Durante el primer lustro de la década del 70 el inefable Wes Craven, quien contaba con títulos universitarios en inglés, psicología y filosofía, abandonó el mundo académico y su forma de vida de entonces, la enseñanza, para tirarse de cabeza en el mucho más lucrativo negocio de la pornografía, donde dirigió una catarata de películas bajo el seudónimo de Abe Snake de las que sólo sobrevivió La Mujer de los Fuegos Artificiales (The Fireworks Woman, 1975), típico ejemplo de la Edad de Oro del Porno o Porno Chic. Dejando de lado asimismo su trabajo para la televisión a lo largo del tiempo, ese que lo condujo a realizar productos sumamente desparejos como Extraño Verano (Stranger in Our House o Summer of Fear, 1978), Invitación al Infierno (Invitation to Hell, 1984), Congelado (Chiller, 1985) y Visiones Nocturnas (Night Visions, 1990), el señor debutaría de manera oficial en el séptimo arte con La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972), una reinterpretación en clave exploitation hippona de La Fuente de la Doncella (Jungfrukällan, 1960), de Ingmar Bergman, e inmediatamente después empezaría a buscar financiamiento para una serie de guiones de su autoría que poco y nada tenían que ver con el horror pero ya las cartas estaban sobre la mesa y el éxito underground de su ópera prima no pornográfica lo encasilló como cineasta especializado en terror, así es cómo se resignó y necesitado de dinero escribió y dirigió su primera obra maestra, Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), una película central en el desarrollo futuro del género no sólo porque colaboró de modo visceral para sacar al horror del campo de lo sobrenatural o estereotipado vetusto y reposicionarlo dentro de la comarca de las atrocidades que los propios seres humanos suelen cometer, sino además debido a que la propuesta fue realmente vanguardista para entonces ya que combinó elementos de road movie, epopeya de supervivencia y western, todo dentro de un combo que recuperaba la estética y los motivos de La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, una de las películas preferidas de Craven, un marco conceptual muy truculento también deudor de Hansel y Gretel, célebre cuento de hadas alemán recopilado en 1812 por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, y en especial la leyenda en general de Sawney Beane, supuesto patriarca de una parentela compuesta por 45 personas -todas viviendo en una cueva y producto del incesto- que en el Reino de Escocia del Siglo XVI fue ejecutado brutalmente por las autoridades sin juicio previo, junto a toda su familia, por el asesinato en masa y el canibalismo a lo largo de 25 años de más de mil transeúntes que recorrían las afueras de una Edimburgo semi medieval, condena que abarcó el famoso castigo británico del “ahorcado, arrastrado y descuartizado”.
La trama comienza con la visita de Ruby (Janus Blythe), una señorita en evidente estado salvaje, a la estación de servicio destartalada de su abuelo, Fred (John Steadman), con la intención de intercambiar por comida algunas cosillas robadas de las instalaciones de la Fuerza Aérea del desierto del Estado de Nevada, algo que resulta imposible porque el hombre no cuenta con prácticamente nada y para colmo planea irse del lugar cuanto antes tanto por la miseria como por la culpa de sentirse cómplice pasivo de las correrías de su clan. Fred y su esposa Martha se mudaron a la región en el contexto de la Gran Depresión y tuvieron una hija, no obstante con la llegada del segundo purrete todo cambió para mal porque era un gigantón peludo con tendencias psicópatas y un gustito por matar animales, amén de que reventó a su madre durante el parto por su tamaño. Cuando un día el niño provocó un incendio que calcinó a su hermana mayor, Fred lo golpeó en la cabeza con una barra de hierro y a posteriori lo abandonó en el desierto creyéndolo muerto, no obstante el adalid del primitivismo sobrevivió con una horrible cicatriz en su pómulo y nariz, ahora rebautizado Papá Júpiter (James Whitworth), y crió con una prostituta igual de desquiciada, llamada simplemente Mamá (Cordy Clark), a una familia de caníbales compuesta por los hijos Marte (Lance Gordon), con un serio problema de ortodoncia, Mercurio (el también productor Peter Locke), un