2x1 de Dan O'Bannon

El dolor de estar muerto

Por Emiliano Fernández

Como tantas otras figuras que dejaron su marca en la historia del séptimo arte, Dan O’Bannon es recordado por apenas una pequeña fracción de todo lo que hizo a lo largo de sus años en actividad. Descubierto en buena medida por Alejandro Jodorowsky durante la preproducción de la malograda adaptación de Dune, la monumental novela de ciencia ficción de 1965 de Frank Herbert, el señor suele ser mencionado en las “historias oficiales” del ámbito cinematográfico únicamente por haber escrito -junto a su amigo Ronald Shusett- Alien (1979) y Total Recall (1990), lo que en el fondo no está del todo mal porque efectivamente ambas películas son clásicos absolutos del cine, poseedores de una fuerza narrativa altisonante que paulatinamente fue desapareciendo con el transcurso de los años gracias a la avanzada infantiloide e hiperdestilada que arrasaría Hollywood en un proceso que comienza en la década del 80 y alcanza su cenit en nuestros días. Lo cierto es que se suele pasar por alto que O’Bannon asimismo firmó el guión de obras muy interesantes como Dead & Buried (1981), Heavy Metal (1981), Blue Thunder (1983), Lifeforce (1985), Invaders from Mars (1986) y Screamers (1995), todas faenas que se movieron en un espectro que comprende los extremos de la fidelidad al trabajo del señor y esos típicos retoques compulsivos a cargo del estudio, los productores o el director en cuestión. Ahora bien, y continuando con esta suerte de identificación de las capas de la cebolla del olvido superpuesto en la mente de los cinéfilos más perezosos (es decir, la enorme mayoría), así como muy pocos recuerdan que el estadounidense de hecho fue el responsable de todas aquellas historias, por lo general menos gente aún tiene presente que él dirigió dos de las películas más exquisitas de aquellos últimos años de libertad irrestricta en cuanto a desnudos, violencia, efusividad lingüística, gore y perversiones varias, léase The Return of the Living Dead (1985) y The Resurrected (1991), sus únicos dos largometrajes como realizador: si bien la primera es muy querida dentro del terror, a decir verdad casi nadie sabe que fue dirigida y escrita por O’Bannon; y en lo que respecta a la segunda, poquísimos amantes del horror conocen su existencia aunque por suerte todos los que sí llegamos a ella, nos transformamos de inmediato en diletantes de sus maravillosas cualidades. A continuación analizaremos estos dos opus centrándonos en el perfil del O’Bannon realizador, el menos trabajado conceptualmente de todos, ya que merecen ser vitoreados el amor por los resortes más salvajes del terror, aquella furiosa eficacia detrás de cámaras y esa destreza para convertir a la trivialidad cotidiana en una tormenta de espantos de ultratumba, siempre enmarcados en una sonrisa irónica y mucha pasión descarnada. En una carrera que va desde Dark Star (1974) a Bleeders (1997), atravesando tres décadas, sin duda podemos afirmar que sus dos trabajos como director y guionista están a la altura de sus mejores obras en papel, amén de que además nos permiten sopesar las características concretas que adoptó su producción al poder disponer del control necesario sobre todos los aspectos de la realización cinematográfica, un privilegio que por fin le llegó al sentarse en la silla del director y que nos regaló a nosotros, los espectadores, dos joyas del horror morboso y freak que ahora podemos -y por cierto, debemos- atesorar en su justa medida.

 

The Return of the Living Dead (1985):

