A pesar de que el heist film o la caper movie, subgénero del cine negro especializado en el planeamiento, la ejecución y las consecuencias de un robo de la más variada envergadura, nació en términos prácticos con dos obras de Robert Siodmak, Los Asesinos (The Killers, 1946) y Sin Ley y sin Alma (Criss Cross, 1949), lo cierto es que el filón logra cristalizarse en serio de la mano de Asalto al Coche Blindado (Armored Car Robbery, 1950), de Richard Fleischer, y sobre todo La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), obra maestra de John Huston que a su vez dejaría el terreno libre a tres joyas del rubro, léase Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, Casta de Malditos (The Killing, 1956), opus de Stanley Kubrick, y Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), de un Jean-Pierre Melville que de hecho volcaría gran parte de sus energías creativas al asunto como lo demuestran las posteriores El Soplón (Le Doulos, 1962), Hasta el Último Aliento (Le Deuxième Souffle, 1966), El Círculo Rojo (Le Cercle Rouge, 1970) y Un Policía (Un Flic, 1972). Ahora bien, otro de los signos irrefutables de la consolidación de un formato narrativo o colección de motivos retóricos es la sátira, suerte de relectura cómica de un lenguaje compartido por la mayoría de los espectadores que se refuerza en la experiencia de la risa colectiva, y en este sentido tres son las epopeyas cruciales que subrayaron el estado muy avanzado del heist film en lo que atañe a su madurez discursiva, hablamos de Oro en Barras (The Lavender Hill Mob, 1951), de Charles Crichton, El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), de Alexander Mackendrick, y Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, 1958), de Mario Monicelli, una retahíla de films que consiguieron en simultáneo mofarse de la caper movie desde la autoparodia, como decíamos antes enfatizando los latiguillos paradigmáticos de un esquema a todas luces ya consolidado, y crear relatos fascinantes que se sostenían por fuera de las alusiones en cuestión, capacidad maravillosa de aquel séptimo arte de antaño porque estaba volcado a los personajes y la riqueza de su desarrollo dramático en contraste con los artificios fetichizados del Siglo XXI y su legión de majaderos con el cerebro deshidratado.
Es precisamente la realización de Monicelli, en gran medida una acepción sarcástica de Rififí, la faena que el guionista y productor español Pedro Masó tenía en su mente cuando planeó Atraco a las Tres (1962), film dirigido por José María Forqué y escrito por Masó, más la ayuda adicional de Vicente Coello y Rafael J. Salvia, que es muy poco conocido por fuera de España aunque logra posicionarse sin problemas en la misma liga/ categoría de los clásicos firmados por el italiano y los dos anglosajones, Crichton y Mackendrick, todo un logro de por sí pero mucho más importante si consideramos que la obra consigue unificar el crimen, el costumbrismo y la justicia social más inconformista en el contexto dictatorial del Segundo Franquismo (1959-1975), por entonces consagrado a un desarrollismo que retomó algunos ingredientes del Estado de Bienestar del ecosistema internacional para derivar en el llamado Milagro Económico Español (1959-1973), en suma la reconversión de la España agraria y retrógrada del pasado en una nación moderna mediante la industrialización, el mejoramiento de la infraestructura local, la apertura al turismo y los capitales extranjeros, la migración masiva del campo hacia las metrópolis y el auge del consumo en consonancia con el surgimiento de una clase media extendida que le rendía pleitesía al ajuar, los coches y especialmente los electrodomésticos. La contracara del proceso, que por cierto finalizó con la Crisis del Petróleo de 1973 y la salida del patrón oro en 1971 por parte de Richard Nixon, fue la concentración de la riqueza en los sectores oligopólicos de la economía, el hacinamiento en las ciudades, la extensión del lumpenproletariado, el aumento escalonado de la delincuencia y la represión y el apuntalamiento de la paradoja de la pequeña burguesía fascistoide que se identifica con la lacra explotadora aunque vive -cuanto mucho- como un obrero de buen pasar, nos referimos a un autoengaño de superioridad comunal egoísta y meritocrática que debe hacer las paces a diario con el fantasma del desempleo y la pobreza en el caso de que el trabajo de turno desapareciese de un momento a otro gracias a alguna de las crisis cíclicas del capitalismo especulador, coyuntura que envuelve cada fantochada.
