Bandersnatch

El control redundante

Por Emiliano Fernández

La muy decepcionante Bandersnatch (2018), supuesta primera película oficial del universo Black Mirror ya que la excelente White Christmas se lanzó bajo la etiqueta de “especial” correspondiente al cierre de la segunda temporada, en términos formales se nos presenta con múltiples opciones de visionado en Netflix pudiendo el espectador elegir entre distintas alternativas cual mando a distancia en tercera persona en nombre de un protagonista que jamás se confunde del todo con el que mira porque el personaje en pantalla posee su propia y atribulada conciencia, el joven programador Stefan Butler (Fionn Whitehead), un planteo que de novedoso no tiene absolutamente nada porque nos reenvía tanto al software y los DVDs interactivos infantiles como a la legendaria saga literaria adolescente Elige tu Propia Aventura (Choose your Own Adventure) y la arquitectura básica de los videojuegos. Esta adaptación al ecosistema sobrecargado del streaming de un esquema de décadas atrás se lleva a cabo mediante demasiadas alternativas bobaliconas que no generan para nada el efecto buscado de enriquecimiento retórico debido a que la amplitud de la palabra escrita y los soportes educativos para niños no calzan de por sí con un relato tradicional audiovisual para adultos en función de la obligación de tener que volver a ver interminables veces las mismas escenas para tomar un nuevo camino si se llega a uno de los finales disponibles o a un callejón sin salida, generando más tedio que recompensas narrativas propiamente dichas.

 

El guión del mismo Charlie Brooker, creador de la querida serie en cuestión sobre las diversas ironías de la relación entre el ser humano y la tecnología, trata de compensar este esperable atolladero jugando con muchos géneros al mismo tiempo como por ejemplo la ciencia ficción, el drama familiar, el terror, la comedia y el suspenso, un abanico de posibilidades que en la praxis material lo único que hacen es marear/ defraudar porque funcionan como un catálogo de clichés canalizados para cada senda de turno, en conjunto condenándonos a una versión muy deslucida del típico formato narrativo cíclico símil Hechizo del Tiempo (Groundhog Day, 1993), Triangle (2009), 8 Minutos antes de Morir (Source Code, 2011), Un Pasado Infernal (Haunter, 2013), Al Filo del Mañana (Edge of Tomorrow, 2014) y Feliz Día de tu Muerte (Happy Death Day, 2017), por enumerar sólo a las propuestas más conocidas del rubro. Para colmo la historia en sí no atrapa por lo derivativa y enclenque: en la Gran Bretaña de 1984, un Butler de 19 años está adaptando en un videojuego la novela fantástica del título, un libro en sintonía con los de Elige tu Propia Aventura escrito por un tal Jerome F. Davies (Jeff Minter) que asesinó a su esposa, y así consigue que una compañía acepte distribuir comercialmente su Bandersnatch, Tuckersoft, empresa dirigida por Mohan Thakur (Asim Chaudhry) y en la que también trabaja Colin Ritman (Will Poulter), el ídolo de Stefan y máximo responsable de videojuegos famosos.

 

Desde ya que a medida que se va acercando cada vez más la deadline para la entrega del juego finiquitado, el muchacho experimenta un bloqueo creativo muy pronunciado en el que la ficción y la realidad se funden en un mismo todo que además incluye teorías conspirativas, alucinaciones, estrés, el recuerdo doloroso de su madre muerta, la culpa que le endilga a su padre Peter (Craig Parkinson) por haberle quitado un muñeco de niño que llevó a que su progenitora tome un tren descarrilado, las visitas a una psiquiatra, la Doctora Haynes (Alice Lowe), algo de drogas al paso, más masoquismo emocional, los asesinatos de su padre y de Colin, la posibilidad de que todo se trate de un experimento macabro de manipulación intra familiar a lo Demente (Raising Cain, 1992) de Brian De Palma, y hasta la presencia de recursos metadiscursivos medio simplones condensados en las opciones de dejarle signos misteriosos/ caprichosos a Butler en su computadora o tratar de aclararle que está siendo controlado por un espectador de Netflix desde el Siglo XXI. Este rejunte de referencias a convites variopintos, temáticamente semejantes y muy superiores, como Estados Alterados (Altered States, 1980), Tron (1982), Juegos de Guerra (WarGames, 1983), Brainstorm (1983), El Último Guerrero Espacial (The Last Starfighter, 1984), El Hombre del Jardín (The Lawnmower Man, 1992), The Matrix (1999) y eXistenZ (1999), sinceramente aburre tanto por la acumulación de estereotipos en torno a la fórmula del “geniecillo de la virtualidad que enloquece bajo la influencia de un tercero o terceros difusos” como por lo poco desarrolladas que están las líneas narrativas en general, la mayoría de las cuales derivan en cortes abruptos o resoluciones sarcásticas y bien facilistas que resultan insatisfactorias, banalizando todo lo visto hasta ese punto e invitándonos a abandonar la experiencia de lleno (aquí vale aclarar que el film incluye un seteo automático en la plataforma de Netflix que hace que cada vez que lleguemos a uno de los cinco desenlaces principales el sistema de visionado nos devuelva a algún punto previo de “dilema acuciante” y así sucesivamente hasta llegar a los 90 minutos de metraje estándar, dejando a criterio del espectador el volver a empezar desde cero toda la faena para toparse de manera semi aleatoria con escenas no vistas eligiendo otras alternativas, una estrategia que no rinde sus frutos en tiempo invertido porque tanta levedad sólo provoca desinterés).

