Una Mujer bajo la Influencia (A Woman under the Influence)

El colapso

Por Emiliano Fernández

Los rasgos primordiales del cine independiente moderno fueron en gran medida concebidos por John Cassavetes y llevados a su máxima expresión en ocasión de Una Mujer bajo la Influencia (A Woman under the Influence, 1974), no sólo la cúspide indiscutible del rubro sino también uno de los retratos más crudos y honestos de la vida metropolitana, la familia y esa locura compartida de nuestros días que muchos dan por sentada sin llegar a percibir su sustrato sumamente autodestructivo a mediano y largo plazo. Buscando explorar la cruenta dinámica de un matrimonio en crisis que ha dado paso a comportamientos violentos y decididamente bizarros en lo que a la convivencia se refiere, tanto entre el hombre y la mujer como entre ellos y sus tres hijos, el director y guionista se sirve del arsenal retórico del cinéma vérité -locaciones reales, personajes prosaicos, tomas y escenas extensas, cortes bien abruptos, actores secundarios no profesionales, situaciones mundanas, conflictos muy profundos, compulsiones de todo tipo, etc.- para tratar de comprender el atolladero en el que están inmersos los protagonistas en función de su idiosincrasia y sus reacciones frente a lo ocurrido, siempre enfatizando que la enorme complejidad de fondo descalifica todo reduccionismo a lo mainstream porque la verdad a captar/ dilucidar va a depender de las conclusiones que pueda sacar cada espectador en particular, ya que aquí están ausentes por completo las moralejas, los diálogos prolijitos explícitos y/ o cualquier tipo de explicación.

 

La película se abre camino como un prodigio en cuanto al glorioso entramado de elementos que pone en interrelación en el andamiaje dramático, a saber: la praxis ciclotímica estándar, la lucha -casi siempre tácita- de poder en la pareja, la incomodidad del hombre cuando la mujer “no se controla” a sí misma, el límite de la vergüenza social, los obstáculos detrás del arte de cohabitar bajo un mismo techo, las frustraciones y los miedos diarios, la necesidad humana de mutua comprensión para sobrevivir, los demonios arrastrados a lo largo del tiempo, la vehemencia que trae aparejada la decadencia psíquica, la erosión del matrimonio por los hijos y la vejez, la rutinización laboral, el fantasma sofocante de la familia y las responsabilidades sobre cada individuo, las inseguridades de la maternidad/ paternidad, el temperamento irascible y lo que ello implica en el amor, la ansiedad prototípica de las grandes urbes, la incapacidad de ayudar al ser querido, la paranoia y el recelo acumulados, la negligencia en los vínculos de toda índole, la fantasía tragicómica de “compensar” el tiempo perdido, la misma noción de la amistad, el margen concreto del que disponemos para la improvisación dentro de la rigidez comunal, el triste conventillo permanente de las parentelas numerosas, el requisito fundamental de estar solo para calmarse, y finalmente la posibilidad de redimirse y mejorarse en serio recuperando en parte la maltratada dimensión de la comunicación recíproca entre los miembros del clan, el núcleo tambaleante implícito.

 

Como suele suceder en el caso de Cassavetes, la historia en sí es minúscula porque lo que importa son los personajes y no la estructuración de un relato tradicional: Nick Longhetti (Peter Falk) es un capataz y obrero de la construcción de mediana edad que está casado con Mabel (Gena Rowlands), una ama de casa con la que tiene tres niños pequeños, Angelo (Matthew Labyorteaux), Tony (Matthew Cassel) y la regordeta Maria (Christina Grisanti). Los principales problemas de la pareja son el temperamento furibundo del hombre y la volatilidad psicológica de la mujer, quien en esencia sufre de un trastorno límite de la personalidad que la lleva a comportarse muy erráticamente en pos de intentar agradar a su marido y sus compañeros de trabajo. Luego de que Nick no puede cumplir su promesa de ir a la casa conyugal de Los Ángeles para una velada con su esposa por una urgencia laboral, ya con los purretes al cuidado de la madre de ella, Martha Mortensen (Mary Allen Neal alias Lady Rowlands, progenitora de Gena), Mabel conoce en un bar a un tal Garson Cross (George Dunn) y tiene sexo con él. A la mañana siguiente, luego de haber trabajado toda la noche, Nick se aparece con sus compañeros y todo deriva en un almuerzo en conjunto y un momento incómodo debido a la obsesión de Mabel con uno de los comensales, Billy Tidrow (Leon Wagner), y su insistencia con que los hombres se pongan a bailar, frente a lo cual su marido la frena con un grito que da por finalizada la reunión. Tiempo después un “ensayo” de fiesta de la mujer también termina en desastre cuando invita al hogar de los Longhetti a los tres niños de Harold Jensen (Mario Gallo), quien se agarra a las trompadas con Nick justo cuando pretendía retirar a sus vástagos del lugar por la efusividad y desidia de Mabel, para colmo con la aparición adicional de la madre de Nick, Margaret (Katherine Cassavetes, progenitora de John), la cual encuentra a Maria corriendo desnuda por la casa.