Uno como cinéfilo amante del terror no puede dejar de ponderar la excelencia y energía que yacen encapsuladas en The Return of the Living Dead (1985), no sólo una de las obras maestras del género sino también una de las películas definitorias para un par de generaciones de loquitos góticos/ macabros/ sádicos que se sintieron identificados con esta mixtura de mordacidad y desesperación que bordea la locura lisa y llana (en este grupito de chiflados se encuentra -por supuesto- quien escribe estas palabras, apenas un niño en aquella década del 80). La ópera prima de O’Bannon como director es el ejemplo perfecto de cómo balancear una pluralidad de ingredientes de diversa naturaleza en el interior de un film que funciona como un motor a combustión francamente alucinante, capaz de llevarnos tanto hacia las referencias al pasado como al análisis -de índole exploitation- de aquel presente y también abrir la puerta a un futuro que estaría marcado de allí en más por muchos de los elementos que dan vida a la obra en cuestión. Para aquellos que no lo sepan, vale aclarar que la película nació como una secuela directa de Night of the Living Dead (1968) y fruto de la separación creativa de George A. Romero, el director y guionista del clásico de zombies, y John A. Russo, el coguionista: este último retuvo los derechos para utilizar las palabras “living dead” en títulos de futuros films y Romero por su parte comenzó con su propia seguidilla de secuelas con Dawn of the Dead (1978). En un primer momento el convite iba a ser dirigido por Tobe Hooper a partir de un guión de Russell Streiner, Rudy Ricci y el propio Russo, pero cuando el realizador abandonó el proyecto para dirigir en cambio Lifeforce (1985), otra genialidad absoluta del período, O’Bannon pasó de encargarse de la reescritura del guión a ocupar el rol de director, posición que aceptó sólo bajo la condición de que le dejasen reestructurar por completo la seriedad de la trama original con el objetivo de introducir una buena dosis de humor negro para diferenciarse de la franquicia de Romero. El control de O’Bannon sobre el proyecto derivó en una obra que no tenía nada que ver con la planeada en un primer momento y puso de relieve lo imprevisible del devenir artístico como proceso hermanado a la creación cultural. La historia comienza con las desventuras de Frank (James Karen) y Freddy (Thom Mathews), dos pobres diablos que trabajan en Uneeda, una empresa/ depósito de suministros médicos de la ciudad de Louisville, en el Estado de Kentucky. El primero, un veterano del rubro, quiere hacerse el canchero con el segundo, “el nuevo”, y le comenta que el opus de Romero de 1968 estaba basado en hechos reales, específicamente en un episodio que ocurrió en Pittsburgh, en un hospital de excombatientes, donde se derramó un químico misterioso -la famosa Trioxina 245- que eventualmente se filtró en la morgue e hizo que los cadáveres volvieran a la vida. La sustancia, elaborada por la compañía química Darrow para el ejército, y los cadáveres contaminados de turno se almacenaron en contenedores cilíndricos que en lugar de ser devueltos a Darrow, fueron enviados a Uneeda gracias a un infaltable error de las autoridades estatales/ militares. Desde ya que Frank le ofrece a Freddy mostrarle los enigmáticos barriles, los cuales están en el sótano del depósito desde hace 14 años, y así ambos bajan por las escaleras. Freddy pregunta si los recipientes metálicos pierden, Frank responde que por supuesto que no porque fueron hechos por los ingenieros del ejército de los Estados Unidos y de inmediato le da un golpe a uno de los tanques, lo que genera una fuga de gas que a su vez inicia la memorable andanada de acontecimientos que presenta el relato. La historia en sí se divide en dos grupos de protagonistas: el primero está conformado por los dos adorables tontos ya mencionados, más su jefe directo, Burt (Clu Gulager), a quien llaman cuando ven que todos los cuerpos almacenados en el lugar cobran vida, y el dueño de la Funeraria Resurrección de enfrente, Ernie (Don Calfa), al que recurren para utilizar su crematorio ante la imposibilidad de matar definitivamente a los resucitados; el segundo colectivo de personajes está integrado por Tina (Beverly Randolph), la novia de Freddy, y sus amigos Suicide (Mark Venturini), Spider (Miguel A. Núñez), Trash (Linnea Quigley), Scuz (Brian Peck), Casey (Jewel