Mayhem, de Lady Gaga

El envase vacío y mediocre

Por Marcos Arenas

Incluso entre sus supuestos fans pocos saben que Lady Gaga, nacida Stefani Joanne Angelina Germanotta hace 38 años, antes de dedicarse a la música estudió actuación durante la friolera de una década en el Instituto de Teatro y Cine Lee Strasberg, principal difusor en suelo norteamericano del método/ sistema del ruso Konstantín Stanislavski, lo que sitúa en primer plano donde reside su principal interés y autoexplica de manera visceral por un lado la chatarra que ha venido editando en términos de su derrotero en el pop, un periplo profundamente conservador y necio digno de colegas impresentables como Coldplay y Taylor Swift, y por el otro lado el cariño y la dedicación que ha demostrado por la estética y la puesta en escena de sus videoclips, recitales, productos derivados/ franquicias y presentaciones en público en general, ya sea en eventos benéficos, cuasi pasarelas o entregas de premios del rubro que sea, en este caso un gremio muy rico que se mueve en consonancia con -oh, sorpresa- su trayectoria en el séptimo arte, donde sí ha sabido destacarse al saltar desde los cameos irrelevantes en Muppets Most Wanted (2014), de James Bobin, y Machete Kills (2013) y Sin City: A Dame to Kill For (2014), ambas de Robert Rodríguez, hacia trabajos memorables como aquellos de A Star Is Born (2018), de Bradley Cooper, House of Gucci (2021), de Ridley Scott, e incluso Joker: Folie à Deux (2024), el mega desastre de Todd Phillips, amén de su participación en las quinta y sexta temporadas de American Horror Story (2015-2016), la serie de FX creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk. Lady Gaga, seudónimo casi ofensivo responsabilidad del primer productor de la estadounidense, su amante Rob Fusari, porque resulta un despropósito comparar a este envase vacío con aquella Radio Ga Ga (1984), de Queen, efectivamente nos sirve a la perfección para pintar una época, el Siglo XXI, en la que la superficialidad domina el mainstream cultural y mucha gente que demuestra tener talento para determinada cosilla se la pasa haciendo otra que rutiniza su carrera o simplemente la transforma en otro producto sin alma de la cadena de montaje de nuestros días, orientada al facilismo de la basura estandarizada apta para el consumo de masas cada día más lobotomizadas y sin inclinación alguna hacia lo verdaderamente novedoso o trascendente o inconformista.

 

Siempre obsesionada con David Bowie, Prince, Freddie Mercury y Madonna, la frankensteineana Gaga creó su personalidad artística con esos cuatro primeros discos diseñados para transformarla en un icono kitsch y autoindulgente como corresponde a todo pastiche de la posmodernidad, hablamos de The Fame (2008), cruza soporífera e hiper repetitiva de electropop, techno, dance, synth-pop y música disco con una producción pedestre y la profundidad en letras de un charco después de una leve lluvia matutina, The Fame Monster (2009), reedición de la epopeya anterior que pretendió justificar su existencia -con poco entusiasmo de por medio- mediante ocho canciones nuevas que coquetearon con el acervo industrial, el rock gótico, el glam, el eurodisco y la new wave sin realmente apartarse de la fórmula popera insulsa, Born This Way (2011), nuevo ejercicio en el escapismo entre tontuelo, cursi y grasiento que nos ofrece otra dosis de artificialidad aburrida y chispazos de arena rock, house, pop psicodélico, rock electrónico, heavy metal, trance y más y más dance digno de un descerebrado que armó una playlist entre los clichés más redundantes de los años 80 y 90 más la primera década del nuevo milenio, y Artpop (2013), relectura del techno y la música disco de The Fame aunque mejor producida e introduciendo en la pócima -por fin- algo de rhythm and blues, dark wave, hip hop y dubstep para lograr que el pretendido horizonte, las pistas de baile, se sienta un poco más asequible desde la madurez y la sinceridad. Los intentos en pos de ampliar el abanico estilístico abarcaron sobre todo Cheek to Cheek (2014), simpático trabajo a dúo con Tony Bennett que exprime con inteligencia diversos clásicos del jazz y el pop tradicional al extremo de terminar de explicitar que Gaga es una estupenda cantante que anteriormente apenas si había brillado en alguna que otra power ballad ochentosa/ noventosa del montón, y Joanne (2016), primera reinvención solista amena que nos reenvía al soft rock, el folk, el soul, el country, el funk y la americana y que sin cambiarle la vida a nadie por lo menos trata de imponer la idea de que la artista no es una turista en cada género o puede adaptarse a las diferentes idiosincrasias, aquí ayudada por Mark Ronson, Beck, Florence Welch, de Florence and the Machine, y el enorme Josh Homme, de Kyuss y Queens of the Stone Age.

