1984

El futuro ya llegó

Por Emiliano Fernández

Han existido diversas adaptaciones cinematográficas de 1984 (1948), tanto de manera oficial como “tomando prestada” la estructura y/ o motivos del inconmensurable libro de Eric Arthur Blair alias George Orwell, eje fundamental del género de las novelas distópicas y asimismo inspirado en Nosotros (My, 1924), de Yevgueni Zamiatin, recordada fantasía futurista también centrada en un Estado totalitario basado en la represión y la vigilancia omnisciente. En lo que respecta a las adaptaciones de la obra maestra de Orwell, en gran medida una parodia de corte dramático del estalinismo, los regímenes fascistas, los partidos políticos en general y algunos ingredientes un tanto asfixiantes del Estado de Bienestar y la maquinaría comunicacional masiva, tenemos una traslación más preocupada por el sustrato de tragedia romántica de la historia que por el “detalle” de la tiranía de fondo, 1984 (1956), de Michael Anderson, otra de inflexión más abstracta/ existencialista y encarada desde el enclave indie, THX 1138 (1971), de George Lucas, una que juega con el delirio satírico multirubro que gusta de coquetear con el humor de Charles Chaplin y los Hermanos Marx, El Dormilón (Sleeper, 1973), de Woody Allen, otro ejemplo que también encara el tópico del absolutismo desde la comedia contracultural y bien surrealista, Brazil (1985), de Terry Gilliam, y finalmente encontramos una adaptación literal cuyo máximo mérito -y también máxima limitación- pasa por el enorme respeto hacia el texto de Orwell, hablamos de 1984 (1984), dirigida y escrita por Michael Radford, una película tan fiel que por momentos puede ser acusada de carecer de verdadera personalidad propia por su manía de convertir en imágenes las palabras con una sorprendente exactitud, algo que por suerte no es del todo así porque el realizador de turno -sin ser un iluminado del séptimo arte ni mucho menos- es un profesional muy eficiente y pulcro que hace del respeto para con el original literario su bandera y gran arma procedimental, alguien que por cierto consigue recuperar el espíritu opresivo del libro de una manera magistral mediante una retahíla de secuencias sustentadas en la repetición laboral, la angustia, la paranoia y los berretines de la manipulación fascista.

 

Winston Smith (John Hurt) vive en Oceanía, una dictadura anglosajona intercontinental gobernada por el IngSoc/ SocIng, acrónimo de “Socialismo Inglés”, el Partico Único que controla el destino de dicha nación y la lleva a un insoportable estado de guerra permanente con los otros dos mega países del globo, Eurasia y Asia Oriental/ EastAsia, en esencia tres construcciones de índole y pretensiones imperialistas que se la pasan reagrupándose entre sí con vistas a imponerse las unas a las otras sin que importe nada la población civil de cada región. En un contexto donde la mentira y la verdad responden a un ciclo de aseveraciones por demás absurdas ya que viven mutando con los caprichos del mando supremo, el Partido Interior, léase las elites gerenciales o nomenklatura de talante oligarca del régimen, el protagonista forma parte de una suerte de clase media o pequeña burguesía administrativa, a la que se denomina Partido Exterior, y trabaja en el llamado Ministerio de la Verdad, un órgano institucional de censura que se la pasa “corrigiendo” fotografías, periódicos, revistas y libros para adaptar toda información de circulación social a los preceptos y la identidad unificadora del Partido Único, el cual gusta de condenar a las masas proletarias -la enorme mayoría de la población- a la ignorancia, la miseria y la distracción escapista vía el alcohol, la pornografía y la música y las novelas basura. Como en Nosotros, el máximo acto de rebelión se reduce al amor individual y así Winston comienza una relación con una colega del Partido Exterior, Julia (Suzanna Hamilton), quien terminará arrestada junto a él y puesta a disposición del torturador y “lava cerebros” por antonomasia de todo el aparato represivo, O’Brien (Richard Burton), señor encargado de hacerle entender/ aceptar/ internalizar con naturalidad y sin oposición consciente alguna que la verdad se modifica con los criterios antojadizos del SocIng y que el único amor que vale es el dirigido al Gran Hermano (Bob Flag), líder a adorar y figura ubicua vía un sinfín de carteles y “telepantallas” de la misma forma que Emmanuel Goldstein (John Boswall) representa al traidor supremo creado por la dictadura, enemigo interno símil terrorista que complementa a los externos de la xenofobia.

