Naves Misteriosas (Silent Running)

El fluir apacible de la vida

Por Emiliano Fernández

El Hollywood de las últimas décadas ha convertido a la vertiente mainstream de la ciencia ficción en una colección de escenas de acción y planteos pueriles que poco y nada tienen que ver con el verdadero corazón conceptual del enclave, léase el explorar las posibilidades y restricciones del conocimiento a través de parábolas morales y existenciales que permitan poner en cuestión los desajustes, adaptaciones y quiebres que no sólo padecen los seres humanos con respecto a su entorno sino también el conjunto de todas las formas de vida que nos rodean y que nos sobrepasan por mucho. El enorme Douglas Trumbull dejó su marca en esta versión histórica del rubro que nos ocupa sintetizando dichas preocupaciones en el apartado visual y en el diseño general al encargarse de los efectos especiales de films clave como 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), La Amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971), Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977), Viaje a las Estrellas: La Película (Star Trek: The Motion Picture, 1979), Blade Runner (1982) y El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011). Sin duda mucho menos conocidas son sus dos propuestas como director: si bien Proyecto Brainstorm (Brainstorm, 1983) fue un trabajo interesante que lidiaba a pura vanguardia con la realidad virtual y que de alguna forma quedó un poco trunco por la batalla del señor con la Metro-Goldwyn-Mayer en pos de finalizar la película a pesar de la enigmática muerte de su protagonista Natalie Wood (la MGM pretendía bajar la cortina de inmediato y cobrar el seguro de turno), lo cierto es que Naves Misteriosas (Silent Running, 1972) es su mejor film como realizador, una obra maestra de la ciencia ficción y el ecologismo más contundente.

 

La trama se centra en Freeman Lowell (Bruce Dern), un botánico a cargo de la preservación y el cuidado de la flora y fauna que habitan en unos gigantescos domos geodésicos adjuntos a unas naves espaciales que en el futuro sobrevuelan muy cerca de la órbita de Saturno: el protagonista forma parte de una tripulación de cuatro hombres en total a bordo del carguero Valley Forge, apenas una unidad de una flota muy vasta de American Airlines de naves semejantes que funcionan como “santuarios” de la poca vida silvestre que se pudo rescatar de una Tierra estéril en la que sólo residen los hombres porque todo otro organismo ha desaparecido preso de una extinción cortesía de los humanos. Lowell, responsable máximo desde hace ocho años del mega proyecto de conservación, está convencido de que llegarán órdenes para regresar a la Tierra con el fin de reforestar el planeta y si bien la relación con sus compañeros no es muy buena porque John Keenan (Cliff Potts), Marty Barker (Ron Rifkin) y Andy Wolf (Jesse Vint) no pasan de la mentalidad de los lúmpenes más simplones y huecos, en el fondo los estima y disfruta jugar póker con ellos. Cuando arriban las esperadas directivas colosal es el descontento de Freeman ya que las susodichas apuntan a desacoplar las cúpulas y destruirlas con bombas nucleares, algo que encima celebran sus compañeros ya que la noticia significa la vuelta al hogar. Así las cosas, en plena angustia y luego de ver cómo las demás naves de la flota comienzan a destruir sus domos, Lowell se planta en la entrada de una de las cúpulas del Valley Forge y mata a Keenan en una pelea cuando éste pretendía instalar las cargas explosivas en cuestión, para luego detonar una neutrónica situada en otro de los domos y de esta forma asesinar también a Barker y Wolf.

 

Decidido de lleno a secuestrar el carguero para proteger la inconmensurable riqueza de la última reserva con seres vivos (la cual, además de los árboles y pequeñas plantas, incluye caracoles, ranas, tortugas, iguanas, conejos, ardillas y hasta un halcón), Freeman simula una explosión para engañar a los lambiscones de turno de la compañía y de inmediato fija rumbo hacia los Anillos de Saturno, un viaje peligroso del cual la nave sale relativamente ilesa. Pronto el protagonista, primero por la urgencia de salvar su pierna -malherida de gravedad durante el enfrentamiento con Keenan- y después asediado tanto por la esperable soledad como por el sentimiento de culpa, reprograma a los tres pequeños robots del Valley Forge con el objetivo de que -además de las tareas habituales de mantenimiento- le realicen una cirugía que resulta exitosa, se dediquen a cuidar el vivero espacial y le hagan compañía jugando al póker en una especie de “reemplazo tecnológico” de sus otrora compañeros de odisea. El tiempo transcurre y dos grandes problemas se presentan bajo la forma de la muerte escalonada del hermoso ecosistema verde y la repentina aparición de una nave de rescate. La película funciona por un lado como un análisis muy astuto y certero en torno a la burocracia insensible capitalista, esa que destruye cualquier ítem que no entra dentro de sus reduccionismos tecnocráticos de siempre, y las “diferencias” en el ámbito del trabajo, haciendo eje en esos esclavitos útiles que no piensan por cuenta propia y confunden sus intereses con los de la empresa chupasangre en la que se desempeñan, y por otro lado como una celebración de toda la vida a nivel macro, no sólo la animal sino en especial la de esa flora que pocos valoran en su justa medida y que constituye el sustento de nuestro planeta.