Shepard) y Chuck (John Philbin), en esencia una bella colección de punks, mods tardíos y burguesitos prolijos/ pichones de yuppies que se deciden a esperar a Freddy a la salida de su flamante trabajo. Mientras que los primeros tienen la poco feliz idea de quemar a los muertos vivientes -entre ellos, perros cortados a la mitad- con nubes tormentosas en el cielo, los segundos comienzan a pagar las consecuencias de la combinación del humo emponzoñado y una lluvia que se transforma en ácida y cae sobre el cementerio que rodea a Uneeda y la funeraria, levantando de sus tumbas a una legión de zombies hambrientos de cerebros justo en el mismo instante en el que los jóvenes están disfrutando de una fiesta improvisada rodeados de lápidas (la necrópolis, al igual que la funeraria, también se llama Resurrección… otra de las sutilezas caústicas del convite). De hecho, el film de O’Bannon no sólo fue el responsable de introducir el ardid “estamos aquí para fagocitar tu cerebro” dentro de la iconografía de los muertos vivientes, sino que además impuso una serie de detalles fundamentales para todo el cine de horror de aquella etapa, ya que dentro de la exuberancia formal del terror de la década del 80 todavía tenía un papel preponderante la dimensión conceptual con vistas a dar justificación y llevar a la historia narrada un paso más allá del simple entretenimiento: el abanico retórico es muy frondoso y de una riqueza extraordinaria, abarca desde las “banderas” anunciadas a los pocos minutos de comenzado el metraje, cuando los muchachos nos comentan que están consagrados a la muerte y el sexo, pasando por la aclaración de que el óbito efectivamente duele y por ello a los finados se les hace necesario deglutir cerebros vivos para calmar su malestar, hasta detalles diversos como la -casi- certeza de que el buenazo de Ernie es un criminal nazi encubierto, ese dinamismo/ entendimiento insospechado de los zombies y la angustia claustrofóbica alrededor del mítico acecho contra una funeraria atiborrada de tablones en sus ventanas y barricadas en sus puertas… de hecho, muchos bípedos con vida de la actualidad tienen menos neuronas activas que los muertos que creó el enorme O’Bannon. En este sentido, The Return of the Living Dead juega constantemente con las ironías políticas/ sociales para con el sentir del norteamericano promedio, haciéndose un verdadero festín gracias a la estupidez burocrática de Frank y Freddy, esa que desencadena la tragedia, y la burocracia estúpida de los militares, con el Colonel Glover (Jonathan Terry) a la cabeza, el funcionario encargado de eliminar la amenaza zombie una vez que aparezca un dato concreto acerca del paradero de los barriles tóxicos. Ahora bien, la película nunca cae en la parodia y a pesar de lo demencial del contexto planteado, ejerce un control decididamente magistral sobre las reacciones de cada uno de los personajes, logrando construir en el trajín una de las epopeyas de supervivencia más histéricas de la historia del séptimo arte (todos los protagonistas se la pasan gritando, corriendo a los tumbos e improvisando soluciones que sorprenden por su verosimilitud, ajustándose sin problemas a las que podrían ser las respuestas triviales de cualquier individuo frente a un pandemónium apocalíptico de esta envergadura). La avanzada masiva de zombies como una horda de una voracidad sin igual y el trasfondo erótico de las escenas más morbosas, esas que colocan en primer plano a la carne desnuda, con sangre y extirpada de la manera más brutal posible, constituyen las dos contribuciones principales a la arquitectura trash del período y al terror como género a nivel macro, a lo que asimismo debemos sumar esa perspectiva mordaz y de vanguardia de O’Bannon que lo lleva por un lado a divertirse de lo lindo con los zombies sin renunciar a las posibilidades discursivas tradicionales que habilitan los susodichos, y por el otro lado a evitar caer en caricaturas que destruyan la empatía del espectador hacia los personajes… aquí es cuando debemos afirmar que lamentablemente buena parte del terror posterior se inclinó por una u otra opción, léase el terror hiper serio o la farsa exacerbada, un panorama que dejó de lado esta tercera opción que funda el amigo O’Bannon en The Return of the Living Dead, una que unifica ambas vertientes y las administra con cuentagotas en un equilibrio de incursiones homicidas y