The Lodge

El divorcio como orfandad

Por Emiliano Fernández

La admirable segunda película del dúo de directores y guionistas austríacos conformado por Severin Fiala y Veronika Franz, The Lodge (2019), es su debut en el mercado anglosajón y al mismo tiempo una especie de continuación conceptual y una remake invertida de su ópera prima, Goodnight Mommy (Ich seh ich seh, 2014), una de las mejores epopeyas de terror y misterio de los últimos años, de esa estirpe que el Hollywood mainstream ya casi no encara desde hace décadas: si por un lado se puede decir que el film que nos ocupa funciona como una secuela porque aquí se recupera cierto tono narrativo cercano al thriller psicológico más nihilista y la misma premisa de un par de niños haciendo “travesuras” y causando una buena dosis de desesperación y angustia al adulto más próximo, el cual supuestamente debería cuidarlos/ contenerlos/ educarlos, por el otro lado la propuesta sin duda también puede ser leída como una versión sutilmente trastocada de aquella debido a que los purretes ahora son bastante más vulnerables que los de antaño y en general la experiencia retórica es menos cruda y sádica que su homóloga del opus del 2014, ya que así como antes el encierro psicológico de los pequeños victimarios garantizaba una relativa impunidad en cuanto a sus -para nada simpáticas- acciones contra su progenitora, hoy la conciencia del daño infligido por parte de los dos hermanos protagonistas los hace más propensos a un castigo que en esta oportunidad está hermanado a la irreversibilidad de determinadas situaciones y debacles sin que en verdad importe si los sujetos de turno son hombre o mujer, adulto o niño, víctima o victimario, entre muchas otras categorías que terminan difuminadas cuando una minúscula catástrofe prosaica deja una semilla dispuesta a crecer y crecer en el intelecto de las personas a lo largo de todo lo que les reste de vida.

 

Así como en Goodnight Mommy teníamos a los gemelos Elias y Lukas (en la piel de Elias y Lukas Schwarz) convencidos de que esa mujer que se hizo una cirugía estética y tiene el rostro vendado (Susanne Wuest) no es su madre y por ello era necesario torturarla hasta que diga qué hizo con su progenitora real, hoy el eje del relato pasa por un par de hermanos, el preadolescente Aidan (Jaeden Martell) y la nena Mia (Lia McHugh), quienes están lidiando con el suicidio de un disparo en la boca de su madre Laura (Alicia Silverstone), una devota cristiana que no pudo soportar que su marido le pida el divorcio y forme pareja -y hasta pretenda casarse de nuevo- con otra mujer, la más joven Grace (Riley Keough). Los mocosos culpabilizan a Grace por la muerte de su madre y no les cae bien la idea del padre, Richard Hall (Richard Armitage), de pasar la Navidad los cuatro juntos en la remota cabaña familiar en Massachusetts como un modo de que los chicos conozcan a su futura madrastra, a quien el hombre -un periodista especializado en libros de investigación- aparentemente conoció cuando preparaba un trabajo sobre el suicidio masivo de los integrantes de un culto cristiano radical, siendo la chica la única sobreviviente del asunto y nada menos que la hija del delirante líder reglamentario, Aaron Marshall (Daniel Keough), un señor que dictaminó que sus 39 acólitos debían morir y sus cadáveres ser tapados con seda púrpura y tener la boca sellada con una cinta adhesiva con la elocuente inscripción “pecado”. Cuando Richard deba abandonar el lugar por obligaciones relacionadas con su trabajo, la actitud hostil de los chicos se hará evidente pero aflojará de manera paulatina hasta que un día todo cambia para mal porque se quedan de golpe sin electricidad y sin agua en la cabaña y desaparecen los alimentos, las pertenencias de todos y hasta el pobre perro de Grace, el angelical Grady.

 

Fiala y Franz vuelven a demostrar un cuidado meticuloso en el armado general de la historia y en especial en el desarrollo de personajes, basta con pensar por ejemplo en cómo Mia observa en el auto con desaprobación a su madre en el inicio mientras ésta se pinta los labios nerviosa, todavía con la esperanza de recuperar a su ex, antes de la reunión en la que el hombre le comunica que quiere finiquitar el divorcio para volver a contraer matrimonio, o en cómo Aidan también observa con disconformidad en el mismo contexto -el coche familiar- cómo su padre le acaricia la pierna a Grace, lo que definitivamente provoca reacciones encontradas en el varón porque por un lado rechaza que sólo seis meses luego del fallecimiento de Laura el padre quiera casarse con su noviecita, y por el otro lado el joven se siente atraído hacia la bella Grace como lo atestigua el hecho de que -más adelante en el metraje- la espíe cuando sale de la ducha. El guión de los directores y Sergio Casci incluso retoma el motivo de las réplicas hogareñas símil casas de muñecas hiper detallistas de El Legado del Diablo (Hereditary, 2018), la gran ópera prima de Ari Aster, ya que en esta ocasión de manera continua nos topamos con una sutil confusión entre las tomas correspondientes a la cabaña real y aquellas que registran el duplicado que poseen los hermanos en su residencia tradicional, algo así como la representación práctica de su plan porque a través de lo que hacen -o hicieron- con los distintos muñecos que simbolizan a todos los involucrados uno como espectador puede intuir el destino que le espera a cada personaje. Dejando de lado la doctrina del shock de Goodnight Mommy, The Lodge se vuelca al minimalismo expresivo y una puesta en escena encriptada basada en la magistral fotografía de Thimios Bakatakis, colaborador habitual del tremendo Yorgos Lanthimos.