 

A pesar de que 1984, la novela y la película que nos ocupa, están más pensadas como una crítica contra las sociedades de disciplinamiento, casi siempre centradas en el fetiche de confinar al sujeto a espacios cerrados y castigar la mente a través del arte de la tortura y/ o de mancillar y marcar al cuerpo del insumiso, también incluye muchos dardos contra el modelo posterior de opresión estatal y privada vinculado a las sociedades de control, las contemporáneas obsesionadas con someter a los sujetos por fuera de los muros y al aire libre mediante una serie de técnicas de identificación, vigilancia, adoctrinamiento, filiación, pesquisa, cooptación y acoso que tienen por meta principal reemplazar a las imposiciones explícitas de antaño por una autorregulación y una autocensura que asimismo trasladan el latiguillo del encierro y el dolor de otras épocas al fetiche actual con los estudios de la conducta, muy deudores de la psicología, el marketing, la publicidad y la vieja propaganda a lo relaciones públicas tramposas: la manipulación del lenguaje y de la información sigue estando más vigente que nunca (la recopilación de enormes cantidades de datos sobre los sujetos implica su subordinación por miedo y la venta de estos “paquetes estadísticos” a consorcios políticos y económicos gigantescos), el ardid de convertir a los ciudadanos en delatores de sus pares constituye otro de los latiguillos de los Estados actuales, algo que se da cita en la trama a través de ese pobre vecino de Smith, Parsons (Gregor Fisher), que es denunciado por su propia hija (los medios de comunicación y el flujo virtual de Internet incrementan la paranoia y la trivialidad agresiva a niveles inusitados, mercantilizando los perfiles), y finalmente el maquiavelismo ideológico barato cual caprichos infantiles sigue dándose la mano con los adversarios señalados a dedo y desde un odio irracional (así como en la narración los extranjeros/ diferentes de Eurasia y EastAsia son los demonios para el SocIng y el hombre que ofrecía el “nidito de amor” a la pareja de rebeldes, el Charrington de Cyril Cusack, resulta ser un agente encubierto de la infame Policía del Pensamiento, hoy más que nunca la ausencia de respeto y los linchamientos son moneda corriente en la web).

 

Desde ya que las facetas más duras de 1984, relacionadas con la violencia y la destrucción corporal que Orwell presenció o estudió en ocasión de la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y la Gran Purga de la década del 30 encabeza por Iósif Stalin para eliminar toda oposición que pudiese llegar a existir dentro del Partido Comunista Soviético, también lamentablemente continúan vigentes en la comunidad internacional de nuestros días de la mano de la vitalidad, la maximización y el equipamiento tecnológico progresivo de los órganos policiales de represión, las centrales de inteligencia, el plutocrático sistema judicial y el entramado carcelario destinado a albergar a los disidentes, pobres diablos y exponentes varios de las mafias de turno que osaron plantarse contra alguna facción de las otras mafias, las gubernamentales. En cierta forma se puede afirmar que la metáfora que trae a colación la Habitación 101, esa especie de tortura individualizada que posee la dictadura con vistas a que se acepte el “doblepensar” -coexistencia en el intelecto de opiniones contradictorias sólo porque las cúpulas así lo desean- a través del quiebre anímico de los hombres y las mujeres renunciando a todo afecto que no sea el dirigido al Gran Hermano, es mucho más interesante que la alegoría subyacente a “soma”, aquella droga símil garantía de indolencia y conformismo que podíamos hallar en Un Mundo Feliz (Brave New World, 1932), de Aldous Huxley, porque mientras que esta última se queda a nivel conceptual en lo naif new age símil homogeneización espiritual o psicológica, en cambio el suplicio trabajado desde lo particular de la Habitación 101 subraya lo importante que resulta para el mantenimiento del statu quo estratagemas más sutiles como el espionaje, el acecho a la distancia y en especial la recopilación de datos sobre los potenciales enemigos del yugo totalitario, algo que luego siempre se complementa con el castigo liso y llano posterior a la detención del subversivo/ librepensador en presidios de lo más pesadillescos (Winston temía a las ratas, las cuales le recordaban la muerte de su madre y hermana y su propio egoísmo, por ello la renuncia a Julia viene por el lado del terror a ser devorado por los hambrientos roedores).

 

Radford, el cual sinceramente jamás fue un gran director y del que sólo se destacan algunas propuestas correctas -y no mucho más- como Pasión Incontrolable (White Mischief, 1987), El Cartero (Il Postino, 1994), El Mercader de Venecia (The Merchant of Venice, 2004) y Un Plan Brillante (Flawless, 2007), aquí redondea su mejor obra y si bien no consigue acercarse ni remotamente a los logros artísticos del libro, por lo menos -como decíamos con anterioridad- edifica con astucia y cuidado una representación en verdad espeluznante de la sociedad ultra despótica de la novela, a su vez exégesis de tantas comunidades, países y etapas históricas de determinados colectivos humanos que cayeron y siguen cayendo en marcos institucionales crueles, bobalicones y arbitrarios, asimismo comandados por una mínima legión de psicópatas que controlan el destino de unas mayorías atrapadas en la espiral de la abulia de lo prefijado o tendientes a reproducir con regocijo -y desde la más burda ignorancia- los dictamines sucintos en torno a quién se debe odiar y a quién se debe amar según las conveniencias de las elites del momento. Suzanna Hamilton está perfecta como el interés romántico promiscuo y corrupto que busca ese parco Smith del también maravilloso John Hurt, quien ve en el Gran Hermano a una bondad farsesca cual perfección autoasumida y presuntuosa y por ello prefiere regodearse en una pequeña insurrección sexual con su compañera para escapar de la imagen santificada por la propaganda oficial y por la patética mojigatería de un SocIng que regula la intimidad vía la coacción, el celibato y la inseminación artificial; sin duda otro aspecto de 1984 que interpela socarronamente a la actualidad de la mano de la creciente desconfianza entre hombres y mujeres, por un lado, con una infinidad de planteos misándricos y misóginos de lo más ridículos circulando en las sociedades contemporáneas, y la misma avanzada de la derecha retrógrada de cadencia religiosa u oscurantista, por el otro lado, una amenaza fascistoide que se escuda en ropajes empresariales, militares y sobre todo cristianos para imponer su horrenda voluntad -digna de la Edad Media- en lo que atañe al aborto, los anticonceptivos y la sensualidad prosaica.

