Juegos de Carretera (Roadgames)

El gato y el ratón sobre ruedas

Por Emiliano Fernández

Para finales de la década del 70 la dupla creativa conformada por el realizador Richard Franklin y el legendario guionista Everett De Roche venían de estrenar Patrick (1978), una de las películas más delirantes, extrañas y originales del ozploitation o cine de explotación australiano de los 70 y 80, film sobre el paciente comatoso del título (Robert Thompson), sus habilidades telequinéticas y su obsesión romántica/ existencial con una apetecible enfermera, Kathy Jacquard (Susan Penhaligon), y lo que menos uno podría esperar era que su siguiente proyecto en conjunto fuese una remake tácita en plan de road movie de La Ventana Indiscreta (Rear Window, 1954), de Alfred Hitchcock, hablamos por supuesto de la encantadora y adictiva Juegos de Carretera (Roadgames, 1981). Este interés profesional por reinventarse pronto se transformaría en costumbre para ambos y a las pruebas nos remitimos: Franklin, un fanático enfermo de toda la vida del Maestro del Suspenso, empezó su carrera dentro de la faceta picaresca del ozploitation con las muy flojas La Verdadera Historia de Eskimo Nell (The True Story of Eskimo Nell, 1975) y Fantasma (Fantasm, 1976) para luego mudarse a Hollywood de la mano de Patrick y Juegos de Carretera, la primera un éxito de taquilla en el extranjero pero no en Australia y la segunda un fracaso en todo el globo, a partir de Psicosis II (Psycho II, 1983), la única secuela digna de la obra maestra original de 1960 dentro de lo que eventualmente sería una franquicia alrededor de Norman Bates (Anthony Perkins), entregándonos obras interesantes de acento variopinto como El Joven Héroe (Cloak & Dagger, 1984), Link (1986) y Visitantes (Visitors, 2003), y en lo que atañe al inefable De Roche, éste comenzó su trayectoria en la televisión para después hacerse de un gran renombre en el ámbito del cine de género anglosajón gracias a diversas propuestas como la eterna Largo Fin de Semana (Long Weekend, 1978), de Colin Eggleston, Arlequín (Harlequin, 1980), de Simon Wincer, Razorback (1984), de Russell Mulcahy, Fortaleza (Fortress, 1985), de Arch Nicholson, El Secreto del Lago (Frog Dreaming, 1986), de Brian Trenchard-Smith, Aviso de Tormenta (Storm Warning, 2007), de Jamie Blanks, y El Infierno bajo Tierra (Nine Miles Down, 2009), de Anthony Waller.

 

Ahora bien, de las cuatro colaboraciones entre Franklin y De Roche, siendo las otras tres las citadas Patrick, Link y Visitantes, Juegos de Carretera no sólo es la mejor a nivel cualitativo y la menos volcada a la fantasía desproporcionada tendiente al autosabotaje sino que incluso funciona como el intento mejor calibrado y más atractivo por parte del director de acercarse al acervo hitchcockiano y/ o reproducirlo en su estimada y justa ley, hasta se podría aseverar que la epopeya supera lo hecho por el australiano en la de por sí eficaz Psicosis II, otra carta de amor para nada encubierta a los engranajes formales y latiguillos de siempre del cineasta británico. El guión de De Roche, a partir de una idea de base del susodicho y Franklin, intercambia aquel sustrato burgués voyeurista del fotógrafo de La Ventana Indiscreta, L.B. “Jeff” Jefferies (James Stewart), léase un voluminoso edificio de departamentos del más típico ecosistema metropolitano símil ese “hacinamiento feliz” de la clase media, por una epopeya proletaria en la que el juego del gato y el ratón se mueve con neumáticos y no se conforma con coches tradicionales sino que apuesta a un duelo bien ambicioso entre un camión frigorífico especializado en carne porcina conducido por Patrick “Pat” Quid (Stacy Keach), un loco lindo que gusta de hablar con su mascota, un dingo llamado Boswell, y especular acerca de las profesiones e idiosincrasia de sus vecinos de cuatro ruedas a lo largo de las rutas del desierto australiano, y una camioneta/ furgoneta verde muy misteriosa que está al mando de un asesino en serie de guante tuneado cual giallo que adora estrangular a sus víctimas con cuerdas relucientes de guitarra y a posteriori descuartizarlas para andar desparramando sus extremidades por todos lados (Grant Page, experto ineludible de escenas de riesgo del cine del período y aquí entregando uno de los pocos trabajos actorales que le permitieron un mínimo lucimiento frente a cámara). Las señales de alarma se acumulan cuando Pat ve al Juan Pérez de turno, un “Smith o Jones” dentro de la estructura dramática, muy interesado en la recolección de basura a las cinco de la mañana del hotel donde se aloja después de levantar a una bella autoestopista (Angelica La Bozzetta), encima más adelante se dedica a enterrar “algo” en el páramo más inhóspito.