 

A Star Is Born (2018), un soundtrack a dúo con Bradley Cooper, director, guionista, productor y protagonista del opus en cuestión, que se siente muy extenso y se queda en lo correcto invocando el blues, el country, las baladas, el pop hueco e incluso cierto grunge bastante bien trabajado, eventualmente deja paso a un par de proyectos que no entusiasmaron a casi nadie, Chromatica (2020), excusa descartable para que Gaga utilice una andanada de sintetizadores en composiciones superficiales volcadas al new pop, el trance, el acid house modelo Madchester, el drum n’ bass, el new romantic y otra tanda de eurodisco lo más chato y poco inspirado posible, y Love for Sale (2021), aventura con Bennett, por cierto fallecido en 2023 a los 96 años de edad, que derrapa en lo derivativo sin nada nuevo que entregar más allá de lo exhibido en Cheek to Cheek, léase la química entre ambos y la facilidad con la que ella se acopla al repertorio jazzero. Luego de Top Gun: Maverick (2022), banda sonora mayormente orquestal del film homónimo de Joseph Kosinski que fue acreditada a ella, Harold Faltermeyer, Lorne Balfe y Hans Zimmer y que iría directamente al olvido si no fuera por el gesto retro de refritar Danger Zone (1986), canción escrita por Giorgio Moroder y Tom Whitlock e interpretada por Kenny Loggins para el recordado film de Tony Scott, también con Tom Cruise y Val Kilmer como esta secuela, llega el momento de Joker: Folie à Deux (2024), placa con Joaquin Phoenix que resulta un poco mejor que el mamarracho cinematográfico de Phillips pero sin saber a ciencia cierta qué demonios hacer con tantos estereotipos del jazz, el pop de antaño, el indie, la balada, el soul y las composiciones más rimbombantes para Broadway y los musicales hollywoodenses, y Harlequin (2024), trabajo desconcertante que Gaga vendió como un álbum conceptual desde el punto de vista de su personaje en Joker: Folie à Deux, Harley Quinn, por más que en términos prácticos suene a una continuación innecesaria y un poco más rockera de Cheek to Cheek y Love for Sale, ahora en soledad y permitiéndose excentricidades en arreglos que no estaban presentes en el soundtrack con Phoenix, más pomposo o desabrido según los cánones del mainstream del cine yanqui. Mayhem (2025) es el flamante disco de la diva y un opus que arrastra la paradójica condición en primera instancia de ser su placa mejor producida, todo gracias a la intervención de Andrew Watt, colaborador de Lana Del Rey, Ozzy Osbourne, Elton John, Iggy Pop, Post Malone, The Rolling Stones, Charli XCX y Pearl Jam, entre muchos otros, y en segundo lugar recaer en un synth-pop banal que rapiña desvergonzadamente música ajena muchísimo mejor mientras pretende -una vez más- retomar algo del dance de The Fame y de su acepción gótica, The Fame Monster, más pinceladas ocasionales de funk, rock industrial, house, glam, europop, dark wave, baladas, soft rock y la infaltable música disco.

 