protagonistas de una enorme singularidad, siempre cercanos a lo visceral, a lo neurótico y en especial a lo estrambótico cotidiano. En vez de ese egoísmo miserable y severo de los personajes de buena parte del subgénero a nivel histórico, aquí tenemos una sensación de hermandad espontánea entre seres muy diferentes entre sí aunque motivados por un espanto incontrolable. Nada de lo anterior sería funcional al planteo macro de la obra si ésta no estuviera condimentada con una catarata de practical effects que hicieron escuela (no podemos olvidar al espeluznante zombie “derretido” conocido como Tarman por los fans, a cargo del actor y titiritero Allan Trautman, a la “señorita medio torso” -cuya foto ilustra el presente dossier- creada por el experto en animatronics Tony Gardner, y a la simple idea -que no necesitó más que un poco de maquillaje- de incluir un resucitado enano), una banda sonora maravillosamente ridícula y festiva que incluye representantes ochentosos del gothic rock, el punk, el death rock y el proto psychobilly (Partytime de 45 Grave resuena en la cabeza del espectador mucho tiempo después de finalizado el film, al igual que los otros aportes musicales -tan ingenuos como encantadores- de The Cramps, The Flesh Eaters, T.S.O.L. y The Damned), y una generosa colección de momentos y diálogos inolvidables en función de una desfachatez, efervescencia y premura que se extrañan muchísimo en el ámbito cinematográfico actual (ejemplos hay muchos: la fuga del gas -ya mencionada- del inicio, el paseo en el auto de Suicide, el legendario striptease de Trash en el cementerio y su fantasía sobre cuál sería la forma más horrible de morir, toda la escena del pico clavado en la cabeza, el segmento de “ten un poco de respeto por los muertos” con Suicide, la explicación de las “comadrejas con rabia”, la primera aparición de Tarman y su proverbial “¡cerebros!”, los asesinatos de Suicide y Trash, los primeros instantes de la arremetida zombie contra la funeraria y la inmortal frase “envíen más paramédicos”, la dolorosa transformación de Freddy, el interrogatorio -con la zombie “medio torso” arriba de la mesa para embalsamar- encabezado por Ernie, el regreso de Trash como una ninfa come cerebros, el éxtasis caníbal de Freddy en la capilla de la funeraria, la autodestrucción de Frank en el crematorio, el interminable desfile de masacres policiales, el home run de Burt con la cabeza de Tarman y finalmente la llegada del regalito que envía la artillería militar a expensas del Colonel Glover… aunque a decir verdad hasta el compilado de escenas de los créditos finales es antológico bajo sus propios términos). La frescura, alegría malsana e hilarante insolencia que residen en la propuesta en su conjunto son sin duda uno de los santos griales del terror cinematográfico, un tesoro que sabe balancear el respeto para con el tópico de base y la creatividad necesaria para explotarlo con euforia, volcarlo hacia una suerte de disparate a conciencia e infundirle una suciedad aparatosa y cruel que puso de manifiesto la futilidad de las nimiedades diarias, la cultura adolescente del período, los secretitos del negocio de la muerte, la proverbial idiotez que subyace al sentir estadounidense, y -sobre todo- la ceguera genocida de la derecha reaganeana, esa que continúa presente hoy por hoy bajo diferentes ropajes y encarnaciones. En este sentido, hasta el desenlace se transformó en un “grado cero” de los finales nihilistas dentro del horror, un ejemplo de hasta dónde las administraciones gubernamentales pueden llevar el lavado olímpico de manos vía una carnicería que permita evadir culpas y ocultar el desastre con la mayor eficacia posible, por supuesto siempre bajo el fantasma del cataclismo de la Guerra Fría y esas torres de marfil del aislamiento estatal. The Return of the Living Dead es un clásico perdido que merece un lugar aún mayor que el que se le suele conceder en el terror, una odisea muy pero muy inteligente que se burla del canon intra género y al mismo tiempo propone la inversión perfecta de los motivos del enclave zombie: los vivos pululan o directamente se encierran en los lugares destinados a mancillar/ olvidar a los muertos -el depósito de suministros médicos, la funeraria y el cementerio- y unos occisos parlantes disfrutan de su libertad caminando por las calles como jaurías al acecho de cualquier bobo apetecible de ocasión.