 

La conjunción entre los increíbles diseños de Trumbull y su mano maestra en la dirección y el esplendoroso guión de Deric Washburn, Steven Bochco y un joven Michael Cimino desemboca en una experiencia francamente fascinante que atesora una ternura pocas veces vista en una producción estadounidense: las miniaturas externas del Valley Forge y sus naves gemelas, cada una cargando tres domos geodésicos, constituyen una de las cúspides de las creaciones espaciales del cine fantástico (el realizador las recorre/ filma con un profundo embelesamiento que subraya el cúmulo de detalles y ese maravilloso sustrato material, en oposición a la apariencia símil plástico del CGI contemporáneo), el personaje central resulta de lo más complejo y construye un vínculo entrañable con los androides (a la gran actuación del extraordinario Dern, los dilemas éticos/ psicológicos y el hilarante hecho de que Lowell bautiza a los robots Huey, Dewey y Louie en función de los sobrinos del Pato Donald, se suma un diseño estupendo de las carcasas -manipuladas por actores sin piernas- que fue copiado hasta el hartazgo en años venideros) y el armado interior del carguero también quiebra patrones estéticos y se abre camino a pura personalidad propia (a diferencia de la rusticidad de los diseños previos a la década del 70 y ese posmodernismo virtual que constituye el fetiche de nuestros días, los comandos y pasillos de la nave se asemejan a los de un submarino con pantallas, comunicaciones radiales, comida sintética, computadoras y otros complementos tecnológicos varios, amén de esa serie de containers freaks con tierra dentro en sintonía con figuras geométricas y ni hablar de los geniales karts que utilizan los tripulantes para recorrer las más que generosas distancias del Valley Forge).

 

Tampoco podemos olvidar a tres colaboradores de Trumbull que aquí asimismo se llevan las palmas y que hicieron maravillas, al igual que el resto del equipo, a partir del ínfimo presupuesto de un millón de dólares asignado por Universal Studios: primero tenemos al director de fotografía Charles F. Wheeler, un señor que logra las sublimes tomas del comienzo y el desenlace y enfatiza los colores chillones de las imágenes dentro de una iconografía en donde los mismos señalan el ardoroso poder de la vida y cómo ésta logra imponerse, luego vienen Peter Schickele y su exquisita música incidental, la cual acompaña la delicadeza de la misión porfiada y extremadamente valiente de Freeman, y finalmente tenemos a Joan Baez, la gran voz de la izquierda contracultural norteamericana que aquí interpreta dos canciones majestuosas, Silent Running y Rejoice in the Sun, ambas compuestas por Schickele y Diane Lampert. La metáfora que esconde el título original en inglés apunta tanto al “funcionamiento silencioso” de los organismos vegetales que debemos salvar y al del cosmos que rodea a estas inmensas burbujas de flora y fauna por las que se mata y se muere, como al mismo carácter de ese drone -el querido Dewey- que Lowell deja en el final al cuidado del acervo verde, manteniendo en términos prácticos la dimensión protectora pero anulando ya por completo los caprichos y miserias de los seres humanos porque el autómata se emparda a la longevidad apacible y cíclica de las plantas en tanto “etapa intermedia” hasta que un buen día el androide también deje de funcionar y lo que fuera un jardín por fin pueda transformarse en un bosque de verdad con un esquema existencial independiente y sin necesidad de intervenciones foráneas porque su propio mecanismo de regulación controlaría el fluir de la vida y su potencial creador, uno que sin duda deberíamos naturalizar así como tantos naturalizan la explotación, el delirio y las inequidades de los Estados y sociedades actuales. Catalizadora de gran parte de las representaciones posteriores del ecologismo radical en el cine y otros formatos artísticos, el vigor e inteligencia de la película estriban por un lado en su apuesta por un terrorismo ambiental muy eficaz que no se excusa por sus acciones y pone en primer plano la necesidad de defender a la naturaleza ante todo, y por otro lado en una disposición poética que corre a la par de un planteo moral -pensemos en el desenlace- en el que las imágenes además de belleza están cargadas de significado ya que vislumbran un futuro nefasto que los ciegos y lobotomizados no pueden apreciar de tanto cortoplacismo y hedonismo bobo que niegan cualquier ingrediente/ ser que no responda a su propio y execrable egoísmo…

 

Naves Misteriosas (Silent Running, Estados Unidos, 1972)

Dirección: Douglas Trumbull. Guión: Michael Cimino, Steven Bochco y Deric Washburn. Elenco: Bruce Dern, Cliff Potts, Ron Rifkin, Jesse Vint, Mark Persons, Steven Brown, Cheryl Sparks, Larry Whisenhunt, Joseph Campanella, Roy Engel. Producción: Douglas Trumbull y Michael Gruskoff. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 10