retrasado mental, y Plutón (el querido Michael Berryman, quien nació con displasia ectodérmica hipohidrótica, en términos bien mundanos sin glándulas sudoríparas, pelo y uñas), un muchacho de peculiar apariencia, además de la mencionada Ruby, a la cual tienen encadenada por querer marcharse con el nono. Las víctimas son los miembros de una parentela opuesta de Ohio en viaje vacacional hacia California, los Carter, unos burgueses que se dividen entre los progenitores, léase Bob (Russ Grieve), un policía jubilado y dictador prosaico, y Ethel (Virginia Vincent), una ama de casa fanática cristiana, y los hijos, hablamos de los adolescentes Bobby (Robert Houston) y Brenda (Suze Lanier-Bramlett) y la hija mayor de la familia, Lynne (la futura “scream queen” Dee Wallace), a su vez casada con Doug (Martin Speer) y madre de una beba llamada Katy (Brenda Marinoff). Bob arrastra a todos los anteriores más sus dos ovejeros alemanes, Bella y Bestia, en una casa rodante/ tráiler/ caravana y se obsesiona con visitar una mina de plata abandonada de la zona, por ello se sale de la ruta trazada a pesar de las reglamentarias advertencias del dueño de Fred’s Oasis, la gasolinera, y así termina con el eje del vehículo completamente destrozado por esquivar una liebre entre discusiones y el paso de un avión de combate por la presencia de una base de la Fuerza Aérea y de un otrora terreno de “ensayos nucleares”.
Así como La Masacre de Texas podría interpretarse como una versión seria de Spider Baby (1967), clásico del humor negro de familias dementes y homicidas de Jack Hill, y volcada a la algarabía necrofílica de Ed Gein, mítico asesino y ladrón de tumbas norteamericano que fetichizaba los cadáveres femeninos al extremo de construir altares, decorar su hogar con ellos y curtir sus pieles, Las Colinas Tienen Ojos funciona como una exégesis incluso más exacerbada y cuasi surrealista del opus de Hooper ya que Craven reemplaza aquella conjunción de white trash o fauna redneck y suburbios metropolitanos menesterosos con un páramo hecho y derecho que esconde un primitivismo impiadoso orientado a la cacería y la supervivencia cueste lo que cueste, esquema retórico en el que los nuevos bárbaros de la sequía absoluta pueden ser pensados como metáfora de las clases populares, los indígenas/ pueblos originarios del continente, las minorías comunales, los países del Tercer Mundo, determinados grupos raciales o étnicos, los campesinos pauperizados, los marginados en general o aquel Frente Nacional de Liberación de Vietnam o Viet Cong de la por entonces recién finalizada Guerra de Vietnam. El amigo Wes, como casi todos los directores y guionistas de cine de género, no oculta para nada el hecho de que su corazoncito está del lado de los villanos porque el terror se sustenta en el placer sádico del sufrimiento ajeno -y a veces del propio, masoquismo de por medio- y debido a que víctima puede ser cualquiera que calce mínimamente con el rol del burgués o el lumpen aburrido del montón pero el victimario es más difícil de hallar y -en el caso de la ficción- de construir, precisamente en ello radica el talento y la visión de un Craven que de la mano de las andanzas de Papá Júpiter y los suyos hizo escuela en el terror posmoderno de chiflados peligrosos de carne y hueso con vocación macabra, libidinosa o simplemente antropófaga. Sinceramente pocos directores de la historia del género han logrado esquivar el trasfondo exploitation de base para traspasar las limitaciones de todo tipo de turno y edificar una obra que se sustente por sí sola más allá de cualquier categoría que uno le pueda asignar: dicho de otro modo, el destino de Clase B hiper indie de Las Colinas Tienen Ojos, ilustrado por un equipo plagado de veteranos de Roger Corman y el detalle de que la faena fue rodada en 16 milímetros con unas cámaras prestadas por un ignoto realizador pornográfico, se termina anulando gracias al realismo severo, la crudeza y el minimalismo minucioso de este combate a muerte entre privilegiados insensibles e indigentes desesperados aunque sin las ironías tranquilizadoras o metadiscursivas de tantos clones futuros y muy cerca del antiguo concepto/ anhelo de las legiones de pobres comiendo a los ricos porque definitivamente es para lo único que sirven.
