Charles Edward Anderson Berry alias Chuck Berry (1926-2017) fue una pieza fundamental en la metamorfosis del blues, el jazz, el country, el góspel, el folk y el rhythm and blues en general en el rock and roll que todos conocemos, algo sustentado en sus míticos solos de guitarra distorsionada, sus piruetas y pasitos de baile arriba del escenario -esa “duckwalk”/ caminata de pato es marca registrada- y una generosa retahíla de clásicos tan crudos como adictivos que oficiaban de retratos de personajes, casi siempre con una narración detrás, y que sintonizaron a la perfección con el frenesí, la valentía, el humor y la angustia contenida de los jóvenes blancos y negros de mediados del Siglo XX, lo que a la postre originó una actitud confrontativa y apasionante que le cambió la vida a millones de fans alrededor del globo que de primera, segunda o tercera mano bebieron del evangelio de las seis cuerdas de Berry. Efectivamente el señor, tantas veces bautizado El Padre del Rock and Roll, anticipó el desarrollo futuro del género y ayudó a diagramar su estructura junto con Fats Domino, Sister Rosetta Tharpe, Guitar Slim, Hank Williams, Howlin’ Wolf, B.B. King, Ike Turner, Johnny Otis, Bill Haley, Little Richard, Jerry Lee Lewis, Gene Vincent, Bo Diddley, Elvis Presley, Johnny Cash, Pat Boone, Buddy Holly, aquel Roy Orbison, Ritchie Valens, Eddie Cochran y Phil Spector. Nacido en la burguesía de St. Louis, ciudad del Estado de Missouri correspondiente al Medio Oeste de Estados Unidos, Berry jamás renegó de la influencia de gente como T-Bone Walker, Muddy Waters, Carl Perkins, Johnnie Johnson, Louis Jordan y Carl Hogan, otros pioneros cruciales, y atravesó una adolescencia caracterizada por robos a mano armada -negocios y coches- y un buen tiempo en reformatorios, concretamente entre 1944 y 1947. El bienestar económico llegó de la mano de una catarata de hits durante la segunda mitad de los 50 y mediados de los 60 que lo transformarían en uno de los próceres del single rockero primigenio y de la furia de los shows en directo por sobre el trabajo de estudio, dejándolo tanto con una pequeña fortuna que volcó hacia inversiones inmobiliarias y un club nocturno racialmente integrado, llamado Berry’s Club Bandstand, como con la infaltable estafa de la época mediante canciones cuyos créditos incluían a terceros que nada tuvieron que ver en la composición en línea con el disc jockey Alan Freed, luego sepultado por el “escándalo payola”, la táctica de las compañías discográficas de sobornar a los DJs para que pasen canciones específicas en sus programas de radio a través de las mismísimas regalías de los artistas, de allí que los incorporasen en los créditos legales sin avisar a nadie.
Entre nuevos problemas con la justicia y más meses de cárcel vinculados a alguna señorita menor de edad y los jueces racistas de las décadas del 50 y 60, Chuck despertó el fanatismo y aquella andanada de covers de The Beatles y The Rolling Stones, en tanto cabezas de la Invasión Británica de los 60 sobre yanquilandia, y apareció en películas como Rock Rock Rock (1956), de Will Price, This Could Be the Night (1957), de Robert Wise, y Go, Johnny, Go! (1959), de Paul Landres, antepasados de Class Reunion (1982), de Michael Miller, y American Hot Wax (1978), film de Floyd Mutrux acerca del citado Freed. A partir de los 70 su fama escénica sufrió bastante debido a la costumbre de exigir pagos por adelantado y en efectivo a los promotores y hacer giras sólo con su guitarra y sin un grupo estable, de hecho contratando a bandas en cada ciudad de turno sin ensayo ni lista alguna de temas durante los momentos previos al concierto cual improvisación que derivó -como era de esperar- en experiencias impresentables, en consonancia con ello a fines de la década se reprodujo la paradoja de siempre en el caso de Berry, por un lado tocando para el presidente Jimmy Carter en la Casa Blanca y por el otro lado sufriendo una nueva condena de prisión, ahora por evadir impuestos. El autohomenaje llegó con motivo del cumpleaños número 60 y se llamó Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll (1987), semblanza y concert movie de Taylor Hackford que registró dos recitales memorables de octubre del año previo organizados por su admirador número uno, Keith Richards, y con la participación de Johnson, Linda Ronstadt, Julian Lennon, Eric Clapton, Etta James, Robert Cray y por supuesto Richards y socios eternos en su carrera solista y/ o en The Rolling Stones como Steve Jordan, Chuck Leavell y Bobby Keys. A posteriori de una refriega judicial en el año 2000 con Johnson, su pianista y amigo de siempre, en la que este último afirmó haber coescrito gran parte de los hits de Berry, lo que quedó en la nada por el tiempo transcurrido, se acumularon nuevos tours, un desmayo por fatiga durante un show en Chicago en 2011 y flamantes inconvenientes con la ley por cosillas tan diversas como posesión de marihuana, una paliza contra una mujer y aquel detalle -hoy desopilante, sinceramente- de colocar una cámara en el baño femenino de su restaurant, Southern Air, ubicado en Wentzville, Missouri, incluida una colección de videos íntimos de señoritas que descubrió la policía. Durante el final de su vida solía tocar una vez al mes en un club de St. Louis, Blueberry Hill, hasta que su salud se lo impidió, muriendo a los 90 años de edad a raíz de un paro cardíaco en la ciudad en la que nació y siempre vivió.
