasco significase de manera automática resucitar su interior, al punto de que la secuencia de créditos y la película en su conjunto vuelven a estar en italiano: lo que se mueve por detrás de todo esto es la falta de cultura cinéfila -y la presencia de cierta ortodoxia bien peligrosa porque no produce renovación formal o conceptual- por parte de los directores, quienes nunca fueron en sus consumos más allá de un artista como Argento que lo conoce hasta gente que no vio ninguna de sus películas, ardid típico del cine reducido a museo en el que copiadores circunstanciales traen sus bastidores para intentar duplicar el trabajo de maestros de otra época sin lograr captar nunca el aura de fondo, por el simple detalle del tiempo transcurrido y una “idiosincrasia” tendiente a la fosilización de aquello admirado.

 

Abrakadabra cuenta con buenas escenas de asesinatos, hiper derivativas pero buenas a fin de cuentas, no obstante este talante mortuorio fascinado con períodos que quedaron en el pasado ni siquiera entusiasma como ocurrió con los casos de Amer (2009) o Berberian Sound Studio (2012), dos ejemplos excelentes de lo que se puede hacer en términos más abstractos si lo que se pretende es ponderar la efervescencia de los giallos o hasta incluir alguna que otra referencia -pensemos en la secuencia final del presente opus de los Onetti- a la recordada Trilogía de las Madres, saga que abarcó a Suspiria (1977), Infierno (Inferno, 1980) y La Madre de las Lágrimas (La Terza Madre, 2007). Asimismo a contrapelo de la atractiva relectura de Luca Guadagnino de Suspiria, los directores aprovechan el mayor presupuesto -y/ o la mayor imaginación para utilizarlo- con respecto a Sonno Profondo y Francesca aunque vuelven a fallar en lo fundamental, nada menos que en construir una historia con personajes con carnadura, con algún elemento propio por fuera del océano de citas y con un poco más de cojones formales con vistas a llevar todo el asunto hacia la tan necesaria hipérbole, lamentablemente dejándonos ante una obra en la que hasta la sangre resulta anodina porque está aguada y carece del rojo furioso demente del amigo Argento…

 

Abrakadabra (Argentina/ Nueva Zelanda, 2018)

Dirección: Luciano Onetti y Nicolás Onetti. Guión: Luciano Onetti, Nicolás Onetti y Carlos Goitia. Elenco: Germán Baudino, María Eugenia Rigón, Clara Kovacic, Ivi Brickell, Gustavo D’Alessandro, Raúl Gederlini, Pablo Vilela, Juan Bautista Massolo. Producción: Nicolás Onetti y Carlos Goitia. Distribuidora: 996 Films. Duración: 70 minutos.

Puntaje: 3