Que la comedia está prácticamente muerta en el Siglo XXI es un hecho tan extendido y aceptado que hasta el consumidor cultural más lelo sabe que lo más sensato es consagrarse a otros géneros porque lo poco que se sigue produciendo a nivel mainstream dentro de la comarca del humor resulta verdaderamente horrible o intrascendente, en esencia productos que van a parar a letrinas de la cultura digital como Netflix o Disney. Si bien es cierto que el humor no desapareció en el nuevo milenio ni nunca se extinguirá del todo, tampoco se puede negar que sobrevive en el campo de la hibridación narrativa, léase combinado con otros géneros o quizás insertado como un comic relief/ mecanismo de distensión dentro de una línea argumental cuyo eje es muy distinto, siempre de corazón dramático más allá del contexto en cuestión. El asedio sobre la pobre comedia y su agotamiento como formato independiente en términos históricos/ retrospectivos parece un proceso caracterizado por la inmediatez aunque en realidad fue progresivo como tantas veces lo es la decadencia, así desde la izquierda fue atacada mediante la corrección política y desde la derecha a través de la sobreutilización de un estilo cómico bobalicón o descerebrado que vació a la comedia a ojos del público -y sobre todo de los ejecutivos de las productoras y los grandes estudios- de todo contenido que no sea automatizado y repetitivo, digno de esos chistes que se ven venir a kilómetros de distancia o causan más vergüenza ajena que sonrisas. Si la pretensión idiota de caerle bien a todo el mundo se esconde por detrás de la corrección política, una doctrina censuradora que busca satisfacer a gente con un nulo o microscópico consumo cultural, por su parte la sátira gruesa y muy poco imaginativa constituye el núcleo de lo que desde los años 70 fue imponiéndose como “humor popular” hasta suprimir el concepto por la catarata de pavadas acumuladas sin la más mínima astucia o sutileza. La fragmentación del mercado en la posmodernidad -ya nadie se ríe de lo mismo debido a la multiplicación de la oferta cultural- y el resurgimiento en la comarca indie del humor surrealista, absurdo, negro o alternativo -corrientes que fueron mainstream en el cine de los años 60 y hoy se convirtieron en claros signos de resistencia- representaron los últimos clavos del ataúd de la comedia pura y dura en el Siglo XXI, una comarca que necesita sí o sí del inconformismo, la novedad y la valentía o virulencia discursiva para sobrevivir incomodando al espectador.
Ahora bien, si la pensamos en materia histórica tranquilamente podemos decir que Héroes Fuera de Órbita (Galaxy Quest, 1999), joya dirigida por Dean Parisot y escrita por Robert Gordon y David Howard, fue una de las últimas grandes farsas que generó Hollywood en aquella frontera entre la clausura del “tiempo de las comedias” y la apertura de la sequía que nos toca vivir, una película realmente muy perspicaz que funciona en simultáneo como sátira y obra estándar pero magistral de aquello mismo que satiriza, hablamos de Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966-1969), legendaria serie de TV creada por Gene Roddenberry para la cadena NBC vía Desilu Productions, la compañía de Lucille Ball y su esposo Desi Arnaz, producto de una generosa riqueza moral y filosófica que a su vez fue a parar a seis películas con el elenco original entre 1979 y 1991. Para comprender al opus de Parisot, ese que además incluye chispazos irónicos alrededor de Perdidos en el Espacio (Lost in Space, 1965-1968), Battlestar Galactica (1978-1979) y Buck Rogers en el Siglo 25 (Buck Rogers in the 25th Century, 1979-1981), debemos prestar atención en primera instancia al ascenso durante los años 90 del artificio digital despersonalizador por sobre cualquier pretensión ideológica/ retórica, algo muy evidente en El Quinto Elemento (The Fifth Element, 1997), de Luc Besson, The Matrix (1999), de los hermanos Larry y Andy Wachowski, y Star Wars: Episodio I- La Amenaza Fantasma (Star Wars: Episode I- The Phantom Menace, 1999), bodrio de George Lucas, y en segundo lugar al vuelco de la comedia mainstream en las décadas del 80 y 90 hacia esa misma parodia de trazo grueso que la llevaría a su cuasi extinción, en este sentido conviene citar a las variopintas S.O.S. Hay un Loco en el Espacio (Spaceballs, 1987), del querido Mel Brooks, Hombres Misteriosos (Mystery Men, 1999), de Kinka Usher, y Evolución (Evolution, 2001), de Ivan Reitman, dos corrientes que Héroes Fuera de Órbita de hecho corrige o en gran medida deja de lado en pos de privilegiar un tipo de farsa afectuosa que homenajea desde el respeto y la meticulosidad a la fantasía y sus diseños estrambóticos puestos al servicio del humanismo, las aventuras y una nostalgia que no se fagocita a sí misma y se parece en encanto y nobleza a aquella de Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), otro convite del desparejo Reitman, y Volver al Futuro (Back to the Future, 1985), odisea de un joven Robert Zemeckis que aún lejos estaba de la mediocridad.