 

En medio de su curiosidad creciente, su pesquisa en pos de más datos y los esperables intentos vanos por avisar a las autoridades sobre el psicópata, siempre cayendo en oídos sordos por más que se sabe del accionar de un chiflado peligroso que ataca a autoestopistas femeninas que terminan desapareciendo en la inmensidad de los espacios abiertos como por arte de magia, Quid se topa con otros personajes bizarros en la carretera como por ejemplo un hombre con su vehículo lleno de pelotas, una parejita de recién casados que se la pasan cogiendo, un motociclista completamente vestido de rojo, un sujeto que transporta un barco y con el que entra en una graciosa batalla sobre ruedas, una cuarentona paranoica, regañona y adepta al papel higiénico rosa llamada Madelyn Day (Marion Edward) cuyo esposo, un empleado contable de alto perfil de la Federación de Mataderos que aparentemente se escapó con mucha plata ajena, provocó una huelga que dejó sin carne a gran parte del país, y especialmente Pamela Rushworth (Jamie Lee Curtis), hija de un diplomático yanqui asentado en suelo australiano que se fugó del hogar familiar porque no soporta a su padre y a su madrastra, una chica que en esencia se la pasa pidiendo dedo en el pavimento y que Pat acepta llevar en el camión en el tercer encuentro azaroso con la muchacha en la banquina. Por supuesto que existe química romántica entre Rushworth y Quid, e incluso se entienden perfectamente en materia del fetiche morboso compartido para con el homicida suelto, sus hipotéticas preferencias sexuales y el sospechoso en concreto de la camioneta verde, no obstante cuando ambos parecen acorralarlo en el baño de una estación de servicio, luego de que lastimase a Boswell en un momento de descuido del protagonista, el hombre en el retrete resulta ser aquel motociclista de rojo y Pamela termina siendo secuestrada por el demente, todo en una situación que Pat en un primer instante malinterpreta como un “salto” voluntario oportunista de la muchacha hacia la furgoneta cual episodio de celos, porque confunde a la parejita de recién casados y su frenesí sexual con la hermosa autoestopista y ese conductor que puede ser o no el asesino buscado por las autoridades, algo que nosotros como espectadores sabemos de primera mano desde el inicio aunque el protagonista ignora.

 