 

The Return of the Living Dead (Estados Unidos, 1985)

Dirección y Guión: Dan O’Bannon. Elenco: James Karen, Thom Mathews, Clu Gulager, Don Calfa, Beverly Randolph, Mark Venturini, Linnea Quigley, Miguel A. Núñez, Jewel Shepard, Jonathan Terry. Producción: Tom Fox. Duración: 91 minutos.

 

The Resurrected (1991):

A diferencia de esa corporalidad amorfa y agitada que viene del más allá y que suele ser el estándar en cuanto a las adaptaciones cinematográficas de -o las epopeyas inspiradas en- la obra del legendario H.P. Lovecraft, para The Resurrected (1991), un opus también conocido como Shatterbrain, O’Bannon optó por un enfoque más centrado en la construcción del suspenso y la tensión dramática que en la parafernalia visual clásica de las épicas del horror cabalístico y ancestral del séptimo arte (vale aclarar que aquí también encontraremos esa bella ostentación alrededor de la fisonomía de los engendros, pero será en una dosis mucho menor a la habitual en el rubro). Dicho de otro modo, en su segundo y último opus como director, el norteamericano se alejó en parte del canon lovecraftiano que dio origen a obras como -por ejemplo- The Beyond (E tu Vivrai nel Terrore! L’Aldilà, 1981) de Lucio Fulci, Hellraiser (1987) de Clive Barker, The Thing (1982) e In the Mouth of Madness (1994), ambas de John Carpenter, y la trilogía de adaptaciones del gran Stuart Gordon, léase Re-Animator (1985), From Beyond (1986) y Dagon (2001). Hablamos de una traslación explícita de The Case of Charles Dexter Ward, aquella maravillosa novela de 1927 que fue publicada por primera vez de manera póstuma recién en 1941, asimismo una obra cuya versión en pantalla grande más famosa a la fecha era The Haunted Palace (1963), dirigida por Roger Corman y escrita por Charles Beaumont, un film que el estudio/ compañía productora American International Pictures se preocupó por retitular para asociarlo con la exitosa serie de opus del realizador inspirados en trabajos varios de Edgar Allan Poe, una saga de traslaciones que se extendería a la friolera de ocho exponentes en total contando este “eslabón mentiroso”, maquillado desde un título que hace referencia a un conocido poema del mítico Edgar Allan. Nuestro héroe deja de lado la puesta en escena gótica de Corman y profundiza el costado detectivesco de la historia en un guión acreditado en los papeles sólo a Brent V. Friedman, por más que O’Bannon ciertamente incluyó muchas de sus preocupaciones de siempre: en este sentido vale aclarar que las tensiones con los productores generaron que la película fuese re-editada sin el consentimiento del director con vistas a dejar de lado buena parte de los chispazos de humor para apuntalar un tono narrativo más serio y tradicional (resulta curiosa la coincidencia alrededor del hecho de que las dos adaptaciones más famosas de la novela sufrieran algún tipo de intervención parasitaria por parte del estudio y/ o los productores). Aun así, The Resurrected es una joya esplendorosa del horror que en su momento apenas si recibió una salida comercial muy limitada en salas y luego pasó a engrosar la lista de los “directos a video” de la época, por lo que se hace imperioso rescatarla de un olvido sumamente injusto. La historia sigue casi al pie de la letra la novela de Lovecraft y sólo modifica detalles contextuales y minucias en lo que respecta a nombres y profesiones de los protagonistas: todo comienza cuando el personal del Instituto Waite, un simpático manicomio de Providence, en el Estado de Rhode Island, descubre que el interno Charles Dexter Ward (Chris Sarandon) escapó dejando en su habitación/ celda un montículo de cenizas, una ventana abierta y el cuerpo decapitado de uno de los enfermeros. De inmediato la acción se traslada a la oficina del detective privado John March (John Terry), el reemplazo del Doctor Marinus Bicknell Willett del libro, quien nos ofrece una versión pormenorizada de lo ocurrido a través de un relato en voz alta -registrado en un clásico grabador periodista- a partir del verdadero punto de inicio, ubicado tres semanas en el pasado, cuando Claire Ward (Jane Sibbett), una rubia que obedece al arquetipo de la femme fatale, le encarga que investigue el comportamiento de su esposo Charles, un ingeniero químico de Billmark, una empresa de cosméticos, a quien ella echó del hogar conyugal debido a los misteriosos experimentos que el susodicho lleva a cabo primero en el taller de su casa (al cual convierte en un laboratorio bajo la asistencia de un tal Doctor