El álbum, precisamente, arranca en pleno rock industrial danceado a través de Disease, una copia burda y pasteurizada de Nine Inch Nails y Marilyn Manson que supera el sustrato elemental de su letra, centrada alrededor de la fantasía de la “enfermera hot” que le curará al macho de turno cualquier enfermedad que tenga, gracias a un beat muy inspirado que destila agresividad cortesía de Henry Russell Walter alias Cirkut, productor canadiense que trabaja codo a codo con Watt y acumula casi dos décadas de experiencia en el pop mainstream mundial. Abracadabra, con un sample de Spellbound (1981), sin duda uno de los himnos de Siouxsie and the Banshees, nos lleva a una mixtura de electropop, house y eurodisco según la interpretación de aquella Cher circa Believe (1998), todo en el contexto de más versos bastante estúpidos sobre el enamoramiento narcotizado -y símil hechizo, de allí el poco original título- de dos extraños en la pista de baile. Después de Garden of Eden, otro engendro dance pop redundante que sigue la línea de los tracks previos, nuevamente sobre la cultura cuasi desaparecida de los clubs y destacándose únicamente las programaciones y los arreglos en sintetizadores de Cirkut y Watt, es momento de Perfect Celebrity, rip-off grosero de Never Enough (1990), de The Cure, que desde su acepción electrónica del grunge y el rock alternativo nos presenta el vigésimo comentario sobre la fama de parte de una Lady Gaga siempre narcisista y patéticamente autovictimizada, sabiéndose más una “celebridad” que una artista con peso propio más allá de su vestuario y la pirotecnia de sus shows y videoclips. Vanish into You, canción de entrega romántica idealista, incorpora música disco modelo Moroder y desde ya esa new wave en la misma sintonía de Blondie circa Heart of Glass (1978), con Gaga pretendiendo recuperar a la Debbie Harry de los álbumes Parallel Lines (1978) y Eat to the Beat (1979).

 

Killah, con la inesperada batería de Chad Smith, de Red Hot Chili Peppers, y el aporte en programaciones, teclados y sintetizadores de Mike Lévy alias Gesaffelstein, un DJ y productor francés asentado en el techno y la synthwave, es claramente el mejor tema de Mayhem por más que en la praxis sea otro refrito a lo bestia y sin sutileza alguna de trabajos ajenos, en este caso Fame (1975), de Bowie, Kiss (1986), de Prince, y Closer (1994), de Nine Inch Nails, dando por resultado un combo funk amigable que destila la exuberancia u osadía que casi siempre le falta a la música de Gaga, aquí copiándole todos los arreglos, inflexiones y tics vocales al genio de Minneapolis y ofreciendo una letra acorde basada en una femme fatale y su promesa de asesinato sexual/ sadomasoquista/ pornográfico. Zombieboy, nuevamente con Gesaffelstein, es un tributo al canadiense Rick Genest, un modelo, actor y músico que tenía casi todo su cuerpo tatuado, apareció en el video de la canción Born This Way (2011) y falleció accidentalmente en 2018 con 32 años de edad al caer de un balcón, tragedia que la cantante transforma en otra oda al romance en las pistas de baile siguiendo la estela de la música disco de Donna Summer, ABBA, Kool & the Gang, Chic, Earth, Wind & Fire y los Bee Gees, entre otros. LoveDrug, tema olvidable a mitad de camino entre el soft rock y la power ballad ochentosa un poco más acelerada para remarcar que el cariño es adictivo y pavadas trilladas así, nos lleva hacia How Bad Do U Want Me, una amalgama de Only You (1982), de Yazoo, y prácticamente cualquier balada dark wave con Martin Gore en voz de aquellos Depeche Mode con el crucial Alan Wilder, desde A Question of Lust (1986), pasando por I Want You Now (1987), hasta llegar a Blue Dress (1990), todo por supuesto sistemáticamente banalizado por el simplismo idiota de Gaga y centrado en una pretendida reflexión sobre la distancia entre la imagen pública y esa “persona real” que conocerá el amante de ocasión.

 