Como decíamos con anterioridad, la dupla Franklin/ De Roche echa mano de motivos de tradición hitchcockiana hasta la médula como una investigación alrededor de un homicidio de cabecera, un hombre común en circunstancias de lo más crueles y extraordinarias, una esplendorosa damisela que acompañe en términos románticos y profesionales en la faena y eventualmente termine bajo el acecho de un loquito que anhela venganza o chantaje, la infaltable recurrencia del “falso culpable” hoy por hoy mediante un Pat que termina siendo acusado por las autoridades de los crímenes del personaje de Page, los apuntes sardónicos de un humor negro más o menos solapado y un declive psicológico empardado a la locura a medida que nuestro adalid se va quedando más y más solo y ya no tiene a casi nadie a quien recurrir, arrinconado por unos esbirros institucionales que lo desacreditan, lo demonizan y hasta lo persiguen y con una compañera femenina bajo las garras de un villano a sus ojos ambivalente, quizás prueba definitiva de que tiene razón y quizás evidencia tragicómica de que está perdiendo la cordura por obra y gracia de sus maquinaciones compulsivas, su clara soledad y su apego hacia una imaginación que podría estar carcomiendo su percepción de la realidad, algo simbolizado en pantalla vía ese efecto de ojos rojos casi sobrenatural que padece el camionero. El desempeño de Stacy Keach es francamente magnífico porque se nota a años luz el generoso kilometraje actoral del señor ya para aquellos años, quien venía de trabajar en El Corazón es un Cazador Solitario (The Heart Is a Lonely Hunter, 1968), de Robert Ellis Miller, El Viajero de la Muerte (The Traveling Executioner, 1970), de Jack Smight, El Volar es para los Pájaros (Brewster McCloud, 1970), de Robert Altman, Doc (1971), de Frank Perry, Ciudad Dorada (Fat City, 1972), de John Huston, Los Nuevos Centuriones (The New Centurions, 1972), de Richard Fleischer, El Juez del Patíbulo (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972), otra joyita de Huston, Conducta Indecorosa (Conduct Unbecoming, 1975), de Michael Anderson, La Presión (The Squeeze, 1977), de Michael Apted, Los Duelistas (The Duellists, 1977), de Ridley Scott, Entre el Humo (Up in Smoke, 1978), de Lou Adler, La Novena Configuración (The Ninth Configuration, 1980), de William Peter Blatty, y Cabalgata Infernal (The Long Riders, 1980), de Walter Hill; sin embargo la presencia de la jovencísima y también insuperable Jamie Lee Curtis le aporta a Juegos de Carretera un trasfondo de slasher travieso muy bienvenido tanto por el carisma escénico de la actriz como gracias al hecho de que por aquel tiempo era una scream queen hiper consumada vía sus participaciones recientes en Noche de Brujas (Halloween, 1978) y La Niebla (The Fog, 1980), ambas de John Carpenter, Noche de Graduación (Prom Night, 1980), de Paul Lynch, y El Tren del Terror (Terror Train, 1980), de Roger Spottiswoode. Desde ese homicidio del comienzo, una escena preciosista que no tiene nada que envidiarle a Brian De Palma o Dario Argento por su suntuosidad casi etérea, hasta la catarata de marcas autorales cómicas de De Roche en el genial desenlace del callejón estrecho, como esos anteojos de un hombre que sacaba la basura que terminan destruidos/ pisados por un patrullero de policía -no por el camión del querido Pat ni por la furgoneta del asesino- o el descubrimiento por parte de Quid de que Boswell no es un dingo puro sino una cruza, amén del detalle surrealista de que de repente se aparecen todos los secundarios que “chocaron” con el protagonista a lo largo del relato por una razón u otra, el film se abre camino como uno de los exponentes más inspirados de aquel ozploitation que tantas satisfacciones nos ha dado a todos los que disfrutamos del cine de género encarado con corazón, muchas agallas y verdadero inconformismo, cóctel irresistible que se completa con los aportes en fotografía de Vincent Monton y en música incidental de Brian May, otros dos artesanos estupendos de una etapa gloriosa -como pocas lo han sido- para el horror alternativo de sustrato vintage…

 

Juegos de Carretera (Roadgames, Australia, 1981)

Dirección: Richard Franklin. Guión: Everett De Roche. Elenco: Stacy Keach, Jamie Lee Curtis, Grant Page, Marion Edward, Thaddeus Smith, Steve Millichamp, Alan Hopgood, John Murphy, Bill Stacey, Angelica La Bozzetta. Producción: Richard Franklin. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 9