Atraco a las Tres le pega muy duro al gremio bancario desde múltiples aristas, tanto por los sueldos de miseria y las malas condiciones de trabajo como por el dejo carroñero, mafioso y oportunista de toda la usura y sus embustes de anclaje publicitario sobre el ahorro como “seguro para el futuro”, y explora la avaricia y las frustraciones burguesas del momento a través de la semblanza de un grupito de empleados de una sucursal madrileña del Banco de los Previsores del Mañana, peña que decide robar su lugar de trabajo e incluye a un líder nato, el ideólogo y cajero Fernando Galindo (un estupendo José Luis López Vázquez, por entonces actor fetiche de Luis García Berlanga, Pedro Lazaga y el mismo Forqué), y cinco cómplices, el conserje Martínez (Casto Sendra Barrufet alias Cassen) y los administrativos o tesoreros Benítez (Manuel Alexandre), Cordero (Agustín González), Enriqueta (Gracita Morales) y Castrillo (Alfredo Landa). El catalizador es la llegada del Director General (José María Caffarel) y su decisión de reemplazar al mandamás en funciones de la sucursal, Don Felipe (José Orjas), un viejito de leve tendencia humanista que osó otorgar préstamos sin garantías para diversos emprendimientos, con el equivalente de la época de un engendro ultra chupasangre de recursos humanos, Don Prudencio Delgado (Manuel Díaz González), lambiscón asqueroso de la patronal que es odiado por sus compañeros a más no poder. Galindo por un lado asigna distintas tareas entre esta fauna de payasos, lo que implica que Castrillo muta en chofer sin siquiera saber manejar y Benítez y Enriqueta simulan estar de novios para alquilar el automóvil que llevará a los tres ladrones que entrarán a la sucursal a las tres en punto y se marcharán con 20 millones de pesetas destinadas a los chanchullos inmobiliarios del banco, y por el otro lado se enamora de una vedette que abre una cuenta corriente, Katia Durán (Katia Loritz), señorita que viene de estafar a su novio argentino del hampa, Tony (Alberto Berco), con el cual para colmo pretende traicionar al cerebro de la operación delictiva una vez que éste demuestra ser lo suficientemente tonto para contarle el plan y creerse la mentira de la mujer en relación a un Tony que apenas si sería su hermano.
Si bien la odisea retoma muchos pivotes de la caper movie y del cine negro en general y se burla de sus recursos, algo sintetizado en citas fugaces a Al Capone y una película ficticia bautizada El Atraco del Siglo pero también en la presencia de tres exponentes de la clásica femme fatale, una auténtica, Durán, y dos estrafalarias o quizás apócrifas, Enriqueta y esa novia putona de Cordero que se la pasa intercambiando machos, Lolita (Paula Martel), en realidad la experiencia cinematográfica se sostiene por cuenta propia por el extraordinario desempeño de todo el elenco y cierto grotesco/ esperpento atenuado que le esquiva a la censura franquista e incluso le escapa a la condena de los criminales o punitivismo fatalista promedio del film noir, algo que se deduce del desenlace cuando los empleados del banco se ven en la obligación de abandonar su “venganza de clase” y luchar contra la pandilla de Katia y Tony por el botín y sus propias vidas al extremo de ser confundidos con héroes por la oligarquía bancaria, episodio homologado a una asimilación neutralizadora del díscolo. Entre una estupenda banda sonora jazzera, a cargo del argentino Adolfo Waitzman, y algunas disgregaciones de la industria cultural de entonces, como una secuencia musical a lo Hollywood con Durán y una cámara rápida símil slapstick del cine mudo para la escena inicial de créditos, Atraco a las Tres toma la forma de una comedia coral y episódica que salta de la torpeza, idiotez y ansiedad eterna de sus protagonistas hacia la represión sexual hipócrita, la ambición de riqueza, la clara mediocridad laboral y cultural del capitalismo, la mansedumbre frente al poder y los beatos y por supuesto el culto a los artículos de lujo o signos de estatus del Milagro Económico, en línea con los televisores o un Mercedes-Benz. Forqué, realizador muy prolífico consagrado en general a convites alimenticios basados en los formatos de moda de cada instante, aquí entrega su obra más memorable y agresiva para con el franquismo dentro de un espectro que fue desde la propagandística Embajadores en el Infierno (1956), apología de las tropas españolas en la Segunda Guerra Mundial, hasta la conciliadora La Noche y el Alba (1958), opus acerca de las divisiones por la Guerra Civil…
Atraco a las Tres (España, 1962)
Dirección: José María Forqué. Guión: Pedro Masó, Vicente Coello y Rafael J. Salvia. Elenco: José Luis López Vázquez, Agustín González, Manuel Alexandre, Alfredo Landa, Casto Sendra Barrufet, Gracita Morales, José Orjas, Katia Loritz, Alberto Berco, Manuel Díaz González. Producción: Pedro Masó, José Alted y Luis Laso. Duración: 90 minutos.