El título del film de Hackford, para muchos melómanos una de las mejores y más valiosas películas musicales de la historia del cine, remite tanto a la letra de School Days (1957), un himno del rock adolescente, como a esa presentación de Berry cortesía de John Lennon durante una legendaria semana de febrero de 1972 en la que el genio británico y Yoko Ono encabezaron The Mike Douglas Show (1961-1981), programa vespertino de televisión en el que introdujeron la gloriosa contracultura del momento en unos mass media casi siempre estúpidos o abiertamente fascistas, como decíamos antes incluido un mini recital de Chuck que junto al resto de la semana se transformó en el núcleo de Daytime Revolution (2024), buen documental de Erik Nelson que restauró el material que Hackford usa en crudo por la inexistencia en la época de herramientas para limpiar la imagen. Entre entrevistas a Chuck un tanto mucho escenificadas en sitios de gran interés como el Cosmopolitan, club donde compuso Maybellene (1955), Berry Park, su rancho en las afueras de Wentzville, y el Fox Theatre de St. Louis, sede precisamente de estos conciertos de autocelebración y de una anécdota que pinta la segregación del Siglo XX porque su padre y él cuando niño fueron echados del lugar -una sala cinematográfica, asimismo- cuando quisieron comprar entradas para ver A Tale of Two Cities (1935), de Jack Conway, amén de secuencias con la colección de coches de Chuck, en el garaje de Berry Park, y con su progenitor Henry William Berry, en la casa de este último, por la pantalla desfilan todas esas canciones sobre la escuela, los automóviles y el amor, sus tres principales obsesiones según sus propias palabras, y por cierto todos los clásicos dicen presente, desde las citadas School Days y Maybellene hasta Come On (1961), Carol (1958), Roll Over Beethoven (1956), Almost Grown (1959), Back in the U.S.A. (1959), Sweet Little Sixteen (1958), Nadine (1964), Johnny B. Goode (1958), Memphis, Tennessee (1959), Little Queenie (1959), Brown Eyed Handsome Man (1956), Too Much Monkey Business (1956), No Particular Place to Go (1964) y esa Rock and Roll Music (1957), un popurrí que se escucha en el metraje combinado de ambas fechas y en los ensayos previos en Berry Park con Richards y la banda. Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll se hace un festín con su hilarante impronta codiciosa, una y otra vez obnubilado por el dinero, bajo la idea de determinar cuánto hay en ello de verdad y cuánto de pose símil showman hedonista, contradicción que queda en un enigma por la “inaccesibilidad” del personaje retratado y lo que ventila en el escenario, a la vez un enorme talento y una propensión a controlarlo todo.