Ash) y luego en una finca que heredó de un pariente lejano relacionado con la brujería, el tremendo Joseph Curwen (aquí el ayudante de Ward es un asiático tenebroso, de pocas palabras y con un ojo a la miseria…). Cuando March localiza a Ward en la inhóspita granja e intercambia unas palabras con él, descubre que el señor habla con modismos antiguos y está consagrado a un aislamiento extremo que aparentemente tiene que ver con los generosos embarques de restos humanos que viene recibiendo, el olor pútrido que sale del inmueble, el vandalismo en un cementerio local, los pedidos de carne fresca a frigoríficos y finalmente la andanada de muertes de lugareños metiches y demás bobos circunstanciales. Todo a su vez parece estar relacionado con un baúl que Ward recibió de improviso 6 meses atrás como parte de una herencia vinculada a Curwen, quien -por un retrato oculto en el caserón- descubrimos que era igualito a nuestro amigo Charles Dexter. Mientras que la preocupación de March y Claire se acrecienta, los flamantes hobbies de Ward y su séquito atraen una y otra vez la atención de la policía por las denuncias de los vecinos ante los ruidos que genera una actividad nocturna muy intensa homologada al cariño y la dedicación para con los secretos del óbito y el más allá… a lo que para colmo debemos sumar el hallazgo por parte de March de un diario íntimo de 1771 -escondido en el baúl- que pone el foco en un triángulo amoroso durante el período colonial y una persecución contra Curwen que se remonta al descubrimiento de los pueblerinos, a la vera de un río, de un cuerpo monstruoso que parece haber sido resucitado, una abominación que prontamente es quemada “viva” en una hoguera. La fastuosidad y la profusión de ideas de O’Bannon aquí se dan cita bajo la forma de una estructura deudora del film noir que además incluye un popurrí de desesperación, arcanos sombríos, sueños húmedos, canibalismo, callejones sin salida, rituales de una proto química, asesinatos que responden a una lógica sacrificial, un solipsismo seudo científico, magia negra, idas y vueltas temporales, identidades que se superponen y en especial otro juego de espejos invertidos que nos presentan por un lado la libertad con la que el difunto titular teje sus elucubraciones y por el otro lado cómo los vivos terminan presos de una necrofilia contagiada por la fascinación morbosa que despierta el devenir retórico en general (hablamos tanto de los espectadores como de los propios protagonistas del convite). En este sentido, resulta ejemplar el último acto de la película, esa media hora final en la que Claire, March y Lonnie Peck (Robert Romanus), el asistente del señor, deciden entrar a la finca de Ward -ya con el susodicho recluido en el manicomio- enarbolando la firme intención de volar la propiedad por los aires vía una buena tanda de explosivos. El reconocimiento/ inspección en la vivienda deriva en el hallazgo de las catacumbas de Curwen y termina situando a la propuesta en el mismo terreno discursivo de The Return of the Living Dead, ya que el autoencierro de los protagonistas de ésta última en el depósito de suministros médicos, la funeraria y el cementerio equivale al descenso voluntario hacia las catacumbas que nos regala The Resurrected, lo que en términos prácticos funciona como otra faceta más del trueque conceptual irónico que ya estaba delineado en el trabajo de Lovecraft y que el realizador aprovecha a su favor como rasgo estilístico propio (la excursión del desenlace de The Case of Charles Dexter Ward es una versión en miniatura del periplo infernal que luego Lovecraft construiría en 1931 para At the Mountains of Madness, su otra gran novela). Es en esta colección de secuencias donde O’Bannon se despacha con un pulso narrativo aventurero basado en la oscuridad de los túneles, las pistas sueltas a las que tienen acceso los protagonistas y una serie de monstruos magistrales construidos gracias tanto a la animación tradicional y el stop motion como a los practical effects de antaño, ahora enmarcados en un diseño vinculado a Saturno Devorando a su Hijo, la famosa pintura al óleo sobre revoque de Francisco de Goya (una obra, a la que se hace referencia de manera explícita a lo largo de la historia, que influyó de manera decisiva en la naturaleza y estética fragmentada/ defectuosa de las criaturas que acechan en las sombras del laberinto subterráneo y en el desenlace propiamente dicho en el Instituto Waite, algo así como el cierre de la crónica circular que propone el