La poco prolífica carrera del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu abarca tres décadas y se divide en dos períodos muy concretos, primero aquella Trilogía de la Muerte de relatos corales con guiones de Guillermo Arriaga, Amores Perros (2000), 21 Gramos (21 Grams, 2003) y Babel (2006), todos trabajos correctos que no han resistido muy bien que digamos el paso del tiempo por su tono solemne impostado y cierta levedad conceptual/ narrativa, y segundo su ciclo de colaboraciones con el estadounidense Alexander Dinelaris y con los primos argentinos Armando Bo y Nicolás Giacobone, ese que a veces deriva en propuestas interesantes, en sintonía con Biutiful (2010), Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia) (Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance), 2014) y El Renacido (The Revenant, 2015), y en otras oportunidades en realizaciones por momentos francamente insoportables como Bardo, Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades (2022) y la odisea que nos ocupa, Digger (2026), film fallido aunque con buenas intenciones que pretende parodiar el capitalismo extractivista trasnochado de hoy en día, un gremio extremadamente corrupto, salvaje y contaminante que continúa tratando de autojustificarse a pesar de que aquella patraña psicopática del “progreso” del Siglo XX ya no sirve de defensa en esto de rapiñar recursos no renovables a diestra y siniestra. Digger Rockwell (Tom Cruise) es un magnate petrolero estadounidense que ignoró múltiples reportes de sus subordinados sobre la presencia de metano en un yacimiento de Groenlandia y así indirectamente provocó una explosión que destruyó la plataforma de turno y generó el inmediato desprendimiento de un gigantesco iceberg que se dirige hacia Europa, lo que implica una colisión con Noruega, maremotos en el Mar del Norte y una serie de inundaciones que taparán ciudades enteras.
En realidad estamos presenciando los ensayos de una obra de teatro, Tontos Fósiles (Fossil Fools), dirigida por Hannah (Sophie Wilde), producida por Kenny (Jesse Plemons) y desde ya protagonizada por Curtis Markson (Cruise) como Rockwell, un actor con inseguridades que se acrecientan a medida que se pone más y más nervioso porque su hija podría estar muerta ya que el avión en el que viajaba se cruzó con un huracán, algo de lo que le informa su esposa Agatha (Annabel Mullion). En consonancia con este futuro distópico, donde los eventos satirizados ocurrieron y Digger efectivamente existió, la ficción nos presenta al susodicho, un veterano panzón que adora a su gata blanca agónica Maggie y que controla el emporio familiar junto con su hermanastra de menor edad y pocas pulgas, Emma Rockwell (Sandra Hüller), tratando de contener el debate virtual sobre el desastre en connivencia con el presidente de Estados Unidos con cáncer de colon que autorizó todas las perforaciones en Groenlandia y Alaska, Compson (John Goodman), sin embargo la calamidad sigue su curso y el multimillonario intenta defenderse esgrimiendo la dependencia mundial del petróleo en el Parlamento Europeo justo a posteriori de la denuncia de su jefe de seguridad ambiental, el Doctor Nirav Ganesh (Riz Ahmed), quien a su vez desaconseja en vano el uso de armas de destrucción masiva contra el iceberg, bautizado Judy, porque sólo lo fragmentarían sin suprimirlo, así por recomendación del jefe militar fascistoide del Estado Mayor, Fitzgerald (Robert John Burke), cae una colección de bombas sobre el hielo que desencadenan una serie de “icebergs bebés” mientras otra estructura monumental de agua congelada, ahora llamada Kimberly, se desprende de un glaciar ruso y se dirige hacia Alaska porque nuestro planeta está conectado en materia de las desgracias capitalistas de toda clase o envergadura.
