La brujería a través de los tiempos (Häxan)

El concilio del azufre

Por Emiliano Fernández

Todo lo hizo Benjamin Christensen en La brujería a través de los tiempos (Häxan, 1922), su obra maestra silente: ficción, documental, animación. Y mucho más importante, todo lo hizo bien, muy bien, al punto de no sólo ser un pionero del séptimo arte en lo que atañe a los países escandinavos sino de además posicionarse como uno de los vanguardistas fundamentales del cine a secas, un adelantado que construyó una película que escapa a cualquier reduccionismo genérico y explícitamente estaba destinada a aunar la ambición formal polirubro y una de las primeras encarnaciones de esa inefable “doctrina del shock” que pretendía pegarle al espectador circunstancial una buena piña en las entrañas, lo que por supuesto -como casi siempre sucede en las sociedades mojigatas y reaccionarias occidentales- derivó en controversia, escándalo y censura en torno a su agitado contenido. Desde el plano inicial del rostro del propio Christensen hasta la toma final de unos seres humanos calcinándose en una fogata pública símil ejecución de la Inquisición, el trabajo, cuyo título original y bajada descriptiva es La Bruja: Una presentación desde un punto de vista histórico y cultural en una película de siete capítulos, indaga en los orígenes sociales de la superstición y analiza los rasgos que ha tomado/ adquirido a lo largo de las distintas civilizaciones de los hombres, enfatizando el misticismo de la brujería, los ingredientes de la estrafalaria cosmovisión que le dio vida y las razias que el cristianismo institucionalizado ha encarado -de manera cíclica y más o menos constante- para combatirla desde la furia, la ignorancia, el sadismo y una histeria colectiva que tendía una y otra vez hacia el ridículo.

 

El opus del director y guionista danés, financiado sobre todo por la Svensk Filmindustri de Suecia y construido a partir de una vasta investigación de Christensen entre 1919 y 1921, recupera muchos de los elementos presentes en el infame Malleus Maleficarum, el tratado sobre la caza de brujas de 1487 del clérigo alemán católico Heinrich Kramer, uno de los inquisidores más célebres y fanáticos de Europa y en cierta medida el principal responsable de la paranoia homicida de siglos posteriores vía la generosa influencia de su libro entre la ortodoxia cristiana dispuesta a acusar, torturar y asesinar a cualquiera que muestre algún signo o “síntoma” de llevarse bien con Belcebú, sus lacayos y/ o sus prostitutas infernales, esas que gustan de volar sentadas en escobas. La primera parte del desarrollo, que funciona como una suerte de introducción, repasa las múltiples representaciones de la maldad y de los demonios en las culturas antiguas y cómo dichas civilizaciones percibían al Sistema Solar, los Dioses, la Tierra y el lugar que en ella le cabría a los equivalentes del Infierno y sus eventuales esbirros. Luego de esta colección de dibujos, grabados, pinturas varias, símbolos y hasta maquetas y modelos gigantescos ilustrativos de las creencias y dogmas, el realizador comienza con una serie de sketchs más o menos extensos en los que apelando al arsenal retórico del horror, la picaresca y los dramas históricos ficcionaliza determinadas situaciones medievales que abarcan tanto episodios de costumbrismo esotérico al paso como -por un lado- la colorida imaginación popular/ eclesiástica/ comunal en lo referido al satanismo y -por el otro- los procesos inquisitorios en sí y su carácter hiper sanguinario.

 