La película deja bien en claro que para Richards el proyecto fue un acto de justicia y una necesidad personal en pos de rendirle pleitesía al ídolo, colega efectivamente insoportable a la hora del trabajo musical mundano, en una época en la que los Stones estaban en crisis por las disputas con Mick Jagger, objetivo de fondo que se explica por los shows mediocres de Chuck durante los años 70 y 80 en los que nunca tocó afinado y siempre le achacaba los errores al grupo en cuestión, como afirma el querido Keith. En el film se exploran temáticas de la más variada envergadura como por ejemplo el episodio con el amigo de los sobornos Freed, la costumbre de girar sin banda fija, la relación con Richards y su devoción hacia el guitarrista negro (peleas verbales y físicas de por medio), el sustrato caprichoso y despótico de Berry, el consabido racismo en la industria de la cultura, el rol crucial de Johnson en la composición y ejecución de las canciones, la simpleza de una música orientada a que todos puedan apreciarla y tocarla/ difundirla, esa personalidad caótica de Chuck que tendía al autosabotaje, su condición de artífice en el rock de la figura del guitarrista que compone y canta su material, la importancia del público blanco para salir del ghetto afroamericano, su respeto hacia Lennon (lo conoció en ocasión de The Mike Douglas Show, precisamente), la picardía del casado aunque infiel crónico y finalmente la negativa a la posibilidad de hablar acerca de su prontuario, algo tan vedado como su vida privada por fuera del escenario cual misterio de vieja escuela, además de aquella intención o afán de ser recordado de manera póstuma desde una verdad ecuánime, con todos los pros y los contras del caso. Hackford, esposo de Helen Mirren desde 1997, a la que conoció rodando la olvidable White Nights (1985), y célebre por la tendencia a inflar la duración de sus obras, siempre predispuesto a coquetear con las dos horas y media, en Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll demuestra una astucia que casi no es posible hallar en sus diferentes trabajos ficcionales, sobre todo las erráticas An Officer and a Gentleman (1982), Against All Odds (1984), Blood In, Blood Out (1993), Dolores Claiborne (1995), The Devil’s Advocate (1997), Proof of Life (2000), Ray (2004) y Parker (2013), entre otras, sin olvidarnos de un corpus documental tercerizado que incluye Bukowski (1973), mediometraje producido por el señor y dirigido por Richard Davies sobre el escritor Charles Bukowski, y When We Were Kings (1996), una joya en esta oportunidad con Leon Gast como realizador mientras ambos analizan The Rumble in the Jungle, match boxístico de los pesos pesados de 1974 en Zaire entre Muhammad Ali y George Foreman.
Vale recordar que el director estaba especializado en la temática musical y prueba de ello lo constituyen The Idolmaker (1980), su debut acerca del manager y productor Bob Marcucci, responsable del descubrimiento de los ídolos juveniles Frankie Avalon y Fabian Forte, y La Bamba (1987), propuesta muy exitosa producida por Hackford y dirigida por Luis Valdez en torno al ídolo rockero chicano Valens, quien muriese en un accidente aéreo de 1959 en Iowa junto a Buddy Holly y Jiles Perry Richardson Jr. alias The Big Bopper, amén de la nombrada Ray, sobre Ray Charles, y de videoclips ocasionales para Phil Collins y Lionel Richie que acompañaron el estreno y la campaña publicitaria alrededor de Against All Odds y White Nights, respectivamente. La inteligencia del cineasta, cuya voz puede escucharse en varias ocasiones interactuando con los entrevistados, se constata en las conversaciones rimbombantes entre Berry, Diddley y Little Richard, este último todo el tiempo queriendo opacar en efervescencia a los otros dos y cayendo en su ridículo marca registrada, y en las entrevistas símil documental expositivo clásico a Jerry Lee Lewis, Bruce Springsteen, Roy Orbison, Willie Dixon, Clapton, Johnson, el mismo Richards y The Everly Brothers, léase Phil y Don Everly, a los que se suma la breve aparición de sus hermanos (Thelma Smith, Paul Berry, Lucy Williamson y Henry William Berry Jr.), el padre, el manager/ agente Dick Alen, una secretaria o amante tácita, Francine Gillium, e incluso una esposa con unos 38 años de convivencia a cuestas, Themetta Suggs Berry, cuyo reportaje es interrumpido por Chuck ante la contingencia de alguna pregunta sobre la salida de prisión de 1963 luego de pasar año y medio tras las rejas por el trance con la menor de edad, Janice Escalante de 14 años, supuesto fichaje como “chica del guardarropa” para Berry’s Club Bandstand. Otro detalle que enfatiza el buen ojo creativo de Hackford, a la hora de pintar de pies a cabeza la complejidad de un artista ya veterano aunque todavía con mucho kilometraje por delante, lo encontramos en la recordada secuencia de créditos finales del documental, cuando después de una improvisación entre Chuck y su pianista histórico vemos una pileta con forma de guitarra en Berry Park que oficia de metáfora del paso del tiempo y sus frustraciones, no sólo por estar descuidada y medio vacía ya en las postrimerías de la década del 80 sino por el hecho de nunca haberla aprovechado -eje de hipotéticas reuniones con colegas, familia y amigos- porque se la pasaba girando/ trabajando durante gran parte del año, de allí que la privacidad sepulcral dominase su devenir en la protección de un hogar sin duda solitario…
Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll (Estados Unidos, 1987)
Dirección y Guión: Taylor Hackford. Elenco: Chuck Berry, Keith Richards, Eric Clapton, Julian Lennon, Linda Ronstadt, Etta James, Little Richard, Bo Diddley, Bruce Springsteen, Roy Orbison. Producción: Chuck Berry y Stephanie Bennett. Duración: 120 minutos.