 

Amparados en un psiquiatra de confianza y amigo de la atribulada parentela, el Doctor Zepp (Eddie Shaw), Nick y su madre confinan a Mabel en una institución mental porque consideran que su carácter imprevisible se ha vuelto peligroso hasta para los niños. Durante su tiempo en soledad como única cabeza del clan el hombre intenta hacer que los mocosos no extrañen tanto a su madre y los lleva a una playa cercana con la ayuda de un amigo, Vito Grimaldi (Angelo Grisanti), sin embargo el nerviosismo de Nick y su falta de paciencia con los pequeños se hacen evidentes con rapidez. Seis meses dura la reclusión de Mabel y el más que anhelado día en que debe regresar a la vivienda Nick tiene la desafortunada idea de organizar una fiesta de lo más populosa para recibirla, arrepintiéndose después a último minuto y echando a todos para sólo dejar a la familia más próxima/ íntima en la residencia. Si bien los primeros momentos son relativamente tranquilos, una vez más los desfasajes emocionales de todos los involucrados salen a la luz con Nick reclamándole a su mujer que entable conversaciones normales y sea ella misma y Mabel por su parte profiriendo frases denigratorias, pidiéndole auxilio a su extraviado padre George Mortensen (Fred Draper), quien no sabe cómo reaccionar, y a posteriori cayendo nuevamente en tics varios como alienarse, llorar, hacer sonidos extraños, ponerse a cantar y mostrarse agresiva. Nick despide a los visitantes que quedaban en la casa y al intentar controlar a Mabel la termina empujando a un intento de suicidio cortándose las venas, encima en medio de una batalla campal entre ella y los niños por un lado y el hombre por el otro. Luego de bajarla de un golpe sucinto, Nick logra dominarla pero sólo puede acostar/ tranquilizar a los purretes con la ayuda de la fémina y así él le limpia la herida a ella y juntos se van finalmente a dormir, ya con la alegría del esposo de tenerla de nuevo a su lado a pesar de su caprichoso estado.

 

Más allá de lo que podría sugerir el título, la propuesta adopta el punto de vista del hombre en lo referido a la situación a nivel macro (la trama comienza con él y cuando ella es internada continúa acompañándolo, incluso enfatizando que la salida a la playa obedece a lo que Nick sopesa como su desconocimiento para con sus propios vástagos debido a que se pasa todo el tiempo trabajando, un planteo clásico de las familias tradicionales) y opta por hacer corresponsable a la mujer en su propio martirio (el temperamento impulsivo y brusco de él y el rol relegado que la sociedad occidental suele asignar a las mujeres no alcanzan para explicar el trastorno de Mabel, circunstancia que Cassavetes subraya sutilmente a lo largo del metraje y hasta parece querer volcar -también mediante una multitud de detalles al paso- hacia lo que sería la trágica conjunción entre la parentela burguesa de la mujer y el clan más decididamente proletario de él, sobre todo considerando las características de los padres de cada uno y el comportamiento específico de ambos cónyuges). Lejos de las fórmulas risibles y taxativas del feminismo de cartón pintado de nuestro presente, ese que tiende a la victimización compulsiva de la mujer como si de por sí fuese siempre un ángel inmaculado y el hombre un representante de Mefistófeles, el film va edificando de a poco un retrato muy rico y superpuesto de una coyuntura en permanente ebullición, cercana a lo que sería un colapso que no es sólo psicológico individual y que no recurre a esquemas cinematográficos contemporáneos patéticos en sintonía con el ardid reduccionista de “todo esto se da por X motivo que se remonta a la infancia de X personaje o personajes”, ya que el deterioro en la convivencia en cuestión asimismo abarca la cultura hogareña en común, las insatisfacciones que subyacen a diario y las pocas chances de hacerlas girar hacia el cariño de antaño o por lo menos hacia una tolerancia mutua entre los integrantes del clan.

 

Ahora bien, el hecho de que el comedor central de la casa en simultáneo funcione como el dormitorio de la pareja deja muy en claro que hablamos de opciones opuestas, por ello cada vez que el dúo protagónico pretende estar solo para arreglar sus desacuerdos en la intimidad o buscar una solución negociada, debe echar a los visitantes ocasionales para así mover la mesa y desplegar la cama matrimonial, justo como en el desenlace: este juego con un espacio -el “set” principal de la película, donde transcurren las mega secuencias- que se mete en la narración y hasta se acopla a la perfección al planteo conceptual de base señala que el alboroto no es el mejor remedio para -sino más bien una de las causas primordiales de- la debacle que el convite analiza con una minuciosidad y paciencia hoy casi extintas en el arte. Echando mano de diversos actores fetiches, como los sublimes Falk y Rowlands, y de un naturalismo semi improvisado a partir de guiones más o menos detallados, que solían marcar las trayectorias emocionales de los protagonistas y líneas muy concretas de diálogo, Cassavetes construyó una andanada esplendorosa de films como director que incluyó a Shadows (1958), Too Late Blues (1961), Un Niño Espera (A Child Is Waiting, 1963), Faces (1968), Maridos (Husbands, 1970), Así Habla el Amor (Minnie and Moskowitz, 1971), The Killing of a Chinese Bookie (1976), Noche de Estreno (Opening Night, 1977), Gloria (1980) y Torrentes de Amor (Love Streams, 1984), dejando de lado el opus por encargo Big Trouble (1986); un catálogo magnífico en el que las dos horas y media de duración de Una Mujer bajo la Influencia sólo resultan equiparables a la ambición de las otras dos epopeyas anímicas del gran neoyorquino, Noche de Estreno y Torrentes de Amor, e incluso así éstas no llegan a superar la potencia de la película que nos ocupa, una obra maestra sin igual que destila sutil verdad multifacética y admite tantas lecturas como espectadores potenciales…

 

Una Mujer bajo la Influencia (A Woman under the Influence, Estados Unidos, 1974)

Dirección y Guión: John Cassavetes. Elenco: Peter Falk, Gena Rowlands, Eddie Shaw, Lady Rowlands, Katherine Cassavetes, Matthew Labyorteaux, Matthew Cassel, Christina Grisanti, George Dunn, Mario Gallo. Producción: Sam Shaw. Duración: 155 minutos.

Puntaje: 10