La industria cultural actual nunca se cansa de refritar los mismos productos y la misma cadena de montaje y Walt Disney Pictures ha hecho un verdadero culto de ello a niveles demenciales, pensemos en la vagancia que se esconde detrás de producir infinitas remakes en un supuesto live action de sus películas animadas de diferentes épocas, una movida que empezó con El Libro de la Selva (The Jungle Book, 1994), de Stephen Sommers, y 101 Dálmatas (101 Dalmatians, 1996), de Stephen Herek, y se extendió hasta acaparar buena parte de los esfuerzos del estudio vía 102 Dálmatas (102 Dalmatians, 2000), de Kevin Lima, Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland, 2010), de Tim Burton, El Aprendiz de Brujo (The Sorcerer’s Apprentice, 2010), film de Jon Turteltaub, Maléfica (Maleficent, 2014), de Robert Stromberg, La Cenicienta (Cinderella, 2015), de Kenneth Branagh, El Libro de la Selva (The Jungle Book, 2016), de Jon Favreau, Alicia a Través del Espejo (Alice Through the Looking Glass, 2016), de James Bobin, La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, 2017), faena de Bill Condon, y Christopher Robin (2018), de Marc Forster, odiseas casi siempre atrapadas en un promedio cualitativo paupérrimo que subraya el atolladero de toda la posmodernidad, una y otra vez debatiéndose entre el pastiche por un lado, la conjunción azarosa de ítems previos, y el reciclaje por el otro, en esencia la estafa.
Ahora bien, en el preciso momento en el que la lógica de Hollywood de las franquicias, reinterpretaciones, secuelas y productos derivados comenzaba a mostrar serios signos de cansancio o crisis abierta, cortesía de una taquilla que parece escaparle poco a poco a la redundancia, Disney pisó el acelerador en materia de sus relecturas de opus animados y así entregó una catarata de productos necios -desde lo anodino hasta lo insufrible o la basura- de la talla de Dumbo (2019), de Burton, Aladino (Aladdin, 2019), de Guy Ritchie, El Rey León (The Lion King, 2019), de Favreau, Maléfica: Dueña del Mal (Maleficent: Mistress of Evil, 2019), de Joachim Rønning, La Dama y el Vagabundo (Lady and the Tramp, 2019), de Charlie Bean, Mulan (2020), de Niki Caro, Cruella (2021), de Craig Gillespie, Pinocho (Pinocchio, 2022), de Robert Zemeckis, Peter Pan & Wendy (2023), de David Lowery, La Sirenita (The Little Mermaid, 2023), de Rob Marshall, Mufasa: El Rey León (Mufasa: The Lion King, 2024), de Barry Jenkins, Blanca Nieves (Snow White, 2025), de Marc Webb, y Lilo & Stitch (2025), de Dean Fleischer Camp. Si lo leemos en términos de otros trabajos recientes, Moana (2026), último agregado a la lista dirigido por Thomas Kail, ni siquiera llega al sustrato insípido de Mufasa: El Rey León o Lilo & Stitch y sin duda se ubica en aquel nivel del tedio y la bancarrota discursiva de Blanca Nieves, aunque por otros motivos.
Si Blanca Nieves se la pasaba traicionando o pervirtiendo la esencia del film original de 1937 en función de lo que los ejecutivos, publicitarios y autómatas de marketing de Disney entendían por una corrección política demodé, amén de un nulo desarrollo de personajes y una torpeza monumental para el simple acto de narrar lo que sea, esta Moana no se queda atrás en cuanto a dolor infligido al público porque desde el vamos funciona como una experiencia profundamente vacía debido a la insólita decisión de la productora y el equipo creativo, incluyendo el guionista del film de 2016 de John Musker y Ron Clements, Jared Bush, de copiar escena por escena y diálogo por diálogo aquella propuesta original de una década atrás, movida que le ha ganado una retahíla de comparaciones -para colmo poco favorables- con Psicosis (Psycho, 1998), un experimento muy fallido de Gus Van Sant en el campo del mimetismo bajo la noción de reproducir de manera detallada la obra maestra de 1960 de Alfred Hitchcock. Más allá de toparnos con la misma exacta historia del periplo de la princesa Moana (Catherine Laga’aia) en pos de restaurar ese corazón de la diosa de la naturaleza, Te Fiti, que fue robado por un semidiós narcisista, Maui (Dwayne Johnson), la película es un bodrio de enormes proporciones y un canto a la redundancia artística sin nada que justifique la existencia de este engendro de la codicia capitalista más estúpida.
El estadounidense Kail, conocido por haber filmado un musical soporífero de Broadway, Hamilton (2020), y por haber creado una interesante miniserie biográfica sobre la relación entre el legendario Bob Fosse y su esposa Gwen Verdon, Fosse/ Verdon (2019), aquí cae en todos y cada uno de los peores vicios del mainstream hollywoodense y la misma Disney, pensemos por ejemplo en la apropiación cultural barata de los habitantes de la Polinesia, ese risible live action que acumula toneladas de CGI fotorrealista, una duración por demás inflada para que el viaje se considere una “épica” para la gran pantalla, chistecitos tontos/ rutinarios que empantanan el relato al igual que las canciones palurdas de siempre, una estructura quemada hasta la médula cercana al camino del héroe y finalmente ese desnivel actoral que duele en los huesos porque el grueso del asunto pasa por el reglamentario comic relief, léase el gallo mascota de Moana, Heihei, y los dos personajes señalados en la piel de Laga’aia, una debutante que por lo menos no pasa vergüenza, y Johnson, antes la voz de Maui y hoy con una peluca ridícula, poniendo la misma cara para todas las secuencias y demostrando que está demasiado viejo, prostituido y amargado para componer al semidiós, sobre todo después del fracaso de La Máquina (The Smashing Machine, 2025), de Benny Safdie, otra prueba de que la reinvención profesional/ creativa suele derivar en fiascos…
Moana (Estados Unidos/ Nueva Zelanda/ Canadá/ Hungría, 2026)
Dirección: Thomas Kail. Guión: Jared Bush y Dana Ledoux Miller. Elenco: Catherine Laga’aia, Dwayne Johnson, Rena Owen, John Tui, Frankie Adams, Jemaine Clement, Arya Kasarla, Emma Puahi-Shapazian, Leonard Mathews, Amaya Masoli. Producción: Dwayne Johnson, Dany García, Beau Flynn, Lin-Manuel Miranda y Hiram García. Duración: 115 minutos.