 

Ahora bien, gran parte de la potencia retórica del film se condensa en el imperturbable y lúgubre O’Brien de Richard Burton y las gloriosas discusiones que tiene con Winston en lo referido a la férrea necesidad del Partido Único -símbolo del absolutismo oligárquico que tergiversa doctrinas de base refulgente como el marxismo o estructuras a priori admirables como el Estado de Bienestar- de modificar la historia humana compartida manipulando el conocimiento, la información y sobre todo el lenguaje, reduciéndolo de manera exponencial para limitar su riqueza y su capacidad de abarcar la realidad y de contrarrestar las pavadas y los embustes que desde las burocracias administrativas y sus cómplices civiles llegan a diario a unas masas consideradas irrelevantes, cual animales famélicos en un redil al que se recurre sólo cuando se hace necesario el mentado “sacrificio” bélico, económico o laboral en pos de engrandecer la fortuna de los excrementos con patas de la intelligentsia de siempre. La destrucción de la memoria histórica y la condena a un hedonismo demacrado y menesteroso perpetuo son en suma las dos tácticas preferidas para someter a los “proles” y la clase media, los primeros apenas preocupados por sobrevivir y la segunda por despegarse del vulgo y parecerse a las elites del Partido Interior para dejar atrás esa vida de privaciones que los asemeja a los estratos empobrecidos y para disfrutar de los lujos de los niveles más altos de la pirámide del despojo, el monopolio y la transferencia de riqueza comunal/ natural (Radford hasta recupera cierta romantización de la clase obrera presente en el libro, aunque también esta esperanza de revolución a largo plazo desaparece ante la dialéctica del disciplinamiento corporal y mental sin frenos). La traición entrecruzada impuesta por la fuerza, la apariencia de una pureza ideológica que no es tal y la eclosión de la humillación mediante el autosometimiento y el autocontrol constituyen otras tres dimensiones de una película en la que se analizan los resultados de la imposición constante sobre terceros de un mesianismo colectivo paradójico que deriva en intolerancia, locura y una brutalidad que todo lo justifica en función de esa conveniencia pública que curiosamente olvida la salud y la autonomía de los miembros de la sociedad para establecer distinciones tajantes y todas esas inequidades de la egolatría capitalista o comunista. La excelente fotografía de Roger Deakins, basada en la técnica del “bleach bypass” que reduce la saturación, aumenta el contraste y elimina los colores simulando un blanco y negro muy melancólico, se unifica con el buen trabajo musical de Dominic Muldowney y Eurythmics, lo que en su época generó una disputa entre el director y guionista, defensor del primero, y la compañía que aportó el grueso de la financiación para el proyecto, la Virgin Films, adepta a sumar al dúo de Annie Lennox y Dave Stewart, controversia que no tiene mucho sentido porque ambos aportes caen en diversos latiguillos del pop ochentoso relacionados con los sintetizadores, el ambient etéreo y un eco más o menos prominente. La película, lejos de la imaginación desaforada de Brazil y El Dormilón y cerca del desasosiego de THX 1138 y la 1984 de la década del 50, no es de visión fácil porque no está representando una promesa idílica o un mundo utópico ulterior sino más bien todo lo contrario, poniendo en el tapete las ortodoxias fratricidas de ayer y hoy y señalando con cuánta facilidad se cae en la perfidia para con los ideales humanistas de antaño bajo excusas ideológicas que degeneran en un encono profundamente ridículo o en la manipulación con vistas a que el gatopardismo y el control psicológico lo hegemonicen todo en un futuro que ya llegó desde hace mucho tiempo…

 

1984 (Reino Unido, 1984)

Dirección y Guión: Michael Radford. Elenco: John Hurt, Richard Burton, Suzanna Hamilton, Cyril Cusack, Gregor Fisher, James Walker, Andrew Wilde, David Trevena, Bob Flag, John Boswall. Producción: Simon Perry. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 8