Levítico (Leviticus)

El fuego del juicio

Por Emiliano Fernández

A pesar de que Levítico (Leviticus, 2026), la estupenda ópera prima del director y guionista australiano Adrian Chiarella, fácilmente puede caracterizarse como una versión gay de Te Sigue (It Follows, 2014), aquel film de David Robert Mitchell protagonizado por Maika Monroe en el que las enfermedades de transmisión sexual tomaban la forma de una entidad asesina, lo cierto es que el realizador, hasta este punto un editor que había rodado algunos cortos y trabajos televisivos alimenticios, se apropia con una inusitada fuerza de la premisa de base para vincular el asunto de la atracción erótica peligrosa a una maldición impuesta por una secta de beatos cristianos adeptos a las terapias de conversión/ reorientación sexual, hoy con un castigo de impronta sobrenatural, esquema que en la historia del séptimo arte suele enviar a lo que sufrió Anthony Perkins, el célebre encargado de componer a Norman Bates en Psicosis (Psycho, 1960), la obra maestra de Alfred Hitchcock inspirada en la novela de 1959 de Robert Bloch, ya que el actor estadounidense salto de dos relaciones con los varones Tab Hunter y Grover Dale, a lo largo y ancho de las décadas del 50 y 60, a un matrimonio de índole masoquista con Berinthia “Berry” Berenson, del que nacieron dos hijos, Osgood Perkins y Elvis Perkins, todo a instancias de la espantosa Mildred Newman, una farsante que inventó la industria de la autoayuda con Cómo ser tu Mejor Amigo (How to Be Your Own Best Friend, 1971), libro escrito junto a su esposo Bernard Berkowitz, y que sometió a Anthony durante los años 70 a una serie de humillaciones y electroshocks para “curarlo” de su homosexualidad, arruinándole una vida que llegaría a su fin de manera prematura, en 1992, cuando fallece por complicaciones relacionadas con el VIH/ SIDA.

 

Un punto a favor del guión de Chiarella, cineasta por supuesto gay, es que nunca aclara la época del relato y evita ese preciosismo bucólico típico del indie a la hora de compensar desde la belleza de la fotografía las barbaridades cometidas por los seres humanos, optando en cambio por abrazar a pleno el lenguaje del horror porque el pueblito fundamentalista de turno, en el Estado australiano sureño de Victoria, está marcado por un complejo industrial en decadencia y una de esas iglesias improvisadas del evangelismo, subrayando que aquí no hay nada “natural” y en realidad hablamos de una sociedad de bípedos que construyen sus creencias a conveniencia y desde una hipocresía que se remonta hasta la Antigüedad. La trama en sí es diminuta y se centra en la mudanza de un adolescente, Naim Reid (Joe Bird), y su madre, Arlene (la famosa Mia Wasikowska), a una región suburbana ignota después del fallecimiento del progenitor del púber, trauma que ha generado una metamorfosis en la mujer al extremo de transformarla en fanática cristiana y sumarse al culto de Rod (Ewen Leslie), a su vez casado con Jacky y padre de dos adolescentes, Hunter (Jeremy Blewitt) e Izzie (Davida McKenzie). Naim inicia una relación clandestina con un vecino y compañero de colegio secundario, Ryan Whelan (Stacy Clausen), que entra en crisis cuando el primero atestigua cómo el segundo además mantiene encuentros sadomasoquistas con el vástago del pastor, Hunter, por ello los denuncia manteniendo sus celos en el anonimato y provoca que Rod contrate a un curandero terrorífico y sin nombre (Nicholas Hope), quien les impone a ambos una maldición que opera poniéndolos en peligro cada vez que sienten atracción por el otro, de hecho la cara de este fantasma que castiga en nombre de la ortodoxia religiosa.

 

Condimentando el asunto con un grupito de intolerantes de extrema derecha de la escuela, con una Izzie que se acerca a la condición de “agente del saber” dentro del relato e incluso con un caso anterior que involucra a dos lesbianas, la guardavidas en una pileta Marnie (Tyallah Bullock), asesinada en una ducha durante el prólogo, y una tal Jessica (Shannon Berry), marimacho que vive en un hospital porque la entidad en cuestión únicamente ataca cuando los malditos están sin compañía alguna, la película explora el condicionamiento símil norma conductista para regular la tentación sexual desde la perspectiva oscurantista de la lacra cristiana occidental de siempre, planteo que incluye utilizar a la vulnerabilidad en soledad como una metáfora de la necesidad de empatía y solidaridad para luchar contra la mafia conservadora y neoliberal del Siglo XXI, esa que en términos prácticos significa un regreso a la Edad Media en lo filosófico y un sinónimo de hambre, egoísmo y burbujas herméticas en lo social y humano. En pantalla la estupidez religiosa y la represión erótica se unifican con la cruel confusión detrás del rito de los evangélicos, la incapacidad de saber si se está frente al ser querido o ante un doppelgänger orientado al homicidio a golpes, un binomio que a su vez oficia de alegoría acerca de la naturaleza paradójica o contradictoria del cariño, benéfico en la complementariedad con el prójimo y destructor en su faceta más posesiva o maniática. En especial llaman la atención dos decisiones curiosas dentro de la previsibilidad habitual del género, primero la temprana desaparición del curandero, quien en cualquier otro film sería el principal villano durante el último acto, y segundo el sustrato de ortodoxia hasta el paroxismo de la madre, una Arlene enajenada que evade la realidad.

 

Sin ser particularmente original ni descollar en el territorio del gore o las truculencias, la propuesta aprovecha al máximo el talento actoral de Bird y Clausen, vistos respectivamente en Háblame (Talk to Me, 2022), de los hermanos Danny y Michael Philippou, y Embestida (Thrash, 2026), de Tommy Wirkola, y juega de manera irónica desde su título con el Libro de Levítico, sección de la Torá y el Antiguo Testamento de la Biblia que incluye un par de pasajes de condena de la homosexualidad, de hecho las citas de las que se suelen agarrar los beatos delirantes para su caza de brujas en nombre de Dios o la fantasía creadora que sea. Chiarella trabaja muy bien el suspenso, construye un gran clima opresivo/ claustrofóbico, nunca descuida al amor marica como latiguillo central y por cierto sabe incorporar algún que otro placebo que no neutraliza a la maldición a largo plazo pero la aminora, sobre todo el “fuego del juicio”, llamas que según el recitado del curandero los condenan pero también los salvan, y ese insospechado afecto frente a la amenaza que aparece en las postrimerías de la historia, cuando Naim acaricia el rostro de la entidad con look de Ryan. El miedo, como asevera la criatura de una Wasikowska que es también productora ejecutiva, es el eje de estas sectas que disfrazan el dominio sobre sus miembros con una perorata de autocontrol, del mismo modo que el pánico ante el diferente constituye la herramienta favorita de los neofascistas/ neonazis para imponerse en intelectos dóciles o anestesiados como los de las risibles legiones de analfabetos políticos, culturales e históricos del nuevo milenio, un culto heterogéneo de imbéciles que cometen atrocidades a conciencia como Arlene y nada saben -a esta altura de su lobotomía- de moverse con el corazón como los amantes adolescentes…

 

Levítico (Leviticus, Australia, 2026)

Dirección y Guión: Adrian Chiarella. Elenco: Joe Bird, Stacy Clausen, Mia Wasikowska, Jeremy Blewitt, Ewen Leslie, Davida McKenzie, Nicholas Hope, Edwina Wren, Tyallah Bullock, Shannon Berry. Producción: Kristina Ceyton, Samantha Jennings y Hannah Ngo. Duración: 88 minutos.

Puntaje: 8