The Candy Snatchers

El destino de la cautiva

Por Emiliano Fernández

Además de ser una de las cumbres más coherentes y eficaces del cine exploitation, The Candy Snatchers (1973) constituye un ejemplo de cómo deberían encararse los thrillers criminales de cadencia a la vez seca/ realista y efervescente/ imprevisible: la película fue dirigida por Guerdon Trueblood, un profesional fundamentalmente televisivo de larga data, y escrita por Bryan Gindoff, aquel de El Peleador Callejero (Hard Times, 1975), la gran ópera prima de Walter Hill protagonizada por un dúo todo terreno, Charles Bronson y James Coburn, dupla creativa que aquí nos ofrece un verdadero cóctel mólotov de los bajos fondos urbanos mediante una historia que incluye un secuestro a la luz del día, un entierro en vida, extorsiones varias, un autista de testigo, un par de violaciones, maltrato doméstico y palizas, muchos asesinatos, una generosa dosis de hipocresía burguesa, infidelidades, traiciones al por mayor, un robo y hasta una oreja cercenada como “prueba de que la cosa va en serio”, detalle que por supuesto a posteriori irá a parar a un sinfín de propuestas algo semejantes -aunque con una menor carga de visceralidad a cuestas- como por ejemplo Perros de la Calle (Reservoir Dogs, 1992) y El Gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998).

 

El periplo narrativo está inspirado en el secuestro de 1968 de la estudiante universitaria de 20 años Barbara Mackle, quien de hecho estuvo más de tres días enterrada en una caja reforzada de fiberglass -y equipada con una bomba de aire, una linterna, un poco de agua con sedantes y comida- hasta su eventual rescate por parte del FBI, sufriendo apenas una deshidratación. Aquí la víctima tiene 16 años, concurre a un colegio católico y se llama Candy (Susan Sennett), la cual es capturada a la salida de la escuela por un equipo de tres conformado por el morocho grandulón Eddy (Vince Martorano) y los hermanos rubios Alan (Brad David) y Jessie (Tiffany Bolling), quienes la entierran amordazada dentro de un ataúd de madera y con un mínimo tubo hacia el exterior para el ingreso de aire. Lo que el equipo no sabe es que el supuesto padre de Candy, Avery Phillips (Ben Piazza), en realidad es su padrastro y no tiene ninguna intención de pagar el rescate ya que la joyería y los diamantes que administra son propiedad de su esposa de adorno, Katherine (Dolores Dorn), la madre de la chica, quien parece aceptar que su marido se casó con ella por su dinero y en esencia desconoce del affaire del hombre con su empleada/ asistente, Lisa (Phyllis Major).

 

La cosa se complica aún más porque el testigo de turno del entierro de Candy no puede efectivamente hablar ni terminar de entender lo que está ocurriendo por su corta edad y su autismo, hablamos de un pequeño llamado Sean Newton (en la piel de Christopher Trueblood, hijo del realizador), preso en un hogar en el que sólo recibe indiferencia y/ o furia por parte de sus dos progenitores, Dudley (Jerry Butts) y Audrey (Bonnie Boland), con el primero obsesionado con su trabajo de vendedor y caerle bien a su jefe y la segunda eternamente frustrada y colérica por el hijo que le tocó en gracia, llegando incluso a golpearlo y a drogarlo para que no moleste. Entre la violación de Jessie por parte de un enfurecido Eddy que descubre que estuvo siendo manipulado sentimentalmente por la mujer, aparentemente una ex prostituta con problemas mentales, y la de Candy a expensas del psicópata de Alan, quien prefiere matar a cualquiera que provoque un problema a diferencia del más piadoso Eddy, Avery ni se aparece en la entrega de las joyas y obliga al trío a grabar los gritos de un simulacro de oreja cortada y salir a sobornar a un empleado forense, Charlie (Bill Woodard), para que les venda la oreja de una joven de la morgue.

 

Respetando las premisas del mejor film noir, la propuesta subraya que el amateurismo semi improvisado de los secuestradores no es contendiente contra Avery y su paciencia de una década con el objetivo de heredar la mitad de los dos millones de dólares que recibiría Candy al cumplir 21 años, todo bajo la condición de que la chica pase a mejor vida y por ello mismo el padrastro opta por no mover ni un dedo para garantizar el retorno de la adolescente. El opus de Trueblood está encarado desde un presupuesto minúsculo pero bien aprovechado y compensa problemillas infaltables del exploitation de la época, como las flojas actuaciones y ciertas torpezas técnicas, con una trama muy bien llevada que va redoblando la puesta a medida que avanza el metraje con vistas a escudriñar las diferentes facetas de los personajes y poner toda la carne al asador, sin condescendencia alguna para con el espectador pusilánime mainstream y apuntando de modo directo a los fans del cine Clase B que saben que la mezcla de morbosidad, erotismo y traiciones truculentas siempre dará sus frutos en pantalla, incluso proponiendo un “desquite” de Katherine para con su marido ausente vía un mini affaire -ya borracha- con quien sería luego su ejecutor, Alan.

 

Cuando llega la hora de la incursión armada del desenlace y de la masacre reglamentaria entre los distintos protagonistas, el film decide llevar al extremo esta metáfora conceptual de fondo vinculada a la oposición entre la inocencia de Sean, un purrete que además es testigo de la violación de Candy por parte de Alan, y el vicio y la codicia del resto de los personajes, en especial tomando a Eddy como lo más cercano a un antihéroe porque es quien le explica bien clarito a Candy su motivación detrás del robo, eso de no tener más jefes que lo denigren -ni los del ejército ni los de la vida civil- y poner un bowling en tanto utopía profesional independiente. Ahora bien, muchas veces The Candy Snatchers es recordada por su extraordinario final y sin ánimos de pasar por alto todas las otras virtudes señaladas, la verdad es que hay que reconocer que el desenlace es supremo debido a que establece un dejo irónico hermanado al destino incierto de la cautiva, con Sean haciéndose del arma de Avery y disparándole a Eddy, quien iba a desenterrarla, y pasando a hacer lo propio con su madre en el fuera de campo, lo que deja en el limbo de la imprecisión a la colegiala mientras escuchamos su tenue respiración a través de la apertura al exterior…

 

The Candy Snatchers (Estados Unidos, 1973)

Dirección: Guerdon Trueblood. Guión: Bryan Gindoff. Elenco: Susan Sennett, Vince Martorano, Tiffany Bolling, Ben Piazza, Brad David, Christopher Trueblood, Bonnie Boland, Jerry Butts, Dolores Dorn, Phyllis Major. Producción: Bryan Gindoff. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 8