En cierta medida se podría decir que toda la primera mitad del metraje es un preámbulo para una de las escenas más poderosas y memorables de la historia del horror, aquella del primer ataque propiamente dicho a los Carter, cuando luego de cargarse al abuelo Fred por intentar huir y de secuestrar al ex policía Papá Júpiter crucifica a Bob, lo prende fuego y ordena la arremetida sobre la casa rodante por parte de los entrañables Plutón y Marte, quienes terminan de castrar a la familia burguesa mancillando a todas las hembras del clan, lo que implica reventar a tiros a Lynne y Ethel, violar a la muy apetecible Brenda y hasta llevarse para degustar a la beba, secuencia durísima que continúa levantando polémica y/ o polvareda discursiva luego de tantas décadas desde el estreno del film. La influencia de la honestidad brutal del cine porno incluso llevó a Craven a considerar una victoria de los antropófagos de la mano del detalle de efectivamente comerse a Katy, algo de lo que tuvo que desistir porque todo el equipo creativo y técnico se opuso y así es cómo surgió la clásica victoria del bando de los “civilizados”, un triunfo por supuesto agridulce ya que el daño infligido es irreparable y además porque refuerza esa idea contracultural de siempre de Wes vinculada a la facilidad con la que el ser humano cae en la desproporción asesina cuando se siente amenazado, indistinción de por medio entre los roles del acechado que se salvajiza y el verdugo que deviene en presa. Otra lectura posible de la película, algo que se deriva de su naturaleza coral vinculada a la estructura de lazos sanguíneos, pasa por la convalidación de las nuevas generaciones en detrimento del conservadurismo o la ridiculez de sus mayores, basta con pensar que los verdaderamente destinados a sobrevivir, Bobby y Brenda, se diferencian tanto de los dos hombres de la parentela, el intolerante Bob y el tarado baladí de Doug, como de las mujeres, ese “cero a la izquierda” llamado Lynne y la beata insoportable de Ethel, quien encima se sumerge en la negación/ locura después de ver los restos quemados de su marido, lo que trae a colación el desprecio de Craven hacia la burbuja de idioteces soberbias de la burguesía y su cariño hacia el fluir lúdico de los adolescentes y toda la sinceridad enajenada de los caníbales, en el fondo entendible por el hambre que padecen y por la tendencia a vanagloriarse de los exponentes de clase media. La excelente fotografía de Eric Saarinen, la eficaz música incidental de Don Peake y el gran desempeño del elenco en su conjunto coronan un trabajo perfecto que dosifica con maestría el gore, el suspenso, las inclemencias climáticas, las trampas freaks a lo Looney Tunes y la anarquía homicida al extremo de conformar un cóctel molotov que nuevamente le traería problemas al realizador con la censura y la distribución, sumado al hecho de que su carrera sería muy cuesta arriba de aquí en adelante hasta alcanzar inesperadamente el éxito con Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), dejándonos en el camino obras erráticas pero igualmente fascinantes como Éxtasis Mortal (Deadly Blessing, 1981) y El Monstruo del Pantano (Swamp Thing, 1982) y la muy floja Las Colinas Tienen Ojos II (The Hills Have Eyes II, 1984), continuación que el señor encaró por su urgencia de dinero y que los productores detuvieron cuando restaba filmar una tercera parte, a posteriori convenciéndolo para que completase el metraje con clips símil flashbacks del primer opus. No se puede dejar de mencionar la genial remake del 2006 de Alexandre Aja, uno de los pocos directores actuales que entendió al infatigable Wes y amplificó aún más el sustrato cruento del relato, sin embargo la propuesta original sigue resultando una joya suprema por su inusitado equilibrio entre una estética semi caricaturizada y decadente y esa colección de atrocidades cíclicas que toman la forma de una montaña rusa tan siniestra como factible…
Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, Estados Unidos, 1977)
Dirección y Guión: Wes Craven. Elenco: James Whitworth, Michael Berryman, Robert Houston, Suze Lanier-Bramlett, Lance Gordon, Russ Grieve, John Steadman, Dee Wallace, Janus Blythe, Virginia Vincent. Producción: Peter Locke. Duración: 91 minutos.