Hay autores que pueden seguir haciendo exactamente lo mismo a lo largo de sus carreras porque introducen pequeñas variaciones de obra en obra, porque su propuesta artística es tan fascinante o laberíntica que se sostiene por sí sola o porque la coyuntura histórica/ industrial específica resulta profundamente pobre en comparación, sin embargo hay otros directores y guionistas que eventualmente despiertan el cansancio del público y la crítica por las mismas exactas razones por las que las lastimosas franquicias del mainstream del Siglo XXI hartan a todos aquellos que no son el “público cautivo” de turno, hablamos de automatismos en el campo estético, conceptual y narrativo que tienen fecha de vencimiento debido a una redundancia retórica que muchas veces se mezcla con la autoindulgencia, el narcisismo, los caprichos, la poca sensatez, las compulsiones de siempre, la necedad más obtusa y por supuesto cierta vacuidad ya que el acto de repetir incesantemente la misma cantinela con el tiempo la transforma en sinónimo de ortodoxia, autoparodia involuntaria y significante vacío, un hermoso y aceitado signo que ya no designa nada o simplemente resulta intercambiable con otros de su misma clase. Wes Anderson en su onceava película, Asteroid City (2023), consiguió lo que no hace mucho se consideraba impensable por su estatuto de autor único en el calamitoso y paupérrimo Hollywood contemporáneo, léase hastiar ya no sólo a quienes lo consideran un farsante por esto mismo, porque siempre hace lo mismo y mutó en una estampita algo patética de los wokes sensibles del nuevo milenio, sino también a sus propios admiradores, los cuales a partir de ahora pasan a dividirse entre aquellos que continúan defendiéndolo a pura ceguera y un resto mayoritario que salió en masa a aseverar que estamos ante el film menos inspirado o atractivo del cineasta texano.
Más allá del hecho de que efectivamente Asteroid City es por lejos la peor realización de Anderson de toda su carrera, una propuesta de lo más insulsa, olvidable y aburrida que de manera permanente pone en evidencia su pasmosa falta de ideas nuevas al exacerbar el artificio estético kitsch por el mismo artificio estético kitsch sin nada que decir en términos discursivos, aquí lo realmente interesante de fondo es que el convite termina de consolidar la partición en tres de la trayectoria del estadounidense, cuya idiosincrasia tan particular no tiene demasiado de particular porque vivió casi toda su vida adulta en Nueva York y desde 2005 pasa la mayoría del año en París, dos capitales del elitismo cultural mundial: luego de una primera etapa de comedia indie norteamericana hasta la médula, aquella de Buscando el Crimen (Bottle Rocket, 1996), Tres son Multitud (Rushmore, 1998) y Los Excéntricos Tenenbaums (The Royal Tenenbaums, 2001), arranca un período de transición donde surge un coqueteo muy marcado con la tradición circense modelo Federico Fellini y Ken Russell aunque encarada desde la frialdad de la puesta en escena de Stanley Kubrick y Luchino Visconti y cierta picardía temática polirubro muy deudora de las excentricidades de Jacques Tati, Max Ophüls y Jean Renoir, nos referimos a la fase de Vida Acuática (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004), Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007), El Fantástico Sr. Zorro (Fantastic Mr. Fox, 2009) y Un Reino bajo la Luna (Moonrise Kingdom, 2012), preludio para la etapa que nos ocupa que lleva a la hipérbole el marco previo, un ciclo que incluye a El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014), Isla de Perros (Isle of Dogs, 2018), La Crónica Francesa (The French Dispatch, 2021) y la presente película, fallida a más no poder gracias a un surrealismo light y tan inofensivo que se vuelve baladí.