Así las cosas, tenemos segmentos que retratan los pormenores cotidianos de una típica hechicera, esa Karna interpretada por Ella la Cour (prepara brebajes mágicos con cadáveres humanos, serpientes, sapos, gatos, perros, palomas y gorriones, y hasta recibe la visita de una doncella que le pide una “poción de amor” para cautivar a un monje, ganándose en cambio un ungüento todopoderoso que hará olvidar al hombre de su devoción a Dios), otros que explicitan que todo lo corporal estaba impregnado de un recelo cercano al andamiaje punitivo religioso (dos estudiantes primitivos de medicina desean realizar una autopsia sobre un cadáver de una mujer y son confundidos por una metiche ocasional con brujos que profanaron la paz de un cementerio), escenas de comedia descarada en las que señoras casadas caen en los brazos de un Diablo personificado por el mismísimo Christensen (también tenemos sueños, pesadillas y alucinaciones de diversa índole entre palurdos de la Iglesia Católica y féminas reprimidas sexuales, más el ansia de riqueza de los pobres que se consagran a fantasías acerca de todo lo que Mefistófeles tiene para ofrecerles en materia de manjares y monedas escurridizas que van y vienen), y especialmente un paradigmático caso de brujería entrecruzada y persecución demencial, ambas acordes con aquellos tiempos (en la Alemania de la Edad Media una tal Anna -compuesta por Astrid Holm- le consulta a un curandero si la enfermedad de su marido, dueño de una imprenta, es obra de brujería y el susodicho le confirma que así es luego de “leer” un trozo de plomo que supo pasar sobre el paciente, lo que pronto genera una acusación ante los inquisidores contra una pobre anciana que se presenta a mendigar comida en el hogar de turno, esa María la Tejedora en la piel de Emmy Schønfeld, quien es secuestrada por las prejuiciosas huestes católicas, interrogada y sometida a vejaciones para que confiese su contubernio con Satanás bajo la supervisión del Gran Inquisidor, el Padre Henrik de John Andersen, y finalmente transformada en eje de tormentos por su negativa a relatar las minucias detrás de sus supuestos crímenes; asimismo desembocando en una nueva batería de acusaciones que llegan -ironía de por medio- hasta la Anna original, una mujer que en el momento de denunciar a María tuvo la mala idea de tocar a uno de los monjes y éste desde entonces desarrolló pensamientos pecaminosos con ella que vienen de la mano de la confirmación de su condición de súbdita del maligno, excusa para otro suplicio y para ser extorsionada con el abandono y la muerte de su hijo, un bebé, a menos que confiese su talento demoníaco para desencadenar “truenos con el agua”).

 

Christensen se tira de cabeza a la pileta del protoexploitation y se hace un festín tanto con las representaciones visuales de las absurdas confesiones, recordemos por ejemplo las de las mujeres que afirmaban que convertidas en gatos ensuciaban los altares eclesiásticos por la noche mientras dos cómplices maléficos con forma de animales montaban guardia y aquellas otras que decían que gustaban de embrujar una cama matrimonial haciendo nudos para destruir los embarazos de la parejita que allí dormía, como con las legendarias escenas de las bacanales orgiásticas repletas de danzas tenebrosas, oscuridad, exuberancia, rituales, demonios de la lujuria, sexo perverso, seres indescriptibles del averno, castigos, comidas escalofriantes, sacrificios de críos no bautizados, profanación de crucifijos y la infaltable manifestación de respeto hacia el padre de los excluidos del Paraíso, léase el besar el trasero del Diablo para honrarlo. A todo lo anterior se suma una rigurosa sistematización de los dispositivos de tortura y el maravilloso episodio dentro del convento, donde una ristra de monjas se entregan al éxtasis y el libertinaje controladas por mandatos satánicos, lo que por cierto incluye el clavarle un cuchillo a una hostia consagrada y el tomar una efigie infantil de Cristo y escupirle encima ante los ojos encolerizados del Padre Henrik. El último apartado del metraje se concentra en aquella actualidad de principios del Siglo XX y separa a las llamadas “posesiones verdaderas”, las convulsiones sin freno y el hablar en lenguas desconocidas, del grueso de los casos de la Edad Media, los cuales Christensen relaciona estrechamente a -primero- las enfermedades de la vejez, -segundo- la pobreza de la mayoría de las acusadas de brujería y -tercero- la histeria lisa y llana, planteo que en términos de la época englobaba a un sinfín de indicios y padecimientos psicosomáticos como la represión sexual, la depresión, el sonambulismo, la cleptomanía, las alucinaciones y hasta problemas en el sistema nervioso central. El realizador también establece una astuta analogía entre las supersticiones de antaño y las del presente, como por ejemplo la lectura de cartas símil tarot, y subraya el papel jugado por la exclusión económica en todo el asunto, enfatizando que así como ya no se queman más a las brujas -como decíamos anteriormente, a las pobres en especial- hoy sin embargo terminan condenadas al olvido y la negligencia en asilos, algo de lo que pueden rehuir las personas ricas mediante las clínicas modernas y lujosas de la alta burguesía, prolongación práctica y silenciosa de la injusticia en función de un bienestar negado basado en el autoengaño popular y la condena al sustrato improductivo de la vejez.