 

Ahora bien, se nota que la idea de base de Brooker era más que loable y en esencia pasaba por reflexionar sobre los mecanismos del control omnisciente capitalista contemporáneo, en especial subrayando la paradoja de que nosotros víctimas de sus efectos nos transformamos rápidamente en victimarios amargándole la vida al aburrido/ mediocre/ opaco de Stefan, un protagonista que padece en carne propia la autoridad, presión y/ o sombra asfixiante de su padre, la psiquiatra, Jerome F. Davies, el mandamás de Tuckersoft, el propio Ritman, Netflix y nosotros consumidores, ese público voraz que se lleva puesto a Butler aunque en el fondo sufre su mismo destino porque está preso de una ilusión de libre albedrío maquillado bajo rutas retóricas preconcebidas y muy delimitadas, las que para colmo son sin duda sorprendentemente anodinas y esquemáticas, como si en algún tramo del árbol narrativo y sus bifurcaciones Brooker y los muchachos de Netflix se hubiesen arrepentido de armar la película y hubiesen decido cerrar a los tumbos la mayoría de los caminos que ellos mismos abrieron (clásica arquitectura lastimosa de las series televisivas, con una primera temporada brillante de presentación, una segunda menos trabajada y una tercera -y en adelante- en la que sólo queda presenciar el declive creativo paulatino). En cierto sentido podría afirmarse que Bandersnatch, sin ser una propuesta 100% fútil porque logra disparar preguntas atractivas sobre el esquema de sometimiento comunal/ mediático actual, termina mordiéndose la cola ya que demuestra que la nostalgia de fondo -no casualmente estamos ante otro film ambientado en la década del 80- y el refrito ad infinitum de lo mismo de siempre -lo previsible de cada línea de la historia es una prueba irrefutable de ello- constituyen las dos grandes obsesiones de un mainstream perezoso que hasta para intentar examinar el presente, fallando en buena medida, echa mano a recursos más que quemados de otras épocas y sin explotarlos como es debido, léase llevando todo al extremo y jugando con el delirio total o su opuesto exacto, la seriedad de ultratumba más impiadosa. La obra ante nosotros, dirigida con prolijidad por David Slade, aquel de Hard Candy (2005), 30 Días de Noche (30 Days of Night, 2007) y el episodio Metalhead de la cuarta temporada de Black Mirror, deja entrever la triste verdad de que las dos primeras temporadas de la serie fueron bastante más erráticas pero en suma más interesantes que las dos siguientes bajo el amparo financiero/ homogeneizador de Netflix, remarcando asimismo que el grueso de los espectadores contemporáneos rechazan la verdadera novedad porque prefieren que se les diga lo que deben ver/ escuchar/ leer/ consumir… y si viene disfrazado de libertad de elección -como en este caso- muchísimo mejor: en esencia hablamos de huestes criadas por los idiotas de marketing de los grandes estudios y ahora de las plataformas de streaming, esos a los que de vez en cuando se les escapa alguna que otra serie o película gloriosa; sin embargo la mayoría de las veces lo único que hacen es rellenar sus grillas con arte basura rebajado al nivel de “contenido”, eufemismo despersonalizador vinculado a un modelo light y castrado de entretenimiento que hoy parece ironizar desde el vacío acerca del control más redundante que puede hallarse en cualquier esquina de esta oligopólica industria cultural.

 

Bandersnatch (Estados Unidos/ Reino Unido, 2018)

Dirección: David Slade. Guión: Charlie Brooker. Elenco: Fionn Whitehead, Craig Parkinson, Alice Lowe, Asim Chaudhry, Will Poulter, Tallulah Haddon, Catriona Knox, Paul Bradley, Jonathan Aris, A.J. Houghton. Producción: Russell McLean. Duración: 90 minutos.

Puntaje: 4