Flux Gourmet

El colectivo culinario ataca de nuevo

Por Emiliano Fernández

El realizador y guionista británico Peter Strickland parece salido de una dimensión paralela en la que todavía dominan la creatividad, los delirios formales y un fuerte interés rupturista para con los patrones quemados de siempre en el terreno del arte en general y el cine en concreto, director de quid festivalero, aunque cercano a David Lynch y Yorgos Lanthimos y siempre inconformista, que juega con elementos por un lado del giallo de las décadas del 60, 70 y 80, como el clima narrativo opresivo, un misterio de fondo, personajes femeninos fuertes y cierto surrealismo bastante freak apenas disimulado, y por el otro lado del acervo pirotécnico de la Hammer Film Productions y la Amicus Productions de los 50, 60 y 70, en línea con el fetiche con los engaños entre personajes, una sensualidad a flor de piel, esas truculencias cuasi ensoñadas y un barroquismo muy marcado en la puesta en escena, para en última instancia burlarse de los prejuicios del espectador y sacarlo de su zona de confort, meta que cumplió con creces en esa especie de trilogía irónica de terror que vino después de su debut en el campo del largometraje, la bergmaniana y semi herzogiana Katalin Varga (2009), hablamos por supuesto de las maravillosas Berberian Sound Studio (2012), The Duke of Burgundy (2014) e In Fabric (2018), la primera un homenaje al giallo hecho y derecho con ingredientes del thriller psicológico lunático, la segunda una oda camuflada a Jesús Franco sobre una relación lésbica sadomasoquista y la tercera una carta de amor a las antologías, por cierto un rubro histórico del horror con sus propias reglas, siguiendo un curioso latiguillo unificante, un vestido asesino que pasaba por pocas manos, al contrario de lo que sucedía con el rifle de Winchester ’73 (1950), de Anthony Mann, y se dedicaba él solito a cometer los crímenes, no como las pieles de mapaches de Pelts (2006), capítulo de Dario Argento para Masters of Horror (2005-2007), que manipulaban a los seres humanos.

 

Si bien In Fabric, precisamente, ya había anticipado una sutil metamorfosis de Strickland hacia la comedia contracultural, en aquella realización todavía viéndose relegada a un lugar complementario con respecto al terror alucinógeno y enrevesado que tanto adora el inglés, en verdad es Flux Gourmet (2022) la que condensa con ahínco no sólo todas las pinceladas de humor negro del opus inmediatamente anterior sino también las correspondientes a Berberian Sound Studio y The Duke of Burgundy, quizás menores en cantidad pero siempre presentes en la mixtura retórica promedio. El quinto largometraje del señor es demencial y decididamente el menos interesante desde los días de Katalin Varga y esto tiene que ver con dos factores principales, primero una duración excesiva que llega a las casi dos horas, planteo que nos habla de un engolosinamiento con la propia imaginería surrealista que hoy lamentablemente está más volcada a las palabras que a aquellas imágenes que dominaron los trabajos anteriores, y segundo un relativo cansancio formal en lo que atañe al tópico de cabecera del film, léase la vacuidad ideológica de la alta burguesía y del arte avant-garde y posmoderno a nivel macro, temática que ya ha sido explorada por el trío de Mariano Cohn y los hermanos Gastón y Andrés Duprat en obras como El Artista (2008), El Hombre de al Lado (2009), El Ciudadano Ilustre (2016), Mi Obra Maestra (2018) y Competencia Oficial (2021), amén de formar parte del núcleo conceptual de la estupenda Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, 2022), regreso del querido David Cronenberg. De todos modos, por suerte Flux Gourmet compensa en gran medida estos dos problemas gracias a la entonación hipnótica marca registrada de Strickland y el enfoque novedoso de su sátira culta, centrado en la comida, el poder y un feminismo misándrico y execrable homologado a las hembras déspotas, las “mal cogidas”, las lesbianas y esas que buscan revancha contra los varones.