 

Desde el momento en que los chicos empiezan a repetirle con insistencia a la aspirante a madrastra que los tres están muertos y que todo fue provocado por un calentador a gas que Aidan introdujo en el inmueble por el frío que sentía Mia mientras veían en la televisión El Enigma de Otro Mundo (The Thing, 1982) y Jack Frost (1998), generando una supuesta asfixia masiva durante el sueño, la película coquetea con el relato de fantasmas y/ o de representaciones imaginarias de la psiquis -en la praxis narrativa no hay diferencias importantes entre ambas vertientes- a lo Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999), Los Otros (The Others, 2001), Identidad (Identity, 2003) y la misma Goodnight Mommy, planteo que deriva en otra exploración sobre la crueldad humana, el aislamiento y la demencia religiosa cortesía no sólo de la ortodoxa reprimida de Grace, la cual niega en un principio los emblemas cristianos porque le recuerdan la experiencia traumática de su pasado y el control fundamentalista de su padre, sino también por los propios Aidan y Mia, exponentes de una faceta no tan conservadora del cristianismo aunque igual de manipuladora y peligrosa una vez que la mujer experimente un colapso nervioso y acepte la versión de los chicos de una manera que supera por mucho la intención disciplinaria primigenia del montaje de turno, haciendo que renazca el amor apasionado de Grace hacia la causa piadosa con el mismo vigor de aquella infancia bajo el dominio del psicópata de su progenitor. Este contrapunto entre la ilusión de lo sobrenatural y la falta de escrúpulos resulta un verdadero soplo de aire fresco en una coyuntura cinematográfica contemporánea en la que suele primar una sobre la otra de una manera demasiado literal y -precisamente- fanática, al punto de no dejar espacio para algo de desviación, novedad, experimentación o una mínima y necesaria heterodoxia.

 

Si bien la película nos machaca todo el tiempo con el leitmotiv del arrepentimiento y la penitencia como sustrato de autocastigo psicológico -transformado en corporal en el último acto- lo cierto es que el núcleo de la faena pasa por otro lado ya que cualquier otro credo, doctrina o perspectiva ideológica podría ocupar ese lugar aglutinante nocivo y todo sería más o menos igual a escala dramática: el film en realidad gira en torno al divorcio en tanto productor de orfandad y desamparo, en este sentido se debe recordar no sólo la estrepitosa muerte de Laura sino también la silenciosa y fuera de cuadro -y por ello más sugerente y horrorosa- de Aaron, el padre de Grace, y de todo el resto de su “familia”, dos hechos que conllevan en términos conceptuales una separación tajante que destruye un mundo hasta ese momento dado por sentado e inicia otro muy diferente bajo la lógica -ahora sí de manera terminal- de los adultos, con Aidan y Mia debiendo valerse por su cuenta (el divorcio de los Hall desencadena que la madre se ahogue en la autoindulgencia y el miedo a la soledad, lo que por supuesto dentro del lenguaje del terror equivale a la muerte, y que el padre pretenda reconstruir su vida romántica relegando a un segundo plano a los niños, aquellos que deben adaptarse a este nuevo y caprichoso orden de cosas) y con Grace tratando de rehacer su vida a posteriori del suicidio masivo de la secta (la malicia punitiva de los purretes Hall, más simplista y dolorosa que su homóloga de los adultos, entiende perfectamente por dónde se puede martirizar a su enemiga conceptual pero falla en no vislumbrar que el personaje de la eficaz Keough es una bomba en potencia, siempre “encerrada” detrás de su medicación psiquiátrica, su trombocitopenia, esas buenas intenciones, algún silencio defensivo y una sutil falta de paciencia con los pequeños, desde ya digna del soltero sin críos). The Lodge, como Midsommar (2019), sopesa los efectos de las tragedias y, como El Resplandor (The Shining, 1980), señala la centralidad de los catalizadores en el descenso hacia la locura…

 

The Lodge (Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá, 2019)

Dirección: Severin Fiala y Veronika Franz. Guión: Severin Fiala, Veronika Franz y Sergio Casci. Elenco: Riley Keough, Jaeden Martell, Lia McHugh, Alicia Silverstone, Richard Armitage, Daniel Keough, Rebecca Faulkenberry, Jarred Atkin, Lola Reid, Philippe Ménard. Producción: Aliza James, Simon Oakes y Aaron Ryder. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 9