Manzanas Podridas (Bad Apples)

El control trastocado por partida doble

Por Emiliano Fernández

El cine de los márgenes industriales ha entregado recientemente algunas obras interesantes centradas en facetas del antinatalismo o la bancarrota moral y práctica de toda la enseñanza preuniversitaria global, cada vez más mediocre o deficiente, y uno de los mejores ejemplos del rubro es Manzanas Podridas (Bad Apples, 2025), segunda película del cineasta sueco Jonatan Etzler luego de un producto fallido -oh, sorpresa- para Netflix, Dieciocho otra vez (One More Time, 2023), aquella relectura combinada y poco feliz de Hechizo del Tiempo (Groundhog Day, 1993), de Harold Ramis, y Peggy Sue, su Pasado la Espera (Peggy Sue Got Married, 1986), de Francis Ford Coppola, que por suerte hoy queda atrás mediante esta sorprendente sátira del sistema educativo contemporáneo que a su vez parece unificar la justicia pedagógica bien polémica de La Sala de Profesores (Das Lehrerzimmer, 2023), del alemán de linaje turco Ilker Çatak, y la reclusión hogareña destinada al arte de “rehabilitar” al reo de Heel (2025), joya reciente del polaco Jan Komasa. La propuesta exuda sapiencia y legitimidad de origen porque tanto Etzler como la guionista debutante, Jess O’Kane, fueron de hecho docentes y se podría decir que la frescura creativa y en ejecución también abarca la inspiración de fondo, Los Indeseados (De Oönskade, 2020), primera novela del sueco Rasmus Lindgren. Moviendo la acción de Suecia a Somerset, en el sur de Inglaterra, la trama se centra en María Spencer (Saoirse Ronan), una docente de primaria que padece el comportamiento endemoniado de uno de sus alumnos, Danny (Eddie Waller), un muchacho muy desobediente y agresivo que es capaz de tirar un zapato en la cinta transportadora de manzanas de una fábrica de sidra, interrumpir las clases con sus múltiples compulsiones o directamente empujar por una escalera a una compañera, Pauline (Nia Brown), mocosa que admira a Spencer y aparentemente la quiere de amiga/ madre sustituta. Luego de romperle el brazo izquierdo a la niña por la caída, Danny es suspendido justo antes de una inspección gubernamental sobre el colegio y por ello María quiere asegurarse de que el niño no asista, para lo cual trata de comunicárselo sin éxito a su padre, Josh (Robert Emms), un repartidor de encomiendas con una camioneta que lo crió en triste soledad y no sabe cómo manejarlo.

 

Durante esa misma noche tormentosa Spencer encuentra al niño rompiendo coches en un estacionamiento y ambos se trenzan en un duro forcejeo que deja inconsciente al purrete vía sofocación, frente a lo cual la maestra entra en crisis y en un inicio pretende llevarlo a un hospital hasta que en la puerta, con ambos en el automóvil, el joven despierta y promete denunciarla por agresión a pesar de que la mujer afirma que fue un accidente. Desesperada, decide llevarlo hasta un inmueble que había comprado con una ex pareja que la abandonó por otra, el subdirector de la escuela Sam (Jacob Anderson), y allí lo encierra en el sótano para garantizar su silencio y asegurarse de que la inspección salga de maravillas sin su mala influencia, lo que efectivamente ocurre. Con el muchacho “desaparecido” a escala pública y el padre encabezando la infructuosa búsqueda junto con la policía, María descubre que Danny es analfabeto y comienza a enseñarle a leer y escribir al extremo de desarrollar una relación cordial a pesar del detalle de que le coloca un arnés para que no intente escapar del sótano, donde le instala una cama y una consola de videojuegos. La relativa paz se viene abajo cuando Pauline se presenta sin avisar en el hogar de Spencer y encuentra al cautivo, lo que genera una situación de extorsión ya que la nena promete no decir nada a cambio de transformarse en la preferida de la maestra para que la consienta en todos sus caprichos, como cantar canciones cursis con un teclado o utilizar un vestido que la docente le regaló justo arriba del uniforme escolar, de sopetón poniendo a la adulta en ridículo. La epopeya de Etzler, a la que le llevó la friolera de un año llegar a salas tradicionales luego de su paso por el circuito de festivales internacionales, está apuntalada a lo lejos en la ironía y aquellas clases/ jerarquías sociales contrastantes de la Nueva Ola Británica de fines de los años 50 y comienzos de la década siguiente, aquí la burguesa Pauline versus el proletario Danny, la primera sobreestimulada en soledad y el segundo subestimulado en soledad, y la docente María versus el subdirector Sam, un esquema que responde al egoísmo y una estructura de poder de impronta institucional que se traslada al ecosistema privado en consonancia con la impotencia de la mujer ante la infidelidad de su superior en el colegio público en cuestión.