La primera parte de la realización ofrece un grotesco atractivo, sobre todo las actuaciones muy histriónicas de Cruise, Goodman y Ahmed y el delirio detrás de esa Maggie que es un animatronic abiertamente precario, y cuenta con chistes potables como por ejemplo los de Al Gore, el rezo del fundamentalismo evangélico y la inexistencia de mujeres en la sala de deliberaciones, a lo que se suman un ampuloso diseño de producción de Dennis Gassner y Richard L. Johnson, la excelente fotografía de Emmanuel Lubezki y un simpático latiguillo musical de Cosmo Sheldrake, no obstante la dimensión paralela del actor al borde de un ataque de nervios momentos antes de la premiere, planteo extraído de Noche de Estreno (Opening Night, 1977), la joya visceral de John Cassavetes, como Iñárritu reconoce con un afiche al paso, nunca funciona del todo debido a la poca profundidad del backstage de Tontos Fósiles, los clichés teatrales que despliega y especialmente porque corta la tensión acumulada en la ficción en lo referido a la catástrofe en puerta, el arribo del iceberg. Cruise está bien y se podría decir que supera a los productos entre intrascendentes y desastrosos que ha entregado desde La Momia (The Mummy, 2017), de Alex Kurtzman, hablamos de Barry Seal: Sólo en América (American Made, 2017), de Doug Liman, Misión Imposible: Repercusión (Mission Impossible: Fallout, 2018), de Christopher McQuarrie, Top Gun: Maverick (2022), opus de Joseph Kosinski, y el díptico compuesto por Misión Imposible: Sentencia Mortal- Parte Uno (Mission Impossible: Dead Reckoning- Part One, 2023) y Misión Imposible: La Sentencia Final (Mission Impossible: The Final Reckoning, 2025), ambas asimismo de McQuarrie, pero resulta indudable que Rockwell parece una versión a media máquina o bastante cutre de su Les Grossman de Una Guerra de Película (Tropic Thunder, 2008), el odioso productor/ ejecutivo del estudio de la recordada sátira del cine de acción y el intervencionismo imperialista yanqui de Ben Stiller. El muy errático guión de Iñárritu, Dinelaris, Giacobone y Sabina Berman, esta última una mexicana conocida por La Tía Alejandra (1980), incursión injustamente olvidada en el horror de Arturo Ripstein, nos presenta un apocalipsis sustentado en la codicia, la idiotez, la corrupción, la ignorancia, la megalomanía, la impunidad, la mentira, el absurdo y el mentado extractivismo capitalista más maloliente al que hacíamos referencia, ese cuya fecha de vencimiento les pisa más y más los talones a los oligarcas del rubro a medida que las reservas con las que especulan a diario se van agotando, enfatizando que la dirigencia derechosa del nuevo milenio no busca soluciones a los problemas que genera sino que pretende construir relatos o “narrativas”, en sintonía con la posverdad distorsionadora de la praxis, para autoexculparse, señalar a otros como responsables o situarse ellos mismos como víctimas o héroes de modo intermitente.
Digger le pega también a la complicidad conformista y apática del Siglo XXI, apuntamos a la actitud de mudo acatamiento en un despropósito que desde las cúpulas se filtra hacia el resto de la sociedad, ya sea consumiendo basura o votando a neonazis o rindiéndole culto a la energía robada al planeta, sin olvidarnos de la celebración del oscurantismo modelo la doble retirada de Donald Trump del Acuerdo de París de 2015 para combatir este cambio climático que sufrimos gracias a la contaminación y el consiguiente calentamiento global. Como toda diatriba política posmoderna, el film abusa del discurso explícito vía diálogos en detrimento de aquellas moralejas de vieja cepa que podrían deducirse de la progresión dramática en sí, degradación que aquí resulta muy evidente por la ausencia de sutilezas del director y compañía y que por cierto ya estaba presente en la línea de tiempo que conecta a las dos influencias más marcadas del proyecto, las infinitamente superiores Dr. Insólito o Como Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), obra maestra de Stanley Kubrick, y No Miren Arriba (Don’t Look Up, 2021), de Adam McKay. Iñárritu sigue atrapado en la autoindulgencia lela de Bardo, Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades en términos de una burbuja artística que suele confundir con la acepción valiosa de su hermetismo, la de Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia), sin darse cuenta de que la potencia retórica ya desapareció y que la vigencia de la fábula en cuestión -hecatombes por venir y Trump obsesionado con Groenlandia- nunca termina de compensar su sustrato teatral, una duración excesiva, personajes en esencia despreciables y toda una catarata de redundancias en relación a lo ya visto en las faenas citadas y otras parodias eclécticas recientes, desde la sublime Mickey 17 (2025), de Bong Joon-ho, pasando por las apenas correctas Bugonia (2025), de Yorgos Lanthimos, y Jugada Maestra (How to Make a Killing, 2026), de John Patton Ford, hasta llegar a la muy floja Frutas Prohibidas (Forbidden Fruits, 2026), de Meredith Alloway. La segunda vuelta de tuerca, centrada en Kenny abriéndose paso como sobrino del Rockwell de carne y hueso o más bien como un heredero de corazón tierno de la mafia petrolera/ gubernamental, funciona un poco mejor que el ardid original, ese de la introducción de Tontos Fósiles cuando llegamos a la primera media hora del metraje, e incluso impide que el hastío del espectador se profundice apuntalando la idea de fondo de una ficción inspirándose en la realidad inspirándose en la ficción, aunque tampoco hace magia para terminar de rescatar a una propuesta que se queda en un nivel cualitativo algo mucho anodino y no tiene nada nuevo para decir, pensemos para el caso en el epílogo símil Federico Fellini o Terry Gilliam aplaudiendo la catarsis que trae la imaginación caótica…
Digger (Estados Unidos/ México/ Reino Unido, 2026)
Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Alejandro González Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman. Elenco: Tom Cruise, John Goodman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Robert John Burke, Sophie Wilde, Annabel Mullion, Michael Stuhlbarg, Emma D’Arcy. Producción: Alejandro González Iñárritu, Tom Cruise, Michael Sharp y Mary Parent. Duración: 129 minutos.