 

Aquí el danés, en esencia un actor reconvertido en director que luego encararía una carrera en Alemania y Estados Unidos para al final de su derrotero regresar a Dinamarca, odisea compuesta por películas en su mayoría hoy desaparecidas/ perdidas, va más allá del simple hecho de haber inventado el falso documental porque el extraordinario trabajo de fotografía de Johan Ankerstjerne y los prodigiosos diseños generales de Richard Louw le ayudaron de manera decisiva a concebir una arquitectura dramática y conceptual que marcaría a fuego todas las representaciones subsiguientes del Diablo, las posesiones, los herejes y las embestidas inquisitorias de los testaferros y sicarios institucionales en lo que al enclave espiritual se refiere, destacándose lo hecho por el señor y su fiel equipo en el campo de las fiestas diabólicas y la crueldad burocrática de los procesos contra las víctimas. Christensen es también uno de los primeros cínicos de la historia del séptimo arte y sin duda uno de los más inteligentes: al realizador le importa un comino la posible interpretación feminista de los acontecimientos relatados y opta en cambio por señalar que hombres, mujeres y niños fueron perseguidos sin cesar por los tribunales cristianos a lo largo de toda Europa bajo cargos de brujería; esquema ideológico que va de la mano de la decisión de regodearse en los detalles más truculentos y eróticos del paganismo, las muchas carnicerías y las bellas profanaciones antisacramentales bajo el pretexto de retratar con intransigencia y esmero el devenir del misticismo muy mal entendido y puesto al servicio del poder piadoso más autoritario, concentrado e intolerante, un verdadero amigo del arte de fustigar a los cuerpos de los considerados pecadores y de hacerles aceptar sí o sí la despiadada “fe curativa”, a su vez sinónimo de pruebas de lo más paradójicas (la más famosa -y que sería copiada hasta el hartazgo en films posteriores sobre la temática- es la de la víctima atada e inmóvil arrojada a una corriente de agua hasta la inmersión, así si flota sería demostración irrefutable de su condición de arpía y de inmediato quemada viva, y si se hunde y muere ahogada los jueces darían testimonio de su inocencia… por más que mucho ya no le sirva a la susodicha). Este mejunje lunático que propone La brujería a través de los tiempos, el cual además incorpora chispazos sutiles de animación como las ilustraciones de la estratificación del Sistema Solar según el folklore medieval, la representación de los martirios del averno y aquella genial toma en stop motion de un diablillo haciendo un agujero en un portal durante el sueño de riquezas de Karna, constituye su principal atractivo ya que abre la puerta a la posibilidad de repensar los mecanismos de construcción de las creencias y lo mucho que pueden llegar a determinar/ condicionar/ destruir la vida de los sujetos en comunidad, por ello la seriedad y la picaresca se unifican en el opus de Christensen ya que jamás pierde de vista el carácter contradictorio del entramado simbólico en tanto eje de resistencia y algarabía por un lado y de sumisión y tristeza por el otro, en simultáneo denunciando los genocidios y brutalidades de la Inquisición y celebrando la faceta vitalista y morbosa de los concilios de brujas y demonios y las barbaridades que se les atribuía desde el delirio más extremo e imaginativo, como por ejemplo las clásicas ollas ardientes del Infierno con los condenados adentro o el simpático rezumar azufre -vía un gran cuerno/ embudo- por la garganta de un penitente…

 

La brujería a través de los tiempos (Häxan, Suecia/ Dinamarca, 1922)

Dirección y Guión: Benjamin Christensen. Elenco: Benjamin Christensen, Astrid Holm, Ella la Cour, John Andersen, Emmy Schønfeld, Kate Fabian, Wilhelmine Henriksen, Elisabeth Christensen, Oscar Stribolt, Maren Pedersen. Producción: Benjamin Christensen. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 10