cineasta). Como señalábamos anteriormente, la película es al mismo tiempo una rareza dentro del campo de las adaptaciones cinematográficas de Lovecraft y una de las mejores traslaciones en sí, no sólo porque se mantiene fiel a la apasionante novela original sino también porque logra traducir en imágenes dicho entramado de espantos milenarios que superan por mucho a la pequeña existencia de cada uno de los personajes, quienes a su vez comprenden que las atrocidades se mueven bajo la dialéctica de las adicciones: mientras que en The Return of the Living Dead el comer cerebros calmaba el dolor de estar muerto, en esta ocasión son la sangre y la carne cruda las que detienen -aunque sea por un tiempo- los instintos homicidas que vienen de sopetón con la misma condición de ser uno de esos “resucitados” a los que apunta el título del film. A pesar de la intención de los productores, el humor irónico de O’Bannon dice presente en detalles sutiles como el maravilloso escupitajo del playero de la estación de servicio y el comentario posterior de March, el episodio de la “no compra” del hot dog, la reunión -luego de hallar el diario- entre Claire, March, Lonnie y la secretaria del primero Holly Tender (Laurie Briscoe), y ni hablar del remate final de la película, cuando March abandona el manicomio, otra de esas extraordinarias one liners que desde hace lustros y lustros ya casi no podemos encontrar en ninguna propuesta del cine mainstream, el indie y toda esa región intermedia que fue desapareciendo de a poco a caballo de la concentración de la industria cultural en cada vez menos manos y una homogeneización que tiende hacia la eliminación de todo sustrato político/ social/ discursivo rebelde que quiebre la banalidad y el conservadurismo promedio del público. Tampoco podemos pasar por alto que la misma disposición entre curiosa y nihilista de March funciona en consonancia con aquella idiosincrasia -bien pegada a lo terrenal y sus exigencias- de los personajes de su ópera prima. Digámoslo otra vez: ¡cómo se extraña en el contexto contemporáneo este nivel de meticulosidad en el armado de la historia y la construcción de cada personaje! La eficacia del O’Bannon director está hermanada a su inteligencia e inconformismo como guionista, circunstancia que a su vez nos sitúa ante un esquema de trabajo en el que predominan el dinamismo narrativo, una intriga que se va desenvolviendo de a poco, la furia formal de la clase B más pomposa, un excelente trabajo de casting, una imaginación prodigiosa al momento de concebir las monstruosidades de turno que reptan en las tinieblas, una gran banda sonora (ahora a cargo de Richard Band, otro especialista en el género que también participó en Re-Animator y From Beyond), un gore que aparece en los instantes justos y en función de las necesidades de la trama, una atmósfera siempre volcada hacia la claustrofobia, una fotografía cuidada al dedillo, personajes enérgicos que se mueven cual obreros militantes de su profesión y/ o ideología, una sensación constante de diversión perversa y gloriosamente sádica, esos infaltables apuntes cómicos, una tensión sexual más o menos camuflada y finalmente la presencia de escenas memorables que quedan retumbando en la mente del espectador (aquí debemos destacar el prólogo y el desenlace en el Instituto Waite, el primer encuentro entre Charles y March, la “presentación en sociedad” del cadáver de Lucius Fenner, ese vecino entrometido interpretado por Eric Newton, la secuencia de la pesadilla de March, la incursión nocturna con la policía para detener a Ward, el descubrimiento de la criatura a la vera del río y la mencionada expedición a lo largo y ancho de las catacumbas). The Resurrected es una de esas anomalías encantadoras cuya maestría narrativa está condensada en la riqueza de personajes que a su vez se transforman ellos mismos en narradores de un cuento exquisito de locura, misterio, conspiraciones, fetiches fúnebres y una reencarnación que le escapa a los confines del espacio y el tiempo porque obedece a ese saber primordial -de disposición inasible- que sólo conoceremos cuando dejemos de respirar y nos transformemos en polvo cósmico.

 

The Resurrected (Estados Unidos/ Canadá, 1991)

Dirección: Dan O’Bannon. Guión: Dan O’Bannon y Brent V. Friedman. Elenco: John Terry, Chris Sarandon, Jane Sibbett, Robert Romanus, Laurie Briscoe, Charles K. Pitts, Megan Leitch, Ken Camroux-Taylor, Patrick Pon, Eric Newton. Producción: Kenneth Raich y Mark Borde. Duración: 108 minutos.