Ya en La Crónica Francesa se notaba una dispersión propia del relato coral que en gran medida estaba controlada porque dicho opus formaba parte de una trilogía de apropiación cultural de Anderson, en este sentido recordemos que El Gran Hotel Budapest exploraba Europa del Este, Isla de Perros fue su lectura del acervo japonés y el film de 2021 jugaba largo y tendido con la simbología y la historia galas, amén de aquel “ensayo general” que fue Viaje a Darjeeling en materia de las costumbres y el ideario de la India, sin embargo el turismo cinematográfico quedó en el pasado y Asteroid City nos regresa a Estados Unidos por primera vez desde la lejana Un Reino bajo la Luna y la movida refuerza la artificialidad de las maquetas/ casas de muñecas/ mamushkas/ miniaturas/ dioramas/ mattes del director al punto de sinceramente exasperar al espectador con una “no historia” que no tiene nada de la inteligencia y el encanto freak de El Gran Hotel Budapest y parece una versión deslucida del retrato de época de La Crónica Francesa, ahora con más tableaux vivants cercanas a Serguéi Paradzhánov, Roy Andersson, Peter Greenaway y Aki Kaurismäki y pretendiendo analizar nuevamente determinada profesión, en este caso la artística, desde los entretelones hasta el producto final. El título hace referencia a una metrópoli retrofuturista de la década del 50 emplazada en el medio del desierto que oficia de escenario para la construcción de un especial televisivo del mismo nombre escrito por el dramaturgo Conrad Earp (Edward Norton), en función de ello tenemos todo el backstage en blanco y negro, presentado por un conductor adusto e ignoto (Bryan Cranston), combinado con el relato en sí en colores -entre el absurdo y el Hollywood Clásico- sobre una convención de astronomía juvenil y la fugaz llegada de un extraterrestre (Jeff Goldblum) para llevarse y después devolver un meteorito.
Con un elenco repleto de estrellas como es su costumbre ya que rankea en punta entre los pocos creadores con prestigio a cuestas que todavía quedan en el ambiente cinematográfico norteamericano, el tremendo Wes vuelve a su zona de confort -esa que a decir verdad nunca abandonó desde su ópera prima, Buscando el Crimen– para regalarnos otro pantallazo sobre la crisis existencial del ser humano atolondrado promedio de la posmodernidad en lo que atañe a su ignorancia absoluta o sensación de estar perdido/ sin brújula en distintos rubros o facetas de la vida como la parentela, el amor, el trabajo, las amistades, la mentada relación con el vasto cosmos que nos contiene y el vínculo más mundano que nos une con nuestra mortalidad y aquella de los seres queridos, aparentemente el “objetivo” ideológico porque Asteroid City es más dramática y melancólica difusa que las obras anteriores del cineasta, optando por centrarse en el luto del fotógrafo bélico Augie Steenbeck (Jason Schwartzman) después del fallecimiento de su esposa y madre de tres niñas rubias y un nerd adolescente, Woodrow (Jake Ryan), todo en medio de un semi acercamiento romántico con una actriz famosa de impronta depresiva a lo Marilyn Monroe, Midge Campbell (Scarlett Johansson), quien asiste a la convención con su hija púber, Dinah (Grace Edwards). La idea de burlarse y en simultáneo celebrar la ingenuidad conservadora/ puritana/ patriotera de los años 50 se mezcla con un torpe homenaje a la ciencia ficción paranoica del período, que para colmo se ve interrumpido por esos inserts lelos de backstage que nada importan en tanto comentarios metadiscursivos de los que el corpus artístico de Anderson está lleno símil masoquismo de Woody Allen o Mel Brooks, así el film eventualmente derrapa en una ensalada nostálgica y posmoderna en piloto automático sin pies ni cabeza y amiga de una verborragia insípida…
Asteroid City (Estados Unidos, 2023)
Dirección y Guión: Wes Anderson. Elenco: Jason Schwartzman, Jake Ryan, Scarlett Johansson, Grace Edwards, Bryan Cranston, Edward Norton, Jeff Goldblum, Jeffrey Wright, Adrien Brody, Tom Hanks. Producción: Wes Anderson, Jeremy Dawson y Steven Rales. Duración: 106 minutos.