 

La historia en cuestión es a la fecha la más sarcástica e hiriente del director, en esta ocasión deambulando por un instituto de pretensiones iconoclastas dirigido por una mecenas del rubro cultural de muy buen pasar económico, la rubia Jan Stevens (Gwendoline Christie), quien eligió para una prestigiosa residencia/ estadía de tres semanas en el establecimiento a un “colectivo culinario” que responde al nombre tentativo de Elle y los Ácidos Grasos, compuesto por la líder espiritual, Elle di Elle (Fatma Mohamed, eterna actriz fetiche de la carrera de Peter y una rumana fascinante y muy sexy que nunca defrauda), y dos ingenieros de sonido tácitos, los más jóvenes Billy Rubin (Asa Butterfield) y Lamina Propria (Ariane Labed). Mientras que los tres huéspedes de la mansión de Stevens son entrevistados de modo exhaustivo por Stones (Makis Papadimitriou), un escritor fracasado que construye un dossier sobre cada invitado mientras fantasea con formar parte de orgías peligrosas y sufre un caso aparentemente grave de flatulencias en secuencia que lo lleva a ver a otro de los asiduos del regio hogar de la mecenas, el francamente insoportable Doctor Glock (Richard Bremmer), un médico pedante que se cree una autoridad en materia de literatura clásica, las entrevistas y el comportamiento de los distintos individuos van perfilando la idiosincrasia de cada uno de ellos: Elle es una feminazi vegetariana, bisexual, bien desquiciada y fanática del control que desprecia a todos los que comen carne, a los que desconocen la “opresión doméstica masculina” y en especial a aquellos que cuestionan su hegemonía, más sabiendo que no sabe casi nada del sustrato técnico de las performances que lleva a cabo con sus dos colegas -ambos anodinos y sumisos, al extremo de lo exasperante- a partir de los sonidos de los alimentos cocinándose/ mezclándose a puro caos/ desperdiciándose en pavadas nimias y autoindulgentes, supuesto “catering sónico” que señala la muerte del revival del happening.

 

Flux Gourmet juega con la hipocresía de la corrección política de Stevens, una jerarca tan arrogante como Elle aunque desde una máscara de cordialidad y de comprensión que le ha ganado constantes atentados y llamadas telefónicas intimidantes, sobre todo de parte de otros colectivos rechazados para la residencia, y el desprecio altisonante del personaje de Mohamed, quien se obsesiona con incluir en los shows un flanger -dispositivo electrónico que mezcla dos señales cambiando la fase- sólo porque Jan sugirió que no abusen de él en las performances, lo que además trae a colación la costumbre de Elle de tratar a un asistente del instituto como un esclavo (Leo Bill) y la jugada de la mecenas de acostarse con Rubin para que convenza a la líder de dejar de lado el mentado flanger, movida que le funciona como un “tiro por la culata” porque se enamora del muchacho, éste la abandona cuando la relación se pone seria y así la mujer termina protagonizando una orgía con unos oficiales de policía. Como siempre en la carrera de Strickland, adalid de una riqueza como ya casi no existe en nuestros días, lo importante del relato es el arsenal visual psicodélico tenebroso, hoy bastante acotado como decíamos con anterioridad, y las cambiantes relaciones de poder entre los protagonistas, en el desenlace con Stones controlando a Glock cuando lo obliga a decirle qué le provoca los pedos, su ignorada condición de celíaco, y con Billy y Lamina renunciando al colectivo y a una Elle que fue pareja de la segunda y una figura materna del primero, además de haber provocado la separación de sus padres al pellizcarle los pezones al progenitor de Rubin. Entre esos discursos de sobremesa, ejercicios ridículos consumistas, shows ultra apestosos y charlas que derivan en peleas, el film retrata sin piedad la frivolidad hueca y autocontenida de un ecosistema de altos ingresos, estupidez cíclica y una soberbia que disfraza de “experimental” lo poco y nada que tiene para decir en términos artísticos…

 

Flux Gourmet (Reino Unido/ Hungría/ Estados Unidos, 2022)

Dirección y Guión: Peter Strickland. Elenco: Ariane Labed, Fatma Mohamed, Makis Papadimitriou, Gwendoline Christie, Asa Butterfield, Richard Bremmer, Leo Bill, Parvinder Kaur. Producción: Pietro Greppi y Serena Armitage. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 7