 

El convite ofrece actuaciones supremas de parte de Ronan y los dos intérpretes infantiles debutantes, Waller y Brown, y trabaja temáticas que van más allá de la mediocridad del sistema educativo actual, como por ejemplo los límites de la inclusión, la relación de amor/ odio entre los seres humanos, el autoritarismo y sus estrategias represivas, la lucha entre wokes y neonazis de mierda, el colapso profesional en un mercado laboral asfixiante, la eliminación del “elemento indeseable” a nivel colectivo, la baja tolerancia ante el fracaso, lo distinto o siquiera el dolor, el apego por la destrucción tontuela por la destrucción -sin ideología detrás- en sí y por supuesto la conexión entre analfabetismo y violencia, algo que puede verse en todas las sociedades contemporáneas y su tendencia a votar por ignorancia política, económica, cultural e histórica a energúmenos tan descerebrados como los mismos votantes, identificación que habla mucho del bípedo promedio del nuevo milenio. Entre detalles muy interesantes como el hilarante gesto de Josh entregando sin saberlo el arnés de su hijo, lo que subraya su idiotez y/ o torpeza como padre soltero, y el mismo personaje de Pauline, que se acerca a la maestra, le perdona el brazo roto bajo su cuidado y no recibe demasiada simpatía a cambio, de allí que después ejerza su posición de control de manera revanchista e implacable, la película explora un tópico del cine infantil más inconformista, hablamos de la capacidad de los chicos para el sadismo, la síntesis y la adaptación a nuevas circunstancias, precisamente por ello Spencer, en un momento en el que la mocosa abusa de su poder queriendo quitarle la consola de videojuegos a Danny y señalando que nadie lo extraña y el nivel académico subió significativamente por su ausencia, utiliza al prisionero como un recurso punitivo contra Pauline, encerrándolos juntos para que el niño castigue como corresponde a la nena, con una buena paliza de igual a igual ya que son productos de distintas acepciones de la misma negligencia parental, Josh no sabiendo qué hacer frente a los insultos y arranques de furia de su vástago y el padre de la nena, Frank (Sean Gilder), tratándola como un bicho raro por su condición de nerd o alumna aplicada en busca de un modelo a seguir fuera del hogar, aparentemente también sin una fémina en la casa de turno.

 

Si bien sobrevuela a lo largo del relato ese facilismo retórico que explica la conducta inicial salvajona de Danny, la falta de una figura materna que María compensaría en términos de “amansar” a la fiera, el film por un lado se burla con eficacia de la tolerancia sobreactuada de muchos colegios del Siglo XXI ante el estudiante díscolo o con tendencia violenta, algo aquí representado en los celos de Pauline hacia Danny en materia de la atención de nuestra maestra, esa que se queja ante la directora, Sylvia (Rakie Ayola), porque no puede lidiar en soledad con alguien tan problemático que acapara todos sus esfuerzos educativos de modo permanente, y por el otro lado indaga en una suerte de control trastocado por partida doble, pensemos que así como María al encerrar en su sótano al pequeño demonio logra detener sus exabruptos en secuencia, de hecho aislándolo de un entorno comunal que inspira su grotesca rebelión o simplemente utiliza para descargar sus frustraciones, Pauline en cambio al descubrir el secretito de la profesora consigue modificar el ninguneo al que la sometía, en gran medida esclavizándola aunque sin la sabiduría suficiente para no jalar demasiado de la cuerda como finalmente sucede durante el episodio correctivo tercerizado vía los golpes de Danny, a su vez santificados por la maestra y su hartazgo. Es ese segmento correspondiente a las postrimerías del relato, con Pauline acusando a Spencer en una reunión de padres de tener al joven desaparecido en su domicilio, cuando el coqueteo con el thriller y la comedia negra del metraje termina de estallar y el asunto se transforma en una parodia rimbombante del aparato educativo en su conjunto, ahora con los padres optando por no denunciar a la docente e incluso ayudando a prolongar el cautiverio ad infinitum con tal de que el chico, paradójicamente ya rehabilitado, permanezca en su mazmorra hogareña, una maravillosa e imprevista jugada retórica que no exculpa a la criatura de Ronan, toda una especialista en “seres de luz” o personajes inmaculados en función de su carita de ángel y los casilleros hollywoodenses de siempre, y señala no sólo lo obvio, léase el egoísmo, la hipocresía y la complicidad de la comunidad pedagógica en sus desastres autoinfligidos, ya sea debido a la inclusión forzada woke o el darwinismo del más fuerte, sino también el fraude detrás de un sistema carcelario que se independiza de las preocupaciones sociales que lo originaron y busca su reproducción hasta en los casos en los que ya no es necesario, de allí se explica el plural sarcástico del título, Manzanas Podridas, en un primer instante haciendo referencia a Danny y más adelante a la connivencia entre los directivos, la maestra y los progenitores de los alumnos en general, todos deseosos de mantener el statu quo para que no aparezca en el horizonte contingencia desestabilizadora alguna y para que el chivo expiatorio más burdo continúe demonizado y condenado al exilio, aquí todavía susceptible de cura a diferencia de esos fascistas o psicópatas en serio que piden a gritos que se los suprima cuanto antes en sintonía con toda la lacra de extrema derecha en el poder en algunos rincones del planeta…

 

Manzanas Podridas (Bad Apples, Reino Unido, 2025)

Dirección: Jonatan Etzler. Guión: Jess O’Kane. Elenco: Saoirse Ronan, Eddie Waller, Nia Brown, Jacob Anderson, Rakie Ayola, Robert Emms, Sean Gilder, Kerry Howard, Euan Shanahan, Jaye Jacobs. Producción: Oskar Pimlott. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 9