La trama es muy simple y retrata el derrotero de un grupo de actores egocéntricos y semi desempleados que sobreviven mediante convenciones de fanáticos, entrevistas pagas, firma de autógrafos y eventos promocionales porque quedaron encasillados a nivel profesional como los protagonistas de una serie de ciencia ficción de los 80 que por supuesto duplica la estructura y los motivos temáticos altruistas de Viaje a las Estrellas, Galaxy Quest, así las cosas Jason Nesmith (sin duda el mejor trabajo de Tim Allen) interpretaba en la ficción al Comandante Peter Quincy Taggart, referencia al mítico James T. Kirk (William Shatner), Alexander Dane (Alan Rickman, gran genio del malhumor) componía al Doctor Lazarus, oficial científico que funciona como una mixtura del Señor Spock (Leonard Nimoy) y del matasanos Leonard “Bones” McCoy (DeForest Kelley), Gwen DeMarco (una Sigourney Weaver con peluca rubia y tetas en primer plano) le ponía la anatomía a la Teniente Tawny Madison, encargada de comunicaciones y “objeto sexual” infaltable que sigue los pasos de la morocha Nyota Uhura (Nichelle Nichols), Fred Kwan (Tony Shalhoub) interpretaba al Sargento Chen, el ingeniero en jefe de la nave símil Montgomery “Scotty” Scott (James Doohan), y finalmente Tommy Webber (Corbin Bleu cuando purrete, Daryl Mitchell de adulto) se calzaba los zapatos del infantil Teniente Laredo, piloto por antonomasia que a su vez es una amalgama del timonel Hikaru Sulu (George Takei) y el navegante Pavel Chekov (Walter Koenig). La rutina deprimente del otrora elenco se corta cuando de la nada aparece una comitiva de una excéntrica raza espacial, los thermianos, y su líder, Mathesar (Enrico Colantoni), les explica que los necesita para hacer frente a otros alienígenas aunque ahora de impronta imperialista y comandados por Roth’h’ar Sarris (Robin Sachs), un monstruo reptiliano fascistoide que se entretiene con el genocidio de los thermianos porque viene de torturar al líder previo de estos pulpos grotescos que simulan anatomía humana gracias a sus “generadores de apariencia”, señor que en el martirio le mencionó al tirano un artilugio misterioso llamada Omega 13, dispositivo cuya naturaleza jamás se explicó en la serie. Los thermianos confunden la ficción de TV con “documentos históricos” y por ello moldearon su civilización a semejanza de Galaxy Quest, planteo que incluye una recreación funcional de la nave galáctica de turno, un NSEA Protector que hace las veces del USS Enterprise.
Sirviéndose de un MacGuffin discreto y decididamente desopilante, ese Omega 13 con el que se encapricha Sarris y que los thermianos construyeron pero sin saber a ciencia cierta para qué demonios sirve, Héroes Fuera de Órbita dedica gran parte del metraje al choque de matriz cultural entre la ingenuidad de los alienígenas/ fanáticos televisivos y el cinismo de unos actores mercenarios que terminan contagiados por la filosofía humanista de la raza espacial y su necesidad urgente de defenderse de Sarris y sus tropas de energúmenos sin ética, amén de algunos personajes adicionales que aportan variedad, como Quellek (Patrick Breen), discípulo tácito de Dane/ Lazarus, Laliari (Missi Pyle), interés romántico thermiano de Kwan/ Chen, Brandon (Justin Long), un púber incondicional de Galaxy Quest, y Guy Fleegman (Sam Rockwell), hilarante actor secundario que interpretó al finado Tripulante Número Seis en un único episodio, y amén de una suerte de misión intermedia, aquello de robar una Esfera de Berilio -alimento de los motores- en un planeta cercano para que el Protector vuelva a volar después del impacto de los misiles del villano, la supervelocidad modelo turbo del navío y un campo de minas mortales que parecían flotar tranquilas en el cosmos. Todos los personajes son gloriosos, el elenco exuda perfección, el combo de CGIs más practical effects calza de maravillas con el tono kitsch cariñoso y el film en general incorpora con suma delicadeza al relato todos los estereotipos y caricaturas posibles de las convenciones, la TV, la ciencia ficción y las gestas cinematográficas cercanas al folletín de antaño, efectivamente anticipando la enorme importancia que adquiriría en el Siglo XXI el fandom como mercado específico de la fantasía y poniendo en tela de juicio la obsesión de algunos admiradores muy inmaduros que llegan hasta la cuasi locura en su amor por sus ídolos posmodernos del espectáculo, sustitutos de las figuras religiosas y políticas de otras épocas. La metáfora de fondo, eso de los thermianos confundiendo realidad y ficción y optando por literalmente vivir en la segunda vía el Protector, resulta tan poderosa como insólita es la propuesta en su conjunto dentro de una etapa que ya había dejado atrás esta imaginación y esta picardía, pensemos en el sustrato anodino de las carreras de Allen, los guionistas Howard y Gordon y el mismo director, un Parisot que jamás retomaría este nivel de calidad y caería en el gremio de las remakes/ secuelas y el trabajo televisivo olvidable…
Héroes Fuera de Órbita (Galaxy Quest, Estados Unidos, 1999)
Dirección: Dean Parisot. Guión: Robert Gordon y David Howard. Elenco: Tim Allen, Sigourney Weaver, Alan Rickman, Tony Shalhoub, Sam Rockwell, Daryl Mitchell, Enrico Colantoni, Robin Sachs, Justin Long, Missi Pyle. Producción: Mark Johnson y Charles Newirth. Duración: 102 minutos.