La vulnerabilidad de cartón pintado de la placa continúa su rumbo en Don’t Call Tonight, canción que aglutina ingredientes de funk, europop y glam con el objetivo de retratar una relación tóxica y regalarnos un puente rapeado vía Auto-Tune, indudablemente lo mejorcito de la experiencia. Shadow of a Man es un tema aburrido en el que Gaga plagia al Michael Jackson más cercano al new jack swing, aquel embrionario de Bad (1987) y ese otro ya súper consciente de Dangerous (1991), y en el que se queja del sexismo en el mainstream musical, jugada muy trasnochada en consonancia con el post MeToo y el desinterés total de una izquierda mucho más preocupada por el ascenso del neofascismo payasesco, hambreador, oscurantista y represivo de Donald Trump, Javier Milei y otros infradotados y mitómanos de mierda de ese estilo del resto del planeta. The Beast utiliza la metáfora del licántropo/ hombre lobo para anticipar una metamorfosis hacia la animalidad que jamás se materializa en medio de una power ballad homologada al glam metal ochentoso de Mötley Crüe, Bon Jovi, Poison y Guns N’ Roses, de hecho incorporando en el segmento final un solo de guitarra de Watt que se desespera por duplicar las marcas registradas de Saul Hudson alias Slash, el socio de larga data de Axl Rose. A posteriori de Blade of Grass, balada incluso más pomposa y boba en la que Gaga se imagina comprometiéndose con el oligarca capitalista con el que efectivamente está comprometida, Michael Polansky, pope de la especulación financiera en yanquilandia y el extranjero, por fin llega el momento de que el martirio termine de la mano de Die with a Smile, con el esperpento de Bruno Mars en voz y guitarra eléctrica más el bajo y la batería de Dernst “D’Mile” Emile II, productor norteamericano especializado en rhythm and blues y hip hop, en sí la tercera power ballad al hilo aunque en esta oportunidad con ribetes souleros en una coyuntura apocalíptica de amor eterno que desde su solipsismo parece no acusar recibo del fin del mundo.

 

Si dejamos de lado los trabajos con Bennett y la colección de soundtracks y proyectos asociados, como el opus anterior Harlequin, Mayhem supera a bodrios insípidos como The Fame, The Fame Monster y Born This Way y no resulta tan incoherente o errático como los tres álbumes posteriores de estudio, Artpop, Joanne y Chromatica, sin embargo jamás logra legitimar en serio a Gaga como artista musical porque la producción pudo haber mejorado sustancialmente pero las letras y el concepto en general, esa noción de “caos controlado” digna de cualquier pastiche popero del nuevo milenio, resultan genéricos o intercambiables con tantos otros exponentes de la industria cultural de nuestros días. Muy lejos de divas valiosas del R&B alternativo y el avant pop, como SZA o FKA Twigs, es sintomático el hecho de que el ascenso de Lady Gaga en los rankings globales haya corrido en paralelo con el declive de su ídola, Madonna, en el período posterior a sus últimos discos interesantes, precisamente los correspondientes a las postrimerías del Siglo XX y su reinvención electrónica, Ray of Light (1998) y Music (2000), preámbulo para la catarata de basura que sobrevino justo después, léase American Life (2003), Confessions on a Dance Floor (2005), Hard Candy (2008), MDNA (2012), Rebel Heart (2015) y Madame X (2019), por ello este reemplazo simbólico de una “reina del pop” en decadencia y con cirugías plásticas grotescas en su rostro por un equivalente más joven que ya nació mediocre y jamás entregará una obra maestra de la talla de Like a Prayer (1989) pone en cuestión, sin proponérselo, no tanto el modelo de producto, estos envases vacíos a los que nos referíamos al inicio, sino la incapacidad del mainstream contemporáneo a la hora de vender envases realmente relucientes o con alguna pretensión de vanguardia que compense tamaña oquedad, hablamos del discurso imbécil del amor aniñado, la fama, el individualismo, los cuerpos danzantes, el feminismo burgués y alguna que otra wokeada demodé o jugada retro madonniana en pos de escandalizar desde el erotismo o el shock, algo que casi siempre cae en saco roto o no pasa de lo anecdótico como su vestido de carne en los MTV Video Music Awards de 2010, gesto que pretendió asimilar de manera muy precaria -como siempre- a una protesta en contra de la discriminación de los homosexuales en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, detalle que casi nadie recuerda porque la distancia entre la ropa y el supuesto objetivo -una excusa marketinera cualquiera, desde ya- era muy grande. Mayhem, en este sentido, resulta tan trivial, espurio y olvidable como toda la producción discográfica de la norteamericana, símbolo a su vez de la banalidad e ignorancia del público masivo actual y del mainstream reaccionario que lo alimenta.

 

Mayhem, de Lady Gaga (2025)

Tracks:

  1. Disease
  2. Abracadabra
  3. Garden of Eden
  4. Perfect Celebrity
  5. Vanish into You
  6. Killah
  7. Zombieboy
  8. LoveDrug
  9. How Bad Do U Want Me
  10. Don’t Call Tonight
  11. Shadow of a Man
  12. The Beast
  13. Blade of Grass
  14. Die with a Smile